16 de julio de 2010

¿La encontré?



Estas cosas son cíclicas; me tropiezo, con ellas, cada cierto tiempo, con una periodicidad sorprendentemente exacta. Parece que la Providencia gusta de brindarme su aparición inesperada siguiendo un patrón temporal algo lato, pero no tan dilatado como para que las olvide por completo. Vienen y van. Se introducen, se engarzan en tus fibras, sueñas con ellas, y entonces desaparecen. A veces lo quieren ellas; pero nunca tú.

La primera, la inicial de esta serie recurrente, hizo su aparición cuando dejé de estudiar y me dediqué a ser, hace ya más de una década; la última me ha cautivado hace un par de días. Todas tienen bastante en común: despuntan, deslumbran, fascinan, tienen ese “algo”, un “resplandor”, una emanación que las hace distintas, que les hace ser únicas. Sólo puede sentirse, no explicarse. Estás en una habitación con otras veinte féminas, algunas verdaderamente imponentes, pero no les prestas más atención que a una boñiga de cabra: sólo a ella, a aquella que brilla. Ésas son; brillan tanto que eclipsan.

¿Por qué? En este postrer caso, tal vez por su forma de entrar en el aula, iluminando la estancia, sin necesidad de electricidad; tal vez por cómo se recoge el pelo, o como dormita, descarada, mientras se explica la lección. O porque, inquieta, siempre trata de compartir, de hacerte partícipe de su mundo. Quizá, también, porque brotan de ella mil ideas, algunas adorables, otras triviales, pero cuya fuente no parece agotarse nunca. Tal vez porque siempre tiene algo que decir, porque todo le importa y, al mismo tiempo, parece indiferente, mientras observa las traviesas del techo y bosteza poniendo los ojos, esos ojos de dos colores, en puro blanco.

Cuando hablas con ella (ellas dan siempre el primer paso, recordad otra de sus particularidades...), tales ojos chisporretean, juguetones. Uno, negro como el cielo, invita a recorrer los mundos del más allá; el otro, castaño como la tierra, seduce para hacer de ésta un paraíso. Su voz es fuerte, pero no carece de cierta dulzura. Departe con todos, sus palabras suben y bajan, impregnan las paredes y hace volverse a los que tiene cerca. Sabes que en ella hay un universo de posibilidades, algunas sublimes. Te escuchará siempre, te mirará hasta el fin, puede que incluso te siga (y tú a ella) hasta que se termine el camino.

Mientras las demás arreglan sus joyas, miran sus curvas y tratan de que no se les arrugue el vestido, ella subirá a su escoba y explorará la noche. Guiñará un ojo (¿el negro, el pardo?) a la Luna, acariciará a Vega, acompañará al Cisne en su vuelo nocturno, buceará en el brazo de Sagitario y aguardará la salida del Sol.

Después, cuando el terremoto cede y sólo queda un mero temblor emocional, piensas si será para tanto. Si, de haberla escrutado mejor conociendo algunos de sus arcanos personales, no te hubiese defraudado, como con tantas otras ha ocurrido. Pero para entonces ya ha desaparecido, ya se ha montado en su escoba y surca el cielo, rociando la patria del firmamento de singularidad y locura, de sonrisas y excitaciones, emborrachando y dejando con la miel en los labios.

Como todas ellas, acaba por seguir su camino. No las puedes apresar, igual que el agua que mana de un surtidor. Llenan todo y luego te vacían, dejan un hueco, y sólo puedes anhelar el encuentro siguiente. Que sabes que llegará, en algún momento. La rueda regresará al lugar de partida, volverá a haber otra “ella”, hechizante y rompedora. Cuando, nunca lo sabrás. Pero ahí están. Recorre las calles, entra en cualquier parte; aparecen cuando menos lo esperas, cuando no las persigues.

Una entre mil, una entre un millón. Y sólo ella es. Sólo ella.

Ella.

