26 de febrero de 2011

Paraísos cercanos...

Estoy seguro de ello. No necesito realizar grandes viajes, ir al otro lado del mundo, moverme hasta el último rincón del planeta. Sería glorioso hacerlo, desde luego: viajar y entrar en contacto con países y culturas distintas es la forma más sublime de vivir. Pero quedarme "aquí", en estas comarcas levantinas, e ir lentamente abrazando parajes, descubriendo los ambientes que me rodean (ignoro casi todos ellos, todavía), ya es un obsequio más que suficiente para mi espíritu.

A veces huímos, nos alejamos todo lo que podemos, tratamos de llegar cuanto más lejos mejor; y, sin embargo, al otro lado de casa a veces (estoy tentado de escribir "siempre", porque así lo siento) podemos hallar todo lo que necesitamos. Paz, silencio, amistad, naturaleza, belleza, y amor.

Eso no obsta a realizar algunas grandes rutas, viajes titánicos en tiempo y espacio (pretendo cubrir los dos próximos meses a lomos de mi casa rodante y a mil kilómetros de esta tierra costera... veremos cómo acaba esa locura...), pero sepamos, tengamos consciencia de ello: junto al hoyo en donde metemos la cabeza día a día, en donde residimos de ordinario (y de donde, tan a menudo, queremos tontamente salir) ,es ahí en donde podemos satisfacer casi todas nuestras inquietudes y necesidades.

Y si, además, disponemos de un medio de disfrutar al máximo de los parajes que hollamos, un medio que permite sentir, otear, paladear, meditar, dormir y soñar en ellos, un medio que te protege, que es tu santuario móvil, entonces el placer es gloria, y la felicidad, puro éxtasis.

¡Salut, y buenos viajes para todos!



Gaianes, febrero de 2011



Castell de Perpuxent, L´Orxa, febrero de 2011



Embalse de Beniarrès, febrero de 2011



Mirador de la Vall, Vall de Gallinera, febrero de 2011



Beniarbeig, febrero de 2011



Cementerio de Pego, enero de 2011



Castell de Forna, enero de 2011



Platja de Piles, enero de 2011



Alqueria del Duc, enero de 2011



Ermita de la Xara, enero de 2011




La Drova, solsticio de invierno 2010




Platja de Piles, diciembre de 2010



Barx, diciembre de 2010



Gaianes, noviembre de 2010

(Imagen: El Hermitaño)

13 de enero de 2011

"Lost and found" (perdido y encontrado)



¡Qué extraña situación! Se fue sólo para unos pocos días, abandonó el nido materno apenas un abrir y cerrar de ojos, pero a causa de una concatenación de circunstancias y hechos desfavorables, increíblemente absurdos y sin relevancia ninguna, algunos creyeron que ya no regresaría nunca más. A largo de unos instantes de aterradora y convincente realidad le consideraron ausente, es decir, muerto, desaparecido para siempre, sospecharon que la había palmado, o que, en el mejor de los casos, se había abierto el cráneo en el fondo de un barranco... y yacía inconsciente a la espera del rescate.

Unos salieron en su busca como si fuera un perrito perdido en el bosque, desvalido, inválido, aturdido por la soledad, la foresta y el aislamiento; examinaron cada palmo de terreno entre la ciudad y el monte, esperando divisar las marcas de neumáticos, captar el olor del gasóleo quemado, descubrir alguna señal que indicara que "él" había estado allí, y tratando de adivinar dónde se ocultaría entonces, en la noche profunda; los teléfonos no se pusieron de acuerdo: unos llamaban a destiempo, otros habían cerrado por vacaciones, y los que estaban disponibles no eran recordados; hubo quienes lloraron su extravío eterno, y cavilaron cómo sería su existencia sin la presencia de la suya, imaginando un panorama gris de aburrimiento y hastío en su devenir diario; se pusieron en contacto personas distantes, se acordó un plan para tratar de comunicarse con el "fugado", quien mantenía un espeso silencio, y se armaron los preparativos con el fin de iniciar una "caza y captura" que, o bien revelaba el paradero del sujeto en cuestión, o bien dilucidaba definitivamente su fallecimiento. La hora prevista: las siete de la mañana.

Mientras tanto, ausente, perdido (gustosa y libremente), aislado, convertido en un punto de luz blanca enmedio de las montañas otrora eternas y calladas de Forna (hoy estridentes, magulladas y acuchilladas por las bárbaras canteras), el fugitivo descansaba en un alto, a los pies del castillo, masticando sus avellanas, afrontando la delicada hermenéutica gadameriana y aventurándose en los meollos del postestructuralismo derridiano. Volteaba por el sendero, arriba y abajo, mirando, eclipsado por la belleza, sin saber quién era él y de dónde había surgido todo aquel manantial de delicadeza y perfección natural.

Más tarde saboreó el ocaso con una mágica presencia de la niña selenita, bajo cuyo rostro remoloneaba Zeus. La luz de las esferas gaseosas distantes hicieron acto de aparición, y sin otras en un millón de kilómetros a la redonda, el banquete fue puesto sobre el telar cósmico. Estaba perdido, en efecto. Ya no era él, él no era nada. Le dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba (es decir, hacia dentro...), pero no podía detenerse, ni desviar sus ojos. No entendía nada, tampoco, ni le hacía falta, sólo sentía, embargado, transportado, huido de sí mismo, cómo aquello que le envolvía vivía dentro de sí, cómo no había distinción, ni separación, ni clasificación posible. Una misma esencia, una realidad ontológica única, una configuración existencial idéntica, en todos los sentidos.

