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20 de diciembre de 2020

"El abeto" (relato)

 El abeto


Era un frío día de diciembre. El acerado viento lastimaba las calles y del cielo caían

ligeros copos de nieve, acumulándose lentamente sobre el pavimento. Los vehículos

también permanecían silenciosos, y se podría decir que el mismo mundo exterior estaba

paralizado o en hibernación. Todo trataba de refugiarse bajo techo.


Estaban reunidos en la gran casa, la cual había visto crecer a muchos de los allí

congregados. La comida navideña, preparada por la abuela y servida por hijos y nueras,

fue todo un acontecimiento; y siempre era la excusa perfecta para juntarse la familia

otra vez, después de un tiempo separada a causa del trabajo o las tareas de crianza.


Tras la comida, y también una vez se disfrutó de los postres caseros, los niños se

agruparon en torno al fuego, al lado del abuelo. El árbol sintético, que acompañaba a la

chimenea a cierta distancia, estaba bellamente adornado, y en la cúspide destacaba una

estrella ligeramente imperfecta, realizada como manualidad por uno de los pequeños en

la escuela.


El abuelo, mirando el luminoso árbol, les dijo:


―¿Sabéis, niños? Cuando el abuelo era como vosotros fue, una vez hace ya mucho

tiempo, al bosque a talar un abeto para Navidad. Iba con mis buenos amigos de siempre.

Tiritábamos, porque la tarde era tormentosa y la montaña estaba helada, como si no nos

quisiera allí; quizá porque sabía qué estábamos tramando.


«En el bosque había muchos abetos, pero uno pequeño en particular nos gustó a

todos. Echamos a suertes quién se lo llevaría a casa, y yo fui el afortunado. Nos

acercamos y acordamos que lo haríamos entre todos. Un amigo sacó su hacha de mano,

descargó con fuerza y el tronco se estremeció. Siguieron unos golpes más y, cuando ya

quedaba poco para rematarlo, cayó un rayo justo a nuestro lado; el resplandor nos cegó

y el trueno nos ensordeció. Gritamos, asustados, y durante unos momentos

permanecimos todos aturdidos y confusos. Cuando nos recuperamos, mi amigo quiso

apresurarse y cortar el abeto, pero del cielo bajó otro rayo y su reventón nos impulsó a

huir ladera abajo, corriendo sin parar hasta casa.


―¿Y no talasteis ningún “ábrol”? ―preguntó, incorrectamente, uno de los niños.

―No, hijito; tuvimos bastante con el Belén, unas bolas y espumillón, que es

horrible, pero bueno... ―se oyeron unas risitas. Luego, el anciano agregó―. En fin, id a

jugar, id, pequeños, que la abuela dentro de poco os sacará la merienda.


Y el abuelo quedó solo, mientras recordaba al torcido y viejo abeto, en cuyo tronco,

mucho más tarde, había tallado el nombre de una muchacha que, ahora, miraba a sus

nietos con una sonrisa.


Alguien atizó el fuego y, por un instante, los ojos verdes del abuelo recuperaron el

fulgor y la viveza de sus años de juventud.

31 de diciembre de 2011

En la noche, vieja (Relato)

"Las once. Salgo de casa. La fiesta desata las calles del centro urbano. Todo son voces, gritos, aplausos, sonidos de alegría y alborozo: el ambiente sublima los instintos de juerga y diversión de los transeúntes, y pasos apresurados cruzan el frío pavimento, en busca del lugar de reunión y de la compañía ansiada.

