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20 de diciembre de 2017

Un regreso


A veces las cosas parecen suceder por mero azar; en otras, en cambio, es como si fueran algo inevitable, algo que estaba destinado a ocurrir como si, por ejemplo, un terreno tuviera una propiedad mágica que hiciera germinar las semillas forzosamente, sin necesidad de regarlas ni cuidarlas. A veces todo depende de nosotros; otras, de los demás.

El abandono de este blog, por espacio de casi tres años, obedeció no a un cambio de intereses, sino a una hartura temporal. Ya no había nada que contar; no había motivo para seguir narrando ni explicando nada. Una existencia -la propia- cuya vivencia no encaja(ba) con el espíritu de esta página no merecía ser recogida. ¿Para qué? Sería excederme, forzar, tratar de mantener algo que ya había muerto.

Así que en el blog penetró el silencio, ése del que tanto hemos hablado en estas notas, e hizo enmudecer las palabras. Y lo hizo bien.

Hoy regresamos, empero. ¿Por qué? ¿Hemos vuelto a ser aquel que vivía medio aislado, sin contacto, sin compartir nada, gustosamente extraviado, cuya vida eran libros, gatos y la soledad? No, en absoluto. ¿Entonces?

Porque, en ocasiones, el azar, siempre inesperado (dichoso azar si no lo fuera), golpea y de improviso se abren conductos, puertas, sendas pequeñas cuya espesura no deja ver adónde llevan, pero que son tentadoras. Y encuentras a alguien que te anima a seguirlas, alguien que te dice: "ponte las botas y empieza a caminar". Tú no estás muy seguro (nunca lo estuviste), pero algo hay en su seguridad que te contagia; y ese ánimo se adentra en ti, te conmueve y habla ("hazlo", ordena) de un modo que no puedes ignorar.

Por ello estamos aquí. Por ello regresamos. Trataremos de recuperar, en lo medida de lo posible, lo mejor de los años previos (años que han pasado raudos y que nos han hecho cambiar, pero que creemos aún conservan pequeñas briznas de valor), y le iremos añadiendo todo lo nuevo que sintamos/pensemos/vivamos. Iremos creciendo, mejorando y veremos hacia dónde nos encaminamos...

A todos los que alguna vez por aquí vinieron, gracias. Y a los nuevos, que ojalá los haya, ¡bienvenidos!.


(Imagen: Cielo crepuscular, Gandía, Noviembre 2017; El Hermitaño)

27 de octubre de 2014

Una vida (segada)


Quien entrara en el salón de nuestra casa hace unos días podría haber pensado que habíamos pintado un fantasma en la pared, justo encima del sofá. 

Y, de algún modo, no iría demasiado descaminado, porque lo que ahí había era, en efecto, el espectro de algo que antaño estuvo vivo. Mejor dicho, alguien que estuvo vivo y que perdió esa vida a causa de otro alguien, que decidió apretar el gatillo, dejar salir el cartucho y asesinar.

Ese "alguien" que escogió matar fue mi padre; y el "alguien" que colgó en la pared, anclado a una losa de madera, disecado, con los ojos postizos, ese alguien fue (en su día) un hermoso ciervo de dieciséis puntas.

Recuerdo haberlo visto cuando llegó a nuestra casa, en enero de 1986. Sólo una parte de él, sólo el maldito "trofeo", la noble efigie de un animal portentoso que tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de alguien que quería divertirse a costa de la vida de los demás.

Me asusté un poco cuando observé todas esas puntas, el morro alargado, las puntiagudas orejas. Era un animal grande, noble, admirable. Yo tenía cinco años, y no entendía qué gracia tenía traer algo así al salón, pero miré a mi padre, que estaba jubiloso, y simplemente lo acepté. No había conciencia de la muerte del ciervo; de haberlo visto, ensangrentado, en el campo abierto de Riofrío, la sensación hubiera sido muy distinta. Pero, en casa, limpio y acicalado, con el pelaje alisado, parecía aún vivo. Parecía brotar de la pared... Y, simplemente, acabé por tomarlo como un 'adorno', un complemento de la casa, como quien coloca un cuadro o unas petunias encima de la mesa.

Con el tiempo, llegó a integrarse tanto en el mobiliario que ya no le hacía ningún caso. Pero hubo un momento, hace ya bastantes años, en que "vi" de nuevo a ese ser que estuvo vivo. Miraba los ojos de cristal y le imaginaba aún respirando, aún latiendo su corazón, comiendo hierbajos, buscando a su hembra, desarrollando su vida, esa otra que pudo haber sido y que jamás le llegará.

Demasiado fácil es segar una existencia. Demasiado simple. Un sólo disparo, y matamos todo un porvenir, ya sea una vida humana o animal. Y, si en el primer caso, se le llama asesinato, ¿por qué no en el segundo? Y, si execramos aquel acto; ¿por qué no éste?

Es hermoso abrirse paso por el monte, seguir senderos, subir picos, admirar la belleza del mundo natural que nos rodea. No es necesario llevar armas, perros cazadores, no cabe perseguir nada, tan sólo el disfrute del hecho de estar vivos y de la existencia de los demás. ¿Tan complicado resulta? ¿Por qué llenar el ocio de matanzas, sangre, vísceras, violencias y sufrimientos? ¿Por qué no, sencillamente, limitar los disparos a los de las cámaras fotográficas?

La subordinación de unas especies bajo otras en la cadena alimentaria presente en la naturaleza puede, gracias a nuestra conciencia y sentido ético, convertirse en una convivencia respetuosa. Todo es cuestión de educación, de empatía, de pensar y sentir por el otro. Sea humano o animal.

Aquel ciervo que vivió muerto en mi salón durante 28 años jamás debería haber abandonado la dehesa. Debería haber continuado con su berrea, lanzado sus anhelos al cielo de Guadalajara. Ése era su sitio, y no mi casa. Ése debería haber sido su lugar de vida, vagando, descubriendo, experimentando... Y, cuando fuera su hora, cerrar los ojos y sentir la oscuridad inmensa. 

El "trofeo" ya no cuelga en el salón. Lo hemos retirado porque ha empezado a podrirse por dentro y apesta, y su pelo cae en el sofá. Ya estorba. Y, como siempre se la ha considerado un mueble, debe ser desechado.

Pero su recuerdo perdura. Mi madre lamenta haberlo tenido en casa, siempre lo hizo; sólo mi padre sigue orgulloso, porque aún no ha interiorizado (¿lo hará?) que su presencia colgante no es símbolo de hombría, ni de valor, ni de nada. 

Matar es sólo eso, un acto de violencia. Y, cuando se considera deporte o entretenimiento, es aún más vil y odioso. Es dañar por gusto, es asesinar por el placer de decidir cuándo debe algo morir. Es un juego para creerse Dios. Y es una muestra de simpleza, de bajeza moral y de falta de personalidad.

En la vida imaginada, la que nunca te dejaron tener, amigo, tú aún corres por las colinas. Aún te encabritas, aún vives y aún amas.

Nunca te olvidaré.

Jamás.

(Imagen: El Hermitaño)

19 de septiembre de 2014

Inicios


1981. Octubre (creo). Tenía año y medio. En la azotea de la casa de mis abuelos.

Me dieron un cartón de tabaco (mi padre fumaba mucho, por entonces) para jugar, y un par de pinzas. Destrocé el primero en pocos minutos (siempre se me ha dado bien romper cosas...), y con las segundas hacía ruiditos golpeando una con otra y trataba de abrirlas (esto, naturalmente, me lo han contado; yo no recuerdo nada...).

Todavía no caminaba, y sólo acertaba a decir "ma", "pa" y "ti". De hecho, no mejoraría apenas hasta los tres años. Nunca he sido dicharachero; me agrada el silencio. Parece que ya entonces me gustaba...

Y, hoy, me gusta, asimismo, el peto de pana que me pusieron; y también ese jersey de lana. Era un día de cielo azul profundo, pero fresco, digno de un equinoccio riguroso. Como, quizá, ya no los hay.

"Vaya pequeñajo", me digo. Un niño siempre es un absoluto misterio: qué hará, cómo vivirá, cuáles serán sus principios. Hay tantas posibilidades para él. Tiene todo el universo abierto. Sólo tiene que escoger... y esperar que los obstáculos no le impidan ser él mismo.

Es bonito verse así: infantil, inocente, ingenuo, desconocedor de todo... También ahora desconozco mucho, todavía. Hay tiempo, sin embargo, para mejorar. En eso debería consistir todo ese tinglado extraño y ligeramente absurdo (pero precioso...) que llamados 'vida'. Intentar conocerte mejor, crecer, evitar el dolor, conseguir (en la medida de lo posible) que el sufrimiento (propio y ajeno) se achique al mínimo. Como reza una frase que encontré por ahí: "Todo lo que tenga vida que sea liberado de sufrimiento". Es un deseo hermoso y admirable. 

Pero, también, es bueno reírse. Es estupendo, de hecho. No tomarnos demasiado gravemente y dejar que aflore el cachondeo y lo liviano le pegue un buen mordisco a la trascendencia. 

