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6 de mayo de 2014

Deseos


Lo dijo el gran François Rabelais: "Trabajad cada uno según vuestra propia vocación".

Han pasado casi 500 años, pero algo hemos hecho mal, porque no creo que ése sea el estado actual para todos nosotros.

¿Habrá que esperar otros 500 años para conseguirlo?

(Imagen: El Hermitaño)

15 de septiembre de 2009

Crepúsculo y amanecer



Se acabó. Terminó la agonía. Vivo de nuevo. Vuelvo a mirar el cielo, a perseguir a mi gata, a charlar con los amigos, cercanos o distantes, a pensar en el hoy y el más allá, y a sentir lo que me rodea y ser aquello por lo que nací. Yo no sé ser otro, no puedo entrar en el juego del deber, del honrado currante de ocho a tres. No es mi mundo, nunca lo ha sido ni lo será. Yo sirvo para poco; sólo me importan las estrellas, los confidentes y esos surcos en la tierra, que llevan a no sé dónde ni hacia quién. Si alguien me quiere acompañar, adelante. Brindo mi brazo, mi bota de vino y mi techo a quien así lo desee; si no, pues a seguir viviendo, tan lleno de vida como de soledad, tan a gusto con el mundo como un recién nacido dentro del seno materno.

La música silenciosa acompaña mi andar; ahora regreso al hogar, a la ansiada libertad, tras tres meses de encierro y mutismo que sólo ha logrado aumentar mis arcas de sucios y manoseados billetes y, por el contrario, me ha llevado a disminuir mi expresión, mi soltura literaria y mi alma aventurera hasta reducirla a un jirón de deseos inconexos y sueños aún vaporosos. Por suerte, aún vivimos, ella, y yo.

Ya lo sabéis, supongo: si queréis estar vivos, dejad de trabajar. Si queréis oler el aire, escuchar el humo subir, percibir los movimientos de criaturas ancestrales, saborear la tierran húmeda en otoño y abriros ante el mayor espectáculo cósmico posible, hay que abandonar todo trabajo inútil, todo aquel que no sintamos como humano (hay alguno que, hoy en día, aún lo sea..., me pregunto). Los pájaros nunca han conocido el trabajo, y sin embargo, siempre hallan algo que llevarse al pico, para ellos y sus retoños. ¿Plantas, siembran, y recolectan? En absoluto, pero viven, y gozan de ello. Salvemos las distancias, sí, pero tomemos su ejemplo; un pajar dentro de una farola, unos gusanos e insectos para la noche, y ojos y mentes recién nacidas, ávidas por ser enseñadas e iluminadas.

Dijo una vez Santo Tomás de Aquino que a él le interesaba únicamente Dios y el alma. "¿Nada más?", le preguntaron. "Nada más en absoluto", respondió. A mí me interesa únicamente la vida y cómo vivirla sin trabajo que no sea el de la propia vida, es decir, el que te hace vivir y sentirte como tal. Y nada más en absoluto. Lo demás, en verdad, no vale nada. Porque, sin ello, ¿qué soy? Un frágil harapo a merced del viento social, un escuálido esqueleto sin ropajes, sin piel y sin carne. Sin mí mismo, sin mi tiempo para "ser en mí", sin mi privilegiada condición de bohemio, andariego y vagante, ¿qué me quedaría? Tal vez mucho, pero vaciado de sentido.

Habrá que seguir como hasta ahora, bregando por sobrevivir tras cien días de martirio emocional; o meditar una retirada a un monasterio. La opción no parece desagradarme. Allí reina el silencio, vagabundean los gatos y se piensa y se siente la vida por sí misma, sin aditivos ni condimentos falsos o artificiales. Quizá valga la pena una cura de reposo espiritual, tras los desmayos seculares y agobios mundanos. Quizá haya, allí, pese a su atmósfera de sacralidad, dogmas y oraciones, más dignidad y pureza de la que jamás hollaremos en las frías calles.

