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7 de noviembre de 2014
Kepler, entre la mística y la geometría
Si a alguien no le asusta adentrarse en la vida de alguien que lleva muerto casi cuatrocientos años y si, además, tampoco le tiene miedo a mi incapacidad manifiesta de síntesis (en otras palabras: exceso de letra) y mi prosa farragosa, puede intentar echarle un vistazo a las dos partes de un artículo que salió publicado en la revista "Huygens", de la Agrupación Astronómica de la Safor.
Johannes Kepler (1571-1630) fue un singular astrónomo y teórico alemán, que trató de conseguir una comprensión del universo basada en la armonía matemática, la geometría y sus convicciones místicas. Una personalidad extravagante y, por ello mismo, fascinante...
Nueve páginas tiene la primera parte del artículo; doce, la segunda. Ánimo, valientes... :)
Primera y Segunda Parte.
24 de marzo de 2006
Unas cuantas historias sobre el cielo
Sobre los planetas errantes
Sobre la extraña ley de Titius
Sobre la vida en planetas gigantes
Sobre la búsqueda de vida en Marte
Sobre la sorprendente luna Titán
Sobre la enigmática luna Japeto
Sobre un mundo lejano
Sobre la rotación de Mercurio
Sobre los volcanes (y la vida) en Titán
Sobre la prometedora Europa (la luna de Júpiter, no nuestro continente...)
Sobre el imponente corazón de Mercurio
Sobre el eslabón cósmico entre planetas y estrellas
Sobre las estrellas de nuestra Vía Láctea
Sobre la edad de la Tierra y del Sistema Solar
El vínculo común a todas estas historias (que abarcan temas dispares de la astronomía, como planetología, astrobiología, astrofísica e historia de la Ciencia) es que han sido escritas por mí. Para bien o para mal. Tengo muchos más artículos esperando ser publicados (cuatro veces más de los que aparecen aquí...). El problema es que no hay demasiados sitios en Internet (o, al menos, yo no los conozco) en donde los escritorzuelos como un servidor podamos dar salida a nuestros exabruptos divulgativos... .
Claro, lo de cobrar por publicar está tan lejos como la Tierra de la galaxia de Andrómeda... (o, ya puestos, el cúmulo de Virgo). De momento vivir de la escritura parece ser una utopía total. Sólo lo consiguen cuatro gatos. Pero, para quienes no sabemos hacer casi nada bien, es quizá la única alternativa. Al menos, hay que intentarlo.
Sobre la extraña ley de Titius
Sobre la vida en planetas gigantes
Sobre la búsqueda de vida en Marte
Sobre la sorprendente luna Titán
Sobre la enigmática luna Japeto
Sobre un mundo lejano
Sobre la rotación de Mercurio
Sobre los volcanes (y la vida) en Titán
Sobre la prometedora Europa (la luna de Júpiter, no nuestro continente...)
Sobre el imponente corazón de Mercurio
Sobre el eslabón cósmico entre planetas y estrellas
Sobre las estrellas de nuestra Vía Láctea
Sobre la edad de la Tierra y del Sistema Solar
El vínculo común a todas estas historias (que abarcan temas dispares de la astronomía, como planetología, astrobiología, astrofísica e historia de la Ciencia) es que han sido escritas por mí. Para bien o para mal. Tengo muchos más artículos esperando ser publicados (cuatro veces más de los que aparecen aquí...). El problema es que no hay demasiados sitios en Internet (o, al menos, yo no los conozco) en donde los escritorzuelos como un servidor podamos dar salida a nuestros exabruptos divulgativos... .
Claro, lo de cobrar por publicar está tan lejos como la Tierra de la galaxia de Andrómeda... (o, ya puestos, el cúmulo de Virgo). De momento vivir de la escritura parece ser una utopía total. Sólo lo consiguen cuatro gatos. Pero, para quienes no sabemos hacer casi nada bien, es quizá la única alternativa. Al menos, hay que intentarlo.
19 de marzo de 2006
Anhelos de viajes estelares (I)
De pequeño me entusiasmaba la idea de que viviría, aunque fuese en la vejez, en un mundo en el que la tecnología habría dado forma a las más diversas máquinas, herramientas e instrumentos, todos ellos inimaginables sólo unas décadas antes, que su utilización en nuestros quehaceres domésticos sería una realidad, y que las grandes distancias en la Tierra se cubrirían en un abrir y cerrar de ojos; por supuesto, soñaba con que habríamos colonizado otros planetas, instalado grandes estaciones espaciales en torno a ellos y que habríamos conseguido obtener toda clase de información y conocimiento acerca del Universo.
