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1 de noviembre de 2014

Germán


El jueves me dirigía a la biblioteca para leer la revista que lleva por título ese día de la semana, una de mis favoritas, cuando en mitad de la calle un hombre de unos cuarenta y cinco años me detuvo.

Hablaba bajito, tanto que tenía que acercar a él mi oreja derecha, ya de por sí algo sorda, para poder apreciar sus poco audibles palabras.

Me dijo que necesitaba comprar un medicamento. Y que costaba 1,5 euros. Yo parpadeé; iba muy bien vestido, con camisa limpia, unos vaqueros (luego descubriría que eran unos Levi's 501) y unos zapatos negros de aspecto muy nuevo.

Iba a seguir mi camino, tan tranquilamente, y a dejar a aquel hipócrita con su cuento para otro... pero miré sus ojos. Y algo hubo, en ellos, que me hizo sospechar que aquel hombre no mentía.

Le pregunté si, en lugar de darle el miserable euro con cincuenta, podía acompañarle a la farmacia (había una a la vuelta de la esquina) y comprarle allí las pastillas. Me dijo que sí, que no había problema. Fuimos. 

Mientras caminábamos, advertí una cajetilla roja en su bolsillo izquierdo. Le pregunté, aún un poco reticente: "¿Eso es tabaco?". Respondió que sí. Eso me mosqueó, y le solté: "Entonces, tiene dinero para comprarse tabaco pero no un medicamento que cuesta 1,5 euros?". Me miró, y me dijo que le duraba casi una semana. Se encogió de hombros, y esos ojos... fue como si se disculparan. Seguimos andando.

Al llegar a la farmacia, le pregunté qué tipo de medicamento necesitaba. Contestó que un antidepresivo. Asentí. Y aguardamos. En un momento dado, el hombre se giró y me pidió más dinero para comprar comida. Le dije que no llevaba mucho más encima (era cierto, apenas un par de euros, que siempre llevo por si las moscas...).

Al llegar nuestro turno, la dependienta le hizo saber que sólo podía obtener su antidepresivo a partir del día 1; no había leído bien la fecha en la receta médica. Así que salimos. En la entrada de la farmacia, me rogó que le diera algo para comprar comida. Le tendí lo destinado a su medicamento.

Salimos, le pregunté su nombre. No entendí; me lo repitió: Germán. 

Estrechamos las manos y vi cómo se alejaba. Le seguí con la mirada. ¿Entraría en el Mercadona de enfrente? Sí, lo hizo. ¿Qué compraría? Nunca lo sabré.

Pese a sus Levi's, sus zapatos negros, su cajetilla de Malboro, aquel hombre es pobre. Lo es. Aunque tenga recursos, es pobre. Se rebaja a pedir, a rogar unas monedas. ¿Me la pegó? Tampoco lo sé, y tampoco me importa. Yo confié, sin más.

Si, como dijo Ch. Friedrich Hebbel, "los ojos son el punto donde se mezclan alma y cuerpo", aquellos que tenía Germán no expresaban físicamente más que un tormento de su espíritu. Un dolor, un abatimiento... el signo de una depresión.

La idea es intentar ayudar, evitar que otras personas padezcan. Y confiar. Confiar en su honestidad, aunque los indicios y las señales puedan hacerte dudar.

¿Quién carajo soy yo para juzgar? Si le veo una próxima vez, tal vez le compre un ejemplar de "El jueves", para que se eche unas risas y deje un poquito de lado su nube negra, esa nube negra, opaca y triste que aprecié en sus ojos.

6 de agosto de 2014

Los memos


Paseaba tranquilamente, unos días atrás, por las montañas cercanas a Gandía cuando llegué a aquel parque, donde suele el gentío organizar y preparar sus paellas y barbacoas. Y, al mirar su interior, me detuve en seco. 

Aquel espectáculo me puso, sí, de muy mala leche. 

Y no me suele suceder, pero ver aquella acumulación de desperdicios, de mierda, dejadas allí por unos imbéciles (ésos y aquellos otros que arrojan al suelo, entre los pinos y fuera de los contenedores su inmundicia [suya, sí, porque forma parte de ellos, no es algo externo de lo que prescindan... es su yo], unos imbéciles incapaces de depositar sus residuos en la papelera situada (obsérvese bien la fotografía...) a escasos centímetros de la mesa... ver aquello fue como una patada en las partes nobles, una risa de desprecio esbozada por aquellos anónimos (ellos mismos despreciables...) seres.

Y, entonces, me pregunté si valía la pena, si merecía el esfuerzo ofrecer tanto bienestar a quienes no son capaces de entender un carajo: ni de dónde vienen, ni adónde irán (cuando no sean más que polvo y huesos dentro un ataúd, quizá dentro de no mucho tiempo...), ni cuál es su relación con el entorno, entorno que ellos ven como otra diversión más, a la que no deben respeto ni cuidado; únicamente se aprovechan de él, de ese entorno, lo fuerzan, exprimen su jugo y luego desaparecen, sin considerar nada, sin atender a rogativas, a carteles que intentan educar su lamentable comportamiento habitual... No sirve de nada, porque la naturaleza es, no ya su amiga, sino una mera ramera, a la que violar cuando se les antoja, y escupir a la cara en cuanto les ha satisfecho su deseo.

Y me respondí a mí mismo que no, que no merecen ese privilegio. Que cuando la educación inculcada es tan insuficiente, tan mezquina y fútil, tan carente de valores cívicos, lo mejor es prohibir. Y prohibir para siempre, además. Recordé, entonces, la película "Minority Report" (basada en la novela homónima del gran Philip K. Dick), y su pre-detección de los homicidios y los atracos... Y lamenté que algo así no exista ya, pero aplicado a quienes dañan el mundo natural. A todos aquellos que echan una colilla en el bosque, a quienes maltratan a un perro callejero o a quienes vierten sustancias tóxicas en los ríos... Poder predecir que lo harán, y acudir para evitarlo. Y juzgarles. E impedir que pisen otra vez el santuario natural, que dejen caer unas gotas de lejía en el agua que fluye o que se acerquen a menos de cincuenta metros de cualquier animal...

Y que todos sepan cuáles son sus rostros, cómo se llaman; dónde viven, incluso. Que se sepa quiénes son los que nos hacen daño, a nosotros y a todos los demás. Quienes no aman nada, ni siquiera a sí mismos. Sólo conociendo se puede respetar; y ¿cómo van a conocer, aquellos mendrugos que se sentaron en el merendero, algo de la grandeza que les rodea si no saben nada ni de ellos mismos? Si precisan de jolgorio, del ruido, de la actividad constante, para no centrarse en sí mismos... so pena de huir aterrados ante lo que puedan descubrir en su mismo interior, ¿qué podemos esperar que respeten, que cuiden, que mimen?

Nada, ni a nadie.

Tras el instante de rabia, de impotencia, todo se trocó en ascoY, sobretodo, en lástima. Me apena que haya seres así. Es triste.

Demasiado triste...

(Imagen: El Hermitaño)

1 de enero de 2012

Senda abierta



Si hay un camino para cada hombre, lo más probable es que me haya extraviado desde que nací. Nunca lo he hallado; jamás he tenido la sensación de seguir un sendero único y unívoco. Antes al contrario: siempre he creído que me movía por varias vías diferentes, tomando de cada una lo que más me convenía. He cambiado de carril cada dos por tres, a veces con demasiada presteza, como huyendo, desapareciendo del mapa, para después ocuparlo por un momento de nuevo. He probado casi todo el espectro de comportamiento social y, al fin, con suerte o sin ella, pues poco importa, he llegado sin proponérmelo (¿o sí?) a configurar un rastro propio entre las vías principales por las que circula la sociedad. Apenas se ve, dicho rastro, no es más que una uñada en medio de esas grandes calzadas marcadas con asfalto fresco que constituyen el ir y venir del mundo occidental, los modos de vida salientes y dominantes.

¿Es propio, mi camino real, en verdad? Realmente no. No he podido elegirlo en su totalidad (¿quién está en disposición de hacerlo?); ha habido hombres (y alguna mujer) que han ayudado (¿o influido?). El estímulo externo es imperioso: un hombre solo no construye nada por sí mismo sin mirar a otros, aunque lo haga de soslayo, como sin querer. Pero, y lo escribo con desacostumbrado orgullo, debo decir que he respondido menos de lo que era esperable al impacto mediático, al influjo social, a la constante actividad roedora del entorno, que consiste en mellar la autodeterminación a base de una serie de clichés y estereotipos sobados, que se ven como modelos a imitar y que acaba por premiarse con el visto bueno de tu tropa y del apoyo, presencial y emocional, de la misma. El soborno, sin embargo, no ha funcionado. Tal vez me dejé llevar algún tiempo, los años mozalbetes, en donde había tanta opción que me arrastró la primera que se topó conmigo. Y estuvo bien: aprendí qué (y cuánto) podía sacar de todo aquello. Resultó ser no mucho, pero lo suficiente para enterarme de hacia dónde no debía ir. A los quince años poco puede uno entender la realidad social; si acaso, que hay unos y otros (unos y unas que te gustan, y otros y otras que no), y que hay que elegir (jamás olvidemos esto: que hay opción de elegir; parece intrascendente, pero muchos quizá ni siquiera saben que pueden hacerlo...). Que la elección sea la correcta es intrascendente. Porque no la hay. O, mejor, la hay, pero nunca sabremos cuál es.

Sólo cabe escoger. Es curioso que la elección no es, creo que casi nunca, consciente. Surge como por azar, va encauzándose por sí misma, a partir de pequeñas decisiones, diminutas negativas y vacilantes asentimientos. La ruta vital de cada uno toma cuerpo, en su integridad, sólo cuando hemos vivido ya un poco a nuestro modo, cuando hemos adoptado, con inseguridad no exenta de firmeza, las líneas maestras que van a ser una personalidad específica que se encamina hacia la madurez, pero que aún está verde en su esencia, que aún es novata en esas lides existenciales.

Desde luego, no se acierta en todo. Hay muchos rasgos que nos desagradan (aunque no lo reconozcamos, la mayoría del tiempo), porque es imposible, y totalmente indeseable, forjar un espíritu propio que no cometa errores, fechorías o burradas de toda naturaleza. Pero esa imperfección es el margen para mejorar, tan amplio que llega hasta el infinito. Ante tales defectos no cabe disgustarse, sino aceptarlos, y llevarlos a su mínima expresión hasta donde sea posible. De lo contrario, cabe prepararse para quedarse solo.

Por muy distante que hagamos nuestro sendero, por mucho que se separe, en alma y en geografía, de las vías consolidadas y frecuentadas, siempre termina en un foco que es común a todos, el punto central de la desaparición: la muerte. Esta une cada una de las vías, otrora abiertas, y las enlaza en una zona universal, como el centro de una ciudad es unión de las calzadas que transcurren a su alrededor. Lo distinto se hará uno; la variedad terminará indistinta.

Pero, mientras tanto, el camino que recorramos es propio, unitario, inseparable de nosotros mismos. Podemos sustituirlo por otro (cambiar de carril requiere arrojo, agallas, pero también no tomarnos demasiado en serio, reírnos de lo que somos...), porque nada es para siempre. Todo tiene un fin, la marca del destino.

Pues bien. La senda abierta ante tus pies guiará tu camino. Síguela, no tienes nada que perder. Ni que temer. Sólo quienes no saben adónde van se intimidan ante lo desconocido. La senda, en la que te va la vida, dirá hasta dónde llegarán tus pasos. De ti depende seguirlos, o no.