¿Quién es ese niño que mira la cámara, medio embobado? Soy yo, pero... ¿qué queda de él en mí? ¿Cuánto persiste aquí dentro, y cuánto he dejado en la cuneta?

Me contaron que rompí el cartón de tabaco y me fui a comerme mi papilla de lentejas (tomaba dos platazos enormes muy a menudo...). Parece que ya entonces sentía cierto apego por las deliciosas legumbres.

Ya tengo, pues, algo más que me une, y en modo alguno se trata de algo baladí, con ese pequeño y cándido ser que una vez fui...

15 de julio de 2014

Ofrenda


Si hay algo que deseo profundamente que crezca en el huerto, que desarrolle frutos bellos y grandes, sabrosos y dulces, ese 'algo' es la sandía.

Aprecio todo por igual, todo lo que, echado a la tierra, brinda alimento, por escaso o poco rico que esté (desde la albahaca a los tomates, desde los pepinos a las cebollas, o desde las lechugas a los cacahuetes)... pero, las sandías, son especiales.

Quizá por ser tan vulnerables al "poll", como decimos aquí, quizá por crecer (si así lo desean los hados...) tan rápida y espléndidamente, hasta adquirir tamaños enormes y pesos de varios kilogramos, quizá porque es una de las plantas más delicadas y que más cuidados y mimos requiere (o eso creo...).

O, quizá se deba, sin más, al placer inigualable que produce llegar a casa todo sudado, cubierto de polvo y de cansancio, tras una mañana bajo el sol de verano (aunque últimamente no son muchas las mañanas así y hago bastante el gandul..., sí, tengo que reconocerlo), abrir la nevera, sacar un par de rodajas frescas de sandía, roja, con pepitas (sí, la sandía, la buena, la de siempre, ''debe'' tenerlas...) sentarte en el suelo (una excentricidad mía...), ver acercarse a los gatos... y zamparte esa delicia de agua y fructosa, tal vez con un poco de pan (hábito herencia de mi abuelo... a quien le doy las gracias por revelarme esa jugosa combinación).

No conozco otro modo mejor de recuperar líquidos, fuerzas, energías, de sentirte vivo y lleno de vigor, otra vez.

Y todo gracias a unas pequeñas plántulas que, debidamente tratadas y acariciadas y, con la venia de la Providencia (que puede ponerse de nuestro lado... o no), surgen, germinan, brillan, irradian y, finalmente, nos obsequian con un apetitoso bocado, el mejor que el verano nos puede proporcionar.

Y, además, sin tener que ir a comprarlo. Es llegar al huerto, cortarlo y, de ahí, a la boca.

¿Puede haber algo más satisfactorio?

(Imagen: El Hermitaño)

23 de junio de 2014

Algo del pasado


Cuando uno emprende el necesario (y aburridísimo) cometido de aligerar la carga de los viejos cajones, puede encontrarse con sorpresas. En mi caso, abundan papelorios antediluvianos, recortes de prensa de la época pleistocena, lápices medio comidos, cuadernos amarillentos que se caen a pedazos,  carpetas de separadores ilustradas con estrellas rockeras ochenteras y, de paso, un nutrido mar de pelusillas adheridas a todas esas piltrafas, señal de que han pasado ya años desde la última intentona saneadora. Hay más artilugios, allá dentro, claro, pero para qué enumerarlos, si todos los tenemos muy parecidos...

Entre los papelorios que hallé había uno, doblado en cuatro partes, que desconozco cómo fue a parar allí. Es una especie (muy libre, muy ingenua; muy mediocre, también) de poema. Lleva la fecha: 31 de agosto de 2005. Sí, cierto, no vale nada. Pero... pero resulta entrañable, y produce nostalgia, encontrar algo así. Ha pasado casi una década desde entonces. ¿Yo escribí eso?

Lo curioso es que fuera, precisamente, el última día de agosto, cuando me dio por anotar esa chorrada. Estaba, entonces, trabajando de recepcionista en un cuchitril de la Playa de Gandía. Y, ése 31 de agosto, era el peor día del verano, pues casi todo el mundo huía hacia Madrid (el 98% de los clientes procedían de esa ciudad), sacando provecho hasta del último rayo de sol, antes de regresar a la meseta, tan lejana a la mar.

Así que tuve que redactar el texto (precipitadamente, a ratos, sin tiempo para revisar o mejorarlo) mientras los turistas de turno abandonaban el edificio, mientras me despedía de ellos, anotaba las salidas, les indicaba el modo más apropiado de volver a su casa ("Id por Albacete; es más largo, sí, unos veinte kilómetros más, pero hay mucho menor tráfico que por la A-3... hacedme caso") y me aseguraba de que me entregaban las llaves, que solían quedarse en sus bolsillos descuidadamente... Repito: esas palabras no valen nada. Las subo aquí por su valor emocional, si acaso. 

Es curioso recordar algo vivido o escrito en un pasado lejano (nueve años lo son, para mí, y mucho). Aunque ya no estés de acuerdo, o aunque hicieras las cosas de modo completamente distinto... hay, sí, esa nostalgia, ese afecto, por ligero que sea. Es un pedazo de lo que fuiste, de lo que sentiste, en un tiempo ya extinguido y al que, obviamente, nunca regresarás. Ni intelectual ni vitalmente.


"Relámpagos sobre las nubes"


Subido a la nube miro,
rodeado de truenos y electricidad
a una escueta figura en la distancia.
Apenas la veo entre el jaleo de luz,
pero conozco su rostro y, ella, el mío.

Subido a la nube miro,
ahogado por nieblas y vahos,
el lento transcurrir de lo vivo.
Quietud, seguridad, indiferencia.
El porvenir es ajeno a ellos.

Subido a la nube miro,
cegado por rayos y resplandores,
el cielo ahumado sobre mi rostro.
Tenue, austero y etéreo,
me guiña su ojo, pícaro, juguetón.

Subido a la nube miro,
encogiendo mis largos miembros,
a una niña que quiere alcanzarme.
Llora entre brazos ajenos, aunque amables,
pero ríe porque sabe que, también, ya está conmigo.

Subido a la nube miro,
entristecido por el horror y la masacre,
que todo lo que es pronto dejará de ser.
Amor, pasión, amistad, alegría.
Todo destinado a no ser más que cenizas.

Subido a la nube termino de observar,
que el bien y el mal nos persiguen.
He de volver a mi guarida, entre el caos.
No hay excusa, ni escape ni vuelta atrás.
Regresaré al lugar, sí, adonde nunca he ido".


(Imagen: El Hermitaño)

14 de junio de 2014

Entrevista para "On-Road Magazine"

Hace unos meses los amables responsables de la revista digital "On-Road Magazine" se pusieron en contacto conmigo y me pidieron que contestara las preguntas de una entrevista acerca de mi blog de viajes con la "Xiqueta" (mi autocaravana) y el mundo del sector (el blog en cuestión podéis leerlo aquí). Acepté, desde luego, y ahora la entrevista acaba de publicarse en el número 30 de "On-Road". Realmente me ha hecho ilusión... Si alguien desea echarle un vistazo o mirar las fotos, sólo tiene que picar en el enlace que hay más abajo. También tenéis acceso a los otros números de esta estupenda publicación. ¡Aprovechad y disfrutadla!

¡Muchas gracias a la gente de "On-Road Magazine" por este regalo tan bonito!.

¡Espero que os guste :)!

Entrevista ''On-Road Magazine''

6 de mayo de 2014

Ella (lo fue)


"Pero te quise, y te quiero, aunque estemos destinados a no ser..."

Julio Cortázar

28 de enero de 2014

Lo que se recordará...



Llegamos a la casa a media tarde, con el sol ya declinante. El viento era suave y la estrella aún irradiaba con fuerza, brindando un ambiente cálido inusual para un 31 de diciembre.

La casa nos fascinó. Rodeamos sus muros, reconocimos el buen gusto del propietario y descansamos en el exterior, junto a la entrada. Entonces vimos los almendros. Traíamos pasas y avellanas, pero la tentación de abrir allí mismo, y paladear frescas, las almendras fue irresistible. Tomamos una roca plana y, recogiendo las que habían caído sobre la hierba, empezamos a merendar.

Tras el ágape, mirando el ocaso de la estrella, que los cirros velaban, nos abrazamos y, quizá también, sentimos que algo no andaba bien... El frío llegó, y decidimos regresar.

Pero no podíamos partir sin agradecer al patrono de aquel paraje que nos hubiera alimentado el cuerpo y el alma tan generosamente. Así que le escribimos una nota, que dejamos bajo su puerta con una piedrecita encima... Le dábamos las gracias por tan suculenta merienda y, le decíamos, esperábamos que pudiera disfrutar con salud de aquel encantador refugio.



La estrella quería marcharse ya, descansar más allá de las montañas, así que recogimos, hicimos una pequeña reverencia ante aquel sepulcro sagrado, por todo lo que nos había dado, y continuamos el camino, juntos. Murió el viejo año mientras nos mirábamos a los ojos; y entró el nuevo del mismo modo.

Pero supimos que no todo era rosa. Había en el aire una inquietud, que se ensanchó poco a poco. Y uno de nosotros vio una diferencia demasiado grande entre todo lo que recibía y lo que podía dar. No era posible.