También imaginaba, en un alarde de prudente optimismo, que habríamos hecho los primeros viajes hacia otras estrellas, aunque sólo las más próximas, porque las demás aún estarían demasiado lejos para nuestra tecnología interestelar incipiente. De todo ello, sólo lo primero ha sucedido.
De esto se deduce que estaba gravemente influenciado por las visiones de típicas películas espaciales, cuentos y relatos que hablaban de humanos y androides surcando el vacío entre las estrellas y por la seguridad, tal vez ingenua, de que los rápidos y extraordinarios avances de nuestra especie en materia de la exploración del espacio tendrían una continuidad. No en vano en 1957 habíamos lanzado el primer ingenio más allá de nuestra atmósfera, y en unos pocos años más habíamos iniciado el reconocimiento de otros planetas como Marte y Venus. Hacia 1969, sólo una década antes de mi nacimiento, el ser humano había hollado por ver primera otro mundo, la Luna. Era, pues, lógico suponer que de seguir esa evolución a primeros de siglo ya dispondríamos de viajes a Júpiter, o a los límites mismos del Sistema Solar, por poca cantidad de dinero.
Sin embargo, la realidad se nos ha mostrado muy distinta a dichos deseos. Es cierto que hemos continuado la labor de investigación y exploración abierta por el Sputnik hace ahora casi medio siglo, y es cierto también que ha habido un sorprendente avance tecnológico que nos ha permitido explorar con sondas automáticas hasta los más recónditos rincones de nuestro entorno solar pero seguimos, desde un punto de vista objetivo, anclados a la Tierra. Sólo unas pocas personas salen cada año de ella, hasta la atmósfera externa, pero vuelven rápidamente, asombrados de la oscuridad y la aparente indiferencia del cosmos ante su presencia.
No es un lugar agradable el vacío espacial, es frío e insensible, sereno pero demasiado vasto para ser apreciado en toda su enormidad. Los seres humanos aún no nos hemos acostumbrado a él, necesitamos el afecto de la Tierra, nuestra madre. Y, por lo que parece, así seguirá siendo en el futuro próximo.
Las conquistas espaciales derivadas de la exploración de otros planetas, lunas, asteroides y cometas han sido muy satisfactorias para nuestra especie. Conocemos hoy el Cosmos mucho mejor que hace un año y continuamente somos bombardeados por ingentes cantidades de datos e información sobre los cuerpos que forman nuestro sistema solar y más allá. Es un triunfo impresionante del colectivo humano en pos de un mejor conocimiento del Universo, y el futuro nos depara sorpresas insospechadas, nuevos retos y enigmas que explicar y otros mundos que descubrir y estudiar.Pero esta complacencia ante los logros de la tecnología y el intelecto no nos deben bastar. La capacidad del ser humano para decidir, su decisivo talento, la facultad de amoldarse a las circunstancias, el hecho de poder saber qué hacer en un momento dado sin necesidad de ayuda externa, todo esto está más allá, al menos en comparación con la capacidad humana, de lo que compete a los ingenios espaciales.
Por ejemplo, en la actualidad hay dos robots exploradores en Marte, llamados Spirit y Opportunity, de la NASA, que desde principios de 2004 están analizado rocas y materiales superficiales para una mejor comprensión de los procesos que la han modelado y, si acaso, de la vida existente en ella. Hace por un tanto un año y medio que estos robots caminan lentamente por los terrenos marcianos, y aunque nos han aportado muchas fotografías y datos de enorme importancia, ¿qué habría podido conseguir un par de geólogos durante ese mismo tiempo? ¿Cuántos descubrimientos y cuántos hechos, no sólo posibilidades, habríamos conocido en un año y medio? No se trata de dudar de la viabilidad de este tipo de misiones, en absoluto, todo lo contrario; sin ellas no conoceríamos apenas nada de ningún cuerpo del sistema solar. Pero es obvio que un ser humano está dotado de innumerables recursos de los que carece un robot como el Spirit. Aunque éste sea una prolongación de los sentidos de sus creador y controladores situados en Tierra, la presencia de un científico en el lugar de los hechos es incomparablemente más ventajosa y fructífera.