Tengo veintidós años. Mi padre murió, cinco atrás, por sobredosis de barbitúricos. No fue un progenitor demasiado esmerado en su tarea educativa, ni en transmitir sentimientos o afectos. No quiero pensar de este modo, pero por lo que a mí respecta, nada perdí con su desaparición: borracho, pendenciero, violento a veces, perverso y mezquino casi siempre. Sólo mi madre sintió la pérdida, tan unida como estaba a él (como un perro a un amo severo, quien le atiza y suelta latigazos a diario). De hecho, una parte de mi madre murió con su marido, ya que desde entonces aquella es poco más que un cuerpo ajado y abultado, sentado en un viejo butacón, frente al sempiterno televisor, luminoso y hablador desde tiempos antediluvianos. Antes de salir del apartamento, me señala la pantalla, y balbuce unas palabras, como lo haría un bebé. Quiere decirme que me quede junto a ella, sentado a su lado, viendo aquellos programas vomitivos del último día del año, donde aparecen bobos soltando chistes ridículos y brujas engalanadas con una copa de champán en la mano, mientras sonríen postizamente. Me entristece abandonarla, pero no puedo soportar verla así, y menos aún promover su estado. De modo que salgo a la calle.

Un frío intenso azota mi rostro; las manos se crispan, mis piernas acusan el viento gélido y apenas puedo permanecer de pie. Tal vez estaría mejor junto a ella, mi madre, reconfortado por el radiador, la manta a los pies y a la espera del cava y los turrones; pero si lo hago, si cedo, iré muriendo lentamente, iré perdiendo el rumbo. Como ella. Afianzo mi abrigo en torno a mi grueso pecho, no lo pienso más y echo a andar.

A mi alrededor, y por encima de mi cabeza, infinidad de luces que iluminan adornando ventanas y barandillas de balcones dan la bienvenida a una época de buenos pensamientos, buenas acciones y, por ellas, conciencias tranquilas y autocomplacientes. Me encuentro con algunos grupos ruidosos, ataviados con fachas de lo más lechuguinas, gruesos gabanes y peinados grotescos; ebrios apenas empezada la noche festiva, aúllan y se lanzan impertinencias y bromas unos a otros, pasándose una botella de plástico, medio llena de un líquido negruzco, mientras se mueven, precipitados, a través de las aceras. Las once y veinte.

Compuesta por tres miembros y un pequeño caniche, una familia extranjera, desheredada y sin raíces en la ciudad, marcha sin prisa contemplando, como yo lo había hecho instantes antes, el engalanado de las fachadas, indiferente a las próximas campanadas, al hogar de un pasado remoto en el país de la miseria (¿cuál no lo es?, después de todo), proyectando planes para un porvenir que desean prometedor, si bien quizá no llegue a serlo nunca. En el enlosado contiguo, una pareja de viejecitos graciosos, inmunes ya a fiestas y cachondeos estúpidos similares, avanzan cogidos del brazo, cercanos sus rostros. Me hubiese gustado ver así algún día a mis padres...

Llego hasta el coche. Arranco el motor y recorro los aledaños de la urbe, zonas pobres y deprimidas, enfermizas, las situadas en polígonos industriales, que suelo visitar cuando todos los demás gozan del paladar, del tacto y la introducción. El frío, más afilado aún allí por tratarse de amplias superficies sin obstáculos para el viento invernal, hiela el corazón (la calefacción de mi auto tampoco funciona), pero serpenteo por las callejuelas desnudas de edificios, a la espera de algún extraño encuentro. No tardan en aparecer un par de feas prostitutas, adefesios del asfalto con sonrisas gastadas, corroídas por el tiempo y el exceso, y puede que afectadas de sífilis, cuya mano te llama mientras sus ojos perciben billetes o un momentáneo calor en la entrepierna que mitigue el rigor de la dura estación. Paso de largo, viendo por el retrovisor dos figuras demacradas que empequeñecen a medida que aprieto el acelerador. A ambos lados de la acera hay millones de pringosos preservativos, agujereados, embrutecidos, símbolos de una eternidad de placeres, insatisfacciones, mentiras y fingimientos. Las once y media.

