4 de julio de 2011

Encanto...



El de la noche, por supuesto. Sólo ella lo tiene en propiedad. La noche es misterio, es incógnita; es lo desconocido. Toda vida termina en noche eterna; y toda noche no vivida es una parte del alma que muere.

¿Qué mejor alimento en una cálida noche de verano que degustar la propia nocturnidad, los mosquitos, la brisa marina, el abrazo de la mujer querida (o el hombre, o ambos...).

Echo la mirada hacia arriba y, tras el cortinaje nuboso y ese disco refulgente, blanco y espeso, de la que nos mira y sonríe, aparece detrás la reunión familiar de luciérnagas estelares... y se me eriza el vello y siento un escalofrío. Siempre me pasa, aunque lo haya hecho mil millones de veces. No puedo evitar notar el vértigo, y me conmueve esa belleza puesta ahí, como un regalo bendito, para contemplación de ojos ansiosos por conocer.

Levanto mis brazos, que aún conservan su rubor, y trato de abarcar el hemisferio iluminado. Es imposible, claro, pero siento como si lo lograra. Hago mío ese infinito, lo interiorizo, y después se me escapa, como una mariposa torpemente atrapada se escabulle entre los dedos. Vuelve el vacío, se desvanece la plenitud, y entonces la magia desaparece.

Te extiendes sobre la hierba. Vuelves a mirar hacia arriba, y es cuando te ves a ti mismo, reflejado, manifestado, presente allá. La magia ha perdurado, después de todo; está en ti. Lo allá situado, y lo íntimo, lo tuyo, ya no está separado. La dicotomía ha estallado; nada queda entre aquello y tú.

La noche irradia, en tu interior. No te marches sin, antes, devolver a la nocturnas notas de esa música que brota de la tierra los últimos acordes, que cantan una unión largo tiempo ansiada. La noche te ha engatusado. Eres suya. Y lo disfrutas.

El encanto ha roto las distancias, y los mitos. La narración del futuro empieza aquí. Espacio, tiempo, ser y destino. Nunca más veas la noche como extraña, como algo externo, objetivo, dado.

Sólo vive aquí (aquí...) dentro. Y, con ella, alumbramos el porvenir. Todos los deseos nacen en su seno.

Vivid la noche, a nuestra manera.

Y, así, resucitaréis.

(Imagen: El Hermitaño)

20 de junio de 2011

Hacia ti...



Se acabó el tiempo de espera. No más interludios, ni estar a la expectativa. He aguardado demasiado, y no hay alternativa. Te encontraré.

El tiempo madura, pero también marchita. Y me haces falta.

Así que voy a por ti.

Hasta donde haga falta.

(Fotografía: El Hermitaño)

12 de junio de 2011

Tras 70 días de magia... un mundo de recuerdos

¿Qué puedo decir? ¿Qué palabras emplear? ¿Cómo describirlo?

Naturalmente, es imposible.

No se puede expresar qué se siente al pasar setenta días en nomadismo puro solo contigo mismo. No hay modo alguno de componer un relato fidedigno y genuino de todo cuanto ha acontecido, casi un universo entero de sensaciones y sentimientos.

Y, pese a todo, voy a intentarlo. No sé hacer otra cosa. Saldrá bien o mal, y poco importará.

“La Ruta Errante” es su nombre. Ha nacido hace unos minutos; dadle tiempo para que crezca y tome forma. Quizá haya algo en él que merezca ser conservado, o compartido. Ése es, desde luego, el objetivo; si no, al menos habrá servido para rememorar el gusto de unos días de inenarrable gozo y euforia vital.

Allá vamos…

La Ruta Errante

27 de mayo de 2011

Esto aún continúa... (aunque ya queda poco para el regreso)



Hoy, en Portugal.

Mañana, como siempre, es algo que nadie sabe.

Ea!

(Fotografía: El Hermitaño)

28 de abril de 2011

Prosigue la aventura... (solo, extraviado y feliz)



Sólo unas pocas líneas, tras un mes a lomos de mi caracol andariego, para dejar constancia de que al fin lo hice (es innecesario decir por qué). Lo hice, sí, pese a mis reticencias, esos recelos a abandonar el nido que tan bien te trata, que tanto ampara y protege, y salir a la carretera desprovisto de cualquier seguridad, excepto la que anida dentro de ti mismo. El cariño lo ofrece la tierra que te rodea; la confianza surge de las estrellas que se abren en abanico sobre tu cabeza; y sólo el corazón (y la billetera, no olvidarlo...) decidirán el regreso.