Y, con ello, abrió los ojos (cerrando los de su interior). Recordó que no estaba solo (allí sí, pero no allá); se acordó de los otros, de que quizá trataban de saber algo de él. Y se puso en marcha. Arrancó, dejó el descansillo de hormigón sobre el que había dormido, y a las seis, mucho antes de que naciese el sol, iniciaba el viaje de regreso. Al poco lo encontraron, y él a ellos (quizá fueron "ellos" los perdidos, pensó), y las lágrimas, la desazón, y la angustia dejaron paso a sus opuestos. La comida, opípara y sensacional, fue la recompensa por la espera y la separación; los rostros, algo disgustados pero reconfortados, fueron destensándose. Y, al final de la jornada, todo volvió a ser como antes.

Excepto que, en lo más hondo del fugitivo, algo había cambiado. Allá, en la morada que había descubierto, permanecía una parte de sí mismo. Y debía recuperarla. Debía perderse de nuevo, si se quería encontrar. Y lo haría, sin duda.

El extravío es la mejor forma de saber de sí. El "Piérdete" que alguien espeta no es sólo una fórmula despectiva; es, también, una invitación al autodescubrimiento.

(Foto: El Hermitaño)

24 de diciembre de 2010

Travelling en las alturas



Hice este vídeo seis meses atrás, casi en el solsticio de verano, en el pico del Molló de la Creu, a unos 490 metros sobre el nivel del mar.

Me gusta recordar lo bien que se está en las alturas, cómo se siente uno allá arriba, solo, aislado, extraviado.

Es una sensación extraña, como si nadie más existiese, y el mundo estuviera abierto a tus pies...

23 de diciembre de 2010

Ida y vuelta



"Viajar es pasear un sueño".

Anónima

(Foto: El Hermitaño)

12 de diciembre de 2010

En la otra dimensión



Últimamente escapo sin cesar de mi choza y atravieso parajes deshabitados y rincones olvidados. No voy lejos; al lado de casa casi siempre está lo mejor. A poco que busquemos hallaremos paraísos perdidos y enclaves de leyenda sin tener que recorrer grandes distancias ni maldecir los aumentos en el precio de hidrocarburos. Quien viaja demasiado lejos huye de algo; nosotros, por el contrario, es ese "algo" lo que justamente perseguimos.

Me juré a mí mismo que sólo me estaba permitido disfrutar del lujo (mi único lujo hasta el momento, antítesis de mi forma de vida austera y frugal en lo material) a condición de que, con él y en él, "crecer como ser". Así de simple. Todavía es pronto para saber si lo he logrado ya. Creo que no; pero esto apenas acaba de empezar.

Me aseguré de mantener a raya a los bancos y empresas crediticias (zorras con ansias insaciables de bocados suculentos...); me obligué a no pedir nada mejor; me dije, también, que una vez la tuviera olvidase, por completo, lo que me había costado. Y lo he conseguido. Nunca he destinado mejor mis (escasos) billetes, y ahora, por mucho que me den las mejores riquezas o las más refinadas joyas, sé que no podría cambiarla por nada. ¿Por nada? Por nada.

Uno de los motivos es éste: En mi choza marxuquerense, esa "llar" de vivencias antiquísima, que me ha visto pasar de la niñez a la adolescencia y finalmente a la madurez, yo gozaba de la mayor de las bienaventuranzas: la libertad temporal total, que empleaba a mi gusto, solo, sin nadie mandando, sin nadie hablando, sin nadie pensando, siquiera. Pero, ahora, con mi xiqueta de ruedas de caucho y rostro de fibra antigua, esa libertad, esa independencia, se vuelve espacio-temporal. Se me abre un espacio propio (pero, también, para todos los de mi bando), en el que ser todo lo que soy, aquí, allá y acullá, y aspirar a ser lo que todavía sueño que seré.

Si antes, en la choza, un perraco ladraba, nada podía hacer (excepto lanzarle algún 'cudol'); si algún lelo machacaba mis nervios con excrecencias musicales, tampoco (excepto soltarle un par de tortazos); si las luces trucadas invadían mi noche y ofuscaban la visión de las auténticas, nada podía hacer; si deseaba cambiar de estampa, ver otro cielo o tener una ermita a mi lado por la mañana, o una callejuela solitaria y anónima, era del todo imposible. Ahora, grandeza de las grandezas, ya no: unos minutos y cambia por completo el panorama, la fauna, el horizonte, la orientación, la vida a tu alrededor.

Y, entre esto, el tiempo. Es otro, más suave, se desliza; ya no trota, es más sereno. Una hora parece un día; un día, toda la semana. Ya no sabes si lo hecho por la mañana corresponde a hoy, al ayer, o a dos días atrás... La nueva dimensión espacial noquea la temporal, como si al aumentar el espacio disponible lo hiciera el tiempo. A espacio (casi) infinito, tiempo (casi infinito); seguro que es una idea que hubiese agradado a Einstein...