Detengo el vehículo a las puertas de una antigua fábrica. Hoy los cadáveres, las víctimas de un mundo infeliz y simulado, se reúnen en torno a un débil fuego, que brota desde un viejo bidón de gasolina. Veo, en la distancia, caras arrugadas por pesares, flacas carnes que sostienen a duras penas los huesos, ojos cansados de lamentos, pero con todo, contentos, en su miseria y desdicha, en su tristeza por no tener nada y en la melancolía de un pasado perdido. Uno de los cadáveres, rezagado, llega desde la otra acera a grandes zancadas; entra en el recinto y saluda a sus compatriotas, quienes les dan cariñosas palmaditas en la espalda, aunque algún otro le propina, medio en broma, un ligero puñetazo en el estómago. También ellos tienen en su despensa una botella de plástico con líquido negro, licor de raíz baconiana, sin duda alguna. El mundo les tendió una trampa, y ellos cayeron en sus redes. Aunque en ocasiones pienso que es el mismo mundo, el creado por nosotros, quien ha sido engañado por aquellos excluidos sociales; nos han ganado la partida. Quizá han logrado la victoria, pese a todo...

Me alejo de allí en silencio, calle abajo en punto muerto, hasta la entrada a la autovía, que circunda la ciudad. En el trayecto pienso en mi hermana mayor, con dos hijos pequeños y un marido inválido, a consecuencia de un accidente laboral en el aserradero. Recuerdo cómo jugábamos, de niños, cómo también nos buscábamos a veces para incordiarnos, pero cuánto nos queríamos. A medida que creció fue distanciándose de nuestros padres, en el caso paterno con toda justicia, quien en cuanto vio formada su figura atractiva, su rostro sensual y mirada incitante, empezó a despreciarla, a llamarla “golfa”, “zorra”, haciendo de su estancia en casa un infierno inmerecido, una tortura insensata y cruel. Siempre deseo tener mayores reservas de dinero para ir a visitarla y conocer algo más a mis sobrinos, pero los seiscientos kilómetros que nos separan impiden cualquier aproximación fácil. A veces ella nos envía, a mamá y a mí, cartas con fotos de los pequeños, y nos promete un encuentro venidero. Pero, aunque su padre ya no viva entre nosotros, mi hermana aún rehuye su casa, como si el fantasma de un ayer intolerable e incómodo todavía estuviese presente y sobrevolase las habitaciones del inmueble... Ahora, acabo de ver, mientras conduzco por la vacía carretera, algo parecido a fuegos artificiales coloreando el cielo oscuro de diciembre. La fiesta se acerca. Un cuarto de hora para las doce.

La última parada antes de volver a casa es el asilo. Allí reposa, espero que bien tratado, el único abuelo vivo que conservo. No puedo entrar, según reza el cartel de la entrada, a horas tan intempestivas, pero voy a verle a menudo. Me gusta charlar con él, hablarle de su hijo, a quien recuerda bien. El tiempo y la muerte han borrado, para él, buena parte de las amarguras del carácter de mi padre, como si ahora que ya no está tratase de inmortalizarlo en forma beatífica, como un santo o un individuo venerable. Sé, sin embargo, que en su remoto y vetusto interior es consciente de cómo, en realidad, fue su hijo, y de cuánto nos hizo sufrir a mi hermana, mi madre y a mí mismo. Desde la acera le contemplo, a través del cristal del recinto. El pasillo y el recibidor, donde está en compañía de otros residentes, se exhibe decorado con espumillón (de lo más hortera), grandes pinos sintéticos con bolas de colores y otros adornos convencionales. Pero los trabajadores y cuidadores no transmiten alegría alguna, según veo; deben maldecir no poder pasárselo en grande como los demás, unidos al griterío del montón joven, en lugar de hacerlo con aquellos vejestorios, aunque allí también celebren, con uvas, espumosos y mazapanes, la entrada del año nuevo, y pese a que, el próximo mes, recibirán un suntuoso pago por su generosa y desinteresada solidaridad.