La senda se mantendrá abierta, hasta que tú quieras.

(Imagen: El Hermitaño)

11 de diciembre de 2011

Destinos impropios



Habitamos un extraño universo de casualidades, accidentes y coincidencias sin explicación racional ni esperanza ninguna, pues, de comprensión. Agazapado tras ese escenario aparentemente casual debe medrar, es un suponer, alguna instancia superior a todo ser imaginable, que sea responsable, o al menos garante, de este lío vital llamado existencia. Él nos fía una vida, a priori abierta y libre para que la gustemos al albur de nuestra elección, pero que parece sugerida, cuando no a veces directamente dirigida, por su acción. Puede que para bien; o quizá para mal. Pero el efecto, la consecuencia de tal acción (al fin, aquello que somos) no puede deberse, creo, a la mera superposición de vivencias aisladas, sin nexo causal ni propósito alguno. O sea, que soy lo que soy gracias (o por desgracia...) a algo que no soy yo, ni que de mí depende.

El rock apareció en mi vida bastante temprano, hacia los cinco años, saliendo por los altavoces de un viejo tocadiscos comprado por mi padre en Tenerife, donde hizo la mili a principios de los setenta del siglo pasado. El trasto aún funcionaba, por suerte (lo de antes duraba, ya lo sabéis...), y en la febril emoción de la infantil ignorancia escuchaba a mi padre, en su día batería de un grupito local que no pasó de los ensayos en el garaje, mientras me comentaba algunos trucos y automatismos que los rompeparches debían seguir. Algo así como: “repica sólo cuando se cambia el ritmo, o entra o sale algún instrumento o voz...”, o “conviene pisar el bombo en armonía con el bajo”, o “¡Escucha!, le da al bombo una vez, y a la siguiente dos...”, etc. Tampoco es que él supiera demasiado (más bien poco, ya que tocaba de oídas, como la mayoría), pero yo me asombraba de que supiera “leer” esas cosas en las canciones y le atendía embelesado, como si fuese el más grande experto en la práctica percusionista.

Algo más tarde, rozando la década de vida, ya tenía tanta música atravesada en el interior que necesitaba sacarla fuera, copiando lo que hacían esos bateristas profesionales y tratando de obtener algo remotamente similar a “sonidos”. Tamborileaba sin cesar los dedos en el pupitre de la escuela, mientras la profesora enseñaba las raíces cuadradas, y en casa me colocaba unos enormes auriculares, tan pesados que hacían oscilar mi impúber cabezota, mientras mis pies seguían (es un decir...) el compás de la música escupida por los surcos.

Cuando tenía unos once años estaba chiflado por la música. Ahora sonrío cuando recuerdo aquello, y entiendo bien que los vecinos de abajo se quejaran en alguna ocasión por las molestias... el caso es que el viernes por la tarde, cuando terminaba la larga semana de colegio, era el tiempo del concierto. Cerraba la puerta de la salita, acercaba las cuatro sillas, dejaba a un lado la mesa, me ajustaba los auriculares gigantescos y movía la palanca de encendido del viejo tocadiscos... asía dos baquetas antiquísimas (de hecho, eran trozos de ellas, pero aptas para mis manos pequeñas...) y, cuando salía la música, aporreaba las almohadillas de las sillas, como si fueran una caja, dos timbales y el base... por su parte, los respaldos de las sillas, de madera, hacían las veces de platos, y mi pie derecho se imaginaba que pisaba el pedal de un bombo, mientras mi mano izquierda blandía el aire donde se suponía que debía haber un charles... Y así comenzaba el conciertazo, en la que un mocoso sin granos aún en la cara plagiaba las composiciones de Dire Straits, Texas, Joaquín Sabina, un extraño (pero buenísimo) grupo africano llamado Osibisa, incluso los discos propios de mis padres, fuera Miguel Bosé o Víctor Manuel.

Me parece haberlo comentado alguna vez, pero lo contaré de nuevo: a los doce años me uní a dos o tres amigos de clase, que compartían inquietudes musicales (o sea, que no tenían ni idea del tema, pero que les picaba el gusanillo...), y formamos (si así puede decirse) un grupito, al que bautizamos como Rayos X. En clase, lo recuerdo como si fuese ahora, dibujábamos cada uno nuestro instrumento (yo la batería; Rafa la guitarra; Ximo el órgano...) en las hojas finales de las libretas, y en ocasiones nos reunimos por la tarde, mientras el día llegaba a su fin, en las escaleras de la entrada del juzgado, donde dimos forma (una manera de hablar...) a una canción, que a Dios gracias no ha sobrevivido... porque tuvo que ser un engendro, claro. Al poco, conscientes de que éramos totalmente ignorantes, dejamos margen al grupo y la idea se diluyó, aunque hace poco he sabido que uno de nosotros toca el bajo de forma profesional, y que va de gira en formaciones esporádicas y participa en orquestas de pueblos. Como se ve, lo que es un impulso infantil puede muy bien convertirse en trabajo, pasión y vocación, con un poco de suerte.

Yo no la tuve. Como es lógico, empecé a darle la tabarra a mi padre para que comprara una batería. Fuimos a algunas tiendas (en una compramos unas baquetas que aún conservo...), pero las condiciones económicas de mi familia por entonces eran bastante comprometidas (un mero periodo pasajero, por fortuna...) y no pudo ser. Mi padre lo ha lamentado siempre, pero la prioridad tenía un nombre: comer. Y ante una disyuntiva tan clara, no hay opción. Crecí ansiando la batería de marras, y desgastando los escritorios de tanto tamborilear encima, hasta que hace justo un año la adquirí, por fin. Tarde, como siempre, pero hecho, al fin.

¿Qué hubiese pasado de poder poseerla entonces, en mis años de mozalbete? ¿Habría seguido los pasos necesarios para ser un profesional, o hubiese arrinconado el instrumento al poco tiempo, aburrido y consciente de que aquello, después de todo, no era lo mío? ¿Y qué hubiera sucedido con mis hobbies y mi vocación, que nació justamente a partir de ese fracaso musical? ¿Habría sentido con igual fuerza la llamada de la palabra escrita, el gusto por la lectura y el ardor por entender el Universo? ¿Me habría convertido, andando el tiempo y por así decirlo, en un ermitaño, de haber persistido en la tarea musical? ¿Qué porción de mi yo actual hubiera sobrevivido a ello? ¿Quién sería yo, en definitiva?

Tal vez esa pobreza temporal lo permitió. Tal vez soy así por ella. Un pequeño giro en la economía doméstica y el devenir final barre otro, imaginado y deseado. O quizá, después de todo, hiciera lo que hiciera estuviese predestinado a terminar aquí, y ahora. Nadie puede saberlo.

Quizá fue Él actuando, de nuevo. Dirigiendo. Ayudando (o impidiendo...).

Es, tan sólo, otra gota más que añadir al mar de misterios en donde vivimos...

(Imagen: El Hermitaño)

10 de noviembre de 2011

Política de trampa y cartón

"Un candidato que promete que con él disminuirá el paro está apelando, con ello, por así decirlo, a los intereses más primarios e irreflexivos de los parados (y de sus parientes y amigos). Sin embargo, esa apelación no corrompe de ningún modo el proceso político. Antes bien, un resultado importante y plenamente legítimo de su apelación es que permite saber cuántas personas comparten ese interés particular y le conceden una alta proridad. Lo que no es lícito, en cambio, es que el candidato compre los votos de los parados."

Razón, política y pasión, Michael Walzer, A. Machado Libros, 2004.

¿Por qué tengo la sensación de que eso, en cierto modo, es justamente lo que está haciendo cierto candidato a las elecciones del 20-N (el otro no puede prometerlo; ha demostrado en casi cuatro años que es incapaz de lograrlo...)? ¿Es lícito prometer algo tan importante aun cuando no sabes con seguridad si será posible? Un compromiso contraído resulta fútil, y falso, si la esperanza de verlo realizado es mínima, o inexistente. Un buen candidato sólo promete lo que, en razonable supuesto, puede brindar efectivamente a la sociedad. ¿Está alguien capacitado para pronosticar que, con su figura en el despacho presidencial, se creará empleo de forma progresiva y continua? ¿Tiene ese "alguien" (cuyo color, tendencia o ideología no importa ni viene ahora al caso; se aplica a cualquier partido político dominante) legimitidad si su partido, allá donde gobierna, en los dominios provinciales, ha evidenciado las mismas ineptitudes para disminuir el paro como las que denuncia en la oposición?

En otras palabras: ¿puede, cualquier cuidadano con el mínimo espíritu crítico, ceder su papeleta a alguno de estos dos partidos de masas con la conciencia de estar eligiendo el bien por, y para, la comunidad? ¿Podemos fiarnos de alguno de ellos? ¿Nos está permitido esperar que, con su elección, dispongamos de un futuro mejor, con más prestaciones vitales y menos tijeras fáciles en las manos equivocadas? Tal vez sí; mas, por mucho que lo intento, no logro verlo claro... nada claro.

Si, no es así, sólo resta una opción. Aún no sé cual puede ser; pero sí sé, por lo menos, a quienes no irá destinado mi papelote. Poco más se puede hacer, por el momento.

No confío en ellos. En absoluto.

No me (nos) merecen.

25 de octubre de 2011

Mendigos



Viajar es el modo más directo, sincero y contundente de conocer cómo es la gente. Para lo bueno y, desde luego, para lo malo. Quien va de hotel en hotel, o no sale del camping, o sigue siempre el grupo de vejetes del Inserso, difícilmente podrá saber el modo de divertirse, de pasar el rato, que hay en cada pueblo, patio de recreo o bar de la esquina. Aunque, al fin, todo esto suele ser bastante heterogéneo, y casi es suficiente con echar un vistazo a tu propio barrio para descubrir que el tipo de la esquina y otro que pudiese estar a mil kilómetros harán, al unísono, prácticamente lo mismo.

En mis viajes, que últimamente se han multiplicado gracias a ese santuario móvil de que dispongo desde hace un año, he visto muchos comportamientos distintos a cargo de personas absolutamente dispares, debidos a diferente edad, estatus social, o simplemente, a modos diversos de desenvolverse, de ser, de entender la vida y al prójimo. A veces he observado actos deleznables en gente mayor, y otros loables en mozalbetes que aún se sacaban los mocos... Habrá de todo, qué duda cabe, pero quiero dejar constancia, por si de algo sirve o algo ilumina, de dos comportamientos antagónicos, por parte de dos grupitos de gente, en relación con un mismo enclave geográfico en el que tuvieron lugar, por un lado, y del trato respecto a los demás que dispensaron, por otro. Ahora aclaro de qué va el rollo...

Sucedió hace casi un mes, en dos días consecutivos: un miércoles y un jueves cualesquiera de septiembre. Yo había llegado a la Ermita de la Consolación, en Alcalá de Xivert, temprano por la mañana. Recordaba un poco el lugar porque pasé por allí todos los días durante una quincena, una década atrás, cuando hice un campo de trabajo en el castillo de esa localidad. El lugar, pese a estar cercado por la carretera nacional y la despreciable autopista, era muy apacible y agradable, y no dudé en quedarme allí un par de días.