Por otro lado, la compañía (la de los hermanos y hermanas, quienes saben que pueden contar conmigo) siempre es esperada, y bienvenida, una compañía que es presencia, mutismo, afecto e inteligencia. Pero a veces las almas amigas no pueden acudir a la ruta, y la casa que rueda se queda vacía de otros alientos; sin embargo, entonces, ella misma y su desocupado interior favorecen como nunca tu misma identidad solitaria (si es lo eres), o bien facilita tu unión con los otros (si los necesitas).

Es en esta soledad viajera y existencia, al abrigo de las inclemencias emocionales (debidas a aquéllos, para bien o para mal), cuando está uno consigo, lo que para mí es el momento cumbre del bienestar: reposas en la cabina, escuchas a los Zeppelin, a Dylan, a Velvet o a los Straits, o te dejas llevar por el rumor de los planetas holstianos, o por las piezas flautistas mozartianas; el sol muerde las montañas y la luna aparece entre los cirros; descansas en el comedor contemplando el espectáculo; abres la puerta y recibes un soplo de viento frío nocturno; oteas las estrellas a través de tus ventanas de plástico, buscando la constelación de la existencia; te acurrucas en el lecho y oyes el caer del día, un día todo tuyo (somos amos de nuestro tiempo, recordémoslo); escoges tus libros y los penetras como si tu mente no captara nada más que las palabras impresas; comes tan a gusto tus garbanzos o tus sopas de fideos, cocinados en los diminutos infiernillos de tu auto; abres la luz, por la noche, y tratas de plasmar en papel algo de todo ello...

Y luego, como siempre, regresas. La choza espera: hay saludos gatunos y maullidos hambrientos; hay hojarsca que recoger, leña que apilar, agua que bombear y una monstruosidad de timbales, bombos y platillos que exige ser sacudida, para hacer estallar el silencio eterno de ese espacio tan finito que es tu cabaña... Nunca puede uno ser blanco o negro; cuanto más silencio crees, más conviene en ocasiones destruirlo y metamorfosearlo en una orgía de salvajes rugidos y ruidos febriles. Ya sabéis, el yin y el yang. Algo de equilibrio para evitar el trastorno...

Al regresar, te es más sencillo volver a tus textos de estudio, es más placentero hacer un favor a tu madre, más fácil llevarte bien con tu hermana, y abrazar la sencillez y bondad de la vida doméstica (nunca domesticada...). Regresar es siempre otro inicio; porque irte es, de algún modo, querer regresar; y regresar es querer marchar de nuevo. Y, en el ínterin, mientras vas y vienes, mientras vives, ya sea entre paredes gruesas o delgadas, en una morada cimentada o móvil, te vas haciendo, vas siendo, y tratas de atrapar tu devenir.

Cada arrancada, cada vez que introducimos la marcha y soltamos un poco el pie derecho, nos acercamos a la plenitud. La de encaminarse a la mayor de las aventuras posibles: conocernos, y después, mucho más tarde, superarnos.

No hay dimensión que se nos resista...

(Foto: El Hermitaño)

2 de diciembre de 2010

Ciclos...



Hoy, dos de diciembre, han rozado el suelo las postreras hojas... Lo han hecho con delicadeza, con gracia, mientras el mistral arreciaba y las despegaba de su enclave arbóreo, el que han conocido desde su nacimiento. Ahora, tapizada la tierra con un follaje amoratado, espera el duro invierno, que hará estremecer los troncos hasta las benignidades de la primavera inefable... Y, más tarde, aparecerán las viandas dulces colgadas como ofrendas para la vista y el paladar...

¿Dónde estaremos cuando aparezcan las primeras hojas, dentro de tres meses? ¿Y cuando se despidan del árbol las últimas, más o menos un año a partir de ahora? ¿Qué será de nosotros, y con quién lo compartiremos, en el instante en que broten los nacientes frutos?

El mar del tiempo es infinito, bañado en aguas eternas. Consuela saber que, una vez marchitos y mezclados con la tierra (quiero decir, nosotros, no las hojas), un nuevo ciclo aguarda para arrancar de nuevo, y que es imparable, como lo es el calor del sol y la luz de las estrellas. No estaremos para entonces, pero puede que de algún modo una parte nuestra permanezca... en los otros, esos que vendrán, que nos enlazarán con el pasado y el futuro.

Otoño, invierno, primavera y verano. Los cuatro jinetes (del génesis, de la creación). Dedicádles un segundo, contempladlos mientras avanzan (por ejemplo, en el curso del sol, en las sombras a mediodía, en los árboles, en las cumbres de las montañas...). Y luego meditad qué vale la pena... hasta dónde cabe llegar. Porque tampoco nosotros nos libramos de él.

Recordad las palabras del gran Robert Plant, en That's the way: "No olvides que todo lo que vive nace para morir...". También, si se quiere, podríamos decir que "todo lo que muere ha nacido para vivir (de nuevo)". Es un ciclo sin fin. Creación y destrucción; amanecer y ocaso; día y noche. Muerte y resurrección.

Y vuelta a empezar...

(Fotografías: El Hermitaño)

26 de noviembre de 2010

A bordo (ya está...)