Altea, las calles empinadas, los hogares blancos, las aventuras, los panecillos, la música, el puzzle, los besos sonoros y casi eternos, el incienso, la complicidad, los caminos recorridos juntos, la cocina humeante, los sabores y sonidos deliciosos, el ronroneo de Canelito (héroe de mi vida...), las carcajadas, las velas, la 'Duranta', el silencio de aquella casa preciosa y acogedora, las charlas hasta la madrugada, las montañas, los paseos nocturnos, los ojos puestos en el cielo, el mutismo compartido, las bromas, las miradas... y el amor.

Tras todo ello, sólo queda decir:

Meg, te quiero y jamás te olvidaré.

(Imágenes: El Hermitaño y Meg)

28 de diciembre de 2013

Fin de la aurora
















Todos merecemos un tiempo para ser amados; pero, a veces, también llega otro tiempo: el de ser olvidados.

Nunca he amado tanto a nadie. Aunque jamás intercambié una sola palabra con ella, aunque no pude cruzar su mirada con la mía, ni oír su risa, ni escuchar su voz. Atravesé el país para ir en su busca, y sólo hallé frío, lluvia y un parte meteorológico emocional que pronosticaba nublado con riesgo de más chubascos...

Cuando lo comenté, algunos lo vieron como una estupidez, una falta de madurez, u otros, directamente, como una locura. Quizá sea así; pero un amor que se precie como tal algo de ello debe de tener. Un amor racional, frío, comprensible, domesticado... pues quizá sea muchas cosas, pero posiblemente tendrá poco de amor. Yo valoro más el fuego, el ímpetu que te fuerza a hacer todo lo posible (y algo de lo imposible...) para tener a esa persona a tu lado. Cueste lo que cueste. Un amor disparatado, algo salvaje. Dejemos que, en estos temas, controlen otros...

¿Olvidarla? No, no es posible. Pero el tiempo pasa, la brasa empieza a perder su calidez y es invierno y tengo frío. Así que...

Alba...


Y ocaso.

(Imagen: El Hermitaño)

3 de mayo de 2013

Locuras
















Y, todo ello, ¿por qué?

1.240 kilómetros. Ocho días. Doscientas monedas en carburante. Atravesar el país hasta llegar a 'otro', que lame las orillas del Cantábrico. Abandonar encantandores bebés de once meses, gatas parturientas, terruños que requieren manos y amor, amigos del alma y la apreciada familia. Y, ¿por qué?

Ocho días calles arriba calles abajo en un pueblo de veinte mil habitantes del que no conozco nada; ni a nadie. Buscando algo que quizá ni allí esté; o, si está, puede no aparecer nunca. Mil millones de coincidencias imposibles van en mi contra. Juego con desventaja; mas cuento con mis fuerzas y con algún guiño inesperado del destino, pues éste siempre ayuda a los locos...  Y, ¿por qué?

Ocho días como un forastero en tierra extraña, desgastando suelas, abriéndose ampollas, agotándose las energías. Bajo la lluvia, bajo el sol, a merced de tormentas y ventiscas. Y, ¿por qué?

Ocho días de esperanzas y frustraciones, de deseos y realidad, de corazones ansiosos y razones frías, insensibles, que repiten el cántico acusador, ese "Ya te lo dije, era imposible... Has perdido el juicio". Así que, todo ello, ¿por qué?
Muy simple:

Por ella...

(Imagen: El Hermitaño)

20 de diciembre de 2012

Orígenes




















Remontémonos a diciembre de 1987, si queréis. Ya no hay colegio; la Navidad toma forma en nuestro interior, y a nuestro alrededor: luces, sorpresas, la espera de regalos ansiados y la magia, la magia navideña que inunda el mundo.

Penetramos en un piso cualquiera, en Gandía. Un niño de siete años entra en la habitación de su hermana, mientras ésta no está. Escudriña un poco el cuarto, ve algún póster de New Kids on the Block pegado a la pared (“qué pavos”, piensa, pues a él le molan Osibisa, Dire Straits y Roxette), un mar de peluches sobre la cama y un escritorio lleno de lápices y rotuladores. Todo parece normal, pero hay algo que llama la atención del chico.

Se trata de un libro, que descansa en la mesita de noche, junto al flexo y al despertador de la hermana. El mocoso mira la cubierta, coloreada de rojo y azul, y algo en su interior se agita, y siente una llamada que no puede explicarse. Coge el tomo, contempla el dibujo de la locomotora negra, el robusto maquinista y el pequeño negrito y, entonces, el mayor universo concebible (el de la imaginación) se abre ante él. Sabe, siente, descubre que “debe” leer ese libro. Nadie se lo ha recomendado, nadie le obliga a hacerlo; pero esa locomotora suscita en él un mundo insospechado de aventuras. Y no puede resistir la tentación. Secuestra el libro, se lo lleva a su cuarto, y empieza a leer. Cuando su hermana regresa, el chico le pide que se lo deje; ella, dos años mayor, accede al fin. Quizá porque ella misma también sintió esa misma llamada tiempo atrás...

Desde entonces, y como una promesa hecha a sí mismo, el niño leerá “Jim Botón y Lucas el maquinista”, de Michael Ende, todos las Navidades siguientes hasta los doce años; para entonces dejará atrás esa primeriza, encantadora y entrañable literatura y se adentrará, no ya en un mar de aventuras, sino en un auténtico océano, un océano sin fin, del que a día de hoy apenas conoce unas pocas yardas. Leerá tanto ese libro (como sólo los niños pueden hacerlo: con pasión desmedida, con ahínco por entender hasta la última palabra y toda frase), que aprenderá fragmentos de memoria y recordará para siempre las ilustraciones, sobretodo aquella última, que recoge a los dos protagonistas de espaldas, fumando (Jim ya es mayor) mientras contemplan una puesta de sol...

Por supuesto, el niño leerá muchos otros libros tras el que narra las aventuras de Lucas, Jim y la buena de Emma, pero ninguno será jamás para él tan especial como ése. Especial por su carácter primerizo, porque fue leído siguiendo una voluntad propia, lejos de cualquier influencia ajena, especial también porque su lectura le ligaba (me ligaba...) a la época navideña, a su vez igualmente incomparable, y especial también porque, sin él, quién sabe cuándo hubiese descubierto el gusto, el inimitable sabor de la lectura; quizá al cabo de un año, o quizá nunca; tal vez el colegio hubiese ahogado ese deleite con textos obligatorios que cabía, sí o sí, leer, aprender y comentar. Ese ejercicio de libertad, de libertad lectora total, me permitió gozar de mi propia elección, mi gusto personal por la literatura. Yo decidía cuando, y cuánto, leer. A veces bastaron un par de páginas; otras me leía capítulos enteros de un tirón. Era mi mundo escogido, mi acto de afirmación. Parece una chorrada, pero está (muy, muy) lejos de serlo...

Hace un par de semanas sufrí una conmoción. Fisgoneando en antiguas cajas de cartón ocultas en húmedos armarios encontré, por pura causalidad, el ejemplar de “Jim Botón y Lucas el maquinista”. Volví a contemplar los rombos rojos y azules de la cubierta, el pequeño arlequín lector en la parte inferior, a la vieja Emma repleta de carbón y lista para recorrer lo desconocido. Fueron tantos los recuerdos que afloraron, como le sucedió a Proust con su famosa magdalena, que las lágrimas pugnaron por abrirse paso... Esta vez no las dejé salir; tal vez hice mal.

Lo extraño no fue (o no sólo) encontrar el libro de Michael Ende; lo verdaderamente incomprensible es que el libro ha vuelto a llamarme, como si el cuarto de siglo transcurrido desde que lo vi por vez primera, en la mesita de mi hermana, fuera un mero instante carente de entidad temporal.

Y (pásmense aún más...), por increíble que parezca, esa llamada ha sido atendida. Los rombos azules y rojos señalan que la obra es para niños hasta doce años, según reza en la cubierta trasera. Pero el libro, hoy, descansa en mi mesita, al lado de abrumadores tomazos de filosofía contemporánea y estética, un volumen de ensayos de José Luis Pardo y otro de relatos de Stephen King.

En efecto, percibo la chimenea de Emma sobresalir entre ese mar de páginas para adultos, a Lucas saludar a quienes se quedan en el andén y a Jim Botón agitar la gorra al aire, como señalando que estamos a punto de iniciar una de las mil aventuras que se reservan para nosotros.

Emma escupe humo, satisfecha, pues sabe lo que nos espera.

Yo voy a subir.

¿Y vosotros...?

9 de abril de 2012

Santas Pascuas



Pascua de 1983. Marxuquera. Yo apenas tenía tres años. Sentada a mi izquierda, en su actitud permanentemente risueña y con un sombrero de paja que creo aún conservamos, mi hermana, un par de primaveras mayor. Cercenada en la imagen, en el extremo derecho, se aprecia parte de mi abuela, aún hoy llena de vida y lucidez. Aunque allí estaban, mis padres no aparecen fotografiados, como tampoco mi abuelo, a punto de hacer hoy los noventa y sin rechistar. Una familia, en sentido clásico, y en el sentido que importa.