No pude dar cuenta del inicio de esta etapa viajera, subido en mi santuario rodante, a causa de un desafortunado incidente relacionado con el suministro de Internet. Me tocaron las pelotas con saña, se quedaron bien a gusto, y a mí me dejaron sin poder saborear muchos de los detalles que esta aventura autocaravanera podía ofrecerme. Les debo una, claro está, porque no fue justo (yo sé de qué me hablo...). Esto merece una pequeña revancha... o una fría venganza. En todo caso, ya urdiré algo para compensar.

Pero no importa. Lo que cuenta son estos paisajes, estas carreteras infinitas, las ermitas en lo alto de la nada, las ciudades encantadoras y llenas de gracia, sus templos solemnes (aunque hayan "turistizado" todo, hasta las catedrales, hasta los horarios de las iglesias, hasta el paseo por las calles, parece que todo ser extranjero que camina debe pagar entradas, comprar tickets, y residir en hoteles...), los pueblos y sus gentes, las muchachas que se sientan en un parque a la luz crepuscular a escribir en sus diarios y te miran, o te sonríen; las caminatas a través de los senderos, los ortos y ocasos, que señalan la actividad diaria, y el cielo, con esos gruesos nubarrones de tormenta, los cirros lacónicos o las brumas matinales...

He pasado un mes inenarrable, acompañado por el hermano de armas, el que siempre está, el que siempre dice sí. Ahora él se ha ido, y yo quedo solo (es decir, muy bien acompañado: yo, mi santuario móvil y preciado [casi una persona, una hija, un ser que merece cuidado y atención y al que venerar por todo lo que me está dando...], y todo el mundo a mi alrededor). Estaré no sé cuánto tiempo: quizá una semana o dos; puede que un mes, o hasta que el verano llegue. Depende de "ella", de mí, y de lo que venga a partir de ahora.

Veo claro que se trata de ir tanteando el terreno, ir, no buscando, sino palpando la tierra, oteándola. No hay nada que encontrar (todo está ya en ti); lo que venga, lo que el cosmos brinde, es lo que vivirás. Pero no anheles demasiado; sólo deja que el camino avance, a ver qué surge. Poco a poco aprendes a dejarte llevar, a no aguardar una sorpresa en forma de pueblo, un bello campo abierto o una torre románica. La carretera dicta todo lo existente; tú sólo vas de aquí para allá, movido por las olas del asfalto y guiado por el recorrido solar.

Ignoro cuando será la próxima vez que deje unas palabras por aquí. A mi vuelta abriré tal vez un blog hermano, parido de éste y que contendrá su esencia, sólo que en vez de narrar andanzas, pesares y dichas ancladas en el terruño de mi patria chica, describirá estos devaneos aventureros e irrepetibles(un lujo nacido de la humildad, un éxtasis continuo, agotador y renovador) por las sendas de la Hispania que tanto desconozco.

Ahora saldré de esta biblioteca de Salamanca, cobijada en el interior de la Casa de las Conchas (por cierto, maldita mi suerte... aún no he podido hallar mi bienamada "Casa de los Gatos"...), atravesaré el puente romano que salva el bravo río Tormes, me dirigiré hacia mi antigua y apreciada caracola, me prepararé un buen caldo con fideos y, luego, me echaré una pequeña siesta. Más tarde volveré a pisar el suelo de la capital charra, deambularé por estas calles tan sugestivas (repletas de grupitos de nipones, viejos y estudiantillos del tres al cuarto...), y quizá a la noche penetre en algún antro para escuchar algo de jazz mientras me ceno a base de bien, antes de volver a dormir junto al río.

Esto, amigos, es "demasiada" vida. No estoy acostumbrado a tanta dicha, casi podría llorar de bienestar... Desde luego, todo ello no puede durar mucho; pero, al menos, tengo la convicción de que, durante el tiempo que me sea dado, seguiré pateándome estas tierras, seguiré vagabundeando por los caminos abiertos por el hombre y bendecidos por Dios.

