12 de diciembre de 2010

En la otra dimensión



Últimamente escapo sin cesar de mi choza y atravieso parajes deshabitados y rincones olvidados. No voy lejos; al lado de casa casi siempre está lo mejor. A poco que busquemos hallaremos paraísos perdidos y enclaves de leyenda sin tener que recorrer grandes distancias ni maldecir los aumentos en el precio de hidrocarburos. Quien viaja demasiado lejos huye de algo; nosotros, por el contrario, es ese "algo" lo que justamente perseguimos.

Me juré a mí mismo que sólo me estaba permitido disfrutar del lujo (mi único lujo hasta el momento, antítesis de mi forma de vida austera y frugal en lo material) a condición de que, con él y en él, "crecer como ser". Así de simple. Todavía es pronto para saber si lo he logrado ya. Creo que no; pero esto apenas acaba de empezar.

Me aseguré de mantener a raya a los bancos y empresas crediticias (zorras con ansias insaciables de bocados suculentos...); me obligué a no pedir nada mejor; me dije, también, que una vez la tuviera olvidase, por completo, lo que me había costado. Y lo he conseguido. Nunca he destinado mejor mis (escasos) billetes, y ahora, por mucho que me den las mejores riquezas o las más refinadas joyas, sé que no podría cambiarla por nada. ¿Por nada? Por nada.

Uno de los motivos es éste: En mi choza marxuquerense, esa "llar" de vivencias antiquísima, que me ha visto pasar de la niñez a la adolescencia y finalmente a la madurez, yo gozaba de la mayor de las bienaventuranzas: la libertad temporal total, que empleaba a mi gusto, solo, sin nadie mandando, sin nadie hablando, sin nadie pensando, siquiera. Pero, ahora, con mi xiqueta de ruedas de caucho y rostro de fibra antigua, esa libertad, esa independencia, se vuelve espacio-temporal. Se me abre un espacio propio (pero, también, para todos los de mi bando), en el que ser todo lo que soy, aquí, allá y acullá, y aspirar a ser lo que todavía sueño que seré.

Si antes, en la choza, un perraco ladraba, nada podía hacer (excepto lanzarle algún 'cudol'); si algún lelo machacaba mis nervios con excrecencias musicales, tampoco (excepto soltarle un par de tortazos); si las luces trucadas invadían mi noche y ofuscaban la visión de las auténticas, nada podía hacer; si deseaba cambiar de estampa, ver otro cielo o tener una ermita a mi lado por la mañana, o una callejuela solitaria y anónima, era del todo imposible. Ahora, grandeza de las grandezas, ya no: unos minutos y cambia por completo el panorama, la fauna, el horizonte, la orientación, la vida a tu alrededor.

Y, entre esto, el tiempo. Es otro, más suave, se desliza; ya no trota, es más sereno. Una hora parece un día; un día, toda la semana. Ya no sabes si lo hecho por la mañana corresponde a hoy, al ayer, o a dos días atrás... La nueva dimensión espacial noquea la temporal, como si al aumentar el espacio disponible lo hiciera el tiempo. A espacio (casi) infinito, tiempo (casi infinito); seguro que es una idea que hubiese agradado a Einstein...

Por otro lado, la compañía (la de los hermanos y hermanas, quienes saben que pueden contar conmigo) siempre es esperada, y bienvenida, una compañía que es presencia, mutismo, afecto e inteligencia. Pero a veces las almas amigas no pueden acudir a la ruta, y la casa que rueda se queda vacía de otros alientos; sin embargo, entonces, ella misma y su desocupado interior favorecen como nunca tu misma identidad solitaria (si es lo eres), o bien facilita tu unión con los otros (si los necesitas).

Es en esta soledad viajera y existencia, al abrigo de las inclemencias emocionales (debidas a aquéllos, para bien o para mal), cuando está uno consigo, lo que para mí es el momento cumbre del bienestar: reposas en la cabina, escuchas a los Zeppelin, a Dylan, a Velvet o a los Straits, o te dejas llevar por el rumor de los planetas holstianos, o por las piezas flautistas mozartianas; el sol muerde las montañas y la luna aparece entre los cirros; descansas en el comedor contemplando el espectáculo; abres la puerta y recibes un soplo de viento frío nocturno; oteas las estrellas a través de tus ventanas de plástico, buscando la constelación de la existencia; te acurrucas en el lecho y oyes el caer del día, un día todo tuyo (somos amos de nuestro tiempo, recordémoslo); escoges tus libros y los penetras como si tu mente no captara nada más que las palabras impresas; comes tan a gusto tus garbanzos o tus sopas de fideos, cocinados en los diminutos infiernillos de tu auto; abres la luz, por la noche, y tratas de plasmar en papel algo de todo ello...

Y luego, como siempre, regresas. La choza espera: hay saludos gatunos y maullidos hambrientos; hay hojarsca que recoger, leña que apilar, agua que bombear y una monstruosidad de timbales, bombos y platillos que exige ser sacudida, para hacer estallar el silencio eterno de ese espacio tan finito que es tu cabaña... Nunca puede uno ser blanco o negro; cuanto más silencio crees, más conviene en ocasiones destruirlo y metamorfosearlo en una orgía de salvajes rugidos y ruidos febriles. Ya sabéis, el yin y el yang. Algo de equilibrio para evitar el trastorno...

Al regresar, te es más sencillo volver a tus textos de estudio, es más placentero hacer un favor a tu madre, más fácil llevarte bien con tu hermana, y abrazar la sencillez y bondad de la vida doméstica (nunca domesticada...). Regresar es siempre otro inicio; porque irte es, de algún modo, querer regresar; y regresar es querer marchar de nuevo. Y, en el ínterin, mientras vas y vienes, mientras vives, ya sea entre paredes gruesas o delgadas, en una morada cimentada o móvil, te vas haciendo, vas siendo, y tratas de atrapar tu devenir.

Cada arrancada, cada vez que introducimos la marcha y soltamos un poco el pie derecho, nos acercamos a la plenitud. La de encaminarse a la mayor de las aventuras posibles: conocernos, y después, mucho más tarde, superarnos.

No hay dimensión que se nos resista...

(Foto: El Hermitaño)

2 de diciembre de 2010

Ciclos...



Hoy, dos de diciembre, han rozado el suelo las postreras hojas... Lo han hecho con delicadeza, con gracia, mientras el mistral arreciaba y las despegaba de su enclave arbóreo, el que han conocido desde su nacimiento. Ahora, tapizada la tierra con un follaje amoratado, espera el duro invierno, que hará estremecer los troncos hasta las benignidades de la primavera inefable... Y, más tarde, aparecerán las viandas dulces colgadas como ofrendas para la vista y el paladar...