Estrenaba vaqueros, ese día. Me encantaba Pascua porque siempre estrenaba pantalones, tejanos y azules. Me visitieron con camisa (hoy las odio) y me abrigaron con una rebeca para evitar el frío vespertino. Nos sentamos en un margen de roca; un lugar cualquiera, y perfecto. A mi hermana la adecentaban igual, porque Pascua era una época especial, inicio del buen tiempo, de los días largos y el sol inacabable. Siempre obviamos el sentido religioso de la temporada, excepto por la prohibición de comer carne el viernes santo y porque mis padres solían acudir a las procesiones. Para mí, sin embargo, Pascua era sinónimo de Naturaleza, de paseos por el campo, vaqueros relucientes y, claro... la merienda. La merienda era un festín inigualable.

Mi abuelo (había sido panadero durante décadas... sabía lo que se hacía) nos cocía unos deliciosos panecillos que mi madre rellenaba con un sofrito y con trocitos de conejo cazado por mi padre; por supuesto, aquello era la cosa más exquisita que uno pueda imaginar... Después nos zampábamos una mona, que había amasado mi abuela, y solíamos partir el huevo en la frente de mi padre, que se ofrecía amablemente a ser castigado de forma tan cruenta por sus indignos hijos... Recitábamos el viejo dicho (“Ací em pica, açí em cou; açí em mengue la mona, ¡i açí et trenque l´ou!”)... y ¡planck!, la cáscara echa puré y la frente paterna con sus trocitos y restos de clara de huevo. Después llegaba el plátano (con el huevo no podíamos; solían comérselo los mayores...), esa pieza insustituible de fruta, y por último un “Turrón de Viena”, que sabía a gloria, aunque a veces ya no pudiéramos dar cuenta de él tras el hartazgo previo...

Viendo esa fotografía por poco se me saltan las lagrimas... Lo digo en serio. No suelo lloriquear por cualquier nadería, pero la evocación de ese ambiente, de esa paz y ese amor que parecía sobrevolarnos, y que nos impregnaba a todos, el singular banquete y la ofrenda de luz, calidez y color primaveral, todo ello en conjunto, representa uno de los momentos más entrañables que recuerdo de mi infancia. Un muro sobre el que reclinarnos, un prado en el que jugar a la pelota con mi hermana, unos familiares que te querían, un tiempo que dejaba de existir y la inocencia, esa candidez infantil única, el tesoro que todo niño posee en su interior hasta que se desgasta por la sociedad y el crecimiento; todas esas cosas sencillas son las que, casi treinta años después, siento como las que importan. Y luego podremos buscar filosofías, discusiones apasionadas, intelectualidades varias y vanidades de cualquier tipo; pero lo que nos hizo como somos no son éstas, sino aquello: vi un pino y me agarré fuerte a su tronco; una hormiga subió por mi pantorrilla y yo me alegré; mi abuela besó a mi hermana y a mí me revolvió el pelo; hice pantalla con mi pequeña mano para que el sol no me deslumbrara; distinguí la Luna oculta en un jirón de nubes; me atraganté con el plátano y mi madre le limpió las migajas del panecillo en el pantalón de mi hermana (que, por cierto, pueden verse en la imagen...); mi padre me izó hasta sus hombros y me llevo por un camino desconocido; mi abuelo recorrió el prado para saber si había colmenas cerca; eché la vista atrás, mientras volvíamos con el coche a casa, más allá de la línea discontinua de la calzada y las hileras de pinos, y vi un resplandor rosado, el primero que recuerdo, y me pregunté qué sería aquello...

Siempre he asociado Marxuquera con la Pascua. Y siempre me pregunté por qué sólo salíamos a los bosques, a la montaña, en esa época; como si el resto del año la Naturaleza no contase, como si sólo abriese sus maravillas en abril. La respuesta, ahora, es fácil: no había tiempo. Los mayores trabajaban; nosotros nos dedicábamos a la escuela. La Naturaleza podía esperar... y esperó. Disfrutarla únicamente en Pascua fue la causa (ahora lo ) de que, ya mayor, me llamase con tanta vehemencia y urgencia.

Me llamaba, y tuve que acudir al requerimiento. Me he vuelto a sentar en un margen de roca; he vuelto a admirar el sol, haciendo visera con mi manaza; he comido mis avellanas a la salud de Ella, y he brindado con un trago de ron cuando Ra nos ha dicho adiós. Lo he hecho y, si Dios quiere, seguiré haciéndolo hasta el fin de los días, de los míos. Y tengo la sensación (no, rectifico, tengo la convicción) de que ello es resultado de aquellos días de Pascua en Marxuquera, días en los que, con mi familia alrededor, me enfundaba los vaqueros y, cargando con mi “coixinera” repleta de delicias caseras, salía a encontrarme con Ella.

En aquella Pascua tuve mi particular epifanía: Ella se me apareció en todo su esplendor. Creo que, una noche, bastante más tarde, lloré porque necesitaba ir a su encuentro, necesitaba viajar y descubrirla en su verdadera dimensión. Tendría ocho o nueve años. Ella era todo un Misterio, y yo necesitaba descubrirlo. Aún hoy, de algún modo, persiste ese Misterio.

Hoy, Domingo de Pascua, he ido de nuevo, aunque en esta ocasión solo, a los montes de Marxuquera. He subido a un risco rocoso, desde el que he divisado la urbe, las hormigas mecánicas surcar la carretera y, también, a grupos de familias yendo de un lado a otro, o merendando a la luz divina. Me he zampado un par de “pepitos”, he tomado de postre un plátano, y he jugado con el sol y las abejas zumbantes.

El mundo sigue siendo una maravilla y, nosotros, niños que seguimos jugando a la pelota, mientras la estrella ilumina nuestra vida. Apenas nada ha cambiado. Persiste la emoción y el deleite. Nunca desaparecerá ese Misterio, esa Grandeza, y esa Belleza. Es inmortal.

Como nosotros.

4 de marzo de 2012

Carretera y manta



El péndulo, que nunca cesa de oscilar, ha alcanzado el otro extremo del arco iris. Vuelve a indicarme la necesidad, la urgencia, de pisotear el asfalto fresco. Y nada de una escapada, una salida corta, una breve incursión; señala varias semanas, un mes, puede que más aún. Quizá un viaje sin regreso, pues nunca se sabe.

De hecho, un viaje así siempre supone la muerte de tu yo anterior. Regresas cambiado; el rostro, el ánimo, el corazón, la mente y el espíritu, no son ya los mismos. Mudan, crecen, adquieren una consistencia distinta. Lo sabes, y se te nota.

El garbeo, tras las maravillas vistas y vividas en Castilla y León y las de la escabrosa Castelló, se dirigirá en este caso, creo, hacia la vecina Murcia, tierra ignota de la que nada conozco, y cuya llamada produce una mezcla de inseguridad y deseo.

La canana está llena (aunque puede que no por mucho tiempo...); la nevera repleta de viandas y repostería caseras; mi casa (y la de todos los que así la sientan...) aguarda, impaciente también ella, la partida; el asiento del acompañante permanecerá vacío, el tiempo que quiera él estarlo; y el entusiasmo, lejos de desfallecer, no deja de crecer...

Y, además, sé qué me espera a la vuelta: un terreno de media hectárea listo para ser cultivado, desarrollado, enriquecido. Nada conozco, del arte, pero tanto deseo tengo de la aventura en la carretera como de aprender a zurcir la tierra y que, tras unas maniobras casi mágicas y un tiempo prudencial, algo surja de ella; ...algo, si es posible, comestible.

Con ese trabajo de disfrute en perspectiva, marcho. Me espera un mes de andanzas insospechadas.

Pues venga, al pavimento...

Ea!

(Imagen: El Hermitaño)

18 de febrero de 2012

La casualidad inevitable (hados...)



Quizá suceda una vez en la vida, puede que sólo una cada muchas de ellas. Por un instante no supe si vivía del lado de la realidad, del sueño, o en ambos mundos al mismo tiempo. Porque así fue: las costuras desaparecieron, y los contornos mentales y empíricos que, por una parte, dan consistencia a lo que solemos llamar realidad, y que por otra siempre mantienen vaporoso, como envuelto en niebla, ese otro universo de la fantasía, saltaron hechos pedazos. Es increíble (me estremezco al pensarlo aún hoy, casi un mes después...), pero creo que creé mi propio futuro, forjándolo a partir del mero deseo y la imaginación. Por un momento tomé (en toda la literalidad del término) las riendas de mi propio devenir, y le insuflé la vida preciosa.

Trataré de ser breve y pasar de la retórica a los hechos... Debo dejar constancia del suceso tal cual; esto no es cuento ninguno, ni una invención sin más: ha sucedido palabra por palabra; a quién lo lea (¿alguien lo hará?, me pregunto...) le corresponde decidir si todo es producto de una mente en exceso ofuscada por la soledad, o si hay algo más. Yo me limitaré a exponer los hechos. Son éstos:

Un lunes por la mañana, a mediados de enero, al salir de la ducha decidí coger la autocaravana y marcharme un par días a la playa de Piles, donde suelo ir cuando prefiero gastar poco en gasoil y disfrutar, en cambio, de mucho en sol, silencio y amplios horizontes. Es una playa tolerante con los caracoles sobre ruedas que tienen a bien descansar en sus calles, beber sus aguas y calentarse con la energía radiante de la estrella... He ido en dos decenas de veces, y persistentemente me detengo en la misma franja de la avenida, la que muestro en la foto.