A las doce menos cinco minutos regreso a casa, mientras oigo petardos y cohetes que rompen el silencio de la noche. Encuentro a mi madre cabizbaja, dormida, con la televisión escupiendo imágenes de confetis y presentadores con matasuegras. Reclino su cabeza apoyándola en una almohada, me descalzo y tras quitarme la ropa, que despide pequeñas descargas eléctricas por la sequedad del hogar, abro la cómoda agrietada en donde mi madre conserva los licores, extrayendo una prehistórica ampolla de güisqui irlandés. Esta es mi nochevieja, mi celebración. Cojo el frasco de cristal y brindo por los que no brindan, los que no celebran, los que no pueden o no quieren, los que no tienen nada que celebrar más que la vida misma. Esa vida oculta, la vida pobre, miserable, que bulle y palpita a nuestro alrededor, y que casi nunca vemos, porque preferimos arrinconarla, olvidarla, como si así pudiésemos evitar su existencia incómoda.

Mi vasito se vacía a la luz de la vela. Creo que mi próxima Nochevieja será distinta; tal vez me una a la celebración masiva. Para catar el aroma de lo divertido, y dejar de lado lo sombrío y tétrico de las vidas dolorosas de aquellos que respiran nuestro mismo aire. O quién sabe si, para entonces, ya seré yo uno de ellos...

F.l.z .Ñ. N..v."

15 de junio de 2008

Microrrelato



"¿Es rocío lo que noto en mi cara? ¿O quizá lluvia?
La siento fresca, aunque espesa. No. No es agua, es sangre.
¿Pero mía? ¿O de quién? ¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho?
Oigo sirenas. Ambulancias, seguramente... o tal vez policías.

¿Vienen a ayudarme, o a por mí?
Aún no he muerto, pero apenas noto ya la vida.
Hay que vivir o morir. Ir adelante, o abandonar.

O me mato yo, o espero a que lo hagan ellos.
Sea
..."

(Dibujo: Bob Dylan)

2 de octubre de 2007

'Morir a lo grande' (relato corto)

Nada más amaneció salió Tomás de su vieja y austera cabaña, saludando al nuevo día. Llevaba, como siempre, unos amplios pantalones, sandalias de cuero y un sombrero de paja. En su rostro, vetusto y surcado de arrugas, sobresalían sus ojos saltones y su más que respetable nariz. Tomás era un hombre pobre, más pobre que cualquier otro habitante de su pueblo. Ahora bien, su pobreza era voluntaria; reservaba toda la fortuna acumulada, que no era poca, para cuando muriese. Desde hacía veinte años, más de un tercio de toda su vida, su obsesión había sido vivir trabajar al límite, vivir pobre y morir a lo grande, edificando para cuando llegase el momento un mausoleo de colosales dimensiones que atestiguaría el paso glorioso de Tomás hacia la otra vida. Anhelaba Tomás algo mucho más importante que un simple, vulgar y anodino bloque de hormigón con una superficial inscripción en la que rezara: ‘vivió aquí, desde tal año, y murió allá, tantos años más tarde”.

Tomás trabajó duro a lo largo de dos décadas. Limpiaba cuadras, arreglaba desperfectos en casas y talleres, vivía en las fábricas, ayudaba a cualquiera que lo necesitase y, a veces, incluso a aquellos que no pedían ser ayudados. A cambio, pequeñas sumas iban amontonándose en la mesita de noche del viejo. Comía muy poco, descansaba sólo lo imprescindible, y había ocasiones en que pasaba días enteros trabajando sin cesar. A su regreso, de noche, el sueño que con tanto ahínco perseguía estaba un poco más cerca de hacerse realidad.


Las gentes del pueblo siempre preguntaban a Tomás por qué quería malgastar su dinero en algo que él no llegaría a ver; le instigaban a que disfrutara de la vida, que hiciera realidad otro tipo de sueños, más gozosos y útiles: comprarse una casa grande, un coche caro, vestir trajes de firma, degustar las delicias de los restaurantes de calidad, etc. Sin embargo, Tomás se mantuvo terco, obstinado como una mula, decidido a no gastar un céntimo en algo que no fuera destinado a su futuro mausoleo. La gente acabó por no entender nada de lo que hacía el viejo, y poco a poco Tomás se quedó solo.