Entonces, ¿por qué no vamos a Marte, no los robots de cuatro patas sino nosotros mismos? Resulta una odisea muy compleja llegar incluso hasta el más cercano de los planetas. En primer lugar está la necesidad de este tipo de viajes. Hay quien opina que los riesgos que correrían los astronautas en un viaje a Marte son innecesarios, y que con sondas automáticas y róvers de exploración superficial es suficiente. Ésa no es mi opinión, como acabo de comentar, pero hay que reconocer la existencia de dichos riesgos. Por ejemplo, las fuentes de energía necesaria para proveer a los astronautas de todo lo necesario para sus tareas y trabajos; el tipo de nave más adecuada, capaz de producir gravedad por sí misma (tal vez mediante su propia rotación); un escudo fiable contra la radiación solar y cósmica; la exigencia de astronautas con un carácter y psicología que permitiera a estos pasar dos años en el espacio sin problemas de soledad o de aislamiento (obviamente facilitado por la presencia de otros compañeros), etc.
Y esto responde únicamente a un viaje interplanetario hasta el mundo importante más próximo. Tales dificultades no son en absoluto un óbice para declinar la viabilidad de estos trayectos entre planetas, pero sí lo son para cuerpos más lejanos. Si un viaje de ida y vuelta a Marte tiene una duración prevista de un par de años, estando el objetivo a sólo unas decenas de millones de kilómetros, es fácil imaginar los obstáculos a salvar ante un viaje varias veces más prolongado, en tiempo y en espacio. Estaríamos hablando, por tanto, de que un viaje a Júpiter, por ejemplo, consumiría no menos de diez años, y posiblemente fueran necesarios algunos más.
¿Vale la pena enviar a personas a tales odiseas, con los peligros para su integridad física y mental, con el único beneficio de una mejor comprensión del sistema solar? ¿No será esto una peligrosa muestra de la arrogancia humana, que se cree capaz de superar todas las barreras únicamente porque ha salvado todas las anteriores? ¿No es acaso la recompensa demasiado banal, a un nivel humano, como para arriesgar tanto?Los desafíos que se nos presentan antes de que estos viajes a los otros planetas sean una realidad son numerosos. Hace unos meses, el presidente de EE.UU. George Bush, declaró que el hombre iría a Marte hacia 2020. ¿Simple propaganda electoral? Muy posiblemente, porque aún no están resueltas las complicaciones técnicas y humanas que implica un viaje de esas características. Si hay garantía de que existe una fuente de energía razonable, un módulo cómodo, equipado y protegido ante las inclemencias del espacio exterior, una buena compenetración entre los astronautas seleccionados, y un verdadero impulso económico que permita investigar y desarrollar nuevas tecnologías espaciales, entonces estaremos en la senda que nos llevará a Marte; mientras, pese a lo que digan dirigentes del más alto nivel, ello sólo será un sueño. No se necesitan palabras, sino hechos.
Pero concedamos a la humanidad la licencia de suponer que todas las dificultades anejas a la exploración de los otros planetas del sistema solar por el hombre y la mujer sean superadas en los próximos años y décadas. Imaginemos, aunque sea imaginar mucho, que los viajes a Marte se tornan casi cotidianos, y que los mundos más exteriores también son visitados y estudiados con regularidad, hasta que los seres humanos nos convertimos en los verdaderos soberanos de la familia del Sol. ¿Iríamos más allá, sentiríamos el impulso de marchar hacia las estrellas, de iniciar la época humana de exploración interestelar?
El ansia de curiosidad de nuestra especie conoce pocos límites. Sabemos que estos límites vienen impuestos por la tecnología, no directamente por nuestros deseos. ¿Podemos esperar en el futuro lejano, tal vez dentro de tres o cuatro siglos, una tecnología lo suficientemente desarrollada como para que un trayecto a las estrellas de ida y vuelta no consuma más que unos pocos años? Hoy en día esto parece casi descabellado; la visión relativista no concede demasiado margen a los viajes interestelares. Para ir incluso a la estrella más próxima, Proxima Centauri, situada a poco más de 4 años luz, tardaríamos precisamente cuatro años... pero yendo a la velocidad de la luz. La velocidad de crucero más alta que un ingenio humano a conseguido corresponde a las sondas Voyager, que han alcanzado los 172.000 kilómetros por hora. Parece mucho, pero es 6.300 veces menor que la de la luz. A esa velocidad, por tanto, suponiendo que pudiésemos construir una nave de cierto tamaño que albergase a los astronautas, tardaríamos más de 24.000 años en llegar a Proxima Centauri. Para aproximarnos a la velocidad de la luz, cada vez es necesario consumir más y más energía, y hoy en día no vislumbramos por ningún sitio de dónde podremos obtenerla.