Bien. A veces, y esto lo escribo con cierto embarazo, mi mente fantasea respecto a posibles encuentros con gentes (féminas casi siempre, para qué engañarnos...), que aparecen aquí, allá o acullá, en el momento menos pensado, merced a una casualidad, a una aparentemente inconexa sucesión de acontecimientos fortuitos. Hilvano una historia (hablo de un acto mental que dura, en total, un par de minutos, supongo que no seré el único que imagina estas bobadas... al menos, eso espero), me recreo con ella, con un encuentro que después puede dar lugar a cosas más serias, y luego lo olvido todo, o en su mayor parte. No es habitual que se cumplan (mejor dicho, no lo hacen nunca), de modo que no les doy ninguna importancia. A fin de cuentas, no son más que invenciones, ¿verdad?

En este caso, la historia era así: en la playa de Piles, por la mañana, yo salía un día de la caracola, cogía una garrafa de agua vacía y me acercaba a una fuente cercana para rellenarla. Al volver, divisaba a una chica joven, bastante atractiva, con buena figura (supongo que lo entendéis; ¿o es que voy a imaginarme un encuentro con una pobre anciana chocha, jorobada y sin dientes...?), que iba montada en bicicleta. Yo la veía (en mi sueño, claro), desde la distancia, dando vueltas con la bici alrededor de las manzanas de la avenida sin edificios. Y, justo al llegar yo al caracol, ella pasaba a mi lado; pero, por algún motivo que no llegué a elaborar bien (los sueños adolecen de fallos lógicos...), precisamente entonces, sufría un leve accidente, cayéndose de la bicicleta (suceso bastante improbable, desde luego...). Yo, en ese momento, dejaba la garrafa llena en el suelo y me acercaba a ella; le preguntaba si se encontraba bien, ella me contestaba que sí, pero, mirándose la pierna, comprobaba que tenía una pequeña brecha; nada grave, en cualquier caso. Entonces, la invitaba a ir a la caracola, en donde tenía algodón y agua oxigenada, le sacaba una silla, ella se curaba, empezábamos a charlar y, bla, bla, bla... hasta Dios sabía dónde.

Para no soslayar ningún detalle, indicaré que en mis casi veinticinco días en la playa de Piles jamás he visto una chica joven con bicicleta; si fuese una escena habitual allí, desde luego no se me ocurriría contar todo este asunto...

Bien. Hasta ahí el sueño. Tal cual lo imaginé... Ahora la “realidad” (la entrecomillo porque..., porque..., bueno, no sé por qué...): Viernes por la mañana. Llevo ya dos días en la playa de Piles, y me dispongo a marcharme a otro lugar. Cojo una garrafa de agua vacía (a todo esto yo ya había olvidado por completo el cachondeo mental del lunes al salir de la ducha...) y me dirijo hacia la fuente para llenarla... Una vez bien envasada el agua, regreso a la casa móvil... Mas no, no es lo que parece; no me sucede ningún hecho extraordinario: llego hasta el caracol, guardo la garrafa y todo normal. Pero, entonces, advierto que no tengo pan... así que voy a una tienda cercana, donde me apropio de una buena barra recién hecha. Salgo de la tienda, y voy pensando adónde podría ir, a qué otro lugar no muy lejano tal vez podría ir... Entonces la veo. Es una chica joven, bastante atractiva, con buena figura (me cercioro de ello porque lleva unas mayas negras apretadas y tal...), que va sobre patines. Yo la veo (ahora en la “realidad”, claro), desde la distancia, dando vueltas alrededor de la manzana, precisamente, en que estaba aparcada la autocaravana; la mía, porque había otras en otras manzanas de esa misma avenida. Bien. Yo voy, lentamente, acercándome, mientras la observo (parecía estar aprendiendo a patinar, dado su insegura marcha), todavía sin recordar nada de lo imaginado días atrás... Llego al caracol, con mi bolsa del pan, y justo en ese momento, la chica gira la esquina, avanza hacia mí, se pone a mi altura (esto último sucedió todo en unos cinco segundos, o así), me mira de reojo y, de repente, afirma mal una de sus bonitas piernas, pierde el equilibrio, y se va al suelo... Yo sé que no es nada grave, pero dejo la bolsa del pan en el suelo, me acerco hasta donde se hallaba la chica, le pregunto si se ha hecho daño, me contesta que no, algo ruborizada, y se mira el brazo, que tiene un leve rasguño... Y justo, justo entonces, lo recuerdo todo.

Recuerdo el sueño, la quimera imaginada el lunes anterior. Recuerdo la concordancia, casi absolutamente total, de lo trazado por mi mente a la sazón y lo que estaba viviendo en ese momento. Y, lo admito, siento miedo. Una ligera correspondencia hubiese bastado para hacerme reír; pero la exactitud del episodio era tal (encajaba toda la historia, excepto en los nimios detalles de que la chica iba en patines en lugar de con bicicleta, yo volvía de comprar pan y no de rellenar agua, y ella se miraba el brazo en lugar de la pierna), era tal, digo, la exactitud, que me desarboló emocional, psíquicamente. Me acobardé, y no seguí adelante. Ya “consciente” (por escribirlo de algún modo...) de lo que estaba sucediendo, no pregunté si necesitaba agua oxigenada o algodón. No la invité a pasar a la caracola, ni le saqué la silla e iniciamos charla ninguna.

Ella se marchó, alejándose, para siempre (ahora lo sé...). Y yo, sobrecogido, sospechando que sobrevolaba por encima de mí algún espíritu juguetón (o que, peor aún, yo era ese espíritu), perdiendo por momentos la perspectiva de donde estaba lo real y lo imaginado, decidí marcharme, largarme sin mirar atrás, abandonando aquella escena alucinada, tan lejos de la realidad como del sueño. Era una memez, claro: si había algo junto a mí ya podía yo irme lejos, que no iba a librarme de su presencia... Pero necesitaba huir; ya digo, la experiencia me superó.

Pero no pude hacerlo; al menos, no de inmediato. ¿Por qué? El caracol no arrancó. Más de ciento cincuenta ocasiones, hasta entonces, desde que está conmigo, había llegado a la vida sin problemas; siempre a la primera, siempre sin titubeos. Pero no aquel día. Aquel día decidió rebelarse, sublevarse ante mi intención de abandonar la playa de Piles. Repito: jamás me ha fallado, ni hasta entonces, ni desde entonces. Sólo aquella vez. ¿Por qué? Aún sigo buscando la razón (y no la habrá, me temo...).

Con unas pinzas, y el auxilio de otro coche, la batería recuperó su energía y al fin pude poner en marcha la autocaravana. Y me marche, sí, de allí. Mas el suceso, a pesar a todo, me hechizaba. Así que, al día siguiente, volví y estuve un par de jornadas más, en el mismo sitio. A la espera. No sé muy bien de qué, pero aguardé a que sucediera “algo”. Naturalmente, nada pasó (ya había sucedido, y en bastante cantidad, el día previo...).

El fin de semana siguiente cogí de nuevo el caracol sobre ruedas, y puse rumbo a la playa de Piles. Tampoco sé en esta ocasión qué buscaba; en cualquier caso, llegué a mi plaza, en la avenida sin edificios, estacioné, y no vi ningún otro caracol. Me extrañó. Al cabo de un rato vino un coche de la policía local, invitándome a marcharme, porque las autocaravanas estaban prohibidas allí... Estupefacto, le pregunté desde cuándo, dado que yo era un habitual del lugar y jamás nos habían puesto ningún problema. El policía contestó que justo desde el mismo domingo anterior, es decir, el último día que yo pisé aquella playa. Por tanto, jamás podré volver allí a lomos del caracol. Jamás. ¿No quieren que vuelva (y no me refiero a las autoridades legales...), quizá?. Y, ¿por qué? Tampoco lo sé...

Ha pasado cerca de un mes desde aquel extrañísimo suceso, y cada vez entiendo menos qué me sucedió. Algo pasó, allá, en la playa de Piles, algo grande, algo trascendental (no en el sentido kantiano, desde luego...) ¿Azar, mera coincidencia de ideas y hechos, creación de nuestro propio acontecer, majadería new-age o unión inefable entre el yo, el inconsciente, el mundo, y el destino?

Por favor, las líneas están abiertas...