¿Dónde estaremos cuando aparezcan las primeras hojas, dentro de tres meses? ¿Y cuando se despidan del árbol las últimas, más o menos un año a partir de ahora? ¿Qué será de nosotros, y con quién lo compartiremos, en el instante en que broten los nacientes frutos?

El mar del tiempo es infinito, bañado en aguas eternas. Consuela saber que, una vez marchitos y mezclados con la tierra (quiero decir, nosotros, no las hojas), un nuevo ciclo aguarda para arrancar de nuevo, y que es imparable, como lo es el calor del sol y la luz de las estrellas. No estaremos para entonces, pero puede que de algún modo una parte nuestra permanezca... en los otros, esos que vendrán, que nos enlazarán con el pasado y el futuro.

Otoño, invierno, primavera y verano. Los cuatro jinetes (del génesis, de la creación). Dedicádles un segundo, contempladlos mientras avanzan (por ejemplo, en el curso del sol, en las sombras a mediodía, en los árboles, en las cumbres de las montañas...). Y luego meditad qué vale la pena... hasta dónde cabe llegar. Porque tampoco nosotros nos libramos de él.

Recordad las palabras del gran Robert Plant, en That's the way: "No olvides que todo lo que vive nace para morir...". También, si se quiere, podríamos decir que "todo lo que muere ha nacido para vivir (de nuevo)". Es un ciclo sin fin. Creación y destrucción; amanecer y ocaso; día y noche. Muerte y resurrección.

Y vuelta a empezar...

(Fotografías: El Hermitaño)

26 de noviembre de 2010

A bordo (ya está...)



Produce una extraña sensación lograr, por fin, aquello que tanto soñaste, aquello que acudió día tras día a tu mente y tu corazón. Un deseo que creció a cada amanecer, que vivió contigo y te hizo distinto. Desconoces lo qué significa: sólo puedes sentirlo. Y, con ello, basta.

Sentado sobre sus rodillas de madera, tela y metal, te sientes bienvenido, como si hubiese sido tu casa desde siempre. De hecho, lo ha sido: en tu sueño siempre ha existido, y has imaginado cómo sería descansar mirando al vacío, notando su sola presencia. Que ella vive es obvio; poca gracia requiere descubrirlo. Quien ve en ella un simple objeto no entiende nada; ahí "hay" algo. Y, si no, siéntese en su regazo y capte: si a los pocos minutos no ha percibido algo más que un batiburrillo de cables, electrónica, muebles y plásticos adorablemente ensamblados, es usted (con perdón) un tarugo, un necio, o un simple: o las tres cosas a la vez.

En la proa un diablillo rojo y blanco, esponjoso y simpático, saluda a quienes nos encontramos en la carretera. Un par de mapas sobre el salpicadero, algunos discos, un paño y una pequeña linterna en la guantera. Hay dos figuras en la cabina: una es insoslayable; siempre estará ahí; la otra puede variar con el tiempo: sólo el dinero y las ganas, el sentimiento y la implicación, lo dirán. Atrás queda la morada: el parqué, las ventanas, los comedores, las luces, el baño, la ducha, la cocina, los armarios, el frigorífico, la calefacción, las claraboyas, la cama... todo en unos metros cuadrados, todo entrañable, todo inmejorable. Modesta, acojedora, encantadora.

Nació, ella, cuando me salieron los primeros granos en la cara, cuando el sueño aún no existía, justo hace media vida mía. No sé quién la ha hollado antes, y tampoco me importa; sólo sé que soy yo quien la siente ahora. Imagino cuántas palabras habrán escuchado sus paredes; las discusiones sufridas, sin poder tomar parte por ningún bando, los maltratos de los niños (y los que no lo son tanto...), las sonrisas bajo sus halógenos, el amor destilado sobre sus sencillos colchones...

Uno arranca, coloca las marchas, y empieza a ver el camino. Es infinito. Nadie te dirá hacia dónde, cuándo parar, qué comer, bajo qué árboles dormir. Es todo decisión tuya. hojeas el mapa, piensas un segundo, y hacia allá. Qué importan hostales o posadas, restaurantes o bufetes, tú mandas. Mientras no molestes, mientras no cometas imprudencias tontas o sonrojes a los pueblerinos con tus torpezas, eres (un poco más) libre. Aunque, cuidado, porque habrá quien querrá arrebatartélas (a ellas, la libertad y aquello que te la proporciona...), así que cabe andar con prudencia.

Viajemos adonde viajemos, siempre encontraremos lo mismo: naturaleza, paisaje, rincones de humanidad, belleza, silencio (aunque también algún monigote rídiculo acelerando a fondo junto a tu casa, sabedor de que sólo puede existir yendo rápido...). Cambias de destino a cada paso, improvisas, no te decides, y dejas que sea el sol y el gasoil quiénes lo hagan por ti. Mandas un recado a tus padres, coges un cuerno de la luna, lo atas a tu baca, y te adentras en la oscuridad del asfalto. Miras las marcas de la carretera, blancas y discontinuas, que avanzan sin cesar y señalan hacia dónde debes ir...

Al regresar, al concluir un periplo de aventura, no dices nada, no puedes. Quedan las imágenes, las experiencias, las meteduras de pata y los excesos, pero también el triunfo, la bondad, los rostros de la felicidad. Vuelves al punto de partida absorto, perdido: el silencio es la melancolía del recuerdo, dejó dicho un amigo, como testimonio de tal andanza. Y no hay más que decir. Tan sólo, si cabe, que el mutismo es transitorio. Porque se abrirán nuevas oportunidades.

La morada aguarda ser habitada de nuevo; requiere nuestra presencia para sentirse viva. Y, nosotros, también debemos residir en ella para sentirnos (un poco más) vivos. Adónde iremos no cuenta: sólo, que iremos, y que, mientras tanto, (lo) seremos.

Arrancamos ya (y, ahora sí, es un hecho). El motor ronronea como un gato dichoso, sabe que le espera un buen rato de placer... Como a nosotros.

Ya está (por fin...).

(Foto: El Hermitaño)

16 de noviembre de 2010

Ocio del tiempo (distracciones)



Llevo dos meses así... admirando las hojas de la parra sobre el fondo azul del cielo.

Dos meses desde que terminé mi segundo libro, que envié a un concurso de divulgación para tratar de pescar algún dinero... Quizá por eso no lo gané: por pensar demasiado en la recompensa, y no disfrutar del proceso, del resultado por sí mismo, y por esas palabras impresas en la hoja. Cuando uno antepone la satisfacción del premio, reconocimiento o compensación a la maravilla del tecleado, al lento chorreo de letras encadenadas, al milagro de poder expresarte y que los demás entiendan, entonces el arte desaparece, el gusto te abandona y la vocación se corrompe con la plaga del beneficio, el billete y la cuenta corriente...