Pero, antes de la purga y la catarsis, deben llegar los tiempos de los pecados. De la insensatez, la locura y los desmanes. De hacer algo malo, algo que muchos no comprenden ni conciben, para sentir que todavía no has muerto, como narraba aquel locutor melenudo y bienhallado. La idea nació al iniciarse la década; en años anteriores faltaba lo imprescindible para hacerla realidad. Ahora no. Y ha llegado el momento. En breve, hoy o mañana, el motor arrancará. Estad preparados.

(Foto: elHermitaño)

11 de agosto de 2009

"Fuga mundi"



Aterrizo en casa calado hasta los huesos. Rozan ya las cinco de la tarde. La calle está inhabitada, demacrada, muerta por el calor y la humedad. Afuera ya no hay mundo; dentro de mí, es decir, mi propio mundo, tampoco lo hay. ¿Responsable? Yo. ¿Causa? El trabajo, naturalmente.

A casi todos les sucede lo mismo. Sin trabajar no podemos vivir. Sin trabajo no hay vida. La sentimos vacía, inactiva, pobre y deprimente. Gracias a él no permanecemos echados en cama todo el día, o la televisión sólo brilla unas pocas horas entre amaneceres. Gracias a él, al trabajo, sentimos que hay algo que hacer, un cómo y un para qué. Pero si nos arrebatan el día a día laboral perdemos parte de nuestro ser, y también parece que perdamos aire, que nos ahoguemos en la infinitud del tiempo abierta ante nosotros y, de tanto espacio para vivir y existir, acabamos aburridos y sin saber hacia dónde ir, ni cómo, ni para qué.

Creo que procedo de un mundo lejano, un extraño planeta desde el que caí a la Tierra, hace poco menos de tres décadas. Si no, no entiendo por qué motivo es, precisamente, durante mis escasos tres meses de trabajo al año, cuando me siento muerto, acabado, arrastrando los pies y vacío de contenido y sentimiento. Los que me rodean, si no trabajan no saben vivir; yo jamás he aprendido a vivir si trabajo.

No vivo para trabajar; ni tampoco trabajo para vivir. Lo primero porque, si limitamos la vida al trabajo, quizá nos extraviamos en las marismas del dinero, de la actividad, de la necesidad innecesaria; la vida va mucho más allá de todo trabajo, por placentero, digno y enriquecedor que sea. Y, en relación a lo segundo, díganme, ¿cómo puedo trabajar, viviendo?, ¿cómo puedo conciliar el mundo laboral y mi mundo propio, que precisa de una existencia de paz, silencio, contados encuentros, labor 'intelectualoide', lecturas, visitas a las montañas, y demás parafernalia hermitaña?

¿No debería ser, el trabajo, una fuerza de vida, una potencia de vida, una energía creativa, constructiva y realizante, y no, como es en mi caso, un lapso de tiempo miserable, repetitivo, agonizante, asqueante? ¿Hasta qué punto depende del tipo de empleo y hasta dónde de nuestros propios ojos? Si no nos agrada el trabajo que realizamos, ¿qué parte de culpa es nuestra, por no tratar de cambiar el curso de las cosas? Una postura abierta, más comprensiva, menos exigente y más respetuosa por nuestra parte, ¿serviría para modificar la estima que brindamos a nuestro trabajo? ¿O el problema radica en los otros? ¿O en la misma actividad que realizamos? Dicen que cada década o así debemos cambiar de ocupación para no estancarnos, para ilusionarnos de nuevo, para aprender y poder enseñar. Quizá haya llegado ya la hora, ¿no?

Para quienes tienen la fortuna de trabajar en aquello que les motiva, agrada y estimula (y los hay a mi alrededor, a Dios gracias, más de lo que yo mismo creía, aunque no sé cómo andarán las cosas a más amplia escala...), el trabajo mismo ya no existe. El trabajo no es algo externo a la vida, algo que cabe cumplir en pos de la supervivencia, sino que forma parte ya de la vida misma, es ella, amplificada, dignificada y elevada. El trabajo se convierte, entonces, en diversión, goce y disfrute. Entonces, sí, ya no puede concebirse la vida sin el trabajo, porque han quedado, la una y el otro, abrazados, besados, fusionados para siempre.