Cierro ya, que tengo hambre. Hasta la próxima, disfrutad de vuestra suerte y sed todo lo felices que podáis.

Ea!

(Fotografía: El Hermitaño)

23 de marzo de 2011

¿Ir o no?



Estoy loco. He perdido la poca cordura que aún retenía en las entrañas de mi personalidad. Y lo peor es que no me importa. Como si no fuera a vivir más, como si la existencia tuviese fecha de caducidad próxima, y disfrutara de la absoluta licencia y autonomía del que sabe que va a morir y arroja al cubo de la basura la prudencia, el raciocinio y la sensatez...

No hay forma de tener dinero; pero lo gasto, a cuentagotas, lenta e inexorablemente. La cantidad residual es reconfortante, pero no cesa de menguar. Y encima me he agenciado mi nueva casa con ruedas, una necesidad perentoria tanto como un derroche inasumible para mi inexistente economía. Aquí persiste la contradicción, y la inquietud de no llegar a tiempo de sacarle todo el jugo que contiene en su interior. Se lo merece, pero desconozco hasta dónde estoy dispuesto a sacrificar, porque mi capital es exiguo, mis talentos escasos, y mi locura no ayuda nada a discernir qué debo hacer...

En unos días partiré durante dos meses con ella, pidiendo-exigiendo-suplicando al hermano vital que corra con los gastos, y eso que su caso es aún peor que el mío y debe recurrir a altas estancias y esferas paternales para sufragar tal dispendio. No se merece esto, ni yo tener que recordárselo. Trataremos de diminutizar la sangría monetaria de modo que expandamos el tiempo de disfrute y podamos cubrir el plazo máximo con dignidad, sin penurias... Habrá que compensar la pobreza billetaria con otros valores, los nuestros: emoción, aventura, libros, paseos, naturaleza, templos y santuarios para el intelecto (léase bibliotecas...) y para el espíritu (léase iglesias, ermitas, conventos, monasterios...), silencio, amistad, compañía (esa que podamos hallar en la carretera) y soledad... En fin, lo de siempre.

Por otro lado, ¿y si me quedo? ¿Y si pospongo el viaje para cuando las arcas inicien un pausado despertar, y pueda afrontar la estancia nómada respaldado por la comodidad de una cierta recuperación salarial? ¿Y si permanezco aquí, en esta tierra que todo me lo da, aspirando la primavera, pateando las costas, las montañas, los centros de paz y meditación que Diània brinda a poco que explores? ¿Merece tanto la pena ir hasta allá lejos, a mil millones de pasos de casa, yendo en busca de algo que no sabes qué será, abrasar el erario propio y del prójimo y, además, volver sin apenas esperanzas de que puedas recuperar parte de la sangría monetaria sufrida?

El tópico señala que corren tiempos dificiles para todos. Claman, porque andamos mal (y la travesía se presenta cada vez peor...), pero no dejan de señalar que la solución es la de volver a gastar, a quemar, a consumir. Y yo, en estos momentos, lejos de mostrar la espalda a los voceros del apocalipsis como siempre he sostenido y hecho, y proseguir mi particular senda de economía material, la que insta a dejar en casa los billetes a buen recaudo en una caja y olvidarte de ellos para no perder ni uno que no proporcione pitanzas emocionales, ilustradas, o paganas, lo que hago ahora es precisamente ponerlos en circulación, dar alimento a los buitres carroñeros del sistema, rellenar sus tripas mientras yo adelgazo y me entra un temor espantoso y visceral de que voy directo a la expiración financiera y la defunción material...

El tiempo del devenir presenta nubarrones tan espesos y amenazantes como los de la fotografía. Pero, como en ella, hay algo más allá del horizionte que no sé qué es... y que pronuncia mi nombre. Lo miro y siento que debo ir. No lo puedo explicar. La razón no me sirve, la cautela se ha hecho añicos, y la ponderación hace meses que no anida en mí. Únicamente soy consciente de la necesidad, de que preciso esa inyección de vida, aunque después tenga que reponer fuerzas en cama, o quizá muera en ella a consecuencia de mis actos imprudentes, por haber malgastado fuerzas y recursos en noches largas y errantes viajes.