Bien mirado, lo del premio lo deseaba más por mis padres, para que vieran que sé hacer lo que me gusta y que hay alguien lo bastante tonto para pagarme por ello... Pero supongo que no es posible. Además, los triunfadores aparecen, en la solapa, con sus largas descripciones personales: licenciados, doctores, investigadores, expertos masterizados, catedráticos, experiencia docente, publicaciones, etc. ¿Qué dirían de mí, del autor, en caso de ganar el concurso? Se limitarían, seguramente, a poner mi fecha de nacimiento, decir que me gusta mirar el cielo, sentarme con mis amigos, hablar de todo lo que nos importe, escribir memeces (como ésta...) y leer hasta quemarme las pestañas...

No tengo estudios (yo sólo poseo aprendizajes...), ni títulos (suelo tirarlos a la basura...). Aborrezco tanto estudiar que incluso siento la filosofía (que me atrae como una voluptuosa ninfa abierta de piernas esperando mi epifanía líquida) marchita y privada de encanto cuando se me obliga a seguir la enseñanza universitaria establecida; y sólo recupera su belleza y misterio al coger, en el momento que me dé la real gana, sus fabulosos volúmenes, sin esperar nada más a cambio que el placer de descubrir, e interpretar, las intrincadas y racionalmente exhuberantes argumentaciones... Por eso no estudio... porque me cansa no aprender, sino sólo memorizar. Tiempo vacuo, perdido, soso y estúpido. Y luego podrán venir los ceros, los insuficientes, las segundas matriculaciones (o terceras, o...), pero yo seguiré siempre igual.

Subo a la azotea de la casa, me espatarro cuán largo soy (y lo soy bastante...), con un cojín bajo la testa, con músicas pegadas a las orejas y un gato al que atrae la idea de dormitar cerca de ellas (oigo un ronroneo, siento un ligero rozamiento peludo...), me acomodo, cruzo las manos sobre mi barriga, y empiezo a contemplar: nubes que avanzan y se detienen, evanescentes; soles brillantes que abrasan la mirada; aviones que dejan rastros extraños en el cielo; halcones que surcan el azul y se dejan llevar por los ascensores de aire; una media luna perfecta que oculta mil secretos en su superficie de polvo más antigua que todo ser...

Y, mientras todo ello sucede, mientras repito la ceremonia casi todos los días (adjunten también caminatas, películas, lecturas, miradas a las chicas guapas [pero no a las sólo que aparentan serlo...], charlas con seres queridos [a tu lado o a miles de kilómetros] y alguna cosilla más...), mientras todo ello sucede, digo, me voy citando cada día con una recién aparecida en mi vida, a la que estimo como si la conociera desde siempre, y la voy mimando, limpiando, adecentando, poniéndola bella y dándole todo lo que necesita... Una amiga que ya ha entrado a formar parte de mi existencia (y yo de la de ella), y con la que espero correr algunas juergas en la carretera dentro de bien poco... Juergas, digo, sí, pero de las mías... no se me malinterprete.

Por cierto, una amiga que poco me ha costado conseguir. He tenido que pagar, desde luego, no porque su amistad sea comprada, sino porque estaba encadenada en una sucia casa de compraventa y su amo exigía dinero a cambio de su libertad. Y sentía que me llamaba... que me pedía a gritos librarla de su cautiverio. Y no pude resistirme. Ahora vive junto a mí, y aguarda brindarnos aventuras inconcebibles... Y lo hará mejor que con cualquier otro, por agradecimiento, porque la he salvado de unas garras avariciosas, y sabe que conmigo está a salvo.

Así llevo dos meses, mirando la parra, absorto, haciendo pequeños planes, ignorando mis obligaciones y paseando de continuo con mis devociones, con el otoño dentro de mí, recogido, pero despierto, con el zurrón casi lleno (es lo que tiene no dejarse atrapar por los bancos, y ello aunque no recoja billetes desde hace más de un año...) pese a mis gastos, olvidando el futuro lejano y pensando en el ahora (al contrario que he hecho casi siempre).

¿Irresponsable? No, ocioso, en el sentido magno de la expresión, por poseer tu tiempo y emplearlo como mejor te plazca, sin ataduras, sin ligas ante nadie (ni siquiera ante ti mismo). Luzco como un ermitaño, desde luego, porque el euro nunca se destina a la estética, sino al esteticismo, porque no debo dar las gracias a ningún capo, a ese jefe henchido de peloteos, y porque al sentirse ocioso uno deja de lado las chorradas de esta vida moderna y llena de lo vacío, y empieza a saborear cómo es el vivir sin exigirse nada.

Y uno sólo puede crecer enmedio de la quietud, en un paisaje que deje que respires a tu aire, que no reclama nada, que es y está y evoluciona a su ritmo. Ociosidad no es sinónimo de pereza, de aburrimiento, de sentarte en la butaca ante la tele, sino de percepción, de sentimiento, de gozo, porque abre las puertas del universo que se complace ante sí mismo, y no del que siempre pide y reivindica. Éste universo está podrido, lo han podrido los hombres con sus ansias de crecimiento sin fin, de ganancia sin término. El dinero, el mismo con que he liberado a mi amiga, es el responsable, pero sobre esto ya se hablará.

Lo dijo ya Stevenson (claro): "Y para qué, Dios mío, tantos afanes? ¿Cuál es la causa por la que amargan sus vidas y las de otros? Que un hombre pueda publicar tres o treinta artículos al año, que pueda o no terminar su gran pintura alegórica, son asuntos de poca importancia para el mundo". Que un hombre sea licenciado, gane millones, sea un atleta del ADO, maneje la política de un país, o se envilezca cada mañana sentado en su oficina amasando peniques... ¿tiene alguna relevancia cósmica?

Ésa es la estafa: creer que debemos hacerlo. Sentir que si no, perdemos la dignidad, la humanidad. Quien no sabe qué hacer con su tiempo no es un ocioso; es un torpe. Quien sabe cómo gestionar (perder) el suyo es un sabio. El tiempo es nuestro.

Y quien no lo tiene es el esclavo, el indigno, y el inhumano.

(Fotografía: El Hermitaño)

25 de octubre de 2010

La (auténtica) modestia



"Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos..."

Rufo Quinto Curcio, siglo I.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de octubre de 2010

Confía sólo en ellos...



Sólo en quienes te miran a los ojos.

Sólo en quienes te escuchan sin pensar ellos mientras tú hablas (es fácil saberlo, sus ojos ausentes y apagados les delatan).