Para muchos de nosotros, tal dicha está aún lejos, mucho más allá del horizonte, desde luego; pero no pasa un día sin que sueñe con ella. No es utópica, no es irrealizable, en absoluto. Sólo precisa, lo sabemos, de la voluntad, una pizca de sabiduría para la buena orientación y, si es posible, un guía que abra el camino hasta la meta.

En consecuencia, de momento estoy muerto. Como un cádaver tras el entierro, me he ocultado a la vista de los demás. Las piedras me oprimen el pecho, y la tierra me nubla la vista y llena la boca. Por suerte, toda muerte real no existe; así, la resurrección está próxima, programada y deseada para poco menos de un mes. Entonces concluirá mi "fuga mundi", mi exilio de lo que yo llamo vida, y podré regresar a la madre patria, en donde retomaré lo que dejé a medias, releeré lo ya olvidado, podré reconocerme de nuevo en el espejo y saborear lo que antaño sabía hacer.

Risas, libros, aventuras, búsquedas y caminos sin término.

Como siempre ha sido. Y como quisiera que siempre fuese.

(Foto vía Los papeles de Don Cógito)

22 de junio de 2009

En la orilla: llamada, verano y cárcel



La llamada era inevitable. La esperaba, no por desearla, sino debido a que suponía, tal vez, la última. Una postrera llamada, la que cerraba el círculo, el de un lustro veraniego bajo aquella garita de manpostería, a orillas del mar Mediterráneo. Uno de los sueños ansiados está presto a adquirir sustancia (ya lo conocen, quienes por aquí se pierden... ); el otro lo marca, quizá, esa misma llamada, la que ha hecho presente recuerdos del pasado, y ha marcada el cambio para el futuro.

La idea era proseguir con mis escapadas rituales, mis chanzas primitivas, que llevo realizando desde este pasado solsticio invernal en todos los "21", cada tres meses. En esta ocasión era "una noche en el Monte Pelado" (tomo prestado el nombre, claro, de la pieza de Mussorgsky, que siempre me ha fascinado): brazos en alto, frente al ser brillante; completamente desnudo, dejarme llevar mientras seguía el declinar del emperador de la luz. Luego, noche en la cima, más astros, luces, oscuridad, nocturnidad (física y espiritual, para quien lo entienda...) y, a la espera, aguardar la primera aparición solar del estío. Ése era el plan para ayer.

Sin embargo, la llamada truncó todo. El viaje, el rito, el éxtasis y la purificación. No hubo catarsis, ni clímax espiritual. Me requirieron, yo acepté y cambié el acto soñado por una acción mundana. Canjeé el pico dorado y las canciones de las estrellas por ruidosos vehículos y gritos de turistas ávidos de playa; el aroma de mil plantas y árboles y el fluir de aguas puras corriente abajo por olores a gasolina quemada y residuos líquidos putrefactos. Lo extraño es que pude impedir, o postergar, mi entrada en el calabozo; algo que no conozco debió impedírmelo. Tal vez sabía lo que se hacía...

De no haberse producido la citación, la invocación, mil millones de actos, acontecimientos y elecciones hubiera podido tomar o realizar. Hubiese podido hacerlos, en efecto, si el mundo (o, hagámoslo más fácil, yo) fuese otro, si la conexión entre deseo y hecho tuviera un proceso de consumación distinto, no económico, financiero o monetario, si la forma en que entendemos lo que es y lo que quiere ser fuese igualmente diferente. Pero todo esto es inviable. Lo es, al menos, en mi caso (y en el de, sostengo, muchos otros).