El suicidio y la locura se unen al deseo, inextinguible e inmortal, de ir allá. Quizá acabe mal, muy mal. Tal vez sea el fin, porque no es honesto inflar la vida mientras los demás sacrifican la suya, mientras ellos se esfuerzan y recorren su camino laboral para que tu admires amaneceres, ansíes hallar labios y mentes por el sendero de la aventura, y las demás prerrogativas del andariego del asfalto.

No es justo y, sin embargo, no puedo evitar sentir que estoy haciendo lo que debo. La perversidad de esa conciencia me carcome, pero no soy capaz de hacerle frente y reinvertirla, así como tampoco pensar en otra posibilidad. Si no voy, una parte de mí morirá; si voy, otra lo hará.

De modo que no hay elección. Voy a morir de todos modos. Pongámonos en marcha, entonces. Y no pensemos en el mañana. El féretro espera. Pero, antes, viviré lo que me sea dado, según mis reglas. Morir, para entonces, no será tan trágico. Ya habré cumplido, ya estaré, ya seré. Y nada más.

¡Ea!

(Fotografía: El Hermitaño)

26 de febrero de 2011

Paraísos cercanos...

Estoy seguro de ello. No necesito realizar grandes viajes, ir al otro lado del mundo, moverme hasta el último rincón del planeta. Sería glorioso hacerlo, desde luego: viajar y entrar en contacto con países y culturas distintas es la forma más sublime de vivir. Pero quedarme "aquí", en estas comarcas levantinas, e ir lentamente abrazando parajes, descubriendo los ambientes que me rodean (ignoro casi todos ellos, todavía), ya es un obsequio más que suficiente para mi espíritu.

A veces huímos, nos alejamos todo lo que podemos, tratamos de llegar cuanto más lejos mejor; y, sin embargo, al otro lado de casa a veces (estoy tentado de escribir "siempre", porque así lo siento) podemos hallar todo lo que necesitamos. Paz, silencio, amistad, naturaleza, belleza, y amor.

Eso no obsta a realizar algunas grandes rutas, viajes titánicos en tiempo y espacio (pretendo cubrir los dos próximos meses a lomos de mi casa rodante y a mil kilómetros de esta tierra costera... veremos cómo acaba esa locura...), pero sepamos, tengamos consciencia de ello: junto al hoyo en donde metemos la cabeza día a día, en donde residimos de ordinario (y de donde, tan a menudo, queremos tontamente salir) ,es ahí en donde podemos satisfacer casi todas nuestras inquietudes y necesidades.

Y si, además, disponemos de un medio de disfrutar al máximo de los parajes que hollamos, un medio que permite sentir, otear, paladear, meditar, dormir y soñar en ellos, un medio que te protege, que es tu santuario móvil, entonces el placer es gloria, y la felicidad, puro éxtasis.

¡Salut, y buenos viajes para todos!



Gaianes, febrero de 2011



Castell de Perpuxent, L´Orxa, febrero de 2011



Embalse de Beniarrès, febrero de 2011



Mirador de la Vall, Vall de Gallinera, febrero de 2011



Beniarbeig, febrero de 2011



Cementerio de Pego, enero de 2011



Castell de Forna, enero de 2011



Platja de Piles, enero de 2011



Alqueria del Duc, enero de 2011



Ermita de la Xara, enero de 2011




La Drova, solsticio de invierno 2010




Platja de Piles, diciembre de 2010



Barx, diciembre de 2010



Gaianes, noviembre de 2010

(Imagen: El Hermitaño)

13 de enero de 2011

"Lost and found" (perdido y encontrado)



¡Qué extraña situación! Se fue sólo para unos pocos días, abandonó el nido materno apenas un abrir y cerrar de ojos, pero a causa de una concatenación de circunstancias y hechos desfavorables, increíblemente absurdos y sin relevancia ninguna, algunos creyeron que ya no regresaría nunca más. A largo de unos instantes de aterradora y convincente realidad le consideraron ausente, es decir, muerto, desaparecido para siempre, sospecharon que la había palmado, o que, en el mejor de los casos, se había abierto el cráneo en el fondo de un barranco... y yacía inconsciente a la espera del rescate.