Sólo en quienes no tratan de conseguir algo para su propio beneficio (también es fácil saberlo, sus ojos brillantes y avariciosos les delatan).

Sólo en quienes te abrazan sin esperar nada a cambio.

Sólo en quienes brindan lo que necesitas y no quieren que les des nada.

Y, sobretodo, sólo en quienes están contigo sin necesidad de palabras, gestos, ni hechos: quienes no precisan llenar la ausencia de sonidos con las primeras, la ausencia de contacto con los segundos, y la ausencia de actividad con los últimos.

Aquellos quienes, sólo con tenerte a su lado, ya lo ofrecen todo, son en quienes merece la pena confiar.

Buscádlos; son el tesoro que sostiene la estructura del mundo, el sentido del universo, y el destino de la Humanidad.

Por ellos, sólo por ellos, ya merece la pena vivir.

(Fotografía: El Hermitaño)

7 de octubre de 2010

Cinco años (el sueño y la pesadilla)



Hoy, justamente hoy, se cumple un lustro desde aquel 7 de octubre de 2005, tan maravilloso como fatídico, que marcó -quizá para siempre- el camino a seguir de cierto ermitaño andarín y desgarbado, el mismo que tras cinco años esto escribe.

Fue, a partes iguales, un día de emociones fuertes. Yo montaba, por vez primera, a lomos de un caracol con ruedas, que me habían prestado unos tipos feos a cambio de una módica cantidad. Surcaba la carretera con prudencia, ya que el cacharro medía más de seis metros por casi tres de alto, y yo nunca había ido a los mandos de algo mayor que mi querida "caixeta". A mi lado, el amigo, el que siempre está y es, miraba el paisaje y pensaba en lo que nos podía esperar durante cuatro días de pérdida por las rutas de la España profunda. El caracol avanzaba, el miedo se perdía, y empezaban las emociones. Aquel monstruo iba solo, y nos llevaba quién sabía adónde.

Al mismo tiempo que dejábamos atrás tierras conocidas, mi madre, obsesa de la lejía y el estropajo, subía en casa a una de esas pequeñas escalerillas de tres peldaños para alcanzar el plafón de luz y arrebatarle el polvo acumulado en las últimas veinticuatro horas. Hizo un pequeño esfuerzo, estirando demasiado la pierna para limpiar también la cadena que enlazaba el trasto con el techo, y exactamente en ese momento (mientras yo conducía en busca de mí mismo a través de las estepas castellanas, contento e ingorante), su pie perdió apoyo y se fue al suelo, haciendo descansar todo el peso de su cuerpo sobre la tibia y el peroné, que se pulverizaron en mil pedacitos. Cuando justo iniciaba yo la aventura, mi madre iniciaba su drama. Pocas posibilidades había de que pudiera volver a caminar bien (los traumatólogos aseguraron que nunca habían visto huesos astillarse, hacerse añicos, de esa forma...); la cojera, dijeron, quedaría para siempre. Pero no; se equivocaron. Cuando mi madre sale hoy a la calle y calienta el "motoret", como le digo cañirosamente, incluso a mí mismo me cuesta seguirle el paso. Por suerte, cuántas veces se equivocan los médicos...

Tras atravesar los secos y amplios terrenos centrales, y después de la visita obligada a la ciudad del bohemio por excelencia, llegamos nosotros dos a O cebreiro y se nos vino la idea loca de "secuestrar" el caracol, decirle a los feos aquellos que nos lo habían robado, y emprender un viaje por toda Europa sin que lo supieran... Una tontería, claro; nos hubiesen pillado enseguida, si hubiésemos tenido huevos para hacerlo, algo que fue el caso, desde luego. Pero a esa idea loca le siguió otra que no lo era tanto (o no lo parecía, al menos). Allí, descansando en el lomo de una montaña baja tapizada de hierba, y mientras la lluvia arreciaba afuera y la niebla llenaba los valles, le hice una promesa al amigo: le dije que la próxima vez que me situara a los mandos de un caracol con ruedas ya no sería un arriendo temporal, sino una posesión para siempre. La próxima vez, aseguré, el caracol sería mío.

Hoy, siendo sincero, me arrepiento por emplear tales términos posesivos. Yo nunca poseeré nada, nunca tendré nada, nunca nada será mío. A todo caso, aquello que sea formará parte de mi vida -o yo de la suya, si la tiene-, y eso será todo (que, a fin de cuentas, es lo que importa).

La promesa se las traía, porque a mí trabajar (ese trabajo que nunca me hace sentir nada, que no hace que viva, sino que muera lentamente...) siempre me ha causado sarpullidos, accesos de fiebre y diarreas estratosféricas. Y porque, a la sazón, mi cuenta corriente no mostraba más que cifras de tres dígitos... Cómo iba a arreglármelas para sacar adelante el juramento era entonces algo aún nebuloso.

La promesa ha vivido, expectante y paciente, hasta el momento en que pudiese dejar de serlo y transformarse, cambiar de un "será" en un "es". Al mismo tiempo que celebramos (porque ella, mi madre, está viva, coleando y rebosante de salud) los cinco años de aquel trágico hecho, que por poco descuartiza mi vida en un agobio de tareas domésticas inacabables, la promesa ya no existe. Ya no habrá más "queda poco", "cuando venga quizá podríamos...", "¿adónde iremos cuando al fin llegue?", porque eso pertenece ya al pasado.

Sea buena o mala la elección, haya acertado o sea una ruina, el sueño se ha roto. No más esperas, no más tiempo de interludio. Fin del sueño; la (nueva) realidad manda. La pesadilla ya pasó; sólo queda el recuerdo.

Adelante: carretera y manta (y caracol), cielo abierto sobre nuestras cabezas y horizonte despejado ante nuestros pies.

Unos días y arrancamos. Unos pocos preparativos, mirar algunas cositas básicas, y a la calzada.

Ya huelo el aroma a asfalto...

(Imagen: El Hermitaño)

23 de septiembre de 2010

La gente (tres diatribas)



Luego preguntan por qué me distancio tanto de la gente. Por qué me aparto de las muchedumbres, de las multitudes, pero también de individuos particulares, en singular. ¿Será porque todos me desagradan, me repugnan, incomodan y hastían...? ¿Todos? Bien, todos no, pero sí su práctica suma. A quien le joroban los perros o las arañas habla de su desprecio hacia ellas en genérico, aunque a veces encuentre graciosas las telas y sus hacendoras o los simpáticos coleteos de un cánico juguetón. No podemos meter a todos dentro del mismo redil, pero convengamos en que la mayoría comen la misma... hierba.