Pero dado que este es un artículo en el que otorgamos a la especie humana la capacidad de salvar todos los retos tecnológicos a los que haga frente, vamos a suponer de nuevo que superamos el siguiente escalón de dificultades (este, objetivamente, muchísimo más complicado que el precedente). Es decir, imaginemos que podemos viajar a las estrellas con naves seguras y rápidas, que alcanzamos Proxima Centauri en unos pocos meses, o incluso en días (mecanismos para ello, más o menos esperanzadores, han sido propuestos a docenas por los escritores de ciencia-ficción), y que estrenamos la cualidad humana de entrar directamente y por vez primera en el cosmos más allá de nuestra parcela solar. ¿Qué nos depararía todo ello?.
También imaginaba, en un alarde de prudente optimismo, que habríamos hecho los primeros viajes hacia otras estrellas, aunque sólo las más próximas, porque las demás aún estarían demasiado lejos para nuestra tecnología interestelar incipiente. De todo ello, sólo lo primero ha sucedido.
De esto se deduce que estaba gravemente influenciado por las visiones de típicas películas espaciales, cuentos y relatos que hablaban de humanos y androides surcando el vacío entre las estrellas y por la seguridad, tal vez ingenua, de que los rápidos y extraordinarios avances de nuestra especie en materia de la exploración del espacio tendrían una continuidad. No en vano en 1957 habíamos lanzado el primer ingenio más allá de nuestra atmósfera, y en unos pocos años más habíamos iniciado el reconocimiento de otros planetas como Marte y Venus. Hacia 1969, sólo una década antes de mi nacimiento, el ser humano había hollado por ver primera otro mundo, la Luna. Era, pues, lógico suponer que de seguir esa evolución a primeros de siglo ya dispondríamos de viajes a Júpiter, o a los límites mismos del Sistema Solar, por poca cantidad de dinero.
Sin embargo, la realidad se nos ha mostrado muy distinta a dichos deseos. Es cierto que hemos continuado la labor de investigación y exploración abierta por el Sputnik hace ahora casi medio siglo, y es cierto también que ha habido un sorprendente avance tecnológico que nos ha permitido explorar con sondas automáticas hasta los más recónditos rincones de nuestro entorno solar pero seguimos, desde un punto de vista objetivo, anclados a la Tierra. Sólo unas pocas personas salen cada año de ella, hasta la atmósfera externa, pero vuelven rápidamente, asombrados de la oscuridad y la aparente indiferencia del cosmos ante su presencia.
No es un lugar agradable el vacío espacial, es frío e insensible, sereno pero demasiado vasto para ser apreciado en toda su enormidad. Los seres humanos aún no nos hemos acostumbrado a él, necesitamos el afecto de la Tierra, nuestra madre. Y, por lo que parece, así seguirá siendo en el futuro próximo.
Las conquistas espaciales derivadas de la exploración de otros planetas, lunas, asteroides y cometas han sido muy satisfactorias para nuestra especie. Conocemos hoy el Cosmos mucho mejor que hace un año y continuamente somos bombardeados por ingentes cantidades de datos e información sobre los cuerpos que forman nuestro sistema solar y más allá. Es un triunfo impresionante del colectivo humano en pos de un mejor conocimiento del Universo, y el futuro nos depara sorpresas insospechadas, nuevos retos y enigmas que explicar y otros mundos que descubrir y estudiar.Pero esta complacencia ante los logros de la tecnología y el intelecto no nos deben bastar. La capacidad del ser humano para decidir, su decisivo talento, la facultad de amoldarse a las circunstancias, el hecho de poder saber qué hacer en un momento dado sin necesidad de ayuda externa, todo esto está más allá, al menos en comparación con la capacidad humana, de lo que compete a los ingenios espaciales.
Por ejemplo, en la actualidad hay dos robots exploradores en Marte, llamados Spirit y Opportunity, de la NASA, que desde principios de 2004 están analizado rocas y materiales superficiales para una mejor comprensión de los procesos que la han modelado y, si acaso, de la vida existente en ella. Hace por un tanto un año y medio que estos robots caminan lentamente por los terrenos marcianos, y aunque nos han aportado muchas fotografías y datos de enorme importancia, ¿qué habría podido conseguir un par de geólogos durante ese mismo tiempo? ¿Cuántos descubrimientos y cuántos hechos, no sólo posibilidades, habríamos conocido en un año y medio? No se trata de dudar de la viabilidad de este tipo de misiones, en absoluto, todo lo contrario; sin ellas no conoceríamos apenas nada de ningún cuerpo del sistema solar. Pero es obvio que un ser humano está dotado de innumerables recursos de los que carece un robot como el Spirit. Aunque éste sea una prolongación de los sentidos de sus creador y controladores situados en Tierra, la presencia de un científico en el lugar de los hechos es incomparablemente más ventajosa y fructífera.