Para quienes habitamos siempre cerca del marco del cuadro, lindando con él, apenas visibles, entre el límite de lo que nos permiten ser y lo que en verdad somos, poca elección nos queda más que resistir. Es como si estuviésemos frente a la orilla de un mar gigantesco: algunos ceden, y son arrastrados por el oleaje, ocultos por la bruma de las olas al romper, y tragados por el fuerte reflujo en una espiral compresiva sin fin; otros se adentran, nadan, bucean, refrescan cuerpos y mentes, pero sin dejarse atrapar. Y hay algunos que, como yo, se ven impelidos durante breves espacios de tiempo a tragar agua salada, a aletear con los brazos y chapotear en busca de un asidero que nos salve de ese temporal naufragio individual. Al fin escuchan nuestro auxilio, y nos rescatan, aunque en el proceso el salitre ha llenado nuestros pulmones y necesitamos cura de reposo, desintoxicación y reformateo del disco duro. Un nuevo pautado, para volver a nuestro mundo.

La imagen del beneficio, del billete y los ingresos debería (esto para mí me lo digo, los demás que decidan a su aire) debería morar a lo lejos, como un barco visible en la distancia absorbido por las brumas de la mañana. Contamos con fuerzas suficientes para, quienes así lo quieran, rechazar el ansia (recordemos que nunca es una necesidad) del "querer más" o su homólogo, el "tener más". Vivimos con poco, pero vivimos por y para mucho más de lo que unos números en la cuenta corriente puedan brindar. Lo que cuenta siempre está dentro, lo que revela quiénes somos y hacia dónde podemos ir nunca vendrá de fuera; reside, hondo, protegido y armado, en oscuros intersticios de nuestro interior. Jamás lo decidirá posesión o exterioridad alguna; los ricos lo son antes de nacer, y nunca perderán su tesoro; los pobres, por mucho que acumulen, que sumen y adquieran, permanecerán en su miseria.

La sumersión puede ser ligera, cauta, conocedora de sus propios límites, o autodestructiva, descendiendo hasta los abismos, hundiéndonos hasta la médula. Las aguas pueden traicionar, incluso al nadador más experto.

El ansia de bañarnos puede acabar ahogándonos. No lo olvidemos.

(Fotografía de Nano71)

19 de marzo de 2008

Alienación

"Levantarse, tomar el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la comida, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo. Sólo que un día se alza el «por qué» y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. «Comienza»: esto es importante. La lasitud está al final de los actos de una vida maquinal, pero inicia al mismo tiempo el movimiento de la conciencia. La despierta y provoca la continuación. La continuación es la vuelta inconsciente a la cadena o el despertar definitivo. Al final del despertar viene, con el tiempo, la consecuencia: suicidio o restablecimiento".

Albert Camus, "El mito de Sísifo".

18 de julio de 2007

Extravíos de humanidad

Jamás había leído unas palabras tan acertadas, por su concisión y precisión, acerca de la situación humana en nuestro actual mundo civilizado. Corresponden a la obra "La filosofía, desde el punto de vista de la existencia", del filósofo y psiquiatra alemán Karl Jaspers (obra de la que he comentado algunos pasajes aquí y aquí).

No parecen originales, novedosas, no aportan una revelación y, sin embargo, son contundentes por su impecable (e implacable) definición de esta sociedad nuestra. Así es, en efecto, cómo vivimos, hay demasiados ejemplos a todo alrededor nuestro para duda de su realidad; a poco que nos iluminen, estas palabras deben servir para empezar a cambiar el estado de las cosas. Si no, se convertirán en otro fragmento de sabiduría perdido, como tantos otros, en medio del océano de la estupidez y el oprobio humanos.

"Este mundo reglamentado por el reloj, dividido en trabajos absorbentes o que corren vacíos y que cada vez llenan menos al hombre en cuanto hombre, llega al extremo de que el hombre se siente parte de una máquina, que es llevada o traída alternativamente de aquí para allá, y que cuando queda en libertad no es nada ni sabe qué hacer de sí misma. Y cuando empieza justamente a volver en sí, el coloso de este mundo le hundirá de nuevo en la omnidevoradora maquinaria del trabajo vacío y de un vacuo goce del tiempo libre". (Karl Jaspers, "La Filosofía", FCE, 1993).