(Fotografía: El Hermitaño)

28 de junio de 2010

Lunáticos



Ni playas, ni hogueras, ni guitarras rasgueando el silencio eterno. Sin palabras, sin voces, sin sonidos. Ausentes de músicas, desprovistos de bocadillos, y vacíos de alcohol. Pero repletos de todo lo demás (vista, oído, percepción, sensación, sentimiento y amistad). Nosotros dos.

Juan había muerto ya, pero el santo renació para saludarnos, dos figuras difuminadas por la noche, como la Luna por los cirros. La nocturnidad sagrada, la del delito, sí, de la falta, del pecado, que a nadie perjudica, sino que a todos agracia. La de sentirte allí, en medio del paraje sereno y adormilado, y avistar la mansedumbre de la tierra, y el salvajismo del hombre. Algo no cuadra, y no es Ella.

Nos refugiamos cerca del convento, un remanso de existencia pura y sin aditivos que cada vez nos llama más, y al que deberemos acudir, para saborear su incienso espiritual y el hálito del saber, del recogimiento, que impregna a buen seguro sus paredes centenarias. Al menos una buena temporada, que evacue apetitos frívolos y reintroduzca el ansia por el yo, el “autosaberse”, el descubrirse de nuevo. Será como cumplir la penitencia (pero gloriosa penitencia...) por un pecado aún no cometido... El mundo al revés siempre sabe mejor.

Me recordó, nuestra presencia allí, a aquel cuadro de Caspar David Friedrich que inserto arriba, y cuya atmósfera vaporosa, flotante, de amistad eterna y astros imperecederos, abrigados por la naturaleza indómita, compila casi todo lo que uno aspira a disfrutar y fantasía con disponer: una casa modesta, pilas de libros, los benditos gatos, papeles y lápices por doquier, y sobretodo, esos paseos nocturnos a la gracia de las luces estelares, alumbrados por la Luna nimbada, y amparado por el amigo o la amiga (¿ambos quizá?), uno a cada flanco mío, mientras penetramos en los bosques, mientras reímos, compartimos, nos mosqueamos y nos veneramos, por lo que hemos decidido ser, pese a todo, y pese a todos.

La Luna llena, camarada inseparable de correrías noctívagas, nos hace lunáticos a su vez, chiflados de su luz velada; atontados por su fuerza salvaje, embrujados por esa influencia tormentosa e ininteligible, pero más real aún que su brillantez, nos brinda algo del elixir licántropo, y entonces aparecen colmillos, pezuñas y garras... pero, a la vez, surge la poesía, el pensar en el más allá, y en quienes están a tu lado. La ambivalencia del lunático, feroz y sensible. Como somos, muchos.

El ron permanece hoy en la mochila; el encanto ya es demasiado fuerte sin él. Unas gotas de su líquido requemado y la Luna sería una calavera diabólica, gritando en silencio sus locuras... Al regresar al vehículo no cesamos de echar la vista atrás, contemplándola, como temerosos de que pudiera saltar y atraparnos; ella sonríe, maligna, y sabe que puede hacerlo cuando quiera.

Pero miramos también por placer. Su disco cautiva, su luz enamora, y su misterio permanece, día a día. No hay enigma mayor. Nos gusta, se apodera de nosotros; marchamos a su lado, abrimos las fauces y aullamos bajo su hálito.

Somos luna(ticos). Somos ella. ¿La sientes, verdad?

4 de junio de 2010

Fin del encierro (días infantiles de junio)



En la escuela Junio tenía, tras el largo curso rodeado por amigos (y algún que otro enemigo...), connotaciones especiales. Al achique del tiempo lectivo, que permitía tardes libres de juegos y aventuras, se sumaba el hambre por todo ese enorme -casi infinito- tiempo veraniego que se abría, todo él por disfrutar, ante nosotros. Nos sentíamos, a mediados de mes, como exploradores antiguos con la pasión por el descubrimiento, porque concluía la reclusión en el aula y se nos permitía salir, investigar, capturar el mundo, a modo de entomólogos con sus cazamariposas.