Entonces, ¿por qué no vamos a Marte, no los robots de cuatro patas sino nosotros mismos? Resulta una odisea muy compleja llegar incluso hasta el más cercano de los planetas. En primer lugar está la necesidad de este tipo de viajes. Hay quien opina que los riesgos que correrían los astronautas en un viaje a Marte son innecesarios, y que con sondas automáticas y róvers de exploración superficial es suficiente. Ésa no es mi opinión, como acabo de comentar, pero hay que reconocer la existencia de dichos riesgos. Por ejemplo, las fuentes de energía necesaria para proveer a los astronautas de todo lo necesario para sus tareas y trabajos; el tipo de nave más adecuada, capaz de producir gravedad por sí misma (tal vez mediante su propia rotación); un escudo fiable contra la radiación solar y cósmica; la exigencia de astronautas con un carácter y psicología que permitiera a estos pasar dos años en el espacio sin problemas de soledad o de aislamiento (obviamente facilitado por la presencia de otros compañeros), etc.
Y esto responde únicamente a un viaje interplanetario hasta el mundo importante más próximo. Tales dificultades no son en absoluto un óbice para declinar la viabilidad de estos trayectos entre planetas, pero sí lo son para cuerpos más lejanos. Si un viaje de ida y vuelta a Marte tiene una duración prevista de un par de años, estando el objetivo a sólo unas decenas de millones de kilómetros, es fácil imaginar los obstáculos a salvar ante un viaje varias veces más prolongado, en tiempo y en espacio. Estaríamos hablando, por tanto, de que un viaje a Júpiter, por ejemplo, consumiría no menos de diez años, y posiblemente fueran necesarios algunos más.
¿Vale la pena enviar a personas a tales odiseas, con los peligros para su integridad física y mental, con el único beneficio de una mejor comprensión del sistema solar? ¿No será esto una peligrosa muestra de la arrogancia humana, que se cree capaz de superar todas las barreras únicamente porque ha salvado todas las anteriores? ¿No es acaso la recompensa demasiado banal, a un nivel humano, como para arriesgar tanto?Los desafíos que se nos presentan antes de que estos viajes a los otros planetas sean una realidad son numerosos. Hace unos meses, el presidente de EE.UU. George Bush, declaró que el hombre iría a Marte hacia 2020. ¿Simple propaganda electoral? Muy posiblemente, porque aún no están resueltas las complicaciones técnicas y humanas que implica un viaje de esas características. Si hay garantía de que existe una fuente de energía razonable, un módulo cómodo, equipado y protegido ante las inclemencias del espacio exterior, una buena compenetración entre los astronautas seleccionados, y un verdadero impulso económico que permita investigar y desarrollar nuevas tecnologías espaciales, entonces estaremos en la senda que nos llevará a Marte; mientras, pese a lo que digan dirigentes del más alto nivel, ello sólo será un sueño. No se necesitan palabras, sino hechos.
Pero concedamos a la humanidad la licencia de suponer que todas las dificultades anejas a la exploración de los otros planetas del sistema solar por el hombre y la mujer sean superadas en los próximos años y décadas. Imaginemos, aunque sea imaginar mucho, que los viajes a Marte se tornan casi cotidianos, y que los mundos más exteriores también son visitados y estudiados con regularidad, hasta que los seres humanos nos convertimos en los verdaderos soberanos de la familia del Sol. ¿Iríamos más allá, sentiríamos el impulso de marchar hacia las estrellas, de iniciar la época humana de exploración interestelar?
El ansia de curiosidad de nuestra especie conoce pocos límites. Sabemos que estos límites vienen impuestos por la tecnología, no directamente por nuestros deseos. ¿Podemos esperar en el futuro lejano, tal vez dentro de tres o cuatro siglos, una tecnología lo suficientemente desarrollada como para que un trayecto a las estrellas de ida y vuelta no consuma más que unos pocos años? Hoy en día esto parece casi descabellado; la visión relativista no concede demasiado margen a los viajes interestelares. Para ir incluso a la estrella más próxima, Proxima Centauri, situada a poco más de 4 años luz, tardaríamos precisamente cuatro años... pero yendo a la velocidad de la luz. La velocidad de crucero más alta que un ingenio humano a conseguido corresponde a las sondas Voyager, que han alcanzado los 172.000 kilómetros por hora. Parece mucho, pero es 6.300 veces menor que la de la luz. A esa velocidad, por tanto, suponiendo que pudiésemos construir una nave de cierto tamaño que albergase a los astronautas, tardaríamos más de 24.000 años en llegar a Proxima Centauri. Para aproximarnos a la velocidad de la luz, cada vez es necesario consumir más y más energía, y hoy en día no vislumbramos por ningún sitio de dónde podremos obtenerla.