(Imagen: El Hermitaño)

1 de enero de 2012

Senda abierta



Si hay un camino para cada hombre, lo más probable es que me haya extraviado desde que nací. Nunca lo he hallado; jamás he tenido la sensación de seguir un sendero único y unívoco. Antes al contrario: siempre he creído que me movía por varias vías diferentes, tomando de cada una lo que más me convenía. He cambiado de carril cada dos por tres, a veces con demasiada presteza, como huyendo, desapareciendo del mapa, para después ocuparlo por un momento de nuevo. He probado casi todo el espectro de comportamiento social y, al fin, con suerte o sin ella, pues poco importa, he llegado sin proponérmelo (¿o sí?) a configurar un rastro propio entre las vías principales por las que circula la sociedad. Apenas se ve, dicho rastro, no es más que una uñada en medio de esas grandes calzadas marcadas con asfalto fresco que constituyen el ir y venir del mundo occidental, los modos de vida salientes y dominantes.

¿Es propio, mi camino real, en verdad? Realmente no. No he podido elegirlo en su totalidad (¿quién está en disposición de hacerlo?); ha habido hombres (y alguna mujer) que han ayudado (¿o influido?). El estímulo externo es imperioso: un hombre solo no construye nada por sí mismo sin mirar a otros, aunque lo haga de soslayo, como sin querer. Pero, y lo escribo con desacostumbrado orgullo, debo decir que he respondido menos de lo que era esperable al impacto mediático, al influjo social, a la constante actividad roedora del entorno, que consiste en mellar la autodeterminación a base de una serie de clichés y estereotipos sobados, que se ven como modelos a imitar y que acaba por premiarse con el visto bueno de tu tropa y del apoyo, presencial y emocional, de la misma. El soborno, sin embargo, no ha funcionado. Tal vez me dejé llevar algún tiempo, los años mozalbetes, en donde había tanta opción que me arrastró la primera que se topó conmigo. Y estuvo bien: aprendí qué (y cuánto) podía sacar de todo aquello. Resultó ser no mucho, pero lo suficiente para enterarme de hacia dónde no debía ir. A los quince años poco puede uno entender la realidad social; si acaso, que hay unos y otros (unos y unas que te gustan, y otros y otras que no), y que hay que elegir (jamás olvidemos esto: que hay opción de elegir; parece intrascendente, pero muchos quizá ni siquiera saben que pueden hacerlo...). Que la elección sea la correcta es intrascendente. Porque no la hay. O, mejor, la hay, pero nunca sabremos cuál es.

Sólo cabe escoger. Es curioso que la elección no es, creo que casi nunca, consciente. Surge como por azar, va encauzándose por sí misma, a partir de pequeñas decisiones, diminutas negativas y vacilantes asentimientos. La ruta vital de cada uno toma cuerpo, en su integridad, sólo cuando hemos vivido ya un poco a nuestro modo, cuando hemos adoptado, con inseguridad no exenta de firmeza, las líneas maestras que van a ser una personalidad específica que se encamina hacia la madurez, pero que aún está verde en su esencia, que aún es novata en esas lides existenciales.

Desde luego, no se acierta en todo. Hay muchos rasgos que nos desagradan (aunque no lo reconozcamos, la mayoría del tiempo), porque es imposible, y totalmente indeseable, forjar un espíritu propio que no cometa errores, fechorías o burradas de toda naturaleza. Pero esa imperfección es el margen para mejorar, tan amplio que llega hasta el infinito. Ante tales defectos no cabe disgustarse, sino aceptarlos, y llevarlos a su mínima expresión hasta donde sea posible. De lo contrario, cabe prepararse para quedarse solo.

Por muy distante que hagamos nuestro sendero, por mucho que se separe, en alma y en geografía, de las vías consolidadas y frecuentadas, siempre termina en un foco que es común a todos, el punto central de la desaparición: la muerte. Esta une cada una de las vías, otrora abiertas, y las enlaza en una zona universal, como el centro de una ciudad es unión de las calzadas que transcurren a su alrededor. Lo distinto se hará uno; la variedad terminará indistinta.

Pero, mientras tanto, el camino que recorramos es propio, unitario, inseparable de nosotros mismos. Podemos sustituirlo por otro (cambiar de carril requiere arrojo, agallas, pero también no tomarnos demasiado en serio, reírnos de lo que somos...), porque nada es para siempre. Todo tiene un fin, la marca del destino.

Pues bien. La senda abierta ante tus pies guiará tu camino. Síguela, no tienes nada que perder. Ni que temer. Sólo quienes no saben adónde van se intimidan ante lo desconocido. La senda, en la que te va la vida, dirá hasta dónde llegarán tus pasos. De ti depende seguirlos, o no.

La senda se mantendrá abierta, hasta que tú quieras.

(Imagen: El Hermitaño)

11 de diciembre de 2011

Destinos impropios



Habitamos un extraño universo de casualidades, accidentes y coincidencias sin explicación racional ni esperanza ninguna, pues, de comprensión. Agazapado tras ese escenario aparentemente casual debe medrar, es un suponer, alguna instancia superior a todo ser imaginable, que sea responsable, o al menos garante, de este lío vital llamado existencia. Él nos fía una vida, a priori abierta y libre para que la gustemos al albur de nuestra elección, pero que parece sugerida, cuando no a veces directamente dirigida, por su acción. Puede que para bien; o quizá para mal. Pero el efecto, la consecuencia de tal acción (al fin, aquello que somos) no puede deberse, creo, a la mera superposición de vivencias aisladas, sin nexo causal ni propósito alguno. O sea, que soy lo que soy gracias (o por desgracia...) a algo que no soy yo, ni que de mí depende.

El rock apareció en mi vida bastante temprano, hacia los cinco años, saliendo por los altavoces de un viejo tocadiscos comprado por mi padre en Tenerife, donde hizo la mili a principios de los setenta del siglo pasado. El trasto aún funcionaba, por suerte (lo de antes duraba, ya lo sabéis...), y en la febril emoción de la infantil ignorancia escuchaba a mi padre, en su día batería de un grupito local que no pasó de los ensayos en el garaje, mientras me comentaba algunos trucos y automatismos que los rompeparches debían seguir. Algo así como: “repica sólo cuando se cambia el ritmo, o entra o sale algún instrumento o voz...”, o “conviene pisar el bombo en armonía con el bajo”, o “¡Escucha!, le da al bombo una vez, y a la siguiente dos...”, etc. Tampoco es que él supiera demasiado (más bien poco, ya que tocaba de oídas, como la mayoría), pero yo me asombraba de que supiera “leer” esas cosas en las canciones y le atendía embelesado, como si fuese el más grande experto en la práctica percusionista.

Algo más tarde, rozando la década de vida, ya tenía tanta música atravesada en el interior que necesitaba sacarla fuera, copiando lo que hacían esos bateristas profesionales y tratando de obtener algo remotamente similar a “sonidos”. Tamborileaba sin cesar los dedos en el pupitre de la escuela, mientras la profesora enseñaba las raíces cuadradas, y en casa me colocaba unos enormes auriculares, tan pesados que hacían oscilar mi impúber cabezota, mientras mis pies seguían (es un decir...) el compás de la música escupida por los surcos.

Cuando tenía unos once años estaba chiflado por la música. Ahora sonrío cuando recuerdo aquello, y entiendo bien que los vecinos de abajo se quejaran en alguna ocasión por las molestias... el caso es que el viernes por la tarde, cuando terminaba la larga semana de colegio, era el tiempo del concierto. Cerraba la puerta de la salita, acercaba las cuatro sillas, dejaba a un lado la mesa, me ajustaba los auriculares gigantescos y movía la palanca de encendido del viejo tocadiscos... asía dos baquetas antiquísimas (de hecho, eran trozos de ellas, pero aptas para mis manos pequeñas...) y, cuando salía la música, aporreaba las almohadillas de las sillas, como si fueran una caja, dos timbales y el base... por su parte, los respaldos de las sillas, de madera, hacían las veces de platos, y mi pie derecho se imaginaba que pisaba el pedal de un bombo, mientras mi mano izquierda blandía el aire donde se suponía que debía haber un charles... Y así comenzaba el conciertazo, en la que un mocoso sin granos aún en la cara plagiaba las composiciones de Dire Straits, Texas, Joaquín Sabina, un extraño (pero buenísimo) grupo africano llamado Osibisa, incluso los discos propios de mis padres, fuera Miguel Bosé o Víctor Manuel.

Me parece haberlo comentado alguna vez, pero lo contaré de nuevo: a los doce años me uní a dos o tres amigos de clase, que compartían inquietudes musicales (o sea, que no tenían ni idea del tema, pero que les picaba el gusanillo...), y formamos (si así puede decirse) un grupito, al que bautizamos como Rayos X. En clase, lo recuerdo como si fuese ahora, dibujábamos cada uno nuestro instrumento (yo la batería; Rafa la guitarra; Ximo el órgano...) en las hojas finales de las libretas, y en ocasiones nos reunimos por la tarde, mientras el día llegaba a su fin, en las escaleras de la entrada del juzgado, donde dimos forma (una manera de hablar...) a una canción, que a Dios gracias no ha sobrevivido... porque tuvo que ser un engendro, claro. Al poco, conscientes de que éramos totalmente ignorantes, dejamos margen al grupo y la idea se diluyó, aunque hace poco he sabido que uno de nosotros toca el bajo de forma profesional, y que va de gira en formaciones esporádicas y participa en orquestas de pueblos. Como se ve, lo que es un impulso infantil puede muy bien convertirse en trabajo, pasión y vocación, con un poco de suerte.