24 de febrero de 2007

Vidas esclavizadas



Es sorprendente lo que llega a ser capaz la gente por mantener su nivel de vida. No les importa en absoluto la propia vida, cómo vivirla o qué hacer con ella, con tal de poder preservar su boyante economía.

Porque, hoy, lo que semeja vida no es más que una carrera desenfrenada e incoherente hacia un bienestar material mayor: compramos de todo, que no necesitamos, nos apuntamos a todo, que jamás aprovechamos, trabajamos sin parar, ansiosos por no ver desaparecer de nuestros bolsillos los billetes de nuestra devoción. Queremos mantener el nivel de vida, pero lo hacemos a costa de la propia vida.

Pienso en aquellas personas encerradas en fábricas, agobiadas por ruidos y hedores, aspirando serrín, trabajando ocho horas diarias en un ambiente de infierno (excepto por las ocasionales amistades que uno llega a trabar, en medio de un caos de desprecio y envidia). Pero también en ejecutivos, en funcionarios, en gentes corrientes de la calle, dispuestas a ahogar su existencia con su aspiración de una vida supérflua, económicamente productiva aunque humanamente deplorable, vaciadas de cualquier valor.

Yo preferiría vivir en la indigencia, yendo a la casa de la beneficiencia dos veces al día para tomar un plato de comida caliente, vestido con andrajos, ojeando los periódicos de la biblioteca y tomando el sol cada día mientras camino sin rumbo fijo, que esclavizarme por una vida que no quiero, por un trabajo que detesto, por unos conocidos a los que no deseo ver. Y ello no sería denigrante, no supondría agravio alguno; al contrario, entonces la vida estaría marcada por una dignidad total, la de vivir de acuerdo a una liberación diaria, en lugar de un constante devenir hacia la degradación que estamos viviendo.

Me sonrojo al ver a ciertos tipos con sus coches lujosos, con sus trajes bien planchados y tintados, y sus móviles de última generación, llenos de satisfacción por cómo viven. Pero su fachada no lleva a engaño: en realidad no viven, encadenados como están al yugo de una esclavitud invisible, sin nombre ni rostro, pero real.

La vida parece estar escapándosenos. La clave de todo el asunto radica en la conciencia por una existencia alejada de trivialidades materiales, al tiempo que estimulada gracias al trabajo, convertido en diversión. Si esto no es posible, cabría trabajar medio año completo, y el resto dedicarlo a nosotros mismos. Si esto tampoco es posible, podemos intentar vivir de otros, ayudando en lo que podamos. Y si todo esto falla, entonces el último recurso, no por ello menos humano, de la indigencia.

Por supuesto, muchos preferirán cualquier otra opción a esta última. En sus mentes es impensable verse como mendigos ante los ojos de los demás, claro, pero lo que parecen no advertir es que, de hecho, se están conviertiendo en mendigos de sus propias vidas. Dentro de poco los veremos pidiendo limosna, pero no para un bocadillo o una cerveza que les alivie el estómago o las penas, sino para el alma, para evitar perpetuar una vida desdichada y llena de fracaso.

Y ésa es una limosna mucho más dificil de conseguir que cuando arrojamos unas monedas a los pies de los mendigos. Los indigentes siempre hemos sido nosotros.

24 de junio de 2006

26 días (lo bueno y malo)

Cerca de un mes de trabajo. Nada para casi todos; un mundo para mí.

26 días tras un viejo mostrador, atendiendo a viajeros (rectifico, turistas... hay un mundo entre unos y otros, ya hablaré en otra ocasión de ellos), que entran y salen en dirección a decrépitos apartamentos o hacia la tórrida arena, en busca de descanso. ¿Descanso? ¿Se supone que descansar, que huir de la rutina, es salir al encuentro de miles de personas más, encorsetarse en una parcela playera de dos por dos metros y dejar que los rayos ultravioletas del Sol te abrasen la piel mientras te das de codazos con tu vecino y miras las tetas de esa chavala a unos metros de ti? ¿Eso es descanso, eso es atrapar el tan ansiado respiro, la tregua entre la vida cotidiana y las obligaciones? ¿Así es como descansa uno, viviendo exactamente de igual manera que cuando estás en la puñetera oficina, trajeado y ocupado en labores burocráticas?. El mundo está para que lo jubilen.