Entre las mesas y los encerados, mezclado con el olor a yeso y los montones de papeles, parecía entrar el aroma a ese salitre vital que nos esperaba afuera. Teníamos cerquísimo, casi palpable con nuestra mano, el mar inacabable de arena, esperándonos, aguardando nuestra salida. Por nuestras venas ya no corría sangre, no era el líquido rojo el que nos nutría, sino una fina arenisca dorada, que circulaba por nuestro interior y de la que tomaban forma nuestros tiernos sueños impúberes.

Las despedidas tenían un sabor amargo. Habíamos compartido con los compañeros de clase todo tipo de vivencias: buenas y malas, tristes y alegres, inolvidables y prescindibles, unas que nos hicieron reír, y otras, las menos, llorar. No queríamos separarnos de los amigos íntimos, que eran como hermanos o hermanas; pero tampoco, y esto era lo extraño, de aquellos con quienes reñíamos a veces, revolcándonos por el suelo polvoriento o, incluso, peleándonos a brazo partido, con el ansia física, torpe y fugaz, que nos caracteriza cuando críos. Y, por supuesto, nos mortificaba alejarnos de aquella chica de cabello refulgente, a la que observábamos, con ojos abiertos como platos, mientras escribía en la pizarra de esquisto verde frases o divisiones -que a nadie importaban-, o a la que, de reojo, entreveíamos al sentarse a nuestra vera, en su rugoso pupitre repleto de anotaciones a bolígrafo, corazones desdibujados y rudos insultos a profesores ya jubilados.

A una distancia inimaginablemente lejana sobrevolaba la idea del regreso, en ese septiembre otoñal, todavía cálido, que haría reencontrarnos con todos los viejos camaradas (y alguno nuevo), y estrenar aquellos juegos de rotuladores, los packs de lápices de colores y las libretas y cuadernos aún vírgenes, a la espera de ser inundados de tinta. Daría inicio entonces otra aventura, otro año y otra vida, pero a finales de junio, aquello estaba más allá toda realidad. Anhelando (con corazones martilleando en los pechos y piernas ansiosas por correr en libertad) la señal acústica del timbre, el fin de los días de encierro, el tiempo parecía dilatarse y no atrapar jamás, impulsado por alguna extraña fuerza rebelde, el límite de la una del mediodía.

Pero, entonces, cuando ya habíamos perdido la esperanza, sucedía, llegaba el momento mágico. Y el mundo, hasta entonces ordinario y predecible, parecía mutar, reemplazando la clase por la playa, abrigos por bañadores, y enormes vehículos, siempre a manos de otros, por nuestras bicicletas, madrinas de aventuras, porrazos e incontables correrías. Éramos indestructibles, inmortales; el tiempo había dejado de existir, nuestra vida era un disfrute constante, bien a lomos de compañeras de dos ruedas o galopando por la arena mientras el sol tostaba pieles y espíritus, endureciéndolos, embelleciéndolos.

Sabíamos que llegaba el verano, y con él los deseos de abrazarlo, de hacerlo propio, a sabiendas de que nos pertenecía, de que podíamos hacer de él lo que quisiéramos. Y así era. Hoy, ya adultos, ya maduros, podemos lograrlo también. Ser libres, movernos al son de las olas, no es tan difícil como parece. Pero se requiere coraje (huevos, para decirlo clarito), olvidarse de lo que quieren que hagamos con nuestras vidas (y empezar a decidir, de una vez, qué somos y hasta dónde nos arriesgamos), perder algunos amigos, las carteras y las torpes y prejuicidas ideas que aún nos carcomen, y recoger unas pesetas para un viaje que no sabemos adónde nos llevará.

Muchos siguen siendo niños, a ese respecto. Y siguen yendo a jugar a la playa, junto al astro eterno, a cada junio que concluye, abiertos a todo lo que el mundo y la vida les pueda brindar.