Había quien se burlaba de Tomás, por sus excentricidades y extrañas ideas. Otros evitaban hablar con él, dirigirle la mirada siquiera. Al ermitaño de barba blanca llegó a importarle muy poco; hubo veces en que intentaba explicar el por qué de su conducta, que si bien era insólita, tenía una razón de ser; probaba a narrarles sus ideales, sus motivaciones, y por qué tendía a alejarse de la vida ordinaria, más ellos no comprendían nada, nada en absoluto. Para las gentes del pueblo, la vida de Tomás era una tontería sin sentido. “¿Para qué tanta miseria, Tomás, para qué vivir pobre pudiendo tener todo lo que deseas?”, le preguntaban, ya sólo muy ocasionalmente. “Para seguir viviendo después de muerto en las mentes de muchos”, respondía él. “¡Pero si a ti no te conoce nadie, Tomás!”, replicaban ellos. “Me conocerán”, aseguraba orgulloso el viejo.

Llegó el día en que Tomás reunió el dinero suficiente para su mausoleo, y mucha gente supuso que no tardaría en morir; había estando esperando ese momento toda su vida, de modo que muchos dieron por seguro que el viejo Tomás no duraría mucho más. Para él, en cierto sentido, seguir viviendo una vez su sueño ya era una realidad era, en efecto, un sinsentido. Sin embargo, esperó pacientemente su turno, y sólo cuando consideró que su fin podía estar cerca empezó los trámites administrativos y legales necesarios. Los responsables del cementerio no pusieron objeción alguna; siempre era bueno recibir una bonita suma por la idiota excentricidad de un viejo solitario. El mausoleo tomó forma en un par de semanas, y para cuando Tomás cumplió sesenta y cuatro años, a finales de septiembre, ya estaba todo listo para el gran momento en la vida del poco querido y aún menos apreciado anciano de la colina.

Mientras, las otras gentes del pueblo, gente mayor en su mayoría, morían a su vez, y eran sepultadas en un montón de tierra convencional y amorfa: lápidas grises y casi anónimas atestiguaban su fin. Por el tipo de mausoleo en el que yacían, la enorme mayoría de la población era indistinguible a ojos de un visitante externo. Únicamente eran relevantes unos pocos, que representaban a los cuerpos de difuntos políticos o benefactores, sabios o misioneros, sacerdotes o alcaldes. Pero, junto a ellos, se erigía el enorme y noble edificio fúnebre, ya ocupado, que contenía los restos mortales de Tomás. A su entierro acudieron pocos vecinos; un sacerdote, inevitablemente, y un par de viejas mujeres con largos vestidos negros.


Pero, tal y como él había supuesto, aquellos que nunca habían acudido al cementerio, por los motivos que fueran, acabaron sintiendo cierta curiosidad acerca de ese ignorado personaje, desconocido para ellos, que había recibido tamaña sepultura. Preguntaban a los empleados del cementerio, a los responsables del ayuntamiento, pero estos nunca les informaban adecuadamente: las respuestas más habituales hacían referencia a un viejo ermitaño de barba blanca, modales extraños y pantalones holgados, viviendo en una choza a las afueras del pueblo, pero se trataba de una respuesta a todas luces absurda; un ermitaño no tendría recursos para aquello, y si los hubiese tenido, ¿quién querría morir rodeado de lujos pudiendo vivir con ellos? La respuesta, a veces cansada, era invariable: “Tomás Cervera de Tormes”.

De esa manera, Tomás fue conocido por mucha más gente una vez muerto que durante su gris y triste vida. Circulaba por los pueblos vecinos la historia de un viejo loco cuya fortuna se empleó por completo en la construcción de su propio templo funerario, y que en nada se parecía a los mausoleos convencionales. “Vale la pena verlo, es un edificio increíble”, decían algunos. Hubo quienes vinieron de muy lejos para saber de la vida de ese extraño personaje.

Con el tiempo, el pueblo donde nació, creció y murió Tomás fue llamado “el pueblo del ermitaño rico”, y gracias a la existencia de su mausoleo, la memoria de Tomás, a quien nadie había comprendido, permaneció mucho más viva que la de prósperos hacendados, militares, políticos y grandes propietarios, a quienes el paso de los años sumió, para siempre, en el más absoluto de los olvidos.