Produce una extraña sensación lograr, por fin, aquello que tanto soñaste, aquello que acudió día tras día a tu mente y tu corazón. Un deseo que creció a cada amanecer, que vivió contigo y te hizo distinto. Desconoces lo qué significa: sólo puedes sentirlo. Y, con ello, basta.

Sentado sobre sus rodillas de madera, tela y metal, te sientes bienvenido, como si hubiese sido tu casa desde siempre. De hecho, lo ha sido: en tu sueño siempre ha existido, y has imaginado cómo sería descansar mirando al vacío, notando su sola presencia. Que ella vive es obvio; poca gracia requiere descubrirlo. Quien ve en ella un simple objeto no entiende nada; ahí "hay" algo. Y, si no, siéntese en su regazo y capte: si a los pocos minutos no ha percibido algo más que un batiburrillo de cables, electrónica, muebles y plásticos adorablemente ensamblados, es usted (con perdón) un tarugo, un necio, o un simple: o las tres cosas a la vez.

En la proa un diablillo rojo y blanco, esponjoso y simpático, saluda a quienes nos encontramos en la carretera. Un par de mapas sobre el salpicadero, algunos discos, un paño y una pequeña linterna en la guantera. Hay dos figuras en la cabina: una es insoslayable; siempre estará ahí; la otra puede variar con el tiempo: sólo el dinero y las ganas, el sentimiento y la implicación, lo dirán. Atrás queda la morada: el parqué, las ventanas, los comedores, las luces, el baño, la ducha, la cocina, los armarios, el frigorífico, la calefacción, las claraboyas, la cama... todo en unos metros cuadrados, todo entrañable, todo inmejorable. Modesta, acojedora, encantadora.

Nació, ella, cuando me salieron los primeros granos en la cara, cuando el sueño aún no existía, justo hace media vida mía. No sé quién la ha hollado antes, y tampoco me importa; sólo sé que soy yo quien la siente ahora. Imagino cuántas palabras habrán escuchado sus paredes; las discusiones sufridas, sin poder tomar parte por ningún bando, los maltratos de los niños (y los que no lo son tanto...), las sonrisas bajo sus halógenos, el amor destilado sobre sus sencillos colchones...

Uno arranca, coloca las marchas, y empieza a ver el camino. Es infinito. Nadie te dirá hacia dónde, cuándo parar, qué comer, bajo qué árboles dormir. Es todo decisión tuya. hojeas el mapa, piensas un segundo, y hacia allá. Qué importan hostales o posadas, restaurantes o bufetes, tú mandas. Mientras no molestes, mientras no cometas imprudencias tontas o sonrojes a los pueblerinos con tus torpezas, eres (un poco más) libre. Aunque, cuidado, porque habrá quien querrá arrebatartélas (a ellas, la libertad y aquello que te la proporciona...), así que cabe andar con prudencia.

Viajemos adonde viajemos, siempre encontraremos lo mismo: naturaleza, paisaje, rincones de humanidad, belleza, silencio (aunque también algún monigote rídiculo acelerando a fondo junto a tu casa, sabedor de que sólo puede existir yendo rápido...). Cambias de destino a cada paso, improvisas, no te decides, y dejas que sea el sol y el gasoil quiénes lo hagan por ti. Mandas un recado a tus padres, coges un cuerno de la luna, lo atas a tu baca, y te adentras en la oscuridad del asfalto. Miras las marcas de la carretera, blancas y discontinuas, que avanzan sin cesar y señalan hacia dónde debes ir...

Al regresar, al concluir un periplo de aventura, no dices nada, no puedes. Quedan las imágenes, las experiencias, las meteduras de pata y los excesos, pero también el triunfo, la bondad, los rostros de la felicidad. Vuelves al punto de partida absorto, perdido: el silencio es la melancolía del recuerdo, dejó dicho un amigo, como testimonio de tal andanza. Y no hay más que decir. Tan sólo, si cabe, que el mutismo es transitorio. Porque se abrirán nuevas oportunidades.

La morada aguarda ser habitada de nuevo; requiere nuestra presencia para sentirse viva. Y, nosotros, también debemos residir en ella para sentirnos (un poco más) vivos. Adónde iremos no cuenta: sólo, que iremos, y que, mientras tanto, (lo) seremos.

Arrancamos ya (y, ahora sí, es un hecho). El motor ronronea como un gato dichoso, sabe que le espera un buen rato de placer... Como a nosotros.

Ya está (por fin...).

(Foto: El Hermitaño)

16 de noviembre de 2010

Ocio del tiempo (distracciones)



Llevo dos meses así... admirando las hojas de la parra sobre el fondo azul del cielo.

Dos meses desde que terminé mi segundo libro, que envié a un concurso de divulgación para tratar de pescar algún dinero... Quizá por eso no lo gané: por pensar demasiado en la recompensa, y no disfrutar del proceso, del resultado por sí mismo, y por esas palabras impresas en la hoja. Cuando uno antepone la satisfacción del premio, reconocimiento o compensación a la maravilla del tecleado, al lento chorreo de letras encadenadas, al milagro de poder expresarte y que los demás entiendan, entonces el arte desaparece, el gusto te abandona y la vocación se corrompe con la plaga del beneficio, el billete y la cuenta corriente...