A veces entran gentes que buscan sosiego de verdad, que se recluyen en sus habitaciones y a las que no ves en todo el día. Charlan, hacen vida reposada, te preguntan cuál es el mejor restaurante de la zona (imposible ayudarles, odio esos antros), y pasean arriba y abajo, hacia el encuentro entre ellos mismos, quienes importan de verdad, obviando la muchedumbre a su alrededor. Son parejas inteligentes, que superan la mediocridad circundante con su espíritu individual y autosuficiente. Cogen unos días, no para salir de la cotidianidad, sino para mejorar, para conocer y para amar. Pero, claro, son los menos, casi nunca se detectan. No hacen ruido, no alborotan, saben ser cautos y van a lo suyo. Bravo, oros entre la baraja de bastos.

Otros palidecen a su lado. Acomplejados pelones, pininas de revista, horteras de pacotilla, sumisos bufones de la noche vulgar, se dedican a gritar y a dárselas de listos, de avispados, cuando en realidad hasta el más tonto capta sus intenciones y sus formas. Miran de reojo a aquél con mejores pectorales, o a las de culo más respingón, llenos de odio y rabia al no poder imitarles. Levantan la cabeza y observan a todo aquel que, con sus cacharros motorizados, generan ruidos y humos por entre la calle candente. Aumenta aún más su odio, su desgracia. No les queda mucho camino por recorrer para que su vida se limite a tunnings, fijadores, trabajos de nueve a nueve y fines de semana repletos de alcohol, música atontante y búsquedas de rajas carnosas. Están destinados a servir al Rey, ya han sido absorbidos.

Yo, mientras, observo el ir y venir, la marejada de turistas, las corrientes del movimiento, destinadas a morir pronto. Me acompañanan ahora libros de Poe, de Habermas, de Bradbury y algunas revistas antiguas. Echo una ojeada al exterior, mientras caminan los transeúntes, ávidos de sol y arena. Vuelvo a los libros, entre llamadas telefónicas y saludos a los que, cerca, pasan a mi lado. No, no voy a cometer el error de dejarme arrastrar. No lo han conseguido en 26 años; es imposible que lo logren en 26 días. Las tentativas, antaño poderosas, han perdido todo su encanto. Ahora (desde hace más de una déacada, en realidad) discurro por caminos separados. Ahora ya no pueden pescarme.

Quedan 79 días.

17 de junio de 2006

Vistas al futuro



Veinte días después de iniciar mi segundo periplo laboral en un año (todo un logro), uno de mis más preciados anhelos está (un poco) más cerca de convertirse en realidad. Es necesario que dé la lata con el tema porque supone una manera de autoestimular mi estancia en el trabajo; a fin de cuentas, trabajo precisamente para hacer realidad esa ilusión personal, no hay ningún otro motivo.

Uno debe marcarse una meta, un objetivo a alcanzar, y lanzarse a por él cual tiburón hambriento. La vida no es más que una sucesión de ideales mentales y el posterior trabajo realizado para alcanzarlos. Hoy imaginamos que podemos llegar hasta aquí; mañana quizá logremos ir hasta allá, y pasado incluso es razonable situarnos en ese horizonte que ahora es sólo una imagen borrosa. Lo que era inalcanzable ayer se convierte en algo real hoy.

Así, paso a paso, uno construye su camino, lleno de obstáculos muchas veces (necesarios y saludables), hasta que por fin llega a su meta, meta temporal y transitoria en cualquier caso. Una meta no es ningún fin, sino el enlace que une propósitos pasados con deseos futuros. Llegar a la meta sólo implica la satisfacción del sueño cumplido y la promesa de nuevos retos. El camino a veces se tuerce, a veces es pedregoso, pero si uno quiere mejorar, tiene que recorrerlo.