Yo no la tuve. Como es lógico, empecé a darle la tabarra a mi padre para que comprara una batería. Fuimos a algunas tiendas (en una compramos unas baquetas que aún conservo...), pero las condiciones económicas de mi familia por entonces eran bastante comprometidas (un mero periodo pasajero, por fortuna...) y no pudo ser. Mi padre lo ha lamentado siempre, pero la prioridad tenía un nombre: comer. Y ante una disyuntiva tan clara, no hay opción. Crecí ansiando la batería de marras, y desgastando los escritorios de tanto tamborilear encima, hasta que hace justo un año la adquirí, por fin. Tarde, como siempre, pero hecho, al fin.

¿Qué hubiese pasado de poder poseerla entonces, en mis años de mozalbete? ¿Habría seguido los pasos necesarios para ser un profesional, o hubiese arrinconado el instrumento al poco tiempo, aburrido y consciente de que aquello, después de todo, no era lo mío? ¿Y qué hubiera sucedido con mis hobbies y mi vocación, que nació justamente a partir de ese fracaso musical? ¿Habría sentido con igual fuerza la llamada de la palabra escrita, el gusto por la lectura y el ardor por entender el Universo? ¿Me habría convertido, andando el tiempo y por así decirlo, en un ermitaño, de haber persistido en la tarea musical? ¿Qué porción de mi yo actual hubiera sobrevivido a ello? ¿Quién sería yo, en definitiva?

Tal vez esa pobreza temporal lo permitió. Tal vez soy así por ella. Un pequeño giro en la economía doméstica y el devenir final barre otro, imaginado y deseado. O quizá, después de todo, hiciera lo que hiciera estuviese predestinado a terminar aquí, y ahora. Nadie puede saberlo.

Quizá fue Él actuando, de nuevo. Dirigiendo. Ayudando (o impidiendo...).

Es, tan sólo, otra gota más que añadir al mar de misterios en donde vivimos...

(Imagen: El Hermitaño)

30 de octubre de 2011

Evocación de la gloria



Echo la vista atrás, por un momento, y recuerdo aquellos días, medio centenar, de viaje constante en constante soledad, y casi siento un escalofrío... El vértigo me viene ahora, por lo vivido, por lo que vi, oí, escuché y perseguí, y cómo pude vivirlo. También por ese ansia de hacerlo, pese a todo y todos. El gozo de recorrer esas carreteras y admirar, boquiabierto, aquellos paisajes de ensueño. Y de encontrar todo lo que hallé (y lo que no); pero, sobretodo, de mirarte, de ser tú allí, de verte a ti mismo y experimentarte junto a todo aquello.

Y hoy, el anhelo, tan intenso que duele, de volver allí, es irrefrenable. Pero "volver allí" no es regresar a esos mismos parajes; sino salir, poner el pie de nuevo en el asfalto, porque sabes que es una prerrogativa que pronto morirá, un privilegio que más temprano que tarde llegará a su fin. El destino es indiferente; lo que cuenta es ir hacia allá (hacia aquí, hacia aquí dentro... también).

Por tanto, marchémonos, saquemos tajada de cuanto se nos ofrezca durante ese lapso limitado, y después cerremos la puerta y centremos todo vigor y esfuerzo en esa tierra que te rodea, el campo libre que reclama tu dedicación. Y del que (y por el que) vas a vivir.

El tiempo prestado cada vez se acorta más. Y aún hay mucho camino por recorrer.

Uno que se va...

(Imagen: El Hermitaño)

25 de octubre de 2011

Mendigos



Viajar es el modo más directo, sincero y contundente de conocer cómo es la gente. Para lo bueno y, desde luego, para lo malo. Quien va de hotel en hotel, o no sale del camping, o sigue siempre el grupo de vejetes del Inserso, difícilmente podrá saber el modo de divertirse, de pasar el rato, que hay en cada pueblo, patio de recreo o bar de la esquina. Aunque, al fin, todo esto suele ser bastante heterogéneo, y casi es suficiente con echar un vistazo a tu propio barrio para descubrir que el tipo de la esquina y otro que pudiese estar a mil kilómetros harán, al unísono, prácticamente lo mismo.

En mis viajes, que últimamente se han multiplicado gracias a ese santuario móvil de que dispongo desde hace un año, he visto muchos comportamientos distintos a cargo de personas absolutamente dispares, debidos a diferente edad, estatus social, o simplemente, a modos diversos de desenvolverse, de ser, de entender la vida y al prójimo. A veces he observado actos deleznables en gente mayor, y otros loables en mozalbetes que aún se sacaban los mocos... Habrá de todo, qué duda cabe, pero quiero dejar constancia, por si de algo sirve o algo ilumina, de dos comportamientos antagónicos, por parte de dos grupitos de gente, en relación con un mismo enclave geográfico en el que tuvieron lugar, por un lado, y del trato respecto a los demás que dispensaron, por otro. Ahora aclaro de qué va el rollo...

Sucedió hace casi un mes, en dos días consecutivos: un miércoles y un jueves cualesquiera de septiembre. Yo había llegado a la Ermita de la Consolación, en Alcalá de Xivert, temprano por la mañana. Recordaba un poco el lugar porque pasé por allí todos los días durante una quincena, una década atrás, cuando hice un campo de trabajo en el castillo de esa localidad. El lugar, pese a estar cercado por la carretera nacional y la despreciable autopista, era muy apacible y agradable, y no dudé en quedarme allí un par de días.

Hacia la hora de comer, mientras me preparaba unos tortellini, vino el primer coche. Emitía un “bum-bum” venenoso que me dio mala espina, tan enemigo como soy a esos ritmos que, a mi juicio, son idiotizantes... Pero pensé que se quedaría unos minutos, y luego abandonaría la ermita. Me equivoqué. Al lado mismo del templo sagrado el ayuntamiento ha tenido a bien construir un pequeño merendero, con unos paelleros al lado de una fuente de la que manaba un agua abundante y cristalina. Los del coche empezaron a sacar leña, y entonces supe que no iba a librarme de ellos tan fácilmente... Habían venido a preparase una buena paella. Luego vinieron los demás... unos siete u ocho coches más, algunos imponentes. Veinte personas, al fin, la mayoría superando la veintena, y algunos ya en la siguiente década. Todos vociferando, todos gritando, todos pasándoselo pipa... menos yo, claro, que además de sus alaridos tuve que soportar el continuo “bum-bum”. Si al menos lo hubiesen combinado con Dylan, Led Zeppelin, o Pink Floyd...

Por suerte, una vez tuvieron el alimento a punto apagaron las radios y se situaron en un comedero bastante alejado de mi posición, por lo que pude leer tranquilamente mientras oía, ya a lo lejos, las risotadas y los chillidos. Más tarde pensé que estaban en su pleno derecho. Podían ir allí y hacer sus gansadas sin problemas, no en vano el entorno estaba acondicionado para ello. ¿Quién era yo para recriminarles nada, excepto la leve queja de que no hubieran tenido ningún respeto por un ermitaño solitario que comía sus tortellini a veinte metros de distancia, y que quizá (no, sin el “quizá”...) tenía el mismo derecho que ellos a disfrutar de su piscolabis en silencio y a gusto? Hasta me sofoqué un poco por si estaba volviéndome demasiado cascarrabias, demasiado agrio con los demás, como si la persistente soledad hubiera convertido mi alma en un lugar seco e insensible ante el derecho que los demás tenían a solazarse. Temí por ello, pero el mismo grupo, una vez se dispersó (al grito, supongo que dirigido a mí, pues no había nadie más allí, de “Yeee, que mo’n anem...”), me sacó de dudas.

Como la garrafa de agua se me había terminado salí a rellenarla a la fuente. Ésta aún funcionaba, pero el desagüe estaba cegado; no tragaba nada. Y había agua encharcada que impedía llenar bien. ¿El motivo? Un buen montón de arroz de paella, estacado con fuerza al canalillo... Habían sido ellos, claro. Eché, entonces, un vistazo a mi alrededor: en los paelleros había dos garrafas vacías tiradas encima de ellos, restos de madera chamuscada arrojados por todas partes, papeles, y demás basura. Me acerqué al comedero: pedazos de sandía encima de la mesa de granito, botes de refresco, un par de vacías botellas de vidrio (de cerveza, supuse) hechas trizas, las servilletas por el suelo... Una porquería, en definitiva. Patético, pero previsible, después de todo.

Sentí alivio, por un lado (aún no soy un viejo gruñón...), pero por otro me fastidió la jornada: me hubiese gustado tenerlos aún delante, poder decirles cuatro cosas (y quién sabe si abofetear alguna cara atontada...), y llevarlos delante de sus padres, como si fueran unos mocosos (que lo son...) y decirles a aquellos en qué se habían convertido sus hijitos currantes, sus hijitos responsables, estudiosos y condecorados.