Bien mirado, lo del premio lo deseaba más por mis padres, para que vieran que sé hacer lo que me gusta y que hay alguien lo bastante tonto para pagarme por ello... Pero supongo que no es posible. Además, los triunfadores aparecen, en la solapa, con sus largas descripciones personales: licenciados, doctores, investigadores, expertos masterizados, catedráticos, experiencia docente, publicaciones, etc. ¿Qué dirían de mí, del autor, en caso de ganar el concurso? Se limitarían, seguramente, a poner mi fecha de nacimiento, decir que me gusta mirar el cielo, sentarme con mis amigos, hablar de todo lo que nos importe, escribir memeces (como ésta...) y leer hasta quemarme las pestañas...

No tengo estudios (yo sólo poseo aprendizajes...), ni títulos (suelo tirarlos a la basura...). Aborrezco tanto estudiar que incluso siento la filosofía (que me atrae como una voluptuosa ninfa abierta de piernas esperando mi epifanía líquida) marchita y privada de encanto cuando se me obliga a seguir la enseñanza universitaria establecida; y sólo recupera su belleza y misterio al coger, en el momento que me dé la real gana, sus fabulosos volúmenes, sin esperar nada más a cambio que el placer de descubrir, e interpretar, las intrincadas y racionalmente exhuberantes argumentaciones... Por eso no estudio... porque me cansa no aprender, sino sólo memorizar. Tiempo vacuo, perdido, soso y estúpido. Y luego podrán venir los ceros, los insuficientes, las segundas matriculaciones (o terceras, o...), pero yo seguiré siempre igual.

Subo a la azotea de la casa, me espatarro cuán largo soy (y lo soy bastante...), con un cojín bajo la testa, con músicas pegadas a las orejas y un gato al que atrae la idea de dormitar cerca de ellas (oigo un ronroneo, siento un ligero rozamiento peludo...), me acomodo, cruzo las manos sobre mi barriga, y empiezo a contemplar: nubes que avanzan y se detienen, evanescentes; soles brillantes que abrasan la mirada; aviones que dejan rastros extraños en el cielo; halcones que surcan el azul y se dejan llevar por los ascensores de aire; una media luna perfecta que oculta mil secretos en su superficie de polvo más antigua que todo ser...

Y, mientras todo ello sucede, mientras repito la ceremonia casi todos los días (adjunten también caminatas, películas, lecturas, miradas a las chicas guapas [pero no a las sólo que aparentan serlo...], charlas con seres queridos [a tu lado o a miles de kilómetros] y alguna cosilla más...), mientras todo ello sucede, digo, me voy citando cada día con una recién aparecida en mi vida, a la que estimo como si la conociera desde siempre, y la voy mimando, limpiando, adecentando, poniéndola bella y dándole todo lo que necesita... Una amiga que ya ha entrado a formar parte de mi existencia (y yo de la de ella), y con la que espero correr algunas juergas en la carretera dentro de bien poco... Juergas, digo, sí, pero de las mías... no se me malinterprete.

Por cierto, una amiga que poco me ha costado conseguir. He tenido que pagar, desde luego, no porque su amistad sea comprada, sino porque estaba encadenada en una sucia casa de compraventa y su amo exigía dinero a cambio de su libertad. Y sentía que me llamaba... que me pedía a gritos librarla de su cautiverio. Y no pude resistirme. Ahora vive junto a mí, y aguarda brindarnos aventuras inconcebibles... Y lo hará mejor que con cualquier otro, por agradecimiento, porque la he salvado de unas garras avariciosas, y sabe que conmigo está a salvo.

Así llevo dos meses, mirando la parra, absorto, haciendo pequeños planes, ignorando mis obligaciones y paseando de continuo con mis devociones, con el otoño dentro de mí, recogido, pero despierto, con el zurrón casi lleno (es lo que tiene no dejarse atrapar por los bancos, y ello aunque no recoja billetes desde hace más de un año...) pese a mis gastos, olvidando el futuro lejano y pensando en el ahora (al contrario que he hecho casi siempre).

¿Irresponsable? No, ocioso, en el sentido magno de la expresión, por poseer tu tiempo y emplearlo como mejor te plazca, sin ataduras, sin ligas ante nadie (ni siquiera ante ti mismo). Luzco como un ermitaño, desde luego, porque el euro nunca se destina a la estética, sino al esteticismo, porque no debo dar las gracias a ningún capo, a ese jefe henchido de peloteos, y porque al sentirse ocioso uno deja de lado las chorradas de esta vida moderna y llena de lo vacío, y empieza a saborear cómo es el vivir sin exigirse nada.

Y uno sólo puede crecer enmedio de la quietud, en un paisaje que deje que respires a tu aire, que no reclama nada, que es y está y evoluciona a su ritmo. Ociosidad no es sinónimo de pereza, de aburrimiento, de sentarte en la butaca ante la tele, sino de percepción, de sentimiento, de gozo, porque abre las puertas del universo que se complace ante sí mismo, y no del que siempre pide y reivindica. Éste universo está podrido, lo han podrido los hombres con sus ansias de crecimiento sin fin, de ganancia sin término. El dinero, el mismo con que he liberado a mi amiga, es el responsable, pero sobre esto ya se hablará.