Poco a poco, sin prisa, disfrutando de las cosas que el camino te ofrece (frutas, paisajes, gentes, momentos), avanzas sin darte cuenta. Aún queda camino por recorrer, mucho, casi todo. No importa. Con el tiempo todo llega, y tras el pateo, tras la caminata, a veces dolorosa, a veces maravillosa, llegará la recompensa. E incluso, si no la hay, el paseo habrá valido la pena.

Un tiburón, si para de nadar, muere. Nunca paremos de nadar.

27 de abril de 2006

Dinero y trabajo, presa y esclavo

El dinero es el 'valor' general de todas las cosas, constituído en sí mismo. Ha despojado, por lo tanto, de su valor peculiar al mundo entero, tanto al mundo de los hombres como al de la naturaleza. El dinero es la esencia del trabajo y de la esencia del hombre, enajenada de éste, y esta esencia extraña le domina y es adorada por él.

Karl Marx, 'La cuestión judía'.

Retrospectivamente, cabría decir que hay poco en común entre las diversas filosofías asociadas al nombre de Marx. Sin embargo, los tres aspectos mencionados -la filosofía del hombre, la teoría de la historia y la concepción del valor- pueden considerarse, de hecho, como intentos separados de articular una misma intuición. Estudiamos un sólo tema fundamental al ocuparnos de la naturaleza del hombre, del movimiento de la historia o de la estructura de los valores económicos. No se trata de la conciencia, sino de aquello que la crea y determina; es algo material, puesto que su esencia consiste en la transformación de la naturaleza; es también algo social en la medida en que tiene lugar en el seno de las relaciones entre los hombres. Al considerar que se trataba del "trabajo", Marx devolvía al corazón de la filosofía política el concepto que explica, no ya la condición del soberano, eclesiástico, jurista o propietario, sino la del hombre común cuya actividad sostiene la 'superestructura' de la que aquéllos se nutren. El trabajo es la esencia humana y la fuerza motriz de la historia; es el trabajo el que aparece en las formas ficticias del valor de mercado, y es el trabajo lo que puede ser alienado o restituido, lo que determina la felicidad y la desdicha de la humanidad.

Roger Scruton, 'Historia de la filosofía moderna'

18 de septiembre de 2005

Trabajo y vida

Algo más de dos meses después, un servidor concluye su periplo laboral en este año, al menos de momento. Es bueno detener la máquina hacedora de dinero y cambiar de registro. No obstante, hay algo que aquellos que trabajan todo el año están consiguiendo y yo no: arrancan mucho billete y pueden costearse todos sus gastos y, además, pensar en el futuro, conseguir la independencia y, en el caso de unos pocos, hacer realidad sus sueños. Y todo por el maldito dinero. Mi caso, por el contrario, no me facilita en absoluto mi independencia y sólo el hecho de llevar una vida tan austera como la mía me permite sufragar los gastos que, aun siendo pocos, existen.

Por eso, hasta cierto punto, les envidio. Ojalá pudiera encontrar un trabajo estable y estimulante en el que me pagaran por hacer aquello que me gusta. En mis escasos meses de actividad laboral he aprendido mucho y he conseguido muchas cosas. Los billetes son lo menos importante, me puedo limpiar el trasero con ellos, porque a fin de cuentas son ellos los responsables de que el mundo no se escuche a sí mismo y tengamos todos los problemas en nuestras vidas. Si bien lo miráis, por un motivo o por otro todo se deriva de la falta (o abundancia, en menos casos) de papel timbrado.

No, aquello que más valoro de mi paso (de puntillas...) por el sistema ha sido la gente que he conocido: gente amable, humana, simpática, agradable, entrañable y maravillosa en momentos, y gente hostil, malhumorada, criticona, estúpida y cerril en otros. Los dos polos de la sociedad actual, en definitiva. Gente que de tan atenta casi te hacía llorar y gente que pasaba por tu lado sin decir ni mú y con la mirada altanera y arrogante.