Hacia la hora de comer, mientras me preparaba unos tortellini, vino el primer coche. Emitía un “bum-bum” venenoso que me dio mala espina, tan enemigo como soy a esos ritmos que, a mi juicio, son idiotizantes... Pero pensé que se quedaría unos minutos, y luego abandonaría la ermita. Me equivoqué. Al lado mismo del templo sagrado el ayuntamiento ha tenido a bien construir un pequeño merendero, con unos paelleros al lado de una fuente de la que manaba un agua abundante y cristalina. Los del coche empezaron a sacar leña, y entonces supe que no iba a librarme de ellos tan fácilmente... Habían venido a preparase una buena paella. Luego vinieron los demás... unos siete u ocho coches más, algunos imponentes. Veinte personas, al fin, la mayoría superando la veintena, y algunos ya en la siguiente década. Todos vociferando, todos gritando, todos pasándoselo pipa... menos yo, claro, que además de sus alaridos tuve que soportar el continuo “bum-bum”. Si al menos lo hubiesen combinado con Dylan, Led Zeppelin, o Pink Floyd...

Por suerte, una vez tuvieron el alimento a punto apagaron las radios y se situaron en un comedero bastante alejado de mi posición, por lo que pude leer tranquilamente mientras oía, ya a lo lejos, las risotadas y los chillidos. Más tarde pensé que estaban en su pleno derecho. Podían ir allí y hacer sus gansadas sin problemas, no en vano el entorno estaba acondicionado para ello. ¿Quién era yo para recriminarles nada, excepto la leve queja de que no hubieran tenido ningún respeto por un ermitaño solitario que comía sus tortellini a veinte metros de distancia, y que quizá (no, sin el “quizá”...) tenía el mismo derecho que ellos a disfrutar de su piscolabis en silencio y a gusto? Hasta me sofoqué un poco por si estaba volviéndome demasiado cascarrabias, demasiado agrio con los demás, como si la persistente soledad hubiera convertido mi alma en un lugar seco e insensible ante el derecho que los demás tenían a solazarse. Temí por ello, pero el mismo grupo, una vez se dispersó (al grito, supongo que dirigido a mí, pues no había nadie más allí, de “Yeee, que mo’n anem...”), me sacó de dudas.

Como la garrafa de agua se me había terminado salí a rellenarla a la fuente. Ésta aún funcionaba, pero el desagüe estaba cegado; no tragaba nada. Y había agua encharcada que impedía llenar bien. ¿El motivo? Un buen montón de arroz de paella, estacado con fuerza al canalillo... Habían sido ellos, claro. Eché, entonces, un vistazo a mi alrededor: en los paelleros había dos garrafas vacías tiradas encima de ellos, restos de madera chamuscada arrojados por todas partes, papeles, y demás basura. Me acerqué al comedero: pedazos de sandía encima de la mesa de granito, botes de refresco, un par de vacías botellas de vidrio (de cerveza, supuse) hechas trizas, las servilletas por el suelo... Una porquería, en definitiva. Patético, pero previsible, después de todo.

Sentí alivio, por un lado (aún no soy un viejo gruñón...), pero por otro me fastidió la jornada: me hubiese gustado tenerlos aún delante, poder decirles cuatro cosas (y quién sabe si abofetear alguna cara atontada...), y llevarlos delante de sus padres, como si fueran unos mocosos (que lo son...) y decirles a aquellos en qué se habían convertido sus hijitos currantes, sus hijitos responsables, estudiosos y condecorados.

Pero no termina ahí la historia. Al día siguiente, a la misma hora, mientras me preparaba (no, tortellini no; en este caso fue un buen plato de arroz integral con garbanzos...) la comida, un grupito de tres o cuatro vagabundos, no demasiado mayores (no creo que superaran los cuarenta para nada), se acercó a la ermita. Dejaron sus gastados mochilotes en un lateral y, sacando de ellos algunos bártulos, un par de bolsas y cubiertos de plástico, unas latas y una bolsa de patatas fritas, se dispusieron a ingerir esos escasos alimentos preparados. Estuve tentado, por un momento, de invitarles al caracol, pero me pareció estúpido, como de mal gusto... Luego lo lamenté, pero entonces algo me detuvo, y creo que para bien. Iban a su rollo. Hablaron durante su refrigerio, por supuesto, pero aunque estaban más cerca que los visitantes del día anterior no oí prácticamente nada; sólo les vi gesticular, levantar vasos blancos y quebradizos, y asentir al tiempo que ingerían. Al poco, llenaron sus botellas de agua en la fuente, recogieron, y se marcharon.

Una vez solo de nuevo, salí y me aproximé a su comedero. Nada. Ni una miga. La basura estaba conveniente depositada; no se veían restos en ningún lado. Los habían recogido todos.

¿Quiénes son los mendigos? ¿Quiénes acabarán sin nada, hartos, desprovistos de todo, vacíos, solos y abandonados? ¿Quiénes son ricos, y quiénes pobres? ¿Quiénes se merecen disponer de una ermita y un merendero así, y quiénes no? ¿A quiénes podría unirme mejor, y sentirme acompañado?

Sí. Lo habéis adivinado.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de octubre de 2011

Caminos



Pero, aún en esta deliciosa región, las partes más encantadoras sólo se alcanzan por sendas escondidas. A decir verdad, por lo general el viajero que quiere contemplar los más hermosos paisajes de... no debe buscarlos en ferrocarril, en barco, en diligencia, en su coche particular, y ni siquiera a caballo, sino a pie. Debe caminar, debe saltar barrancos, debe correr el riesgo de desnucarse entre precipicios, o dejar de ver las maravillas más verdaderas, más ricas y más indecibles de la tierra

Edgar Allan Poe
El alce, 1844

Apenas importa que el escritor bostoniano, en la cita, se refiriera, hace más de siglo y medio, a los territorios norteamericanos; Poe hablaba para todo tiempo y lugar, señalando la innegable necesidad de acceder, mediante el único auxilio de nuestros miembros, a los parajes grandiosos e inexplorados que nos envuelven. Sólo así los descubriremos. Sólo así los sentiremos como son.

Más que una necesidad, de hecho, es una sensatez: en buena parte las maravillas están escondidas, al abrigo de las muchedumbres, de los acondicionamientos turísticos, de las comodidades ociosas; para alcanzarlas hay que moverse por uno mismo. Pero, ¿qué es lo eminente, lo excepcional? Suele ser aquello no divulgado ni revelado, lo que no aparece en guías de viajes, páginas de blogs, ni documentales televisivos. Ir adónde todos van, ver lo que todos ven, hollar lo pisado mil millones de veces, disminuye el valor del lugar. Y si el acceso es fácil, todavía más.

Por eso, una montaña baja coronada sin ayuda ni refuerzo de clase ninguna brinda mayor disfrute que un pico alpino abordado gracias al teleférico; un valle o descampado hollado gracias a la inspiración o a la eventualidad del momento (la misma cosa, en general), es más bello que el jardín mejor preparado y cuidado del planeta; y, por eso, seguir un sendero no marcado, o todavía más valioso, abrirlo tú mismo (una corbella poco cuesta, y poco ocupa...), puede convertirse en la mayor aventura posible, y la más sublime, aunque sólo avances cien metros.

La emoción de un instante de pleno encuentro con la naturaleza profunda (pie sobre tierra, mano sobre roca...), esa naturaleza no expuesta, esa que cabe buscar bien, porque no se ofrece fácilmente, nos retrotrae a unas décadas atrás, cuando los sendas no estaban aún señalizadas, y no existían las competiciones de velocidad (siento náuseas cuando veo esos grupitos que llevan cronómetros para comprobar cuánto tiempo emplean en llegar a la “meta”...). Cuán emocionante es advertir un pedazo de montaña no explorada jamás (todavía las hay, y más cerca de lo que suponemos), e ir para allá en pos de su tacto incorrupto; cómo alegra destapar las zarzas que caen sobre un riachuelo anónimo; cuán reconfortante saber que aún hay virginales marañas de matorrales crecidos por el sustento de lluvia y luz solar nunca palpados ni arrancados, o revelar algún espectáculo ignoto e inesperado, como un prado o un par de gráciles pinos silvestres en medio del erial.

Aventurarse es crecer. El riesgo enseña, ilustra, contrasta. Sin él, reducidos a la confianza de la cubierta urbana, ésa en donde todo son servicios y confort (comodidad del indolente burgués, coraza del apático cobarde), dejamos de ser nosotros mismos. La esencia del ser humano radica, ya lo sabemos, en los salvajes exteriores, en los ámbitos incontrolados del medio natural. Verse allí, rodeado de lo que es su hogar, y no el construido, el adulterado, devuelve al hombre su forma, su ser; y lo encauza hacia su sino.

Me siento mucho más acorde con el espíritu del montaraz que con las construcciones intelectuales posteriores que han tratado de modificar el alma del hombre, montajes falsos que lo han encerrado en un claustro social de identidades marcadas. El simple estado de naturaleza es pernicioso; pero el estado social, el aglutinamiento permanente, la cerrajón constante en los márgenes de una existencia controlada, coaccionada, emascula lo que de humanos aún poseemos.

Cada vez siento más cerca la tierra; y más lejos, cada vez más, (casi) todo lo social.

(Imagen: El Hermitaño)

9 de octubre de 2011

¿Necesidades?



Hace unas semanas, mientras esperaba las usualmente deprimentes noticias televisivas, tropecé con un reportaje de un grupo de jóvenes (esos que algunos llaman “antisistema”; otros, ahora muy de moda, preferirían el término “indignados”...) que habían ocupado (es decir, okupado) una antigua masía catalana abandonada, y en la que con la mínima reserva monetaria vivían en comuna elaborando su pan, cultivando sus hortalizas, ocupándose de los problemas de agua, electricidad, etc. que surgían en la casona y dedicando el resto del tiempo a sus intereses particulares.

Dejando aparte la cuestión de la higiene (para qué engañarnos, las melenas no brillaban con la luz que a uno le gustaría...), me sentí algo emocionado. Había allí, a una corta distancia, un grupo de gente que estaba adelantándoseme..., un grupo que ya se había aclarado las cosas y había decidido dar los pasos necesarios, los mismos que en breve medito seguir yo. Me congratulé de que haya jóvenes así, por cuyas cabezas se deslice y extravíe todo sentimiento consumista y borreguil, ese que dicta “lo que hay que hacer” cuando se es joven, y que nos pierde para siempre, llevándonos pronto a un ocaso vital, o a un malestar eterno, si no somos lo suficientemente rápidos para zafarnos de su mano, viscosa, sucia y maloliente. Pese a la separación, y pese a las diferencias, sentí una entrañable simpatía, que ya creía extinta, hacia gente de mi misma edad. Creo que no todo está perdido, después de todo... Hay más, y mejor, de lo que parece, en la juventud española.

La búsqueda de la autosuficiencia tiene algo (sólo algo) de utópica, pero a poco despiertos que seamos podemos llevarla a cabo. No puede ser total, al ciento por ciento, pero podemos tratar de aproximarnos, al máximo que nos sea dado ¿Para qué? Pues porque si uno quiere vivir para vivir la vida, no vivir para precisar algo que no poseemos, y que nos obligue a, de alguna manera, dejar de vivir para conseguirlo (hablo del trabajo, ¿no lo habían adivinado?...), entonces cabe depender lo menos posible de otras fuentes que faciliten alimentación, reparaciones, suministros de cualquier tipo, etc., y supongan, por tanto, gastos elevados, y que además estén a expensas de vaivenes de los mercados, oscilaciones comerciales y crisis económicas varias, entre otros factores ajenos a nosotros mismos y a las bondades que la naturaleza tenga a bien ofrecernos.