(Fotografía: El Hermitaño)

31 de mayo de 2010

Iniciación (la hora de la verdad)



En una ocasión escribió Ortega y Gasset que “la vida del hombre se divide en cinco edades de a quince años: niñez, juventud, iniciación, predominio y vejez”. Si esto es así, y dejando aparte los casos que no cumplen la efectiva distinción progresiva (si es que hay algún individuo que lo haga realmente, cosa que tampoco sabemos a ciencia cierta), el pedazo de existencia que de verdad cuenta, el que da el pistoletazo de salida a qué somos realmente, no arranca hasta la treintena. Nada (o casi) de lo que hayamos logrado con anterioridad prefigura nuestro ser, no en el sentido del carácter o modo de entender la vida, sino en lo que atañe al camino vital que todo sujeto habrá de recorrer. Es a los treinta cuando, parece, la vida empieza a ser.

La iniciación, el tercer estadio orteguiano, puede haberse presentado mucho antes, desde luego, o puede que jamás se desarrolle plenamente, y de la etapa juvenil se penetre, sin solución de continuidad, a la vejez, obviando las dos intermedias (que marcan, según Gasset, el “trozo verdaderamente histórico” de nuestras vidas); de hecho, quizá podríamos preguntarnos si muchos de los que hoy ingresan en la tercera década realmente se “inician” en algo, como ese “algo” no sea abrir una hipoteca, emprender una carrera laboral rentable, o amueblar su ático, es decir, las sandeces habituales que mis mezquinos coetáneos en años suelen cometer...

Poco importa. En todo caso, la “iniciación” es, sin dudarlo, la etapa más gloriosa y grandiosa que uno puede experimentar. Lejos ya de los titubeos y efusiones mentales de la niñez, vagas y algo tontas aún, y de las calenturas quinceañeras y esos intentos primerizos de vida independiente y de autoafirmación individual que representa la veintena, el lapso que media entre los treinta y los cuarenta y cinco se configura como el periodo en que uno será, en efecto, lo que debe llegar a ser. Dejando aparte todos los matices que queramos (como los estudios que sugieren, por el contrario, que lo que no hayas atrapado a las treinta ya nunca lo conseguirás), la iniciación está preñada de posibilidades.

Fastidia esa idea, común e idiota, de que en función de estudios, aptitudes aprendidas y experiencia a los treinta, la vida, tu vida, ya está establecida, orientada hacia un ámbito concreto y cerrada a los demás. Es falso: un cocinero puede llegar a ser astronauta; un cartero, juez; y un “...” (escribe aquí lo que eres, o crees que eres...) un “...” (escribe lo que nunca has sido, pero desearías ser). Otra cuestión es que halle remuneración para su tarea, pero esto importa menos que una boñiga de cabra... La vocación no debe valorarse en función de la retribución monetaria, porque entonces ya no es vocación, ni es nada. Todos tenemos a nuestro alrededor ejemplos de vocación tardía, pero auténtica, que ha catapultado a gente otrora depresiva y abatida en una persona alegre, a gusto consigo misma y entusiasta. Y todo porque supo ver que podía truncar el trayecto de su camino equivocado y, rehaciendo sus pasos, dar inicio a la nueva jugada, a un nueva mano de cartas, a un postrer lanzamiento de dados.

Hay quienes ven en las personas que oscilan en su camino vital, que se detienen y emprenden la marcha atrás, que no hallan la pista adecuada para echar a andar con paso firme, seguros de sí mismos, a personas fracasadas, a seres débiles que no son capaces de recibir los embates de la vida tal cual llegan, que no cogen al toro por los cuernos. Pero, para mí, esos seres dubitativos, los que vacilan, los que a veces no saben por dónde tirar en su viaje esencial, son los héroes, los que recibirán el trofeo de “ganadores” al final del recorrido. Son los Superhombres nietzscheanos, porque no se conforman con lo dado, porque van siempre más allá de lo que el destino les tiene reservados, y porque ante la disyuntiva de una existencia autocomplaciente y ceñida a lo ya hecho (aunque quizá social y económicamente excelente), prefieren el atisbo de una perspectiva repleta de tentativas, de tanteos vitales, y escasa de certezas y protecciones.