Empiezo a echar de menos el trabajo diario, y no porque carezca de actividad ahora que no estoy allí, sino porque me había amoldado a esas ocho horas siete días a la semana, porque había conseguido estar a gusto, superar las mierdas inherentes al propio trabajo, ignorar a quienes tenían el cerebro lleno espaguetis y abrazar a los que con su sonrisa y bondad te hacían todo más fácil.

Pero ahora tocan los libros, la exploración, la escritura y la introspección. ¿Hay alguien en este mundo loco que trabaje duramente cuatro meses al año y el resto lo pase viviendo la vida padre, sin lujos ni opulencias, sólo vida sencilla? Un trabajo temporal durante 130 o 140 días sin descanso y, después, tiempo para vivir. ¿Ha habido alguien capaz de conseguirlo? ¿Hay trabajos así en alguna parte?

Tal vez eso sería lo que necesitaríamos muchos de nosotros.

13 de julio de 2005

Ale, a trabajar...

Pues desde ayer estoy trabajando de portero en un bloque de apartamentos en el Grao de Gandía, a 20 metros de la playa, que es justamente propiedad de los padres de otro blogero que patea estos lares internautas. Desde 1998, y ya ha llovido, no había tenido ningún otro empleo (sí... desde hace siete años casi, y eso que apenas tengo 25).

Unos lo entenderán como pereza, holgazanería o pocas ganas de independizarse. Ni mucho menos, aunque comprendo que haya quien piense así: mi vida transcurre por otros senderos... si os dijera lo que me gastado en los últimos ocho meses más de uno me llamaría embustero, pero es verdad; aunque no haya trabajado apenas, no he parado la mano delante de mis progenitores ni dos veces desde el pasado equinoccio de septiembre. Y sólo he comprado unos dvd's y un par de libros desde noviembre del 2004. Así se hace más llevadera la existencia, sin estar tan pendiente de los billetes. Unos necesitan trabajar, porque queman todo lo que ganan (y aún así les falta moneda). Otros, como yo, nos conformamos con cuatro duros, llevamos una vida austera y sin ningún lujo, y mientras, intentamos alcanzar el sueño de un trabajo digno.

Esto último lo comentaba en el blog de Javier Armentia ('Por la boca muere el pez' ver columna de la derecha) con un compañero blogero hará unos días. ¿Preferís a un estudiante (o estudioso) aún no independizado y sin un duro pero consciente de sí mismo, integrado en el Cosmos y crítico con el Mundo o un currante que absorbe todo lo que lee, oye y escucha? O sea, un tío de puta madre vacío de reservas económicas o un botarate con billetes que se le escapan de los bolsillos? Mi interlocutor no me contestó, quizá porque la respuesta era demasiado obvia.

Ahora me tocan dos meses completos de faena, sin ni un sólo día de descanso, pero a mí me da lo mismo. Voy a intentar, dentro de lo posible, disfrutar de cada una de las jornadas de trabajo, y la recompensa final no será el salario que pueda ganar, que para mí es insignificante (no por cuantía, sino por valor real), sino la perspectiva de nuevos meses dedicados al trabajo intelectual, que es el que verdaderamente aprecio y anhelo. Mantengo la esperanza de no terminar volviendo a las fábricas (que pisé en aquel lejano 1998) y, por el contrario, poder encauzar mi vida por el camino de la intelectualidad (aunque sea de pacotilla... qué le vamos a hacer). Las fábricas, los bares y los talleres son sitios dignísimos para todo aquel que sienta el deseo de trabajar allí. Yo necesito otros estímulos.

Y todo puede comenzar con estos dos meses de trabajo sencillo pero continuo y sin pausa, si tengo algo de suerte. Yo pondré todo de mi parte. Sólo necesito una pequeña ayudita de la Providencia (o de mis amigas las estrellas, que también tienen su chispa cuando les apetece...) para conseguirlo.

En fin, que este verano servidor se dedicará, después de tanto tiempo, a la actividad laboral en pos de futuro retos culturales e inefables excursiones por este y otros mundos. A ver que tal sale esta aventura.