¿Hipotecas? ¿Gasto de la comunidad de vecinos? ¿Cochazos deportivos? ¿Ropajes de fantasía? ¿Trabajo de nueve a seis? ¿Comidas y cenas de fin de semana en restaurantes? Desde luego, no, ya lo sabemos. Pero es que, ¿para qué? Es una pregunta que siempre me hago antes de adquirir algo, desde un libro a un paquete de hojas para afeitado. Y si la respuesta no es lo suficientemente contundente, si la necesidad no es perentoria en grado auténticamente elevado, el libro queda en el estante (muy a mi pesar, desde luego) y dejo crecer la barba durante algunas semanas más... Así que imaginen lo diáfana que es la respuesta, mi respuesta, respecto a las preguntas anteriores... Está muy claro.

El ejercicio de preguntarse por la urgencia o la conveniencia de procurarse algo material (evidentemente, antes de adquirirlo...) es una actividad en extremo simple, pero que manifiesta un sano espíritu crítico ante lo que nos rodea. Si la estructura socio-económica montada a nuestro alrededor posee un funcionamiento cuyo éxito depende en exclusiva de nuestro afán consumidor, comprador, porque gracias a él dicha estructura crece y obtiene beneficios para empresarios, emprendedores, y permite pagar sueldos a trabajadores, etc., entonces hemos planteado mal la cuestión. Un sistema cuyo fin es el crecimiento sin límite, el beneficio a expensas de los bolsillos ajenos, debe tener un final, necesariamente. Y no demasiado lejano, tal vez...

Uno de los principios básicos del liberalismo, y sobretodo del liberalismo conservador, es que el derecho a la propiedad, a la acumulación indefinida de posesiones, es el más importante de cuantos disponemos. Según esta perspectiva, “el individuo”, y cito textualmente de un manual de filosofía política*, “se desarrolla básica –cuando no exclusivamente– a través de la constante acumulación de posesiones en plena competencia con los otros”; algo que se ha dado en llamar “propietarismo”.

¿Es esto lo que queremos? ¿Una especie de acopio incesante de bienes materiales, casi una carrera –autodestructiva, quizá– para ver qué tenemos y qué tienen los demás? ¿Tener más y más, soluciona algo? ¿O no es más que el principio del fin, esa muerte de la que tanto nos gusta hablar, muerte, no física, sino emocional y espiritual?

Un campo de hortalizas, unos olivares, el cielo azul, esa estrella sempiterna, algo de sudor en la frente, una azadón en la mano, y ser y sentirte amo de tu tiempo (la gloria hecha vida). Eso es todo (para mí, todo lo que vale). Es lo que permite apreciarte, no como marioneta al son de lo que otros decidan, sino como dueño de tu futuro; un devenir que el pedrisquero puede arruinar, sí, pero la granizada no te engaña, nada esconde, ni trata de beneficiarse a costa de tu quiebra. Sólo hay una feroz realidad, te guste o no. Ni trampa ni cartón. Como debe ser.

Entre un destino y otro, ser hundido por la banca o los elementos, prefiero que me destroce el segundo. Dejaré todo en manos de Gea. Es mucho más de fiar.

Ya sabéis el adagio: mínima posesión, máximo goce vital.

Y no habrá crisis que pueda con vosotros...

(Imagen: El Hermitaño)

[* Ciudad y ciudadanía, senderos contemporáneos de la filosofía política, F. Quesada (ed.), Trotta, Madrid, 2008]

7 de septiembre de 2011

Eres eterno



El tiempo muere a cada instante. No le des tu vida. Mata al tiempo. Cederá si te olvidas de él. No hay pasado mañana. El año próximo nunca existirá. La jubilación en el porvenir ahorca tu ahora. No mires más allá.

Mata también al monstruo que dice “debes” (John Campbell). Matar el “debes” será tu único deber. Deserta de toda obligación que venga del exterior. Reconoce sólo las tuyas, que te hagan crecer, autoafirmarte, ser tú mismo. Hártate y di “no” de una vez.

Destruye igualmente si es necesario todo lo que se haga por convención, acuerdo tácito o norma social. Si no haces daño ni importunas a nadie, a nadie le importa lo que hagas. Elige y actúa. Síguete, no secundes a nadie. Piénsalo y hazlo; los demás no cuentan. Escucha consejos, pero acota su influencia; determínala tú, siempre.

No oigas los sermones ajenos; crea los tuyos, hijos de la experiencia propia y del saber que se descubre paso a paso. La sabiduría, ya lo afirmó Platón, está en nuestro interior, adormecida, como aletargada. Hay que hacerla asomar, de nuevo. Pero depende de ti. No esperes una homilía salvadora, un discurso iluminador. No lo hay, salvo allá dentro, oculto, en la caverna de la vida. Ve y hállalo. Escúchate, y lo sabrás.

No pierdas la ocasión, porque puede que no haya otra nunca. Puede que todo enmudezca, y aunque escuches mil eones, nada oigas jamás, ni el menor sonido, ni la más exangüe señal de que hay algo existente allá dentro, muy al fondo. Que todo sea vacío, oscuridad, silencio, y agonía. Que esté todo perdido, entonces.

Puedes y sabes evitarlo. Confíate a ti mismo. Mírate, siéntete.

Y adelante.

(Imagen: El Hermitaño)

5 de agosto de 2011

Cerrar el círculo



Hay un estado vital, envuelto en neblinas para muchos de nosotros, a gran distancia y como una tierra prometida a la que apenas podemos llegar, si no es en sueños, en donde no se necesita nada más; se ve uno lleno, colmado, cubiertas sus exigencias fundamentales para sentirse vivo y dichoso. No es ese difuso y popular término que algunos llaman “felicidad”, sino la situación de conciencia que señala que posees, al fin, aquello que en verdad importa. Lo demás es accesorio; cuenta, sí, pero puedes perderlo sin sentirte vacío, o sabes que no es difícil recuperarlo en cierto momento con algo de esfuerzo.

Los componentes que configuran dicho estado varían, como los gustos y colores, en función de cada esencia particular. Por lo pronto, los míos son tres: el oficio, la soledad y la compañía.

El primero se entiende, supongo. Consiste en saciar la vocación, en darle cuerda al reloj de la voluntad que no busca recompensa, beneficio, paga ni cheque. Es eso que surge sin pedir nada a cambio, que ansía asomarse a la realidad pero cuya naturaleza la trasciende, porque no es de este mundo, el de ahí afuera, sino del que pulsa aquí dentro, muy al fondo. No consiste en un intervalo diario, repetitivo y remunerado, de ocho a tres; eso no cuenta. Hablo de una llamada que no puede ser desatendida, aunque el tiempo absurdo de la cotidianidad impele a hacerlo, reemplazándola con las horas del hastío televisivo, el moco alcohólico, la zafia diversión del tropel ruidoso... Desoír la señal, postergar la necesidad, echar tierra sobre el brote verde (savia nueva y alimento para el espíritu), es ir muriendo poquito a poco, sin percibir que una pequeña parte de nosotros se marchita y pudre; desencajados, fuera del tiesto, es como si nos hubiesen alterado el equilibrio, y nos movemos dando bandazos, erráticos. Hay quienes se pasan así toda su vida, por desgracia; debe ser una de las mayores y más tristes miserias.

Los dos elementos restantes parecen contradictorios, o antagónicos. No es así, en absoluto. Lo diré sin más: compañía en soledad; soledad acompañada. ¿Está claro? No, creo que no... Pero no se puede explicar mejor. Lo siento.

Ahora bien, entendamos al menos esto: un hombre solo no es gran cosa; pero un hombre sin su soledad no es ni hombre. El círculo se cierra, completándose, cuando la simetría es perfecta, cuando uno, a partes iguales, se ve impelido hacia la compañía tanto como al retiro. Ora disfrutamos con los demás, ora nos deleitamos con nosotros mismos, sólo con nosotros. El retraimiento radical hunde y pudre la humanidad que nos configura, pero la incurable y permanente sociabilidad, tener siempre alguien (otro) al lado y huir del tiempo propio es un pequeño suicidio, la raíz que acabará por destruir nuestra independencia, el mando sobre nosotros mismos. Y eso es la muerte verdadera, amigos; la que vuelve cadáver aquello que llamamos vivir.

No puedo elegir con quién estoy solo (sólo puedo estarlo conmigo mismo, claro), pero sí a aquellos que forman parte de nuestra peregrinación. Los amigos son la familia elegida, ya se sabe. Hay puñados de personas a quienes no dedicaría demasiado tiempo; las cosas como son; tampoco ellos me lo ofrecerían a mí, y así debe ser. Cada cual tiene su círculo, su pandilla, los de su bando; aunque aceptemos a otros y algunos dejen de estar en él, sabemos bien qué tipo de personas encaja en nuestro modo de entender el mundo y la vida, y quiénes no.

A grandes rasgos, creo que con dos me basta. No soy amigo de multitudes, ni de grupos numerosos. Uno de cada sexo. Con tres personas se consigue un cierto equilibrio, sobretodo si cada uno comprende la situación y necesidades de los otros dos. Las posibles carencias de una son suplidas y enriquecidas con las bondades de otra; así no falta nada de lo que importa. Una de esas personas ya está a mi lado; queda por hallar la otra. Una especie de trío existencialista (en términos algo pedantes) es lo que busco. Es la forma idónea de cerrar el círculo, junto con ese trabajo/oficio/vocación que es permanente diversión, curiosidad, ambición y afirmación.

Todo esto es pura fábula, una quimera, la fantasía de un loco ermitaño. Vale; pero es que no busco otra cosa, ni me importa un carajo lo demás. No al dinero, no a las joyas (hacedlas sonar, lechuguinos...), no al lujo, no a los coches, no a los pisos, no a las necesidades impuestas...

Que se vive con nada, y con eso se tiene todo; recordadlo, aunque ya lo sepáis. No os dejéis doblegar. Cerrad vuestro círculo; y sed dichosos.

Y, de verdad, a la mierda los de fuera...

(Imagen: El Hermitaño)

16 de octubre de 2010

Confía sólo en ellos...



Sólo en quienes te miran a los ojos.

Sólo en quienes te escuchan sin pensar ellos mientras tú hablas (es fácil saberlo, sus ojos ausentes y apagados les delatan).

Sólo en quienes no tratan de conseguir algo para su propio beneficio (también es fácil saberlo, sus ojos brillantes y avariciosos les delatan).

Sólo en quienes te abrazan sin esperar nada a cambio.

Sólo en quienes brindan lo que necesitas y no quieren que les des nada.

Y, sobretodo, sólo en quienes están contigo sin necesidad de palabras, gestos, ni hechos: quienes no precisan llenar la ausencia de sonidos con las primeras, la ausencia de contacto con los segundos, y la ausencia de actividad con los últimos.

Aquellos quienes, sólo con tenerte a su lado, ya lo ofrecen todo, son en quienes merece la pena confiar.

Buscádlos; son el tesoro que sostiene la estructura del mundo, el sentido del universo, y el destino de la Humanidad.

Por ellos, sólo por ellos, ya merece la pena vivir.