12 de diciembre de 2006

El sueño del pájaro libre

Había una vez un hermoso pájaro encerrado en una celda de metal; su cárcel era ancha, espaciosa, y era compartida por otros semejantes a él, pero el pájaro no se sentía a gusto con ellos. En el fondo no quería, intentaba evitarlo con todas sus fuerzas, pero los odiaba. Por su ceguera, por no ver que estaban encerrados, por su apatía e indiferencia ante lo que les rodeaba. Tenía a su lado a muchos que parecían ser como él, pero siempre se veía solo.

A veces intentaba hacerles ver cómo era, por qué, a diferencia de los otros, sufría cada día en su compañía, pero como no quería hacerles daño, nunca les hablaba directamente. Hubiese sido demasiado duro para ellos. De qué serviría, pensaba, decirles la verdad, si no la comprenderían, o la malinterpretarían, como hacían siempre. Sus silencios les confundían, sus cantos eran extraños, solemnes y llenos de amargura; los de sus compañeros, en cambio, sostenían siempre la vivacidad y la armonía, pero eran sosos y estúpidos, pensaba el bello pájaro. Podían trinar sin parar, horas enteras, y sin embargo, no llegaban sus melodías a ninguna parte. Eran como sonidos vacíos destinados al olvido inmediato.

Él era distinto, sin duda; amaba la vida y el amplio mundo a su alrededor; necesitaba salir de la celda, ir a buscar a otros pájaros, hermanos reales suyos, y guarnecerse de las apatías e indiferencias de los demás compañeros de cautiverio. La celda, no obstante, era firme, y sus barrotes, finos, carecían de intersticios lo suficientemente anchos. El pájaro, siempre solo, siempre ignorado, permaneció en silencio durante mucho tiempo.

Hubo un instante en que, tras anhelar con tanta fuerza su liberación, se vio a sí mismo desatado al fin, los grilletes abiertos y el mundo exterior a la espera de ser descubierto. Sin entenderlo, pero feliz por su huida de la insensibilidad y el oprobio, marchó al aire limpio y nuevo; no viciado ni contaminado, el ambiente era de una pureza tal que apenas se elevó perdió el equilibrio y fue a caer a la entrada de la caverna donde había vivido hasta entonces. Quiso emprender el vuelo de nuevo, más sus miembros no le respondían. No era insólito, pensó, entristecido, pues jamás había aprendido a volar.

Echó entonces la vista atrás y distinguió, como a mucha distancia, la celda de sus semejantes, que según él no eran tales. Seguían allí, en su mundo estrecho, en su limitada esfera de vida, y se compadeció de ellos. No le miraban, si siquiera sabían que había huido, y seguramente tampoco les importaba. La compasión pronto se convirtió en odio, y en poco tiempo el bello pájaro del color del fuego sentía una hostilidad creciente hacia ellos. "Míralos", se decía, "no saben ni entienden nada, recluidos en la celda, en la prisión de sus vidas". "Yo, en cambio, soy ahora libre, y haré y viviré cosas que ellos jamás sospecharán", se dijo, orgulloso, el pájaro dorado. Pero, ¡ay!, sus alas rechazaban cualquier intento de elevar su armonioso cuerpo hacia las estrellas. Las movía frenéticamente, con furia, con energía desmedida, mas todo lo que abandonaba el suelo eran unas cuántas motas de polvo.