Lo dijo ya Stevenson (claro): "Y para qué, Dios mío, tantos afanes? ¿Cuál es la causa por la que amargan sus vidas y las de otros? Que un hombre pueda publicar tres o treinta artículos al año, que pueda o no terminar su gran pintura alegórica, son asuntos de poca importancia para el mundo". Que un hombre sea licenciado, gane millones, sea un atleta del ADO, maneje la política de un país, o se envilezca cada mañana sentado en su oficina amasando peniques... ¿tiene alguna relevancia cósmica?

Ésa es la estafa: creer que debemos hacerlo. Sentir que si no, perdemos la dignidad, la humanidad. Quien no sabe qué hacer con su tiempo no es un ocioso; es un torpe. Quien sabe cómo gestionar (perder) el suyo es un sabio. El tiempo es nuestro.

Y quien no lo tiene es el esclavo, el indigno, y el inhumano.

(Fotografía: El Hermitaño)

25 de octubre de 2010

La (auténtica) modestia



"Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos..."

Rufo Quinto Curcio, siglo I.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de octubre de 2010

Confía sólo en ellos...



Sólo en quienes te miran a los ojos.

Sólo en quienes te escuchan sin pensar ellos mientras tú hablas (es fácil saberlo, sus ojos ausentes y apagados les delatan).

Sólo en quienes no tratan de conseguir algo para su propio beneficio (también es fácil saberlo, sus ojos brillantes y avariciosos les delatan).

Sólo en quienes te abrazan sin esperar nada a cambio.

Sólo en quienes brindan lo que necesitas y no quieren que les des nada.

Y, sobretodo, sólo en quienes están contigo sin necesidad de palabras, gestos, ni hechos: quienes no precisan llenar la ausencia de sonidos con las primeras, la ausencia de contacto con los segundos, y la ausencia de actividad con los últimos.

Aquellos quienes, sólo con tenerte a su lado, ya lo ofrecen todo, son en quienes merece la pena confiar.

Buscádlos; son el tesoro que sostiene la estructura del mundo, el sentido del universo, y el destino de la Humanidad.

Por ellos, sólo por ellos, ya merece la pena vivir.

(Fotografía: El Hermitaño)

7 de octubre de 2010

Cinco años (el sueño y la pesadilla)



Hoy, justamente hoy, se cumple un lustro desde aquel 7 de octubre de 2005, tan maravilloso como fatídico, que marcó -quizá para siempre- el camino a seguir de cierto ermitaño andarín y desgarbado, el mismo que tras cinco años esto escribe.

Fue, a partes iguales, un día de emociones fuertes. Yo montaba, por vez primera, a lomos de un caracol con ruedas, que me habían prestado unos tipos feos a cambio de una módica cantidad. Surcaba la carretera con prudencia, ya que el cacharro medía más de seis metros por casi tres de alto, y yo nunca había ido a los mandos de algo mayor que mi querida "caixeta". A mi lado, el amigo, el que siempre está y es, miraba el paisaje y pensaba en lo que nos podía esperar durante cuatro días de pérdida por las rutas de la España profunda. El caracol avanzaba, el miedo se perdía, y empezaban las emociones. Aquel monstruo iba solo, y nos llevaba quién sabía adónde.

Al mismo tiempo que dejábamos atrás tierras conocidas, mi madre, obsesa de la lejía y el estropajo, subía en casa a una de esas pequeñas escalerillas de tres peldaños para alcanzar el plafón de luz y arrebatarle el polvo acumulado en las últimas veinticuatro horas. Hizo un pequeño esfuerzo, estirando demasiado la pierna para limpiar también la cadena que enlazaba el trasto con el techo, y exactamente en ese momento (mientras yo conducía en busca de mí mismo a través de las estepas castellanas, contento e ingorante), su pie perdió apoyo y se fue al suelo, haciendo descansar todo el peso de su cuerpo sobre la tibia y el peroné, que se pulverizaron en mil pedacitos. Cuando justo iniciaba yo la aventura, mi madre iniciaba su drama. Pocas posibilidades había de que pudiera volver a caminar bien (los traumatólogos aseguraron que nunca habían visto huesos astillarse, hacerse añicos, de esa forma...); la cojera, dijeron, quedaría para siempre. Pero no; se equivocaron. Cuando mi madre sale hoy a la calle y calienta el "motoret", como le digo cañirosamente, incluso a mí mismo me cuesta seguirle el paso. Por suerte, cuántas veces se equivocan los médicos...

Tras atravesar los secos y amplios terrenos centrales, y después de la visita obligada a la ciudad del bohemio por excelencia, llegamos nosotros dos a O cebreiro y se nos vino la idea loca de "secuestrar" el caracol, decirle a los feos aquellos que nos lo habían robado, y emprender un viaje por toda Europa sin que lo supieran... Una tontería, claro; nos hubiesen pillado enseguida, si hubiésemos tenido huevos para hacerlo, algo que fue el caso, desde luego. Pero a esa idea loca le siguió otra que no lo era tanto (o no lo parecía, al menos). Allí, descansando en el lomo de una montaña baja tapizada de hierba, y mientras la lluvia arreciaba afuera y la niebla llenaba los valles, le hice una promesa al amigo: le dije que la próxima vez que me situara a los mandos de un caracol con ruedas ya no sería un arriendo temporal, sino una posesión para siempre. La próxima vez, aseguré, el caracol sería mío.