(Fotografía: El Hermitaño)

23 de septiembre de 2010

La gente (tres diatribas)



Luego preguntan por qué me distancio tanto de la gente. Por qué me aparto de las muchedumbres, de las multitudes, pero también de individuos particulares, en singular. ¿Será porque todos me desagradan, me repugnan, incomodan y hastían...? ¿Todos? Bien, todos no, pero sí su práctica suma. A quien le joroban los perros o las arañas habla de su desprecio hacia ellas en genérico, aunque a veces encuentre graciosas las telas y sus hacendoras o los simpáticos coleteos de un cánico juguetón. No podemos meter a todos dentro del mismo redil, pero convengamos en que la mayoría comen la misma... hierba.

Sé que es inadecuado juzgar a las personas por una única acción, pero voy a hacerlo de todos modos. Aunque peque de presuntuoso y tendencioso, aunque deba soportar algún que otro guantazo... En ocasiones uno debe sacar la malicia, la saña, y darle barra libre. En último término limitándola a estos contextos es inofensiva, porque tu ira surge de ti y nunca llegará a ellos... No hay deseo de hacer daño, sólo de dejar constancia de tu malestar. El misántropo necesita de la sociedad para cabrearse y saciar su sed de cólera, para saberse vivo, lanzando pullas a las huestes gregarias. Ése no es nuestro camino.

Con todo, ofreceremos ahora tres presentaciones humanas execrables halladas en respectivos sábados consecutivos (prometo otros tres de excelsos encuentros en un futuro próximo).

Uno: me la encontré en medio de la calle. Tiene dieciséis años, ha salido mujer, y es mi prima. Apenas la veo, por la gracia divina. Pero en ocasiones tropiezo con su figura, a medio hacer todavía. No es muy agraciada, mas con las toneladas de pintura que acumula en su rostro lo disimula bien. Se enfunda en pantalones ajustados, el escote se abre generosamente y percibes germinales señales de senos. Advierte mi presencia desde lejos, me mira de arriba abajo, sin decirme nada, y en su cara empolvada y coloreada aparece una mofa por mis pintas (pantalón corto, sandalias, camiseta de tirantes, mochila a la espalda...), desacordes con el espíritu del sábado nocturno. Le acompaña un monigote de feria cabeza de repollo, muy molón él, que la estrecha hacia sí y se enroscan ambos en una algarabía de lenguas y babas. Yo agacho la cabeza un instante, y para cuando nos encontramos, vuelvo a mirar, para saludar (es mi prima, después de todo...), pero ella pasa de largo sin decir nada, sin importarle nada, sin ser nada yo para ella. Ella, esa mocosa que ha nadado en mi piscina, jugado con mis juguetes, a la que veo todas las putas comidas de Navidad con el pelo sobre su frente, engullendo a la espera de los billetes, esa mamarracha impúber no se digna ni siquiera a cabecear para saludar a un familiar. ¿Qué clase de subnormal es? ¿No se merece que el próximo día 25 de diciembre sirva yo el puchero y se lo derrame todo muy bien sobre su testa perfumada y a la moda, y que acabe su faz desecha en una sopa caliente de arroz y garbanzos?

Dos: estaban un par de amigos, dos hermanos, debatiendo sentados tranquilamente en un banco cualquiera de un parque cualquiera de una ciudad cualquiera. Las palabras se referían a física cuántica, a proyectos literarios y a viajes futuros tras el rastro de las estrellas y los crepúsculos. Nada raro en ellos. Entonces, mientras hablaban, se acerca un cerdo pigoso, una bola de sebo tan impúber como lo es mi prima, y, con los ojos vidriosos por el porro, les pregunta a aquellos dos si estarían en disposición de luchar con uno de su pandilla, asentada en otro banco del parque y cuyos miembros miraban expectantes. Los dos hermanos responden que no, que no están nada dispuestos (lo suyo son las “luchas dialécticas”, dice uno, aunque duda que el puerco sepa qué óstias significa eso...). Entonces, cuando el animal chilla a los suyos que no habrá patadas ni puñetazos, aquellos empiezan a acercarse. Y empiezan a incordiar. Uno hace gala de sus músculos, otro les impulsa a la lucha, y el cerdito pregunta qué llevan los dos amigos en sus mochilas... Hay un momento de inseguridad, los hermanos creen que acabarán de todos modos con sus dientes en el suelo. Pero la sangre no sale de sus cuerpos. La droga no es tan fuerte, y el lerdo vigilante del parque pronto regresará. Así que abandonan la intentona, no sin antes el piggie pedir, reclamar y ordenar a los dos aturdidos amigos (“¿sois maricones?”, les suelta también) algún euro para costearse la merienda. Ante la nueva negativa, esta algo más enérgica, se despide de ellos con un “Me cago en tus muertos”, y el cerdo maloliente se retira echando vistazos para tratar de encontrar otras víctimas propiciatorias. ¿No merecían, en efecto, una buena tunda? ¿No hubiera valido la pena romperle algún hueso a ese gorrino, restregarle su gorda cara por el suelo hasta que pidiera clemencia? De no haber sido los dos amigos un par pacífico y poco dado a las reyertas –quizá por eso trataron de luchar con ellos, porque eso se ve– el hospital hubiera engrosado sus listas de pacientes aquel sábado por la tarde. ¿Quién coño creyeron que eran para interrumpir el sagrado discurso entre los hermanos? ¿Es eso lo que suelen hacer los quinceañeros, es su razón de ser, su actividad usual en cuanto se reúnen en pandillas y fuman un poco? ¿Qué harán, pues, a los veinte? ¿Y a los treinta?

Tres: Juanma tiene treinta, ya. No busca peleas; busca dinero. Vende una casa rodante. Antigua, sencilla, pero encantadora. Pone un anuncio en Internet. Hay uno que lo ve antes que nadie –yo–. Quedamos conformes para esa tarde. Me hago los cien kilómetros que separan nuestras casas para echar un vistazo y, si convence, quedármela. En principio, la cosa promete. Una vez allí se confirma mis sospechas. Pero él desconoce dos o tres cuestiones importantes respecto al vehículo. Nos despedimos diciéndole que ya le llamaré en breve para que me resuelva las dudas y, tras un tiempo de reflexión, decirle si me interesa finalmente o no. Vienen unas personas de Elx, también para verla. Yo no me preocupo: soy el primero, tengo el derecho de hablar antes con el propietario. Y, en función de lo que yo decida, los demás tendrán o no el caramelo. Así que vuelvo tranquilo a Gandía, esperando la respuesta a mis preguntas. Pero Juanma es un cabrón, un pesetero, un payaso irresponsable: en cuanto aquellos del sur presentan una señal, se vuelve loco y les apalabra el caracol. ¡¡Y luego me llama para decírmelo!! Como si te dijera: “mira, te he tomado el pelo, pero no lo hago sin contártelo”. Su suerte fue vivir en Sagunto, y no más cerca. Los gitanos al menos iban con su verdad por delante, y sabías a lo que atenerte. Con Juanma todo parecía bastante sensato, un mundo de razonable bondad, de madura amabilidad; mas todo era falso. Como su sonrisa, como su persona. Éste también merecía unos azotes, una buena zurra. Arrancarle algún diente, y que volviera a su casa, con su hija y su mujercita, con el labio partido y un moratón en el ojo.

¿Sí o no? ¿Están este energúmeno aprovechado, aquellos idiotas musculitos y la cenicienta teñida y de rostro mugriento en disposición de ser pisoteados con nuestras botas de clavos y vapuleados con mazas y garrotes? ¿Qué carajo sucede los sábados por la tarde y al nacer la noche? Da la impresión que hay un efluvio brotando de la tierra que infecta las mentes de la muchedumbre, y los trastorna en un momentáneo episodio de memez e imbecilidad. ¿O es un estado permanente? ¿Son todo tan gilipollas como aparentan? ¿O el gilipollas soy yo?

¿Qué espero para el próximo sábado al atardecer? ¿Otra muestra más de la estupidez social? Sí, desde luego. Ya no van a sorprenderme. Lo espero todo. Todo lo peor. Que me rompan los huesos, que se mofen de mi desgarbo, que traten de engañarme. A mi ya me da igual. Ya conozco a la gente.

Lo siento muchísimo, pero por mí que se mueran todos ellos. No son nada. Sólo me importan los míos, que son los que valen, los que cuentan, los que comparten, y los que te abrazan.

Os quiero. Sabedlo. A vosotros y vosotras.

A los demás, que les parta un rayo...

(Imagen: El Hermitaño)

9 de agosto de 2010

Noches...



Sábado por la noche. Casi las diez. Oigo cornetas de ritmos repetitivos brotando de vehículos que circulan a toda velocidad por la carretera. Más cerca, grupitos de gente moderna atraviesan la calzada persiguiendo garitos y antros de moda. No los veo; los presiento. “Pero qué borregos”, me digo, y al instante siguiente: “Olvídalos. Tienen lo que quieren. Como tú. Después de todo, no hay tanta diferencia”.

Y sí, es cierto. Cada cual persigue su sueño, elige (es un decir, pero este es otro tema...) sus movidas y vive según ciertos principios. Mejores o peores. No me cabe duda de que todos escogemos lo que pensamos que nos más conviene. Algunos acertarán; otros sólo creerán que lo han hecho.

Sólo hay una (bien, hay mil, pero dejósmolo...), una diferencia que no separa, y un “pero” que les tengo que reprochar: que no se enteren de que hay algo más que hacer, que lo hecho por ellos no es imperativo en absoluto, que existen otros modos de vivir ese lapso de tiempo. Porque sentía una ligera escozor cuando, en años juveniles (y aún en los que no eran tanto), me preguntaban a menudo si yo “salía”, si iba “a algún sitio” los viernes y sábados noche. A veces respondía con un molesto y simple “no”, otros les aseguraba que aquello no me iba nada, que lo encontraba aburridísimo (rostros estupefactos, sonrisillas de suficiencia y, enseguida, te encontrabas a solas...). En pocas ocasiones la conversación seguía y alguno, tontorrón a más no poder, demandaba una explicación: porque claro, si no ibas allí y hacías“eso”, entonces ¿qué óstias hacías un sábado noche?

Algunos ejemplos: Leer, escribir un poema (o un texto como éste...), disfrutar de alguna película, cenar con alguien que te importe (o no), echar un polvo (pero sin ritual previo), pasear por un camino no iluminado, conversar con un amigo o amiga (pero no charlar ni chismorrear, sino conversar, sacar las entrañas para que el otro las examine y decida si vales la pena o no eres más que una mierda...), contemplar la Luna (no un minuto, sino tres horas, sentirla, amarla, penetrarla...) o las estrellas (pensar en ellas, recordar que eres ellas, notar cómo están en ti...), no hacer nada (pero nada en absoluto, nada de nada, para saberlo todo y ser consciente de TODO), sentarte a tu lado (¿se puede?) y estar al tanto de lo que hay “aquí” (allí), mover las figuras del ajedrez hasta que se configuren en algo con sentido (y leamos sus mensajes), dar vida a las piezas del puzzle, ver las artimañas de la araña o los brincos gatunos tras los ratones, extasiarte ante el rumor del viento, observar el ondular de la parra mientras sueñas despierto, anhelar una presencia tanto hasta que sientas dolor, rememorar ese pasado perdido que te hizo hombre (o mujer), abrir los trémulos brazos hacia lo alto (no hacia las montañas ni las estrellas, sino hacia lo que está aún más allá, lo que está más allá de todo y de ti...) y sentirte unido, cosido al mundo, amado por él, y saber que nunca estarás solo, aunque siempre lo estés...