Sé que es inadecuado juzgar a las personas por una única acción, pero voy a hacerlo de todos modos. Aunque peque de presuntuoso y tendencioso, aunque deba soportar algún que otro guantazo... En ocasiones uno debe sacar la malicia, la saña, y darle barra libre. En último término limitándola a estos contextos es inofensiva, porque tu ira surge de ti y nunca llegará a ellos... No hay deseo de hacer daño, sólo de dejar constancia de tu malestar. El misántropo necesita de la sociedad para cabrearse y saciar su sed de cólera, para saberse vivo, lanzando pullas a las huestes gregarias. Ése no es nuestro camino.

Con todo, ofreceremos ahora tres presentaciones humanas execrables halladas en respectivos sábados consecutivos (prometo otros tres de excelsos encuentros en un futuro próximo).

Uno: me la encontré en medio de la calle. Tiene dieciséis años, ha salido mujer, y es mi prima. Apenas la veo, por la gracia divina. Pero en ocasiones tropiezo con su figura, a medio hacer todavía. No es muy agraciada, mas con las toneladas de pintura que acumula en su rostro lo disimula bien. Se enfunda en pantalones ajustados, el escote se abre generosamente y percibes germinales señales de senos. Advierte mi presencia desde lejos, me mira de arriba abajo, sin decirme nada, y en su cara empolvada y coloreada aparece una mofa por mis pintas (pantalón corto, sandalias, camiseta de tirantes, mochila a la espalda...), desacordes con el espíritu del sábado nocturno. Le acompaña un monigote de feria cabeza de repollo, muy molón él, que la estrecha hacia sí y se enroscan ambos en una algarabía de lenguas y babas. Yo agacho la cabeza un instante, y para cuando nos encontramos, vuelvo a mirar, para saludar (es mi prima, después de todo...), pero ella pasa de largo sin decir nada, sin importarle nada, sin ser nada yo para ella. Ella, esa mocosa que ha nadado en mi piscina, jugado con mis juguetes, a la que veo todas las putas comidas de Navidad con el pelo sobre su frente, engullendo a la espera de los billetes, esa mamarracha impúber no se digna ni siquiera a cabecear para saludar a un familiar. ¿Qué clase de subnormal es? ¿No se merece que el próximo día 25 de diciembre sirva yo el puchero y se lo derrame todo muy bien sobre su testa perfumada y a la moda, y que acabe su faz desecha en una sopa caliente de arroz y garbanzos?

Dos: estaban un par de amigos, dos hermanos, debatiendo sentados tranquilamente en un banco cualquiera de un parque cualquiera de una ciudad cualquiera. Las palabras se referían a física cuántica, a proyectos literarios y a viajes futuros tras el rastro de las estrellas y los crepúsculos. Nada raro en ellos. Entonces, mientras hablaban, se acerca un cerdo pigoso, una bola de sebo tan impúber como lo es mi prima, y, con los ojos vidriosos por el porro, les pregunta a aquellos dos si estarían en disposición de luchar con uno de su pandilla, asentada en otro banco del parque y cuyos miembros miraban expectantes. Los dos hermanos responden que no, que no están nada dispuestos (lo suyo son las “luchas dialécticas”, dice uno, aunque duda que el puerco sepa qué óstias significa eso...). Entonces, cuando el animal chilla a los suyos que no habrá patadas ni puñetazos, aquellos empiezan a acercarse. Y empiezan a incordiar. Uno hace gala de sus músculos, otro les impulsa a la lucha, y el cerdito pregunta qué llevan los dos amigos en sus mochilas... Hay un momento de inseguridad, los hermanos creen que acabarán de todos modos con sus dientes en el suelo. Pero la sangre no sale de sus cuerpos. La droga no es tan fuerte, y el lerdo vigilante del parque pronto regresará. Así que abandonan la intentona, no sin antes el piggie pedir, reclamar y ordenar a los dos aturdidos amigos (“¿sois maricones?”, les suelta también) algún euro para costearse la merienda. Ante la nueva negativa, esta algo más enérgica, se despide de ellos con un “Me cago en tus muertos”, y el cerdo maloliente se retira echando vistazos para tratar de encontrar otras víctimas propiciatorias. ¿No merecían, en efecto, una buena tunda? ¿No hubiera valido la pena romperle algún hueso a ese gorrino, restregarle su gorda cara por el suelo hasta que pidiera clemencia? De no haber sido los dos amigos un par pacífico y poco dado a las reyertas –quizá por eso trataron de luchar con ellos, porque eso se ve– el hospital hubiera engrosado sus listas de pacientes aquel sábado por la tarde. ¿Quién coño creyeron que eran para interrumpir el sagrado discurso entre los hermanos? ¿Es eso lo que suelen hacer los quinceañeros, es su razón de ser, su actividad usual en cuanto se reúnen en pandillas y fuman un poco? ¿Qué harán, pues, a los veinte? ¿Y a los treinta?

Tres: Juanma tiene treinta, ya. No busca peleas; busca dinero. Vende una casa rodante. Antigua, sencilla, pero encantadora. Pone un anuncio en Internet. Hay uno que lo ve antes que nadie –yo–. Quedamos conformes para esa tarde. Me hago los cien kilómetros que separan nuestras casas para echar un vistazo y, si convence, quedármela. En principio, la cosa promete. Una vez allí se confirma mis sospechas. Pero él desconoce dos o tres cuestiones importantes respecto al vehículo. Nos despedimos diciéndole que ya le llamaré en breve para que me resuelva las dudas y, tras un tiempo de reflexión, decirle si me interesa finalmente o no. Vienen unas personas de Elx, también para verla. Yo no me preocupo: soy el primero, tengo el derecho de hablar antes con el propietario. Y, en función de lo que yo decida, los demás tendrán o no el caramelo. Así que vuelvo tranquilo a Gandía, esperando la respuesta a mis preguntas. Pero Juanma es un cabrón, un pesetero, un payaso irresponsable: en cuanto aquellos del sur presentan una señal, se vuelve loco y les apalabra el caracol. ¡¡Y luego me llama para decírmelo!! Como si te dijera: “mira, te he tomado el pelo, pero no lo hago sin contártelo”. Su suerte fue vivir en Sagunto, y no más cerca. Los gitanos al menos iban con su verdad por delante, y sabías a lo que atenerte. Con Juanma todo parecía bastante sensato, un mundo de razonable bondad, de madura amabilidad; mas todo era falso. Como su sonrisa, como su persona. Éste también merecía unos azotes, una buena zurra. Arrancarle algún diente, y que volviera a su casa, con su hija y su mujercita, con el labio partido y un moratón en el ojo.