Irritado, al pájaro de oro empezó a cantar una melodía cacofónica y estridente, la cual llegó hasta sus compañeros, quienes dirigieron sus miradas hacia el origen de aquella tonada inarmónica y cruel. Buscando quien hería sus oídos, reconocieron al pájaro de bellas plumas doradas. Entonces, mientras éste aullaba de rabia, los otros pájaros vieron que enfrente suyo había un gato enorme, profundamente dormido sobre un montón de paja. Sin embargo, el cántico del pájaro de oro era demasiado ruidoso, y el gato parecía ir despertándose. Alarmados, los pájaros de la celda iniciaron sus propios trinos con la esperanza de avisar a su compañero que quizá, pensaron, se había extraviado de la celda por algún motivo que ellos no comprendían. Sin embargo, sus trinos eran muy agudos, y terminaban ahogados por el potente canto del pájaro dorado. Uno de los pájaros esclavos, viendo que al parecer su amigo tenía intención de volar, sintió una pena infinita por él, dado que sus alas no estaban hechas con esa finalidad. Pero, como último recurso, propuso a sus hermanos tratar de ayudarle ofreciéndole unas alas nuevas. Así, cada uno de ellos aportó una pluma, y confeccionaron en un tiempo récord un par de membranas flexibles y ágiles, que tal les fueran útiles al apenado pájaro dorado.

En ese momento el gato se despertó, pero no vio al pájaro dorado; en su lugar, se dirigió con aire somnoliento al tazón de comida, donde dio un par de bocados a los restos de la comida de ayer. El pájaro dorado, agotado, había concluido su lamentación en forma de indignado gorjeo, y fue entonces cuando vio al gato. Atemorizado, el pájaro de fuego quiso volar para huir de él, pero de nuevo fue incapaz. Fue entonces cuando oyó el canto cadencioso de sus otrora compañeros de celda, y su mirada descubrió que, ante ellos, había un par de plumas extrañas, con distintas tonalidades. Entendió que tal vez con aquellas plumas pudiese por fin iniciar el vuelo y huir de aquel horrible gato, de modo que se dirigió con dificultad hasta la base de la celda, donde les esperaban sus antiguos camaradas. Una vez allí, les pidió el par de alas que ellos poseían.
– ¿No puedes regresar a la celda, verdad? – le preguntó uno de los pájaros encerrados, mientras le tendía las alas por entre los barrotes.
– No, lo que quiero es simplemente volar más allá de ella –explicó el pájaro dorado. – De todas formas, no lo entenderías, así que gracias a todos por vuestra ayuda.– Se colocó las alas sobre las suyas y, de forma milagrosa, encajaron a la perfección. Las batió para probar e, impresionado, vio que eran muy ligeras, pero que le elevaban del suelo sin apenas esfuerzo.
El gato vio movimiento por el rabillo de su ojo derecho y de inmediato se giró hacia allí; vio entonces al pájaro dorado intentando volar, de forma torpe aún, y se lanzó hacia él. Raudo, llegó hasta donde el pájaro se encontraba y, de un zarpazo, lo echó al suelo, frustrando todas sus intenciones de huir. Justo cuando el gran gato negro abría sus fauces oscuras para engullírselo, el pájaro dorado abrió sus ojos y el sueño inquietante desapareció.

Allí estaba él, aún dentro de la gran celda, acompañado por todos aquellos compañeros suyos, quienes proseguían sus cánticos insulsos y parecían no reparar en su presencia. Todo había sido, en efecto, un sueño. En el sueño ellos le ayudaban a él, aunque la culpa de no escapar fue sólo suya: de no haber perdido el tiempo en estúpidas lamentaciones, en sus rabias absurdas, hubiese abandonado para siempre aquella cárcel de acero. Había, no obstante, algo en el sueño que parecía hacerlo real; “¿y si el sueño no fuera tal, simplemente? ¿Y si fuese una premonición de lo que está por venir?”, se preguntaba el pájaro dorado. “Si mis compañeros son quienes me ayudan a escapar, incluso alejándome de ellos mismos, ¿no debería yo?, si... , ¿no debería ... ?”.

Tras unos momentos de reflexión, el pájaro dorado se dirigió hacia donde estaban sus compañeros. Al principio hubo una clara nota discordante en el grupo de pájaros trinantes, pero pronto esa nota, sin desaparecer por completo, se perdió entre la belleza y la sencillez de una melodía alegre y feliz, la melodía de una reunión largo tiempo anhelada.

16 de octubre de 2005

La encontraré

RELATO CORTO

La lluvia me calaba hasta los huesos. Apenas notaba mis pies sobre el húmedo pavimento, levitando entre las ondulantes cortinas de agua.