Pero dado que este es un artículo en el que otorgamos a la especie humana la capacidad de salvar todos los retos tecnológicos a los que haga frente, vamos a suponer de nuevo que superamos el siguiente escalón de dificultades (este, objetivamente, muchísimo más complicado que el precedente). Es decir, imaginemos que podemos viajar a las estrellas con naves seguras y rápidas, que alcanzamos Proxima Centauri en unos pocos meses, o incluso en días (mecanismos para ello, más o menos esperanzadores, han sido propuestos a docenas por los escritores de ciencia-ficción), y que estrenamos la cualidad humana de entrar directamente y por vez primera en el cosmos más allá de nuestra parcela solar. ¿Qué nos depararía todo ello?.
Anhelos de viajes estelares (II)
Indudablemente, con la viabilidad de un viaje a través de las estrellas estaríamos a las puertas de un cambio tan radical que es muy difícil hacer una valoración equilibrada. Ante todo, y no como aspecto menos importante, está el hecho de abandonar la región del espacio conocido y penetrar en el espacio exterior; este acontecimiento marcará, no cabe duda, el futuro humano lejos del seno de la Tierra y de la familia solar. Una vez podamos dejar atrás el sistema que vio nacer la especie humana, seremos capaces de abarcar y explorar con el afán que nos caracteriza una extensión de espacio interestelar casi infinito. Cuando tengamos a punto la tecnología necesaria para hacerlo, no puedo ni siquiera imaginarme el placer que este sentimiento provocará en los primeros seres humanos destinados en misiones de reconocimiento de nuestros vecinos estelares. Personalmente, el encanto de ese instante ya merecería todos los esfuerzos.
Hay que tener en cuenta el marcado anhelo humano de este tipo de viajes por las estrellas; no hay cultura en nuestro planeta que no haya deseado poder explorar los otros soles que llenan en cielo durante la noche, todos tenemos un arraigado deseo de emancipación terrestre. Ese es, a mi parecer, otra de las claves de nuestra inteligencia y nuestro sello de especie prometedora; no nos conformamos con la bella Tierra, necesitamos llegar más lejos.
Me imagino cuál será la concepción que tendrán de sí mismos aquellos que vivan en directo la exploración de otro sistema solar, dentro de miles de años, posiblemente. Ser testigo de excepción del instante en que una nave interestelar humana, tras un largo viaje, sobrevuele nuevos mundos prometedores y deseosos de ser estudiados. Ser consciente de la maravilla que implica tal hazaña podría cambiar el devenir de la Humanidad, ser el principio de una transformación global de nuestro pensamiento y nuestras acciones para con nuestros hermanos en la Tierra. Porque, si al adentrarnos en el reino de las estrellas, nos percatamos de su enormidad y de las muchas diferencias que puede haber entre sus habitantes y nosotros, las propias diferencias humanas serán tan insignificantes que nadie las tendrá en cuenta. Los nacionalismos perderán todo su sentido, los chauvinismos propios de aquellos que sólo se contemplan a sí mismos desde una perspectiva local y se consideran distintos serán inadecuados y carentes de lógica en una humanidad que esté examinando otros mundos en busca de vida, tal vez inteligente, cuya esencia puede ser radicalmente extraña a la del hombre.
Otro aspecto positivo a tener en cuenta será, casi con total seguridad, que un viaje de tales características no podrá ser llevado a cabo por una sola nación. La cooperación internacional será obligada en este caso dada la magnitud de la empresa y los elevados costes que supondrá; nadie podrá, por tanto, aducir que será una odisea norteamericana, europea o japonesa. Muchos países aportarán su grano de arena, y por tanto estaremos ante una misión multinacional, arropada y estimulada por las ideas globales de la humanidad.
Los primeros viajes interestelares constituirán la base sobre la cual mejorar su eficiencia y su rentabilidad; hay que suponer que las primeras tentativas en este sentido no serán más que una prueba, una forma de coger experiencia para sucesivos vuelos espaciales más intrépidos y audaces. Estos viajes primerizos pueden servir para no cometer grandes errores, que puedan ser fatales, durante el transcurso de una misión tan larga.