Hoy, siendo sincero, me arrepiento por emplear tales términos posesivos. Yo nunca poseeré nada, nunca tendré nada, nunca nada será mío. A todo caso, aquello que sea formará parte de mi vida -o yo de la suya, si la tiene-, y eso será todo (que, a fin de cuentas, es lo que importa).

La promesa se las traía, porque a mí trabajar (ese trabajo que nunca me hace sentir nada, que no hace que viva, sino que muera lentamente...) siempre me ha causado sarpullidos, accesos de fiebre y diarreas estratosféricas. Y porque, a la sazón, mi cuenta corriente no mostraba más que cifras de tres dígitos... Cómo iba a arreglármelas para sacar adelante el juramento era entonces algo aún nebuloso.

La promesa ha vivido, expectante y paciente, hasta el momento en que pudiese dejar de serlo y transformarse, cambiar de un "será" en un "es". Al mismo tiempo que celebramos (porque ella, mi madre, está viva, coleando y rebosante de salud) los cinco años de aquel trágico hecho, que por poco descuartiza mi vida en un agobio de tareas domésticas inacabables, la promesa ya no existe. Ya no habrá más "queda poco", "cuando venga quizá podríamos...", "¿adónde iremos cuando al fin llegue?", porque eso pertenece ya al pasado.

Sea buena o mala la elección, haya acertado o sea una ruina, el sueño se ha roto. No más esperas, no más tiempo de interludio. Fin del sueño; la (nueva) realidad manda. La pesadilla ya pasó; sólo queda el recuerdo.

Adelante: carretera y manta (y caracol), cielo abierto sobre nuestras cabezas y horizonte despejado ante nuestros pies.

Unos días y arrancamos. Unos pocos preparativos, mirar algunas cositas básicas, y a la calzada.

Ya huelo el aroma a asfalto...

(Imagen: El Hermitaño)

23 de septiembre de 2010

La gente (tres diatribas)



Luego preguntan por qué me distancio tanto de la gente. Por qué me aparto de las muchedumbres, de las multitudes, pero también de individuos particulares, en singular. ¿Será porque todos me desagradan, me repugnan, incomodan y hastían...? ¿Todos? Bien, todos no, pero sí su práctica suma. A quien le joroban los perros o las arañas habla de su desprecio hacia ellas en genérico, aunque a veces encuentre graciosas las telas y sus hacendoras o los simpáticos coleteos de un cánico juguetón. No podemos meter a todos dentro del mismo redil, pero convengamos en que la mayoría comen la misma... hierba.

Sé que es inadecuado juzgar a las personas por una única acción, pero voy a hacerlo de todos modos. Aunque peque de presuntuoso y tendencioso, aunque deba soportar algún que otro guantazo... En ocasiones uno debe sacar la malicia, la saña, y darle barra libre. En último término limitándola a estos contextos es inofensiva, porque tu ira surge de ti y nunca llegará a ellos... No hay deseo de hacer daño, sólo de dejar constancia de tu malestar. El misántropo necesita de la sociedad para cabrearse y saciar su sed de cólera, para saberse vivo, lanzando pullas a las huestes gregarias. Ése no es nuestro camino.

Con todo, ofreceremos ahora tres presentaciones humanas execrables halladas en respectivos sábados consecutivos (prometo otros tres de excelsos encuentros en un futuro próximo).

Uno: me la encontré en medio de la calle. Tiene dieciséis años, ha salido mujer, y es mi prima. Apenas la veo, por la gracia divina. Pero en ocasiones tropiezo con su figura, a medio hacer todavía. No es muy agraciada, mas con las toneladas de pintura que acumula en su rostro lo disimula bien. Se enfunda en pantalones ajustados, el escote se abre generosamente y percibes germinales señales de senos. Advierte mi presencia desde lejos, me mira de arriba abajo, sin decirme nada, y en su cara empolvada y coloreada aparece una mofa por mis pintas (pantalón corto, sandalias, camiseta de tirantes, mochila a la espalda...), desacordes con el espíritu del sábado nocturno. Le acompaña un monigote de feria cabeza de repollo, muy molón él, que la estrecha hacia sí y se enroscan ambos en una algarabía de lenguas y babas. Yo agacho la cabeza un instante, y para cuando nos encontramos, vuelvo a mirar, para saludar (es mi prima, después de todo...), pero ella pasa de largo sin decir nada, sin importarle nada, sin ser nada yo para ella. Ella, esa mocosa que ha nadado en mi piscina, jugado con mis juguetes, a la que veo todas las putas comidas de Navidad con el pelo sobre su frente, engullendo a la espera de los billetes, esa mamarracha impúber no se digna ni siquiera a cabecear para saludar a un familiar. ¿Qué clase de subnormal es? ¿No se merece que el próximo día 25 de diciembre sirva yo el puchero y se lo derrame todo muy bien sobre su testa perfumada y a la moda, y que acabe su faz desecha en una sopa caliente de arroz y garbanzos?