La noche, cerrada y oscura, atenazaba mi ánimo, infringiéndole el sentimiento de pavor que corresponde a una búsqueda que rozaba la locura y cuya recompensa, en el mejor de los casos, no era más que un sueño.

Conocía mi ciudad como la palma de la mano, pero a través de la lluvia apenas era posible distinguir los contornos de los edificios, vaporosos y desdibujados. Estaba por donde antaño la seguía, en mis días de colegial. Hacía casi dos décadas que inicié mi persecución de una niña rubia con los ojos más azules que jamás he visto. Al salir de clase, arropado entre árboles y padres buscando a sus hijos, mi mirada se centraba en ella; iba casi siempre con su amiga del alma, más alta y más guapa, pero repleta de arrogancia. Ella era sencilla, agradable, tierna y dueña de una sonrisa que era capaz de enloquecer, siempre que la contemplases con los ojos del amor.

En las tinieblas, buscaba esa sonrisa, o al menos el rostro maduro que ya ha dejado atrás los años de la infancia y la adolescencia. La lluvia impedía ver con claridad, pero en mi mente la imagen de ella estaba nítida, resplandeciente, y anhelaba volver a encontrarla en la realidad.

Sabía, por un amigo, que volvía tarde a casa los sábados, quizá debido a su trabajo, o quizá por encuentros con hombres que la deseaban una milésima parte de lo que yo la había amado en silencio durante veinte años. Hice guardia alrededor de su casa, supurando agua y vapor, notando las frías gotas penetrar la ropa y alcanzar la caliente piel. No tardaría, pensé; en unos minutos la espera de años se haría añicos y su rostro aparecería ante mí, radiante y joven. Aguardé, paciente, el momento.

Supe que era ella porque su figura conservaba toda la sensualidad que se adivinaba ya hacía tanto tiempo; la silueta evidenciaba un cuerpo bien cuidado, sugerente y de una vitalidad increíble. No llevaba paragüas, incomprensiblemente, y tampoco corría. No huía de la lluvia, como era de esperar, más bien la lluvia se apartaba cuando ella pasaba, y de algún modo se mantenía seca, ajena al chaparrón que ya empezaba a encharcar aceras y a ahogar respiraderos.

Me dirigí hacia ella, a paso firme, y aunque mis pasos eran seguros mi corazón vacilaba. No sabía qué podía decirle, ni cómo empezar, ni si ella me recordaría, aún asegurándole que yo era aquel niño espigado y de ojos verdes, ingenuo e ignorante, que una vez intentó besarla antes de entrar a clase de plástica.

A escasos metros de ella, se detuvo un coche. La silueta femenina se acercó a la ventanilla, dijo algunas palabras apenas audibles a través del dosel de agua, y entró en el vehículo. No pude distinguir si subía o era arrastrada, si forcejeaba o si, dispuesta, penetraba en el coche de buena gana. Me quedé petrificado por unos instantes; alguien se me había adelantado, había destrozado mi sueño, aniquilado mi anhelo de encuentro. Cuando mis piernas perdieron su rigidez y me obedecieron de nuevo, ya era tarde, por supuesto.

Vi el coche perderse entre lágrimas, alejándose en la distancia. La lluvia arreciaba, si ello era posible. Decidí esperar; ella volvería, estaba seguro. Y si no lo hacía, no importaba. Continuaría mi búsqueda, hasta más allá del infinito, si era necesario. Una oportunidad malgastada, quizá debido a la lluvia, quizá por la aparición inoportuna, quizá por mi falta de determinación, pero no sería la última. Mientras exista el futuro, hay esperanza.

Rodeé una farola, me calé mi sombrero y aguardé. Su casa, delante de mí, me desafiaba. Pero pese a las dificultades, más tarde o más temprano, sé que la encontraré. Ojos azules, profundos y etéreos. Sí, la encontraré.

(Escrito en 49 minutos con ocho voces vociferantes a mi alrededor; desventajas de la vida en família... .)