Lo que podremos encontrar en una misión de este calibre está más allá de las especulaciones que ahora podamos hacer; recordemos que hablamos de centenares de años a partir de ahora, tal vez en el siglo XXIV o XXV. Pero si dentro de trescientos años hacemos realidad el viaje a Alfa Centauri, por ejemplo, es lógico pensar que primero analizaremos ese sistema en conjunto: número de componentes estelares, número de planetas, tipos, satélites, cinturones de asteroides, etc., y que sólo más tarde podremos intentar buscar vida en alguno de los mundos más satisfactorios, a priori. Quizá no tengamos suerte, y el sistema sea estéril, o posiblemente encontremos varios lugares en donde la vida ya se halla desarrollado. Quién sabe.
La búsqueda de vida fuera de nuestro Sistema Solar lleva oculto, sólo a medias, el anhelo más intenso aún de hallar otras civilizaciones como la nuestra. No es probable que Alfa Centauri albergue en alguno de sus planetas una inteligencia similar a la humana, pero no es descabellado pensar que tal vez sí las haya más allá. Alfa Centauri, por lógica, será uno de los primeros sistemas solares a explorar, pero pronto se le sumarán muchos otros. La expansión humana por el espacio interestelar será lenta aunque continua, y no cabe duda de que el ansiado momento del contacto con otra civilización, el hito más importante de la historia de nuestra especie, llegará tarde o temprano.
Con el tiempo, la Humanidad se convertirá en una nación galáctica, colonizará nuevos mundos y entrará a formar parte del conjunto de culturas cósmicas repartidas por los brazos espirales de la Vía Láctea. En sus ya avanzados sistemas de exploración, los viajes de estrella en estrella serán corrientes y tendrán un carácter doméstico; iremos de un sistema solar a otro con la misma facilidad y rapidez que ahora nos desplazamos entre dos ciudades importantes de nuestro país. Los contactos con otras civilizaciones nos aportarán la necesaria humildad para respetar a cualquier forma de vida, inteligente o no, que encontremos en los mundos que exploremos, porque para entonces seremos conscientes del escaso valor de nuestra propia especie en el contexto cósmico. Tal vez aprendamos de otras culturas nuevas formas, más rápidas y seguras aún, de viajar por el gas y polvo de la Vía Láctea, y pasado un tiempo (quizá millones de años), estaremos en condiciones de escapar de sus límites (figura 3). Es posible que las demás galaxias constituyan el siguiente paso exploratorio, otro reto aún más apasionante para nuestra especie.
En este panorama, la Humanidad estará tan difuminada por la Galaxia que nadie podrá considerarse realmente humano. Las influencias que habrá recibido, tanto culturales como biológicas, diversificarán la especie que tuvo su cuna en la Tierra de tal manera que excede a nuestra imaginación. Y entonces, posiblemente, como escribía Isaac Asimov en uno de sus libros de la serie Fundación, alguien empiece la búsqueda del planeta originario de la Humanidad, para encontrar a quienes sean los descendientes directos de aquellos que, millones de años atrás, decidieron entrar en contacto con el Universo y formar parte, tras unos titubeantes inicios, de los verdaderos habitantes del Cosmos.
Hay que tener en cuenta el marcado anhelo humano de este tipo de viajes por las estrellas; no hay cultura en nuestro planeta que no haya deseado poder explorar los otros soles que llenan en cielo durante la noche, todos tenemos un arraigado deseo de emancipación terrestre. Ese es, a mi parecer, otra de las claves de nuestra inteligencia y nuestro sello de especie prometedora; no nos conformamos con la bella Tierra, necesitamos llegar más lejos.
Me imagino cuál será la concepción que tendrán de sí mismos aquellos que vivan en directo la exploración de otro sistema solar, dentro de miles de años, posiblemente. Ser testigo de excepción del instante en que una nave interestelar humana, tras un largo viaje, sobrevuele nuevos mundos prometedores y deseosos de ser estudiados. Ser consciente de la maravilla que implica tal hazaña podría cambiar el devenir de la Humanidad, ser el principio de una transformación global de nuestro pensamiento y nuestras acciones para con nuestros hermanos en la Tierra. Porque, si al adentrarnos en el reino de las estrellas, nos percatamos de su enormidad y de las muchas diferencias que puede haber entre sus habitantes y nosotros, las propias diferencias humanas serán tan insignificantes que nadie las tendrá en cuenta. Los nacionalismos perderán todo su sentido, los chauvinismos propios de aquellos que sólo se contemplan a sí mismos desde una perspectiva local y se consideran distintos serán inadecuados y carentes de lógica en una humanidad que esté examinando otros mundos en busca de vida, tal vez inteligente, cuya esencia puede ser radicalmente extraña a la del hombre.