Dos: estaban un par de amigos, dos hermanos, debatiendo sentados tranquilamente en un banco cualquiera de un parque cualquiera de una ciudad cualquiera. Las palabras se referían a física cuántica, a proyectos literarios y a viajes futuros tras el rastro de las estrellas y los crepúsculos. Nada raro en ellos. Entonces, mientras hablaban, se acerca un cerdo pigoso, una bola de sebo tan impúber como lo es mi prima, y, con los ojos vidriosos por el porro, les pregunta a aquellos dos si estarían en disposición de luchar con uno de su pandilla, asentada en otro banco del parque y cuyos miembros miraban expectantes. Los dos hermanos responden que no, que no están nada dispuestos (lo suyo son las “luchas dialécticas”, dice uno, aunque duda que el puerco sepa qué óstias significa eso...). Entonces, cuando el animal chilla a los suyos que no habrá patadas ni puñetazos, aquellos empiezan a acercarse. Y empiezan a incordiar. Uno hace gala de sus músculos, otro les impulsa a la lucha, y el cerdito pregunta qué llevan los dos amigos en sus mochilas... Hay un momento de inseguridad, los hermanos creen que acabarán de todos modos con sus dientes en el suelo. Pero la sangre no sale de sus cuerpos. La droga no es tan fuerte, y el lerdo vigilante del parque pronto regresará. Así que abandonan la intentona, no sin antes el piggie pedir, reclamar y ordenar a los dos aturdidos amigos (“¿sois maricones?”, les suelta también) algún euro para costearse la merienda. Ante la nueva negativa, esta algo más enérgica, se despide de ellos con un “Me cago en tus muertos”, y el cerdo maloliente se retira echando vistazos para tratar de encontrar otras víctimas propiciatorias. ¿No merecían, en efecto, una buena tunda? ¿No hubiera valido la pena romperle algún hueso a ese gorrino, restregarle su gorda cara por el suelo hasta que pidiera clemencia? De no haber sido los dos amigos un par pacífico y poco dado a las reyertas –quizá por eso trataron de luchar con ellos, porque eso se ve– el hospital hubiera engrosado sus listas de pacientes aquel sábado por la tarde. ¿Quién coño creyeron que eran para interrumpir el sagrado discurso entre los hermanos? ¿Es eso lo que suelen hacer los quinceañeros, es su razón de ser, su actividad usual en cuanto se reúnen en pandillas y fuman un poco? ¿Qué harán, pues, a los veinte? ¿Y a los treinta?

Tres: Juanma tiene treinta, ya. No busca peleas; busca dinero. Vende una casa rodante. Antigua, sencilla, pero encantadora. Pone un anuncio en Internet. Hay uno que lo ve antes que nadie –yo–. Quedamos conformes para esa tarde. Me hago los cien kilómetros que separan nuestras casas para echar un vistazo y, si convence, quedármela. En principio, la cosa promete. Una vez allí se confirma mis sospechas. Pero él desconoce dos o tres cuestiones importantes respecto al vehículo. Nos despedimos diciéndole que ya le llamaré en breve para que me resuelva las dudas y, tras un tiempo de reflexión, decirle si me interesa finalmente o no. Vienen unas personas de Elx, también para verla. Yo no me preocupo: soy el primero, tengo el derecho de hablar antes con el propietario. Y, en función de lo que yo decida, los demás tendrán o no el caramelo. Así que vuelvo tranquilo a Gandía, esperando la respuesta a mis preguntas. Pero Juanma es un cabrón, un pesetero, un payaso irresponsable: en cuanto aquellos del sur presentan una señal, se vuelve loco y les apalabra el caracol. ¡¡Y luego me llama para decírmelo!! Como si te dijera: “mira, te he tomado el pelo, pero no lo hago sin contártelo”. Su suerte fue vivir en Sagunto, y no más cerca. Los gitanos al menos iban con su verdad por delante, y sabías a lo que atenerte. Con Juanma todo parecía bastante sensato, un mundo de razonable bondad, de madura amabilidad; mas todo era falso. Como su sonrisa, como su persona. Éste también merecía unos azotes, una buena zurra. Arrancarle algún diente, y que volviera a su casa, con su hija y su mujercita, con el labio partido y un moratón en el ojo.

¿Sí o no? ¿Están este energúmeno aprovechado, aquellos idiotas musculitos y la cenicienta teñida y de rostro mugriento en disposición de ser pisoteados con nuestras botas de clavos y vapuleados con mazas y garrotes? ¿Qué carajo sucede los sábados por la tarde y al nacer la noche? Da la impresión que hay un efluvio brotando de la tierra que infecta las mentes de la muchedumbre, y los trastorna en un momentáneo episodio de memez e imbecilidad. ¿O es un estado permanente? ¿Son todo tan gilipollas como aparentan? ¿O el gilipollas soy yo?

¿Qué espero para el próximo sábado al atardecer? ¿Otra muestra más de la estupidez social? Sí, desde luego. Ya no van a sorprenderme. Lo espero todo. Todo lo peor. Que me rompan los huesos, que se mofen de mi desgarbo, que traten de engañarme. A mi ya me da igual. Ya conozco a la gente.

Lo siento muchísimo, pero por mí que se mueran todos ellos. No son nada. Sólo me importan los míos, que son los que valen, los que cuentan, los que comparten, y los que te abrazan.

Os quiero. Sabedlo. A vosotros y vosotras.

A los demás, que les parta un rayo...

(Imagen: El Hermitaño)