El sendero hasta nuestro destino no siempre es recto. Nos equivocamos de camino, nos perdemos, volvemos hacia atrás. Quizá no importe qué camino emprendamos; lo que importa, es emprenderlo”.

Sea.

(Fotografía: El Hermitaño)

23 de mayo de 2010

Un tesoro (olvidado): subida al Molló de la Creu



Vista así, desde el suelo firme del valle de Marxuquera, la cima del Molló de la Creu parece inalcanzable. Empinada, enconada, como un cucurucho rocoso y gigantesco libre de huellas humanas. Pero, en absoluto. Su cúspide es accesible, su falda agradable de recorrer, y el trayecto hasta su punto culminante se convierte es un paseo que, si bien no exento de cierta dificultad para los que no suelan hollar tierras elevadas, ofrece al caminante (sobretodo si acude allí solo, como buen montaraz y amante de las montañas) uno de esos tesoros olvidados que preñan la comarca, sin que casi nadie lo sepamos.



Desde su vertiente sur, la cima se redondea, el camino se delinea mejor, y la sensación de verticalidad desaparece. Entonces te rodea un bosque bajo de zarzas y matorrales, flores y vegetación exuberante, incontables depósitos de color y perfumes montañosos. A paso lento por una senda estrecha pero bien marcada (excepto en un llano pedregoso, a medio trayecto del pico, donde se difumina y pierde su identidad), ascendemos sin prisas aspirando ese aroma típico del monte, que despeja narices y espíritus.



Llega el momento del descanso. Apartas la mochila, abres la botella, echas un trago, diriges la mirada alrededor tuyo... y en ese entreacto de quietud física captas, sientes y entiendes por qué has elegido ir solo, y por qué allí, en medio de esa nada arbustiva en la que no hay alma humana a la vista, excepto en la hondanada que descansa allá abajo, a una eternidad de espacio. No llevas teléfono (blasfemo sería su sonido en tales picos vírgenes), apenas nadie sabe que andas por tales alturas... un ligero resbalón, un pie mal apoyado, un momentáneo error de cálculo entre roca y roca, y el despeñe es sensacional... Y la muerte, próxima. Fantástico.



Por sorpresa aparece, mirando más allá de tus pies, una pequeña ventana libre de montañas, permitiéndote contemplar tu hogar, que no es más que un mero parche de color granate extraviado junto a otros muchos. Allí reposan tus gatas (a alguna la echo de menos de vez en cuando...), el tiempo perdido (luego bien ganado), y también una parte de tu propia existencia, lejana, actual, y por venir. Ansías volver, pero aún no es el momento. El calor achicharra mi pescuezo, las zarzas atraviesan la piel de mis piernas (despiste de principante, echar al monte con pantalones cortos...), y el sombrero de paja apenas resguarda de la poderosa estrella. Mas hay que seguir. No porque haya recompensa, o porque con la cima se consiga algo, sino porque lo piden los músculos, las fibras, y las células... hasta la última partícula de tu ser.

Y, por fin, el fin es el principio. Llegas. La coronas. El cielo se despeja. Nada por encima de ti más que el azul libre de nubes. Te descalzas, dejas que las brisas invadan tu cuerpo, y hasta casi te desnudas (estaba solo, ¿qué más daba?). Realizas un travelling circular. Completas, también, un círculo en torno a ti mismo, sin cámara, sin mirar, sólo hacia tu intimidad. Después, extraes el bocadillo, y mientras masticas, con parejas de mariposas retozonas amenizando la visión, tarareas unos himnos de los Beatles, y te ríes de esa locura, de eso que haces sin nadie más. Como casi siempre.