Y así hasta mil cosas más. O mil millones. Poned una moneda en el tocadiscos, y elegid vosotros. Entonces el tontorrón cierra la boca (la había abierto mientras duró nuestra respuesta...), asiente con su cabezota y empieza a comprender el “algo más” que hay, aquí y en todas partes, además de lo que él supone que “debe” hacerse el viernes y sábado por la noche.

Soporto muchas cosas, hasta la mayor imbecilidad posible, pero no que un petardo quinceañero ignore esto, que su mollera fofa y aún poco densa no entienda que lo decidido por él no pasa de ser una opción, no “la” forma de vivir la juventud. Y aún más asco da que, después, los cochinos seriales televisivos (españoles, quiero decir) reproduzcan hasta el vómito el cliché juvenil (la juerga y el mogollón, el alcohol y el sexo, como sus señas de identidad), mientras la otra juventud, esa que existe sin hacer ruido, sin romper contenedores o emplear armas blancas, que no acude a la llamada del poder ni la chusma, esa que disfruta sus noches de mil modos diferentes (y uno puede ser, y es, acudir a las catedrales del histerismo, de vez en cuando), esa otra juventud pasa desapercibida, sin que nadie la oiga (aunque tanto diga, y tanto tenga que decir). Aunque merecía ser escuchada, quién sabe si quizá en su silencio esté su fuerza.

Una elección vital jamás debería degenerar en dogmatismo, en el fanatismo propio de los intolerantes.

Ya son casi las doce. Les oigo en la distancia. Ellos a mí no. Salen a la calle; subo a la terraza. Se besan, saludándose; miro al gato, que dormita silencioso. Buscan afanosos con la mirada un rostro cómplice; contemplo las luces que brillan sobre mi cabeza, buscando un guiño. Cierran la puerta, al entrar en el antro; cierro yo también la mía. Apago las teas; ellos las encienden. Cierro los ojos; ellos hacen brillar los suyos.

Sábado noche. Tienen lo que quieren; tengo lo que quiero.

(Imagen: El Hermitaño)

2 de agosto de 2010

Empleo y plata



Estar sin trabajo, visto con los ojos de otros, sería una tragedia; para mí es la gloria, el cielo, el paraíso total. Vale, no agrando la cuenta, no pasa moneda alguna por mis manos y el fajo se reduce sin parar... Pero no importa; así lo prefiero. Veranos atrás la pasta se amontonaba poco a poco y yo no podía vivir (achaques, diarreas, mal genio, hastío...); ahora que no la veo, que he dejado de perseguirla y empieza a desaparecer lentamente, todo recupera lo mejor de sí mismo, y uno puede centrarse en el cuento de vivir. Y, sólo entonces, este chiste que dan por llamar vida vuelve a tener gracia.

Es lo de siempre, ya se sabe: la gente no sabe vivir sin trabajar; pero yo si trabajo nunca sé cómo vivir. No importa lo que haga (peón industrial, recepcionista, repartidor...); el estómago lanza maldiciones, la rebelio carnis se pone en marcha y acabo desencajado, arruinado y deshecho. Una porquería de hombre, un renacuajo, un pordiosero. Me pierdo y sólo sé que me encontraré cuando todo acabe. El mundo (este, el que nos dan, no el de verdad, el que está ya hecho para disfrutarlo) no es para mí. Yo sólo quiero vivir, no que me aten a la silla eléctrica y pidan, encima, que yo mismo apriete el botón...

Ellos (ya sabemos quiénes son) tienen su mente puesta en el de “nueve a cinco”, las vacaciones, la “educación” (¡ja, ja y ja!) de sus hijos, las puñeteras facturas y los préstamos a devolver, el añorado carruaje nuevo, el dilema de la decoración del pisito... Y, claro, todo ello requiere trabajo, detenerte en nóminas, cobros, pagarés y recibos. Cavilas cómo puedes trabajar menos, ganar más, pagar lo mínimo, pero sin parar jamás, sin dejar que pase un tiempo improductivo, baldío en capital y huérfano en ganancias. Y entonces, sin darte cuenta, ya te han pillado, te han cogido bien por los huevos y te amarran para no soltarte de ningún modo. Y tú, sin casi quererlo, arrastras a tu familia, a esos que tanto dices que quieres, al mismo hoyo, a la misma mierda, los embadurnas bien de por vida con ella, y cuando están a punto de clavar las últimas tachuelas en tu ataúd, sonríes, te despides con un “adiós” sentido y esperas que todo les vaya muy bien. Sí, muy bien señor mío, así se hacen las cosas.

Y, tal vez en el más allá, lo sepas. No todo, sólo una parte, pero la que importa: que nada valía tanto la pena como la vida. Y que lo que tratamos de obtener para llenarla, ponerla guapa y darle un toque de carmín, convirtiéndola en una estrella de cine, no era más que un repugnante disfraz, para cubrir su rostro, y que no pueda mirarnos directamente. Eso no es la vida, es un circo. Y el circo, aunque fabuloso y romántico, es falso. Como falsos somos algunos.

El trapo no es nada. El motor no es nada. El ascenso no es nada. El botín no es nada.

Las estrellas lo son todo. La Luna lo es todo. La araña lo es todo. La sonrisa (auténtica, no demacrada, no brotada de la impostura) lo es todo. El abrazo de un niño lo es todo. La caricia de la (o del) amante lo es todo. El incienso de una iglesia lo es todo. La ladera de la montaña lo es todo. La silueta de un cuerpo desnudo lo es todo. ¿Sigo?

Olvídalo, y hazlo olvidar. Que no vale nada, que no es nada. Que no te pille. Ni a los tuyos. No huyáis nunca, pero ignoradlo siempre. No le escuchéis. Viene a por nosotros. Unos caerán. Sufriremos, pero a lo mejor podemos ganarle, algún día.

Espero que, quizá, tú también.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de julio de 2010

¿La encontré?



Estas cosas son cíclicas; me tropiezo, con ellas, cada cierto tiempo, con una periodicidad sorprendentemente exacta. Parece que la Providencia gusta de brindarme su aparición inesperada siguiendo un patrón temporal algo lato, pero no tan dilatado como para que las olvide por completo. Vienen y van. Se introducen, se engarzan en tus fibras, sueñas con ellas, y entonces desaparecen. A veces lo quieren ellas; pero nunca tú.

La primera, la inicial de esta serie recurrente, hizo su aparición cuando dejé de estudiar y me dediqué a ser, hace ya más de una década; la última me ha cautivado hace un par de días. Todas tienen bastante en común: despuntan, deslumbran, fascinan, tienen ese “algo”, un “resplandor”, una emanación que las hace distintas, que les hace ser únicas. Sólo puede sentirse, no explicarse. Estás en una habitación con otras veinte féminas, algunas verdaderamente imponentes, pero no les prestas más atención que a una boñiga de cabra: sólo a ella, a aquella que brilla. Ésas son; brillan tanto que eclipsan.

¿Por qué? En este postrer caso, tal vez por su forma de entrar en el aula, iluminando la estancia, sin necesidad de electricidad; tal vez por cómo se recoge el pelo, o como dormita, descarada, mientras se explica la lección. O porque, inquieta, siempre trata de compartir, de hacerte partícipe de su mundo. Quizá, también, porque brotan de ella mil ideas, algunas adorables, otras triviales, pero cuya fuente no parece agotarse nunca. Tal vez porque siempre tiene algo que decir, porque todo le importa y, al mismo tiempo, parece indiferente, mientras observa las traviesas del techo y bosteza poniendo los ojos, esos ojos de dos colores, en puro blanco.

Cuando hablas con ella (ellas dan siempre el primer paso, recordad otra de sus particularidades...), tales ojos chisporretean, juguetones. Uno, negro como el cielo, invita a recorrer los mundos del más allá; el otro, castaño como la tierra, seduce para hacer de ésta un paraíso. Su voz es fuerte, pero no carece de cierta dulzura. Departe con todos, sus palabras suben y bajan, impregnan las paredes y hace volverse a los que tiene cerca. Sabes que en ella hay un universo de posibilidades, algunas sublimes. Te escuchará siempre, te mirará hasta el fin, puede que incluso te siga (y tú a ella) hasta que se termine el camino.

Mientras las demás arreglan sus joyas, miran sus curvas y tratan de que no se les arrugue el vestido, ella subirá a su escoba y explorará la noche. Guiñará un ojo (¿el negro, el pardo?) a la Luna, acariciará a Vega, acompañará al Cisne en su vuelo nocturno, buceará en el brazo de Sagitario y aguardará la salida del Sol.

Después, cuando el terremoto cede y sólo queda un mero temblor emocional, piensas si será para tanto. Si, de haberla escrutado mejor conociendo algunos de sus arcanos personales, no te hubiese defraudado, como con tantas otras ha ocurrido. Pero para entonces ya ha desaparecido, ya se ha montado en su escoba y surca el cielo, rociando la patria del firmamento de singularidad y locura, de sonrisas y excitaciones, emborrachando y dejando con la miel en los labios.

Como todas ellas, acaba por seguir su camino. No las puedes apresar, igual que el agua que mana de un surtidor. Llenan todo y luego te vacían, dejan un hueco, y sólo puedes anhelar el encuentro siguiente. Que sabes que llegará, en algún momento. La rueda regresará al lugar de partida, volverá a haber otra “ella”, hechizante y rompedora. Cuando, nunca lo sabrás. Pero ahí están. Recorre las calles, entra en cualquier parte; aparecen cuando menos lo esperas, cuando no las persigues.

Una entre mil, una entre un millón. Y sólo ella es. Sólo ella.

Ella.

(Fotografía: El Hermitaño)

28 de junio de 2010

Lunáticos



Ni playas, ni hogueras, ni guitarras rasgueando el silencio eterno. Sin palabras, sin voces, sin sonidos. Ausentes de músicas, desprovistos de bocadillos, y vacíos de alcohol. Pero repletos de todo lo demás (vista, oído, percepción, sensación, sentimiento y amistad). Nosotros dos.

Juan había muerto ya, pero el santo renació para saludarnos, dos figuras difuminadas por la noche, como la Luna por los cirros. La nocturnidad sagrada, la del delito, sí, de la falta, del pecado, que a nadie perjudica, sino que a todos agracia. La de sentirte allí, en medio del paraje sereno y adormilado, y avistar la mansedumbre de la tierra, y el salvajismo del hombre. Algo no cuadra, y no es Ella.

Nos refugiamos cerca del convento, un remanso de existencia pura y sin aditivos que cada vez nos llama más, y al que deberemos acudir, para saborear su incienso espiritual y el hálito del saber, del recogimiento, que impregna a buen seguro sus paredes centenarias. Al menos una buena temporada, que evacue apetitos frívolos y reintroduzca el ansia por el yo, el “autosaberse”, el descubrirse de nuevo. Será como cumplir la penitencia (pero gloriosa penitencia...) por un pecado aún no cometido... El mundo al revés siempre sabe mejor.

Me recordó, nuestra presencia allí, a aquel cuadro de Caspar David Friedrich que inserto arriba, y cuya atmósfera vaporosa, flotante, de amistad eterna y astros imperecederos, abrigados por la naturaleza indómita, compila casi todo lo que uno aspira a disfrutar y fantasía con disponer: una casa modesta, pilas de libros, los benditos gatos, papeles y lápices por doquier, y sobretodo, esos paseos nocturnos a la gracia de las luces estelares, alumbrados por la Luna nimbada, y amparado por el amigo o la amiga (¿ambos quizá?), uno a cada flanco mío, mientras penetramos en los bosques, mientras reímos, compartimos, nos mosqueamos y nos veneramos, por lo que hemos decidido ser, pese a todo, y pese a todos.