Unos salieron en su busca como si fuera un perrito perdido en el bosque, desvalido, inválido, aturdido por la soledad, la foresta y el aislamiento; examinaron cada palmo de terreno entre la ciudad y el monte, esperando divisar las marcas de neumáticos, captar el olor del gasóleo quemado, descubrir alguna señal que indicara que "él" había estado allí, y tratando de adivinar dónde se ocultaría entonces, en la noche profunda; los teléfonos no se pusieron de acuerdo: unos llamaban a destiempo, otros habían cerrado por vacaciones, y los que estaban disponibles no eran recordados; hubo quienes lloraron su extravío eterno, y cavilaron cómo sería su existencia sin la presencia de la suya, imaginando un panorama gris de aburrimiento y hastío en su devenir diario; se pusieron en contacto personas distantes, se acordó un plan para tratar de comunicarse con el "fugado", quien mantenía un espeso silencio, y se armaron los preparativos con el fin de iniciar una "caza y captura" que, o bien revelaba el paradero del sujeto en cuestión, o bien dilucidaba definitivamente su fallecimiento. La hora prevista: las siete de la mañana.

Mientras tanto, ausente, perdido (gustosa y libremente), aislado, convertido en un punto de luz blanca enmedio de las montañas otrora eternas y calladas de Forna (hoy estridentes, magulladas y acuchilladas por las bárbaras canteras), el fugitivo descansaba en un alto, a los pies del castillo, masticando sus avellanas, afrontando la delicada hermenéutica gadameriana y aventurándose en los meollos del postestructuralismo derridiano. Volteaba por el sendero, arriba y abajo, mirando, eclipsado por la belleza, sin saber quién era él y de dónde había surgido todo aquel manantial de delicadeza y perfección natural.

Más tarde saboreó el ocaso con una mágica presencia de la niña selenita, bajo cuyo rostro remoloneaba Zeus. La luz de las esferas gaseosas distantes hicieron acto de aparición, y sin otras en un millón de kilómetros a la redonda, el banquete fue puesto sobre el telar cósmico. Estaba perdido, en efecto. Ya no era él, él no era nada. Le dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba (es decir, hacia dentro...), pero no podía detenerse, ni desviar sus ojos. No entendía nada, tampoco, ni le hacía falta, sólo sentía, embargado, transportado, huido de sí mismo, cómo aquello que le envolvía vivía dentro de sí, cómo no había distinción, ni separación, ni clasificación posible. Una misma esencia, una realidad ontológica única, una configuración existencial idéntica, en todos los sentidos.

Y, con ello, abrió los ojos (cerrando los de su interior). Recordó que no estaba solo (allí sí, pero no allá); se acordó de los otros, de que quizá trataban de saber algo de él. Y se puso en marcha. Arrancó, dejó el descansillo de hormigón sobre el que había dormido, y a las seis, mucho antes de que naciese el sol, iniciaba el viaje de regreso. Al poco lo encontraron, y él a ellos (quizá fueron "ellos" los perdidos, pensó), y las lágrimas, la desazón, y la angustia dejaron paso a sus opuestos. La comida, opípara y sensacional, fue la recompensa por la espera y la separación; los rostros, algo disgustados pero reconfortados, fueron destensándose. Y, al final de la jornada, todo volvió a ser como antes.

Excepto que, en lo más hondo del fugitivo, algo había cambiado. Allá, en la morada que había descubierto, permanecía una parte de sí mismo. Y debía recuperarla. Debía perderse de nuevo, si se quería encontrar. Y lo haría, sin duda.

El extravío es la mejor forma de saber de sí. El "Piérdete" que alguien espeta no es sólo una fórmula despectiva; es, también, una invitación al autodescubrimiento.

(Foto: El Hermitaño)

24 de diciembre de 2010

Travelling en las alturas



Hice este vídeo seis meses atrás, casi en el solsticio de verano, en el pico del Molló de la Creu, a unos 490 metros sobre el nivel del mar.

Me gusta recordar lo bien que se está en las alturas, cómo se siente uno allá arriba, solo, aislado, extraviado.

Es una sensación extraña, como si nadie más existiese, y el mundo estuviera abierto a tus pies...