¿Sí o no? ¿Están este energúmeno aprovechado, aquellos idiotas musculitos y la cenicienta teñida y de rostro mugriento en disposición de ser pisoteados con nuestras botas de clavos y vapuleados con mazas y garrotes? ¿Qué carajo sucede los sábados por la tarde y al nacer la noche? Da la impresión que hay un efluvio brotando de la tierra que infecta las mentes de la muchedumbre, y los trastorna en un momentáneo episodio de memez e imbecilidad. ¿O es un estado permanente? ¿Son todo tan gilipollas como aparentan? ¿O el gilipollas soy yo?

¿Qué espero para el próximo sábado al atardecer? ¿Otra muestra más de la estupidez social? Sí, desde luego. Ya no van a sorprenderme. Lo espero todo. Todo lo peor. Que me rompan los huesos, que se mofen de mi desgarbo, que traten de engañarme. A mi ya me da igual. Ya conozco a la gente.

Lo siento muchísimo, pero por mí que se mueran todos ellos. No son nada. Sólo me importan los míos, que son los que valen, los que cuentan, los que comparten, y los que te abrazan.

Os quiero. Sabedlo. A vosotros y vosotras.

A los demás, que les parta un rayo...

(Imagen: El Hermitaño)

23 de agosto de 2010

El día



Me levanto a las siete y media. No trabajo; no estudio. “Qué gos eres, qué gos...” me suelta mi hermana cuando viene a visitarme. Bueno, quizá sí, pero así me gusta la vida: perro o no, yo sólo vivo. Y así, hasta cuando pueda; hasta que el plato esté vacío, o la soga rodee mi cuello.

Sale el sol. Salva las montañas de levante y aparece, rutilante. Augura un buen día. Otro más. Me desperezo bajo su luz. El gato aparece por lo bajo, refregándose. También él está dichoso; Ra lo enciende todo. Tenues nubes se esparcen por el cielo. La luna se dirige a las catacumbas del mundo, mientras éste abandona su escondrijo nocturno.

El zumo refresca mi gaznate. El pedazo de pan, de ayer, le acompaña. Como mientras el gato palpa con su zarpa una hormiga que transita por los suelos. El sol sube, un poco más. Ya calienta. Hoy nos espera bochorno, mas a un paso tengo la alberca. Diminuta, pero lo justo para el refresco diario.

Agarro la hamaca, los libros y empiezo la marcha. Foucault pesa, quema, languidece. Estimula, sí, pero a pequeños sorbos. Cuesta, las palabras se arrastran, debo parar cada poco. Trago, pero el digerir me atormenta. Ortega, por el contrario, no falla, nunca decepciona. Podrás concederle la razón, o no, pero jamás aburre. Y siempre ilustra, muestra, exhibe un lenguaje, un poderío fraseológico sublime, inimitable. Y todo bien dicho, claro, manifiesto. Será difícil; pero no te engaña. Lo entenderás, aunque no quieras. Así son los maestros.

Después, con la mente tersa por la brisa matinal y enriquecida con las gramáticas ajenas, conecto el aparato. Me quedan un par de capítulos por escribir; y tengo un par de semanas, tan sólo. Debo terminarlo. Es una obligación autoimpuesta. Nadie me lo pide; pero yo me lo exijo. Exprimamos un poco la mollera; demos algo de urgencia a la palabra, como si la próxima comida dependiera de ello. No es así, pero hagámoslo. Hagamos un tour de force, y a ver si, tras la carrera, merece salvarse algo. Si no, ya habrá tiempo de volver a la basseta d´oli, la quietud vital, el vivir lánguido. Pero, ahora, metamos caña al ser. Y después, lo que venga.

Me reclaman. Primero la madre: “Pon un poco de pasta ahí, hijo, que yo no llego”. Desgracias de ser un larguirucho... Estiro el figura desgarbada, pongo el pegote de masilla, un pedazo me cae cerca del ojo, y relleno el agujero. “¿Algo más?”, pregunto. “¿Cuando vas a por el yayo?”, me pregunta ella a su vez. Y, ¡óstias!, sí, casi me había olvidado del viejo... Así que dejo la pantalla iluminada con mis impertinencias, me visto en un santiamén y subo al coche. Arranco y se para. “Bieeennnn”, me digo. Nació en el 93; supongo que le queda poco, ya. Luego, contacto de nuevo. ¿Sí? Sí, ahora vive otra vez.. Salgo pitando, alguien hace sonar el claxon detrás de mí. Algún tocapelotas, seguro.

Llego a la huerta. Él me espera bajo la higuera. Lo de siempre: sombrero de paja, esos pantalones de fontanero, 88 años y una vida que parece eterna. Lleva un par de pequeños cestos con higos, verduras y hortalizas. Y ya ha recolectado las sandías. Se suponía que debía hacerlo yo... En fin, las cargo en el maletero, contemplo aquella tierra tan trabajada, tan llena de todo, de tanto alimento para el cuerpo y el espíritu, y le llevo a su casa. Saludo a mi abuela, que baja a recibirnos. “Gracias, gracias”, me suelta. No las merece, en absoluto. Sólo por el olor al terruño iría a todas horas allí; quizá por eso mismo él, mi abuelo, también lo haga. Porque no hay nada como vivir cerca de la tierra, de una tierra que moldeas con tus manos y que, a continuación, brinda el nutrimento para que sigas vivo y disfrutes de su pitanza. A cambio de un poco de transpiración y dedicación.

Descargo e introduzco las inmensas sandías (unas quince, que pesan más de diez quilos cada una) hasta su lugar de reposo. Él, el abuelo, en el trayecto, no para de repetirme: “Y eso sólo con ocho matas, y además están como el azúcar de dulces”... Le brillan los ojos; se le ve contento, aunque me dice que éste es el último año que planta nada. “Demasiado trabajo”, asegura, mientras se seca el sudor y de la frente y se planta la gorra en su pelada cabeza.

Tal vez el próximo año deba hacerlo yo. Soy el único que puede (por motivos laborales, se entiende), y el único al que puede interesarle (por motivos vitales, se entiende). Pero él, mi yayo, no es buen maestro; como Ortega, es sabio, pero no sabe enseñar como lo hace éste. Bien, ya me las arreglaré, supongo. La tierra es mi próximo lugar de trabajo (y de deleite). Ya se verá, ya.

De nuevo en la casa bajo el Molló, el bálsamo de la balsa, la gracia del agua. Salgo nuevo, chorreando bienestar. La comida rellena mi estómago vacío, carga las pilas de energía y amodorra el organismo. La siesta dura veinte minutos, pero parece la gloria.