La Luna llena, camarada inseparable de correrías noctívagas, nos hace lunáticos a su vez, chiflados de su luz velada; atontados por su fuerza salvaje, embrujados por esa influencia tormentosa e ininteligible, pero más real aún que su brillantez, nos brinda algo del elixir licántropo, y entonces aparecen colmillos, pezuñas y garras... pero, a la vez, surge la poesía, el pensar en el más allá, y en quienes están a tu lado. La ambivalencia del lunático, feroz y sensible. Como somos, muchos.

El ron permanece hoy en la mochila; el encanto ya es demasiado fuerte sin él. Unas gotas de su líquido requemado y la Luna sería una calavera diabólica, gritando en silencio sus locuras... Al regresar al vehículo no cesamos de echar la vista atrás, contemplándola, como temerosos de que pudiera saltar y atraparnos; ella sonríe, maligna, y sabe que puede hacerlo cuando quiera.

Pero miramos también por placer. Su disco cautiva, su luz enamora, y su misterio permanece, día a día. No hay enigma mayor. Nos gusta, se apodera de nosotros; marchamos a su lado, abrimos las fauces y aullamos bajo su hálito.

Somos luna(ticos). Somos ella. ¿La sientes, verdad?

4 de junio de 2010

Fin del encierro (días infantiles de junio)



En la escuela Junio tenía, tras el largo curso rodeado por amigos (y algún que otro enemigo...), connotaciones especiales. Al achique del tiempo lectivo, que permitía tardes libres de juegos y aventuras, se sumaba el hambre por todo ese enorme -casi infinito- tiempo veraniego que se abría, todo él por disfrutar, ante nosotros. Nos sentíamos, a mediados de mes, como exploradores antiguos con la pasión por el descubrimiento, porque concluía la reclusión en el aula y se nos permitía salir, investigar, capturar el mundo, a modo de entomólogos con sus cazamariposas.

Entre las mesas y los encerados, mezclado con el olor a yeso y los montones de papeles, parecía entrar el aroma a ese salitre vital que nos esperaba afuera. Teníamos cerquísimo, casi palpable con nuestra mano, el mar inacabable de arena, esperándonos, aguardando nuestra salida. Por nuestras venas ya no corría sangre, no era el líquido rojo el que nos nutría, sino una fina arenisca dorada, que circulaba por nuestro interior y de la que tomaban forma nuestros tiernos sueños impúberes.

Las despedidas tenían un sabor amargo. Habíamos compartido con los compañeros de clase todo tipo de vivencias: buenas y malas, tristes y alegres, inolvidables y prescindibles, unas que nos hicieron reír, y otras, las menos, llorar. No queríamos separarnos de los amigos íntimos, que eran como hermanos o hermanas; pero tampoco, y esto era lo extraño, de aquellos con quienes reñíamos a veces, revolcándonos por el suelo polvoriento o, incluso, peleándonos a brazo partido, con el ansia física, torpe y fugaz, que nos caracteriza cuando críos. Y, por supuesto, nos mortificaba alejarnos de aquella chica de cabello refulgente, a la que observábamos, con ojos abiertos como platos, mientras escribía en la pizarra de esquisto verde frases o divisiones -que a nadie importaban-, o a la que, de reojo, entreveíamos al sentarse a nuestra vera, en su rugoso pupitre repleto de anotaciones a bolígrafo, corazones desdibujados y rudos insultos a profesores ya jubilados.

A una distancia inimaginablemente lejana sobrevolaba la idea del regreso, en ese septiembre otoñal, todavía cálido, que haría reencontrarnos con todos los viejos camaradas (y alguno nuevo), y estrenar aquellos juegos de rotuladores, los packs de lápices de colores y las libretas y cuadernos aún vírgenes, a la espera de ser inundados de tinta. Daría inicio entonces otra aventura, otro año y otra vida, pero a finales de junio, aquello estaba más allá toda realidad. Anhelando (con corazones martilleando en los pechos y piernas ansiosas por correr en libertad) la señal acústica del timbre, el fin de los días de encierro, el tiempo parecía dilatarse y no atrapar jamás, impulsado por alguna extraña fuerza rebelde, el límite de la una del mediodía.

Pero, entonces, cuando ya habíamos perdido la esperanza, sucedía, llegaba el momento mágico. Y el mundo, hasta entonces ordinario y predecible, parecía mutar, reemplazando la clase por la playa, abrigos por bañadores, y enormes vehículos, siempre a manos de otros, por nuestras bicicletas, madrinas de aventuras, porrazos e incontables correrías. Éramos indestructibles, inmortales; el tiempo había dejado de existir, nuestra vida era un disfrute constante, bien a lomos de compañeras de dos ruedas o galopando por la arena mientras el sol tostaba pieles y espíritus, endureciéndolos, embelleciéndolos.

Sabíamos que llegaba el verano, y con él los deseos de abrazarlo, de hacerlo propio, a sabiendas de que nos pertenecía, de que podíamos hacer de él lo que quisiéramos. Y así era. Hoy, ya adultos, ya maduros, podemos lograrlo también. Ser libres, movernos al son de las olas, no es tan difícil como parece. Pero se requiere coraje (huevos, para decirlo clarito), olvidarse de lo que quieren que hagamos con nuestras vidas (y empezar a decidir, de una vez, qué somos y hasta dónde nos arriesgamos), perder algunos amigos, las carteras y las torpes y prejuicidas ideas que aún nos carcomen, y recoger unas pesetas para un viaje que no sabemos adónde nos llevará.

Muchos siguen siendo niños, a ese respecto. Y siguen yendo a jugar a la playa, junto al astro eterno, a cada junio que concluye, abiertos a todo lo que el mundo y la vida les pueda brindar.

(Fotografía: El Hermitaño)

31 de mayo de 2010

Iniciación (la hora de la verdad)



En una ocasión escribió Ortega y Gasset que “la vida del hombre se divide en cinco edades de a quince años: niñez, juventud, iniciación, predominio y vejez”. Si esto es así, y dejando aparte los casos que no cumplen la efectiva distinción progresiva (si es que hay algún individuo que lo haga realmente, cosa que tampoco sabemos a ciencia cierta), el pedazo de existencia que de verdad cuenta, el que da el pistoletazo de salida a qué somos realmente, no arranca hasta la treintena. Nada (o casi) de lo que hayamos logrado con anterioridad prefigura nuestro ser, no en el sentido del carácter o modo de entender la vida, sino en lo que atañe al camino vital que todo sujeto habrá de recorrer. Es a los treinta cuando, parece, la vida empieza a ser.

La iniciación, el tercer estadio orteguiano, puede haberse presentado mucho antes, desde luego, o puede que jamás se desarrolle plenamente, y de la etapa juvenil se penetre, sin solución de continuidad, a la vejez, obviando las dos intermedias (que marcan, según Gasset, el “trozo verdaderamente histórico” de nuestras vidas); de hecho, quizá podríamos preguntarnos si muchos de los que hoy ingresan en la tercera década realmente se “inician” en algo, como ese “algo” no sea abrir una hipoteca, emprender una carrera laboral rentable, o amueblar su ático, es decir, las sandeces habituales que mis mezquinos coetáneos en años suelen cometer...

Poco importa. En todo caso, la “iniciación” es, sin dudarlo, la etapa más gloriosa y grandiosa que uno puede experimentar. Lejos ya de los titubeos y efusiones mentales de la niñez, vagas y algo tontas aún, y de las calenturas quinceañeras y esos intentos primerizos de vida independiente y de autoafirmación individual que representa la veintena, el lapso que media entre los treinta y los cuarenta y cinco se configura como el periodo en que uno será, en efecto, lo que debe llegar a ser. Dejando aparte todos los matices que queramos (como los estudios que sugieren, por el contrario, que lo que no hayas atrapado a las treinta ya nunca lo conseguirás), la iniciación está preñada de posibilidades.

Fastidia esa idea, común e idiota, de que en función de estudios, aptitudes aprendidas y experiencia a los treinta, la vida, tu vida, ya está establecida, orientada hacia un ámbito concreto y cerrada a los demás. Es falso: un cocinero puede llegar a ser astronauta; un cartero, juez; y un “...” (escribe aquí lo que eres, o crees que eres...) un “...” (escribe lo que nunca has sido, pero desearías ser). Otra cuestión es que halle remuneración para su tarea, pero esto importa menos que una boñiga de cabra... La vocación no debe valorarse en función de la retribución monetaria, porque entonces ya no es vocación, ni es nada. Todos tenemos a nuestro alrededor ejemplos de vocación tardía, pero auténtica, que ha catapultado a gente otrora depresiva y abatida en una persona alegre, a gusto consigo misma y entusiasta. Y todo porque supo ver que podía truncar el trayecto de su camino equivocado y, rehaciendo sus pasos, dar inicio a la nueva jugada, a un nueva mano de cartas, a un postrer lanzamiento de dados.

Hay quienes ven en las personas que oscilan en su camino vital, que se detienen y emprenden la marcha atrás, que no hallan la pista adecuada para echar a andar con paso firme, seguros de sí mismos, a personas fracasadas, a seres débiles que no son capaces de recibir los embates de la vida tal cual llegan, que no cogen al toro por los cuernos. Pero, para mí, esos seres dubitativos, los que vacilan, los que a veces no saben por dónde tirar en su viaje esencial, son los héroes, los que recibirán el trofeo de “ganadores” al final del recorrido. Son los Superhombres nietzscheanos, porque no se conforman con lo dado, porque van siempre más allá de lo que el destino les tiene reservados, y porque ante la disyuntiva de una existencia autocomplaciente y ceñida a lo ya hecho (aunque quizá social y económicamente excelente), prefieren el atisbo de una perspectiva repleta de tentativas, de tanteos vitales, y escasa de certezas y protecciones.

El sendero hasta nuestro destino no siempre es recto. Nos equivocamos de camino, nos perdemos, volvemos hacia atrás. Quizá no importe qué camino emprendamos; lo que importa, es emprenderlo”.

Sea.

(Fotografía: El Hermitaño)

20 de mayo de 2010

Nosotros (y ellos)



A veces pienso qué fue. O quién. Qué o quiénes me impulsaron a no seguir; a no dejarme deslizar hacia allá; a girar la cabeza en otra dirección; a decir “no”; a pensar que había otra forma de hacer las cosas: a, en resumen, no ser como ellos. Algunos momentos que me indujeron a hacerlo, a no seguir lo que se solía seguir, a no pintar nada en el cuadro social imperante, los recuerdo nítidamente, como me acuerdo de ciertas personas que facilitaron (o complicaron, para bien) las cosas; a esas personas, de hecho, jamás las podré olvidar.