23 de diciembre de 2010

Ida y vuelta



"Viajar es pasear un sueño".

Anónima

(Foto: El Hermitaño)

12 de diciembre de 2010

En la otra dimensión



Últimamente escapo sin cesar de mi choza y atravieso parajes deshabitados y rincones olvidados. No voy lejos; al lado de casa casi siempre está lo mejor. A poco que busquemos hallaremos paraísos perdidos y enclaves de leyenda sin tener que recorrer grandes distancias ni maldecir los aumentos en el precio de hidrocarburos. Quien viaja demasiado lejos huye de algo; nosotros, por el contrario, es ese "algo" lo que justamente perseguimos.

Me juré a mí mismo que sólo me estaba permitido disfrutar del lujo (mi único lujo hasta el momento, antítesis de mi forma de vida austera y frugal en lo material) a condición de que, con él y en él, "crecer como ser". Así de simple. Todavía es pronto para saber si lo he logrado ya. Creo que no; pero esto apenas acaba de empezar.

Me aseguré de mantener a raya a los bancos y empresas crediticias (zorras con ansias insaciables de bocados suculentos...); me obligué a no pedir nada mejor; me dije, también, que una vez la tuviera olvidase, por completo, lo que me había costado. Y lo he conseguido. Nunca he destinado mejor mis (escasos) billetes, y ahora, por mucho que me den las mejores riquezas o las más refinadas joyas, sé que no podría cambiarla por nada. ¿Por nada? Por nada.

Uno de los motivos es éste: En mi choza marxuquerense, esa "llar" de vivencias antiquísima, que me ha visto pasar de la niñez a la adolescencia y finalmente a la madurez, yo gozaba de la mayor de las bienaventuranzas: la libertad temporal total, que empleaba a mi gusto, solo, sin nadie mandando, sin nadie hablando, sin nadie pensando, siquiera. Pero, ahora, con mi xiqueta de ruedas de caucho y rostro de fibra antigua, esa libertad, esa independencia, se vuelve espacio-temporal. Se me abre un espacio propio (pero, también, para todos los de mi bando), en el que ser todo lo que soy, aquí, allá y acullá, y aspirar a ser lo que todavía sueño que seré.

Si antes, en la choza, un perraco ladraba, nada podía hacer (excepto lanzarle algún 'cudol'); si algún lelo machacaba mis nervios con excrecencias musicales, tampoco (excepto soltarle un par de tortazos); si las luces trucadas invadían mi noche y ofuscaban la visión de las auténticas, nada podía hacer; si deseaba cambiar de estampa, ver otro cielo o tener una ermita a mi lado por la mañana, o una callejuela solitaria y anónima, era del todo imposible. Ahora, grandeza de las grandezas, ya no: unos minutos y cambia por completo el panorama, la fauna, el horizonte, la orientación, la vida a tu alrededor.

Y, entre esto, el tiempo. Es otro, más suave, se desliza; ya no trota, es más sereno. Una hora parece un día; un día, toda la semana. Ya no sabes si lo hecho por la mañana corresponde a hoy, al ayer, o a dos días atrás... La nueva dimensión espacial noquea la temporal, como si al aumentar el espacio disponible lo hiciera el tiempo. A espacio (casi) infinito, tiempo (casi infinito); seguro que es una idea que hubiese agradado a Einstein...

Por otro lado, la compañía (la de los hermanos y hermanas, quienes saben que pueden contar conmigo) siempre es esperada, y bienvenida, una compañía que es presencia, mutismo, afecto e inteligencia. Pero a veces las almas amigas no pueden acudir a la ruta, y la casa que rueda se queda vacía de otros alientos; sin embargo, entonces, ella misma y su desocupado interior favorecen como nunca tu misma identidad solitaria (si es lo eres), o bien facilita tu unión con los otros (si los necesitas).