Y aún queda medio día por delante. Caminaré algo, tomaré un refrigerio, cazaré algunas zarzamoras, echaré un guiño al sol, perseguiré al gato, soñaré con la que perdí y continuaré dándole a las teclas, en busca de la idea, la palabra, la frase, el párrafo y la página. Y, hacia las ocho, me sentaré en las escaleras, como hago siempre, y veré el adiós de la divinidad. Y así sucesivamente... Un día tras otro.

¿Qué más pedir? Creo que nada. O puede que, tal vez, tal vez...

...¿A ti?

(Imagen: El Hermitaño)

9 de agosto de 2010

Noches...



Sábado por la noche. Casi las diez. Oigo cornetas de ritmos repetitivos brotando de vehículos que circulan a toda velocidad por la carretera. Más cerca, grupitos de gente moderna atraviesan la calzada persiguiendo garitos y antros de moda. No los veo; los presiento. “Pero qué borregos”, me digo, y al instante siguiente: “Olvídalos. Tienen lo que quieren. Como tú. Después de todo, no hay tanta diferencia”.

Y sí, es cierto. Cada cual persigue su sueño, elige (es un decir, pero este es otro tema...) sus movidas y vive según ciertos principios. Mejores o peores. No me cabe duda de que todos escogemos lo que pensamos que nos más conviene. Algunos acertarán; otros sólo creerán que lo han hecho.

Sólo hay una (bien, hay mil, pero dejósmolo...), una diferencia que no separa, y un “pero” que les tengo que reprochar: que no se enteren de que hay algo más que hacer, que lo hecho por ellos no es imperativo en absoluto, que existen otros modos de vivir ese lapso de tiempo. Porque sentía una ligera escozor cuando, en años juveniles (y aún en los que no eran tanto), me preguntaban a menudo si yo “salía”, si iba “a algún sitio” los viernes y sábados noche. A veces respondía con un molesto y simple “no”, otros les aseguraba que aquello no me iba nada, que lo encontraba aburridísimo (rostros estupefactos, sonrisillas de suficiencia y, enseguida, te encontrabas a solas...). En pocas ocasiones la conversación seguía y alguno, tontorrón a más no poder, demandaba una explicación: porque claro, si no ibas allí y hacías“eso”, entonces ¿qué óstias hacías un sábado noche?

Algunos ejemplos: Leer, escribir un poema (o un texto como éste...), disfrutar de alguna película, cenar con alguien que te importe (o no), echar un polvo (pero sin ritual previo), pasear por un camino no iluminado, conversar con un amigo o amiga (pero no charlar ni chismorrear, sino conversar, sacar las entrañas para que el otro las examine y decida si vales la pena o no eres más que una mierda...), contemplar la Luna (no un minuto, sino tres horas, sentirla, amarla, penetrarla...) o las estrellas (pensar en ellas, recordar que eres ellas, notar cómo están en ti...), no hacer nada (pero nada en absoluto, nada de nada, para saberlo todo y ser consciente de TODO), sentarte a tu lado (¿se puede?) y estar al tanto de lo que hay “aquí” (allí), mover las figuras del ajedrez hasta que se configuren en algo con sentido (y leamos sus mensajes), dar vida a las piezas del puzzle, ver las artimañas de la araña o los brincos gatunos tras los ratones, extasiarte ante el rumor del viento, observar el ondular de la parra mientras sueñas despierto, anhelar una presencia tanto hasta que sientas dolor, rememorar ese pasado perdido que te hizo hombre (o mujer), abrir los trémulos brazos hacia lo alto (no hacia las montañas ni las estrellas, sino hacia lo que está aún más allá, lo que está más allá de todo y de ti...) y sentirte unido, cosido al mundo, amado por él, y saber que nunca estarás solo, aunque siempre lo estés...

Y así hasta mil cosas más. O mil millones. Poned una moneda en el tocadiscos, y elegid vosotros. Entonces el tontorrón cierra la boca (la había abierto mientras duró nuestra respuesta...), asiente con su cabezota y empieza a comprender el “algo más” que hay, aquí y en todas partes, además de lo que él supone que “debe” hacerse el viernes y sábado por la noche.

Soporto muchas cosas, hasta la mayor imbecilidad posible, pero no que un petardo quinceañero ignore esto, que su mollera fofa y aún poco densa no entienda que lo decidido por él no pasa de ser una opción, no “la” forma de vivir la juventud. Y aún más asco da que, después, los cochinos seriales televisivos (españoles, quiero decir) reproduzcan hasta el vómito el cliché juvenil (la juerga y el mogollón, el alcohol y el sexo, como sus señas de identidad), mientras la otra juventud, esa que existe sin hacer ruido, sin romper contenedores o emplear armas blancas, que no acude a la llamada del poder ni la chusma, esa que disfruta sus noches de mil modos diferentes (y uno puede ser, y es, acudir a las catedrales del histerismo, de vez en cuando), esa otra juventud pasa desapercibida, sin que nadie la oiga (aunque tanto diga, y tanto tenga que decir). Aunque merecía ser escuchada, quién sabe si quizá en su silencio esté su fuerza.

Una elección vital jamás debería degenerar en dogmatismo, en el fanatismo propio de los intolerantes.

Ya son casi las doce. Les oigo en la distancia. Ellos a mí no. Salen a la calle; subo a la terraza. Se besan, saludándose; miro al gato, que dormita silencioso. Buscan afanosos con la mirada un rostro cómplice; contemplo las luces que brillan sobre mi cabeza, buscando un guiño. Cierran la puerta, al entrar en el antro; cierro yo también la mía. Apago las teas; ellos las encienden. Cierro los ojos; ellos hacen brillar los suyos.

Sábado noche. Tienen lo que quieren; tengo lo que quiero.

(Imagen: El Hermitaño)

2 de agosto de 2010

Empleo y plata



Estar sin trabajo, visto con los ojos de otros, sería una tragedia; para mí es la gloria, el cielo, el paraíso total. Vale, no agrando la cuenta, no pasa moneda alguna por mis manos y el fajo se reduce sin parar... Pero no importa; así lo prefiero. Veranos atrás la pasta se amontonaba poco a poco y yo no podía vivir (achaques, diarreas, mal genio, hastío...); ahora que no la veo, que he dejado de perseguirla y empieza a desaparecer lentamente, todo recupera lo mejor de sí mismo, y uno puede centrarse en el cuento de vivir. Y, sólo entonces, este chiste que dan por llamar vida vuelve a tener gracia.