Debía tener unos doce años, quizá trece recién cumplidos. Mis compañías, vistas con la lupa del tiempo, no eran demasiado prometedoras: holgazanes, fracasados académicos (yo era uno, no nos engañemos), adolescentes con vespinos, tipetes duros del tres al cuarto, y algún que otro ocasional individuo singular, que brillaba algo, pero cuya luz, ciegos mis ojos, yo todavía no percibía. No había miga alguna entre todos ellos, y yo tampoco valía apenas nada, aunque ya empezaba a hacer cosas ligeramente pintorescas, como coleccionar fascículos de astronomía o leer novelas de Stephen King, y me atraía la idea trabajar de observador de los cielos en un remoto pico andino, si no terminaba tocando la batería en algún grupito de la urbe... Esto, sin embargo, estaba aún dentro de mí; no había brotado al exterior, por miedo, porque sonaba demasiado “raro”. No lo veía a mi alrededor, no había nadie con quien compartirlo; eran cosas excéntricas, que no mencionaba a nadie, excepto la quimera del rompeparches (no en vano, un par de años atrás había tratado de formar un grupo con otros amigos... incluso nos pusimos nombre, “Rayos X”, o algo así, xD).

Un día, en el portal de mi casa, nos reunimos cinco amigos (ahora entiendo que es incorrecto llamarles como tales, pero entonces lo eran, o así lo suponía yo...), tres de ellos con sus cacharros de dos ruedas a motor, negras, relucientes, incitantes. Me gustaron, me atrajeron, las quise de inmediato: acelerar por las calles serpenteando entre los coches, echando humo, haciendo ruido, llevando (tal vez) a alguna amiga en la parte trasera, que se apretara a mi espalda, mientras atravesábamos el pavimento agrietado de la ciudad... la visión fue grandiosa, como de libertad desconocida, como una dimensión nueva que promete aquello que antes ni siquiera habías soñado. A partir de entonces olvidé la astronomía, los cielos y la inquietud por molestar al vecino con mis ensayos ruidosos. No eran propósitos incompatibles, desde luego, pero por unos días aquello que tan arraigado estaba en mí no echó más raíces; murió, desapareció, se quebró. Sólo pensaba en chicas montadas en el ciclomotor, llevarlas a bailar, ser un macarra, y dedicarme a un trabajo cualquiera. Los sueños fueron sustituidos, las ilusiones cambiadas, y los apetitos pretéritos arrinconados. No era nada malo, en absoluto, pero sí muy del montón, conforme al gusto de los que me rodeaban (amigos, ambiente, escenario social...), y muy acorde con lo que se supone que debes llegar a ser, si nunca te has planteado las alternativas existentes (o, incluso, si éstas existen).

Le pedí a mi madre, tras unos días de intenso deseo agitándose en el pecho, un artilugio móvil como aquellos que lucían mis compañeros. Se lo pedí entusiasmado, como nunca le había solicitado nada, y aunque sospechaba ya una negativa por motivos económicos, a la que debería hacer frente con toda mi capacidad persuasiva de adolescente, su respuesta a mis súplicas fue tan inesperada que, con un simple ademán de su mano y una frase que no olvidaré mientras viva, me dejó anonadado: “te gusta [la moto] porque la tiene David, pero en realidad no la quieres”.

Nunca, ni antes ni después, ha dicho jamás mi madre algo tan auténticamente cierto, tan genuinamente preclaro respecto a mi pensamiento. Nunca dio tan en el clavo, ni nunca supo, de hecho, el favor tan gigantesco que sus palabras, resonantes durante semanas en mi cabeza, causaron en la mente de este ermitaño en sus tiempos escolares de muchacho melenudo y desgreñado.

No dijo que rechazaba la idea de comprar ese cacharro con ruedas, sino que yo no la quería: o sea, me entendió mejor que yo mismo (ahora lo comprendo, entonces no inmediatamente), supo avistar qué era yo y lo que deseaba en verdad (para eso están las madres, eso es ser una madre), más allá de las apariencias, de la fiebre de un día, del ansia juvenil, intensa pero mudable. Quizá porque me había visto merendar mis gofres mientras visionaba un documental de astronomía, una vez más entre varias miles; o porque recordaba mis conciertos del viernes por la tarde, aporreando las sillas con mis baquetas infantiles emulando a Pick Withers. Por el contrario, cuando le pedí un telescopio tiempo después, me aseguró que trataría de conseguírmelo más tarde (al fin lo compré, con mis medios, a los dieciocho años), y lo mismo con la batería (ésta aún está en el limbo, pero llegará, a no tardar mucho).

Ahí radica la clave: mi madre reparó en qué era producto del ambiente, de las influencias, del mundo del más allá, que no nacía por mí mismo, de mis mismas inclinaciones, sino del entorno, del grupo. Desechó mis apetencias momentáneas, producto de un pasajero interés, pero garantizó realizar (o al menos tratar de hacerlo) las que llevaban fermentando en mi espíritu durante años. No estoy seguro de que fuera consciente del valor de sus palabras. Pronunciada en la encrucijada crítica de todo hombre que aún no lo es, en ese punto abierto a mil mundos que es la adolescencia, la frase materna me despertó, espoleándome (aunque de nada sirviera para llegar a ser astrónomo ni batería de rock) a perseverar en aquello que me hacía sentirme bien, a mantener mis gustos, pese a su excentricidad, pese a ser propio de “raros”, aunque todo a tu alrededor luchara contra ello, tratando de destruirlo.

Ahora pienso donde podría estar, en qué se habría convertido mi “yo” si, en lugar de aquel “no” categórico, mi madre hubiese sido más indiferente, más indolente, más quizá como las demás madres y padres, y hubiese accedido, dejando a la puerta de la entrada de casa una de esas máquinas chirriantes (que hoy tanto odio...), quizá haciéndome feliz cinco minutos y desdichado el resto de mi vida (aun sin saberlo, ni ella ni yo). O puede que no fuera de esta forma, después de todo. Quién sabe.

Nuestra existencia se nutre, para configurarse como tal, de momentos así. Son millones los caminos que no seguimos, las decisiones que no tomamos, las alternativas que omitimos, y las opciones que desechamos. Es la magia del ser. Lo que cuenta es mantenerse fiel a uno mismo, desafiar lo otro, plantarle cara, sonreír, y seguir avanzando. Ya lo sabéis, ¿verdad?

Resistid. Que nadie elija por vosotros. No lo permitáis jamás.

(Fotografía: El Hermitaño)

27 de abril de 2010

McDonald's y yo



Cosa hará de un mes cuando, mientras merendaba en casa tranquilamente, sonó el teléfono y, tras unos instantes en los que no le hice el menor caso (no suelo contestar, a no ser que espere una llamada relevante) fui a cogerlo a regañadientes, muy irritado por la interrupción. Oí la voz de una joven que me pedía unos minutos para contestar una encuesta, y me disponía a colgar de inmediato, pero dijo no sé qué sobre McDonald’s y yo, ingenuo, creyendo que aquello sería una especie de estudio de opinión ecologista sobre las formas y comportamientos de aquella multinacional –momento, pues, ideal para descargar mis iras contra ella, meter un poco de cizaña–, acepté y me dispuse a soportar esa voz femenina que recitaba las preguntas estereotipadas y uniformadas.

Le advertí a la chica (y es cierto) que yo jamás había entrado en un restaurante de comida rápida, ni mucho menos en un McDonald’s; y le aconsejé que sería mejor mi hermana para tales menesteres, porque ella sí es una usual consumidora de la comida rápida y con ella tendría, pues, una opinión mucho más veraz y ajustada a la realidad. Pero la del teléfono me aseguró que ya tenían la valoración de mujeres en aquella edad y situación, y que, en cambio, les faltaba la de un varón entre 25 y 35 años, y que yo encajaba en ese perfil (aquello fue un insulto en toda mi cara, pues siempre he odiado “encajar en los perfiles”, del tipo que sean...).

Tras las cuestiones más preliminares e insulsas (“¿le parece correcto el nivel de limpieza en los restaurantes?”, “¿cree que la atención al cliente es la adecuada?”, etc.), en las que respondí con cierta indiferencia, pues era algo de lo que no tenía la menor idea, llegaron las de contenido, digamos, ético y nutricional (“¿cree que McDonald’s trata bien a sus empleados?”, “¿opina que la carne empleaba en los productos de McDonald’s es cien por cien vacuno?”, “¿le parece que la calidad de los productos de McDonald’s es la mejor posible?”), unidas a otras más polémicas y casi como de chiste (“¿cree que con la alimentación que McDonald’s ofrece se favorece un tipo de vida saludable?”, "¿le parece adecuada la publicidad que realiza McDonald’s de sus productos?”), que contesté en un tono bastante agrio y despectivo.

Cuando no tenía muy clara la respuesta, le hacía ver a la telefonista que no sabía objetivamente cómo era en realidad un establecimiento de aquellos, que desconocía el sabor de sus productos, la higiene de los váteres, si la sonrisa de sus contratados era sincera o falsa, o si empleaban aceite o no para preparar las hamburguesas... pero ella desdeñaba mis dudas y me apremiaba, diciendo solamente... “Ya, pero entonces, ¿qué anoto?”.

Mis vacilaciones fueron en aumento cuando, al final de la encuesta, empezó a hacer preguntas falsas y con obvia mala intención. Una de ellas decía: “¿Sabe usted que McDonald’s realiza programas de nutrición saludable para niños?”; otra decía: “¿sabe que la carne que emplea la empresa se obtiene en granjas y fábricas ecológicamente respetuosas y que sus prácticas no dañan en absoluto al medio ambiente?”. Pero... ¿cómo coño voy a saber yo eso? Es más: ¿cómo sé yo que eso que dicen es cierto? ¿Quién me lo asegura? Si un maldito papel impreso dice que McDonald’s no daña la selva con sus instalaciones ganaderas ni que tala árboles tropicales para confeccionar sus envases, ¿voy a creérmelo? Pero, claro, si respondes que no lo sabías entonces quedas como un idiota, porque has realizado afirmaciones sin conocer esas grandes verdades que ellos sostienen; y si dices que sí lo sabías entonces te contradices con lo que antes habías sostenido (siempre, desde luego, que hubieras dicho algo en contra de la empresa).

Ahí estaba la trampa, por supuesto. Eran preguntas falsas, y ante ellas, nada se puede hacer. Yo me quejé a la tipa del teléfono, protestando porque no podía contestar a las mismas sin información más veraz acerca de las actuaciones de McDonald’s, o sin que tales afirmaciones fueran corroboradas por algún organismo gubernamental o independiente. Pero a ella, a la que seguía preguntando por teléfono, aquello le importaba una mierda: sólo quería cerrar la encuesta, dar por terminada la sesión y rellenar el perfil con mis “respuestas”. Debió repetirme unas cien veces “Ya, pero, entonces, ¿qué anoto?”. Me hubiese gustado decirle que podía anotar lo que le saliera de sus más profundos agujeros, que podía anotar que todo era una asquerosa farsa, una puñetera patraña, y que el puto McDonald’s me debía veinticuatro minutos de tiempo, echados a perder por mi tonta inocencia y por su desfachatez al tratar de engañar, embaucar y querer volvernos imbéciles a todos. Cuando la tipa dejó de hablar y volví a mis avellanas, quería ir con una maza al McDonald’s más próximo y hacerlo pedazos...

Unos días más tarde otro telefonista me llamó para conocer mis gustos radiofónicos. Acepté, aún no sé por qué. Le informé de que sólo escuchaba Radio Nacional de España y Radio Clásica; y, al poco, cuando empecé a oír preguntas algo ambiguas y turbias y quise dejar constancia de mi desacuerdo, el del otro hilo me dijo: “Entiendo, señor, pero es que yo debo anotar algo aquí”. Entonces, sin dudarlo, colgué.

Y, sí, me sentí mucho mejor.