Otro aspecto positivo a tener en cuenta será, casi con total seguridad, que un viaje de tales características no podrá ser llevado a cabo por una sola nación. La cooperación internacional será obligada en este caso dada la magnitud de la empresa y los elevados costes que supondrá; nadie podrá, por tanto, aducir que será una odisea norteamericana, europea o japonesa. Muchos países aportarán su grano de arena, y por tanto estaremos ante una misión multinacional, arropada y estimulada por las ideas globales de la humanidad.
Los primeros viajes interestelares constituirán la base sobre la cual mejorar su eficiencia y su rentabilidad; hay que suponer que las primeras tentativas en este sentido no serán más que una prueba, una forma de coger experiencia para sucesivos vuelos espaciales más intrépidos y audaces. Estos viajes primerizos pueden servir para no cometer grandes errores, que puedan ser fatales, durante el transcurso de una misión tan larga.
Lo que podremos encontrar en una misión de este calibre está más allá de las especulaciones que ahora podamos hacer; recordemos que hablamos de centenares de años a partir de ahora, tal vez en el siglo XXIV o XXV. Pero si dentro de trescientos años hacemos realidad el viaje a Alfa Centauri, por ejemplo, es lógico pensar que primero analizaremos ese sistema en conjunto: número de componentes estelares, número de planetas, tipos, satélites, cinturones de asteroides, etc., y que sólo más tarde podremos intentar buscar vida en alguno de los mundos más satisfactorios, a priori. Quizá no tengamos suerte, y el sistema sea estéril, o posiblemente encontremos varios lugares en donde la vida ya se halla desarrollado. Quién sabe.
La búsqueda de vida fuera de nuestro Sistema Solar lleva oculto, sólo a medias, el anhelo más intenso aún de hallar otras civilizaciones como la nuestra. No es probable que Alfa Centauri albergue en alguno de sus planetas una inteligencia similar a la humana, pero no es descabellado pensar que tal vez sí las haya más allá. Alfa Centauri, por lógica, será uno de los primeros sistemas solares a explorar, pero pronto se le sumarán muchos otros. La expansión humana por el espacio interestelar será lenta aunque continua, y no cabe duda de que el ansiado momento del contacto con otra civilización, el hito más importante de la historia de nuestra especie, llegará tarde o temprano.
Con el tiempo, la Humanidad se convertirá en una nación galáctica, colonizará nuevos mundos y entrará a formar parte del conjunto de culturas cósmicas repartidas por los brazos espirales de la Vía Láctea. En sus ya avanzados sistemas de exploración, los viajes de estrella en estrella serán corrientes y tendrán un carácter doméstico; iremos de un sistema solar a otro con la misma facilidad y rapidez que ahora nos desplazamos entre dos ciudades importantes de nuestro país. Los contactos con otras civilizaciones nos aportarán la necesaria humildad para respetar a cualquier forma de vida, inteligente o no, que encontremos en los mundos que exploremos, porque para entonces seremos conscientes del escaso valor de nuestra propia especie en el contexto cósmico. Tal vez aprendamos de otras culturas nuevas formas, más rápidas y seguras aún, de viajar por el gas y polvo de la Vía Láctea, y pasado un tiempo (quizá millones de años), estaremos en condiciones de escapar de sus límites (figura 3). Es posible que las demás galaxias constituyan el siguiente paso exploratorio, otro reto aún más apasionante para nuestra especie.
En este panorama, la Humanidad estará tan difuminada por la Galaxia que nadie podrá considerarse realmente humano. Las influencias que habrá recibido, tanto culturales como biológicas, diversificarán la especie que tuvo su cuna en la Tierra de tal manera que excede a nuestra imaginación. Y entonces, posiblemente, como escribía Isaac Asimov en uno de sus libros de la serie Fundación, alguien empiece la búsqueda del planeta originario de la Humanidad, para encontrar a quienes sean los descendientes directos de aquellos que, millones de años atrás, decidieron entrar en contacto con el Universo y formar parte, tras unos titubeantes inicios, de los verdaderos habitantes del Cosmos.
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