Es lo de siempre, ya se sabe: la gente no sabe vivir sin trabajar; pero yo si trabajo nunca sé cómo vivir. No importa lo que haga (peón industrial, recepcionista, repartidor...); el estómago lanza maldiciones, la rebelio carnis se pone en marcha y acabo desencajado, arruinado y deshecho. Una porquería de hombre, un renacuajo, un pordiosero. Me pierdo y sólo sé que me encontraré cuando todo acabe. El mundo (este, el que nos dan, no el de verdad, el que está ya hecho para disfrutarlo) no es para mí. Yo sólo quiero vivir, no que me aten a la silla eléctrica y pidan, encima, que yo mismo apriete el botón...

Ellos (ya sabemos quiénes son) tienen su mente puesta en el de “nueve a cinco”, las vacaciones, la “educación” (¡ja, ja y ja!) de sus hijos, las puñeteras facturas y los préstamos a devolver, el añorado carruaje nuevo, el dilema de la decoración del pisito... Y, claro, todo ello requiere trabajo, detenerte en nóminas, cobros, pagarés y recibos. Cavilas cómo puedes trabajar menos, ganar más, pagar lo mínimo, pero sin parar jamás, sin dejar que pase un tiempo improductivo, baldío en capital y huérfano en ganancias. Y entonces, sin darte cuenta, ya te han pillado, te han cogido bien por los huevos y te amarran para no soltarte de ningún modo. Y tú, sin casi quererlo, arrastras a tu familia, a esos que tanto dices que quieres, al mismo hoyo, a la misma mierda, los embadurnas bien de por vida con ella, y cuando están a punto de clavar las últimas tachuelas en tu ataúd, sonríes, te despides con un “adiós” sentido y esperas que todo les vaya muy bien. Sí, muy bien señor mío, así se hacen las cosas.

Y, tal vez en el más allá, lo sepas. No todo, sólo una parte, pero la que importa: que nada valía tanto la pena como la vida. Y que lo que tratamos de obtener para llenarla, ponerla guapa y darle un toque de carmín, convirtiéndola en una estrella de cine, no era más que un repugnante disfraz, para cubrir su rostro, y que no pueda mirarnos directamente. Eso no es la vida, es un circo. Y el circo, aunque fabuloso y romántico, es falso. Como falsos somos algunos.

El trapo no es nada. El motor no es nada. El ascenso no es nada. El botín no es nada.

Las estrellas lo son todo. La Luna lo es todo. La araña lo es todo. La sonrisa (auténtica, no demacrada, no brotada de la impostura) lo es todo. El abrazo de un niño lo es todo. La caricia de la (o del) amante lo es todo. El incienso de una iglesia lo es todo. La ladera de la montaña lo es todo. La silueta de un cuerpo desnudo lo es todo. ¿Sigo?

Olvídalo, y hazlo olvidar. Que no vale nada, que no es nada. Que no te pille. Ni a los tuyos. No huyáis nunca, pero ignoradlo siempre. No le escuchéis. Viene a por nosotros. Unos caerán. Sufriremos, pero a lo mejor podemos ganarle, algún día.

Espero que, quizá, tú también.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de julio de 2010

¿La encontré?



Estas cosas son cíclicas; me tropiezo, con ellas, cada cierto tiempo, con una periodicidad sorprendentemente exacta. Parece que la Providencia gusta de brindarme su aparición inesperada siguiendo un patrón temporal algo lato, pero no tan dilatado como para que las olvide por completo. Vienen y van. Se introducen, se engarzan en tus fibras, sueñas con ellas, y entonces desaparecen. A veces lo quieren ellas; pero nunca tú.

La primera, la inicial de esta serie recurrente, hizo su aparición cuando dejé de estudiar y me dediqué a ser, hace ya más de una década; la última me ha cautivado hace un par de días. Todas tienen bastante en común: despuntan, deslumbran, fascinan, tienen ese “algo”, un “resplandor”, una emanación que las hace distintas, que les hace ser únicas. Sólo puede sentirse, no explicarse. Estás en una habitación con otras veinte féminas, algunas verdaderamente imponentes, pero no les prestas más atención que a una boñiga de cabra: sólo a ella, a aquella que brilla. Ésas son; brillan tanto que eclipsan.

¿Por qué? En este postrer caso, tal vez por su forma de entrar en el aula, iluminando la estancia, sin necesidad de electricidad; tal vez por cómo se recoge el pelo, o como dormita, descarada, mientras se explica la lección. O porque, inquieta, siempre trata de compartir, de hacerte partícipe de su mundo. Quizá, también, porque brotan de ella mil ideas, algunas adorables, otras triviales, pero cuya fuente no parece agotarse nunca. Tal vez porque siempre tiene algo que decir, porque todo le importa y, al mismo tiempo, parece indiferente, mientras observa las traviesas del techo y bosteza poniendo los ojos, esos ojos de dos colores, en puro blanco.

Cuando hablas con ella (ellas dan siempre el primer paso, recordad otra de sus particularidades...), tales ojos chisporretean, juguetones. Uno, negro como el cielo, invita a recorrer los mundos del más allá; el otro, castaño como la tierra, seduce para hacer de ésta un paraíso. Su voz es fuerte, pero no carece de cierta dulzura. Departe con todos, sus palabras suben y bajan, impregnan las paredes y hace volverse a los que tiene cerca. Sabes que en ella hay un universo de posibilidades, algunas sublimes. Te escuchará siempre, te mirará hasta el fin, puede que incluso te siga (y tú a ella) hasta que se termine el camino.

Mientras las demás arreglan sus joyas, miran sus curvas y tratan de que no se les arrugue el vestido, ella subirá a su escoba y explorará la noche. Guiñará un ojo (¿el negro, el pardo?) a la Luna, acariciará a Vega, acompañará al Cisne en su vuelo nocturno, buceará en el brazo de Sagitario y aguardará la salida del Sol.

Después, cuando el terremoto cede y sólo queda un mero temblor emocional, piensas si será para tanto. Si, de haberla escrutado mejor conociendo algunos de sus arcanos personales, no te hubiese defraudado, como con tantas otras ha ocurrido. Pero para entonces ya ha desaparecido, ya se ha montado en su escoba y surca el cielo, rociando la patria del firmamento de singularidad y locura, de sonrisas y excitaciones, emborrachando y dejando con la miel en los labios.

Como todas ellas, acaba por seguir su camino. No las puedes apresar, igual que el agua que mana de un surtidor. Llenan todo y luego te vacían, dejan un hueco, y sólo puedes anhelar el encuentro siguiente. Que sabes que llegará, en algún momento. La rueda regresará al lugar de partida, volverá a haber otra “ella”, hechizante y rompedora. Cuando, nunca lo sabrás. Pero ahí están. Recorre las calles, entra en cualquier parte; aparecen cuando menos lo esperas, cuando no las persigues.

Una entre mil, una entre un millón. Y sólo ella es. Sólo ella.

Ella.

(Fotografía: El Hermitaño)