Pero no termina ahí la historia. Al día siguiente, a la misma hora, mientras me preparaba (no, tortellini no; en este caso fue un buen plato de arroz integral con garbanzos...) la comida, un grupito de tres o cuatro vagabundos, no demasiado mayores (no creo que superaran los cuarenta para nada), se acercó a la ermita. Dejaron sus gastados mochilotes en un lateral y, sacando de ellos algunos bártulos, un par de bolsas y cubiertos de plástico, unas latas y una bolsa de patatas fritas, se dispusieron a ingerir esos escasos alimentos preparados. Estuve tentado, por un momento, de invitarles al caracol, pero me pareció estúpido, como de mal gusto... Luego lo lamenté, pero entonces algo me detuvo, y creo que para bien. Iban a su rollo. Hablaron durante su refrigerio, por supuesto, pero aunque estaban más cerca que los visitantes del día anterior no oí prácticamente nada; sólo les vi gesticular, levantar vasos blancos y quebradizos, y asentir al tiempo que ingerían. Al poco, llenaron sus botellas de agua en la fuente, recogieron, y se marcharon.

Una vez solo de nuevo, salí y me aproximé a su comedero. Nada. Ni una miga. La basura estaba conveniente depositada; no se veían restos en ningún lado. Los habían recogido todos.

¿Quiénes son los mendigos? ¿Quiénes acabarán sin nada, hartos, desprovistos de todo, vacíos, solos y abandonados? ¿Quiénes son ricos, y quiénes pobres? ¿Quiénes se merecen disponer de una ermita y un merendero así, y quiénes no? ¿A quiénes podría unirme mejor, y sentirme acompañado?

Sí. Lo habéis adivinado.

(Imagen: El Hermitaño)

9 de octubre de 2011

¿Necesidades?



Hace unas semanas, mientras esperaba las usualmente deprimentes noticias televisivas, tropecé con un reportaje de un grupo de jóvenes (esos que algunos llaman “antisistema”; otros, ahora muy de moda, preferirían el término “indignados”...) que habían ocupado (es decir, okupado) una antigua masía catalana abandonada, y en la que con la mínima reserva monetaria vivían en comuna elaborando su pan, cultivando sus hortalizas, ocupándose de los problemas de agua, electricidad, etc. que surgían en la casona y dedicando el resto del tiempo a sus intereses particulares.

Dejando aparte la cuestión de la higiene (para qué engañarnos, las melenas no brillaban con la luz que a uno le gustaría...), me sentí algo emocionado. Había allí, a una corta distancia, un grupo de gente que estaba adelantándoseme..., un grupo que ya se había aclarado las cosas y había decidido dar los pasos necesarios, los mismos que en breve medito seguir yo. Me congratulé de que haya jóvenes así, por cuyas cabezas se deslice y extravíe todo sentimiento consumista y borreguil, ese que dicta “lo que hay que hacer” cuando se es joven, y que nos pierde para siempre, llevándonos pronto a un ocaso vital, o a un malestar eterno, si no somos lo suficientemente rápidos para zafarnos de su mano, viscosa, sucia y maloliente. Pese a la separación, y pese a las diferencias, sentí una entrañable simpatía, que ya creía extinta, hacia gente de mi misma edad. Creo que no todo está perdido, después de todo... Hay más, y mejor, de lo que parece, en la juventud española.

La búsqueda de la autosuficiencia tiene algo (sólo algo) de utópica, pero a poco despiertos que seamos podemos llevarla a cabo. No puede ser total, al ciento por ciento, pero podemos tratar de aproximarnos, al máximo que nos sea dado ¿Para qué? Pues porque si uno quiere vivir para vivir la vida, no vivir para precisar algo que no poseemos, y que nos obligue a, de alguna manera, dejar de vivir para conseguirlo (hablo del trabajo, ¿no lo habían adivinado?...), entonces cabe depender lo menos posible de otras fuentes que faciliten alimentación, reparaciones, suministros de cualquier tipo, etc., y supongan, por tanto, gastos elevados, y que además estén a expensas de vaivenes de los mercados, oscilaciones comerciales y crisis económicas varias, entre otros factores ajenos a nosotros mismos y a las bondades que la naturaleza tenga a bien ofrecernos.

¿Hipotecas? ¿Gasto de la comunidad de vecinos? ¿Cochazos deportivos? ¿Ropajes de fantasía? ¿Trabajo de nueve a seis? ¿Comidas y cenas de fin de semana en restaurantes? Desde luego, no, ya lo sabemos. Pero es que, ¿para qué? Es una pregunta que siempre me hago antes de adquirir algo, desde un libro a un paquete de hojas para afeitado. Y si la respuesta no es lo suficientemente contundente, si la necesidad no es perentoria en grado auténticamente elevado, el libro queda en el estante (muy a mi pesar, desde luego) y dejo crecer la barba durante algunas semanas más... Así que imaginen lo diáfana que es la respuesta, mi respuesta, respecto a las preguntas anteriores... Está muy claro.

El ejercicio de preguntarse por la urgencia o la conveniencia de procurarse algo material (evidentemente, antes de adquirirlo...) es una actividad en extremo simple, pero que manifiesta un sano espíritu crítico ante lo que nos rodea. Si la estructura socio-económica montada a nuestro alrededor posee un funcionamiento cuyo éxito depende en exclusiva de nuestro afán consumidor, comprador, porque gracias a él dicha estructura crece y obtiene beneficios para empresarios, emprendedores, y permite pagar sueldos a trabajadores, etc., entonces hemos planteado mal la cuestión. Un sistema cuyo fin es el crecimiento sin límite, el beneficio a expensas de los bolsillos ajenos, debe tener un final, necesariamente. Y no demasiado lejano, tal vez...

Uno de los principios básicos del liberalismo, y sobretodo del liberalismo conservador, es que el derecho a la propiedad, a la acumulación indefinida de posesiones, es el más importante de cuantos disponemos. Según esta perspectiva, “el individuo”, y cito textualmente de un manual de filosofía política*, “se desarrolla básica –cuando no exclusivamente– a través de la constante acumulación de posesiones en plena competencia con los otros”; algo que se ha dado en llamar “propietarismo”.

¿Es esto lo que queremos? ¿Una especie de acopio incesante de bienes materiales, casi una carrera –autodestructiva, quizá– para ver qué tenemos y qué tienen los demás? ¿Tener más y más, soluciona algo? ¿O no es más que el principio del fin, esa muerte de la que tanto nos gusta hablar, muerte, no física, sino emocional y espiritual?

Un campo de hortalizas, unos olivares, el cielo azul, esa estrella sempiterna, algo de sudor en la frente, una azadón en la mano, y ser y sentirte amo de tu tiempo (la gloria hecha vida). Eso es todo (para mí, todo lo que vale). Es lo que permite apreciarte, no como marioneta al son de lo que otros decidan, sino como dueño de tu futuro; un devenir que el pedrisquero puede arruinar, sí, pero la granizada no te engaña, nada esconde, ni trata de beneficiarse a costa de tu quiebra. Sólo hay una feroz realidad, te guste o no. Ni trampa ni cartón. Como debe ser.

Entre un destino y otro, ser hundido por la banca o los elementos, prefiero que me destroce el segundo. Dejaré todo en manos de Gea. Es mucho más de fiar.

Ya sabéis el adagio: mínima posesión, máximo goce vital.

Y no habrá crisis que pueda con vosotros...

(Imagen: El Hermitaño)

[* Ciudad y ciudadanía, senderos contemporáneos de la filosofía política, F. Quesada (ed.), Trotta, Madrid, 2008]

7 de septiembre de 2011

Eres eterno



El tiempo muere a cada instante. No le des tu vida. Mata al tiempo. Cederá si te olvidas de él. No hay pasado mañana. El año próximo nunca existirá. La jubilación en el porvenir ahorca tu ahora. No mires más allá.

Mata también al monstruo que dice “debes” (John Campbell). Matar el “debes” será tu único deber. Deserta de toda obligación que venga del exterior. Reconoce sólo las tuyas, que te hagan crecer, autoafirmarte, ser tú mismo. Hártate y di “no” de una vez.

Destruye igualmente si es necesario todo lo que se haga por convención, acuerdo tácito o norma social. Si no haces daño ni importunas a nadie, a nadie le importa lo que hagas. Elige y actúa. Síguete, no secundes a nadie. Piénsalo y hazlo; los demás no cuentan. Escucha consejos, pero acota su influencia; determínala tú, siempre.

No oigas los sermones ajenos; crea los tuyos, hijos de la experiencia propia y del saber que se descubre paso a paso. La sabiduría, ya lo afirmó Platón, está en nuestro interior, adormecida, como aletargada. Hay que hacerla asomar, de nuevo. Pero depende de ti. No esperes una homilía salvadora, un discurso iluminador. No lo hay, salvo allá dentro, oculto, en la caverna de la vida. Ve y hállalo. Escúchate, y lo sabrás.

No pierdas la ocasión, porque puede que no haya otra nunca. Puede que todo enmudezca, y aunque escuches mil eones, nada oigas jamás, ni el menor sonido, ni la más exangüe señal de que hay algo existente allá dentro, muy al fondo. Que todo sea vacío, oscuridad, silencio, y agonía. Que esté todo perdido, entonces.

Puedes y sabes evitarlo. Confíate a ti mismo. Mírate, siéntete.

Y adelante.

(Imagen: El Hermitaño)