Es en esta soledad viajera y existencia, al abrigo de las inclemencias emocionales (debidas a aquéllos, para bien o para mal), cuando está uno consigo, lo que para mí es el momento cumbre del bienestar: reposas en la cabina, escuchas a los Zeppelin, a Dylan, a Velvet o a los Straits, o te dejas llevar por el rumor de los planetas holstianos, o por las piezas flautistas mozartianas; el sol muerde las montañas y la luna aparece entre los cirros; descansas en el comedor contemplando el espectáculo; abres la puerta y recibes un soplo de viento frío nocturno; oteas las estrellas a través de tus ventanas de plástico, buscando la constelación de la existencia; te acurrucas en el lecho y oyes el caer del día, un día todo tuyo (somos amos de nuestro tiempo, recordémoslo); escoges tus libros y los penetras como si tu mente no captara nada más que las palabras impresas; comes tan a gusto tus garbanzos o tus sopas de fideos, cocinados en los diminutos infiernillos de tu auto; abres la luz, por la noche, y tratas de plasmar en papel algo de todo ello...

Y luego, como siempre, regresas. La choza espera: hay saludos gatunos y maullidos hambrientos; hay hojarsca que recoger, leña que apilar, agua que bombear y una monstruosidad de timbales, bombos y platillos que exige ser sacudida, para hacer estallar el silencio eterno de ese espacio tan finito que es tu cabaña... Nunca puede uno ser blanco o negro; cuanto más silencio crees, más conviene en ocasiones destruirlo y metamorfosearlo en una orgía de salvajes rugidos y ruidos febriles. Ya sabéis, el yin y el yang. Algo de equilibrio para evitar el trastorno...

Al regresar, te es más sencillo volver a tus textos de estudio, es más placentero hacer un favor a tu madre, más fácil llevarte bien con tu hermana, y abrazar la sencillez y bondad de la vida doméstica (nunca domesticada...). Regresar es siempre otro inicio; porque irte es, de algún modo, querer regresar; y regresar es querer marchar de nuevo. Y, en el ínterin, mientras vas y vienes, mientras vives, ya sea entre paredes gruesas o delgadas, en una morada cimentada o móvil, te vas haciendo, vas siendo, y tratas de atrapar tu devenir.

Cada arrancada, cada vez que introducimos la marcha y soltamos un poco el pie derecho, nos acercamos a la plenitud. La de encaminarse a la mayor de las aventuras posibles: conocernos, y después, mucho más tarde, superarnos.

No hay dimensión que se nos resista...

(Foto: El Hermitaño)

2 de diciembre de 2010

Ciclos...



Hoy, dos de diciembre, han rozado el suelo las postreras hojas... Lo han hecho con delicadeza, con gracia, mientras el mistral arreciaba y las despegaba de su enclave arbóreo, el que han conocido desde su nacimiento. Ahora, tapizada la tierra con un follaje amoratado, espera el duro invierno, que hará estremecer los troncos hasta las benignidades de la primavera inefable... Y, más tarde, aparecerán las viandas dulces colgadas como ofrendas para la vista y el paladar...

¿Dónde estaremos cuando aparezcan las primeras hojas, dentro de tres meses? ¿Y cuando se despidan del árbol las últimas, más o menos un año a partir de ahora? ¿Qué será de nosotros, y con quién lo compartiremos, en el instante en que broten los nacientes frutos?

El mar del tiempo es infinito, bañado en aguas eternas. Consuela saber que, una vez marchitos y mezclados con la tierra (quiero decir, nosotros, no las hojas), un nuevo ciclo aguarda para arrancar de nuevo, y que es imparable, como lo es el calor del sol y la luz de las estrellas. No estaremos para entonces, pero puede que de algún modo una parte nuestra permanezca... en los otros, esos que vendrán, que nos enlazarán con el pasado y el futuro.

Otoño, invierno, primavera y verano. Los cuatro jinetes (del génesis, de la creación). Dedicádles un segundo, contempladlos mientras avanzan (por ejemplo, en el curso del sol, en las sombras a mediodía, en los árboles, en las cumbres de las montañas...). Y luego meditad qué vale la pena... hasta dónde cabe llegar. Porque tampoco nosotros nos libramos de él.

Recordad las palabras del gran Robert Plant, en That's the way: "No olvides que todo lo que vive nace para morir...". También, si se quiere, podríamos decir que "todo lo que muere ha nacido para vivir (de nuevo)". Es un ciclo sin fin. Creación y destrucción; amanecer y ocaso; día y noche. Muerte y resurrección.

Y vuelta a empezar...

(Fotografías: El Hermitaño)