El Montdúver mira de cerca con su arrogante altura, pero su sendero hasta la cumbre, bien asfaltado, amplio y sin tropiezos, es aburrido, repetitivo y tan transitado que casi carece ya de atractivos. El Molló, por su parte, desafía, invoca, y causa respeto. Es un hermano menor de aquel, pero sólo con relación a niveles o elevaciones. Porque si uno quiere estar solo, en verdad, sin molestias ni tropiezos (aunque, lo reconozco, un encuentro con una bella dríade me hubiese venido muy bien...), lo mejor es huir de sendas asequibles y facilonas. Y el Molló, con su pirámide rocosa, amaga un itinerario singular, exento de presencias incómodas, y apenas a un tiro de piedra.

Es un tesoro, en efecto. Tesoro cuya recompensa se ofrece, como lo hace toda montaña, no al rematar su cima, sino antes incluso de iniciar el camino. Porque la satisfacción no está (o no debería, a mi juicio) en ella, en su cúspide, en llegar allí y hacer la foto de rigor, sino en descubrir qué somos, y en qué nos convertimos, cuando pisamos sus piedras, atravesamos sus zarzas (el dolor es el ingrediente principal de la dicha) y echamos un vistazo a ese mundo enorme que se extiende desde el pico hacia el infinito y, en él, nos reflejamos.

La montaña somos nosotros. Y ella vive, también, en nuestro interior.

(Fotografías: El Hermitaño)

20 de mayo de 2010

Nosotros (y ellos)



A veces pienso qué fue. O quién. Qué o quiénes me impulsaron a no seguir; a no dejarme deslizar hacia allá; a girar la cabeza en otra dirección; a decir “no”; a pensar que había otra forma de hacer las cosas: a, en resumen, no ser como ellos. Algunos momentos que me indujeron a hacerlo, a no seguir lo que se solía seguir, a no pintar nada en el cuadro social imperante, los recuerdo nítidamente, como me acuerdo de ciertas personas que facilitaron (o complicaron, para bien) las cosas; a esas personas, de hecho, jamás las podré olvidar.

Debía tener unos doce años, quizá trece recién cumplidos. Mis compañías, vistas con la lupa del tiempo, no eran demasiado prometedoras: holgazanes, fracasados académicos (yo era uno, no nos engañemos), adolescentes con vespinos, tipetes duros del tres al cuarto, y algún que otro ocasional individuo singular, que brillaba algo, pero cuya luz, ciegos mis ojos, yo todavía no percibía. No había miga alguna entre todos ellos, y yo tampoco valía apenas nada, aunque ya empezaba a hacer cosas ligeramente pintorescas, como coleccionar fascículos de astronomía o leer novelas de Stephen King, y me atraía la idea trabajar de observador de los cielos en un remoto pico andino, si no terminaba tocando la batería en algún grupito de la urbe... Esto, sin embargo, estaba aún dentro de mí; no había brotado al exterior, por miedo, porque sonaba demasiado “raro”. No lo veía a mi alrededor, no había nadie con quien compartirlo; eran cosas excéntricas, que no mencionaba a nadie, excepto la quimera del rompeparches (no en vano, un par de años atrás había tratado de formar un grupo con otros amigos... incluso nos pusimos nombre, “Rayos X”, o algo así, xD).

Un día, en el portal de mi casa, nos reunimos cinco amigos (ahora entiendo que es incorrecto llamarles como tales, pero entonces lo eran, o así lo suponía yo...), tres de ellos con sus cacharros de dos ruedas a motor, negras, relucientes, incitantes. Me gustaron, me atrajeron, las quise de inmediato: acelerar por las calles serpenteando entre los coches, echando humo, haciendo ruido, llevando (tal vez) a alguna amiga en la parte trasera, que se apretara a mi espalda, mientras atravesábamos el pavimento agrietado de la ciudad... la visión fue grandiosa, como de libertad desconocida, como una dimensión nueva que promete aquello que antes ni siquiera habías soñado. A partir de entonces olvidé la astronomía, los cielos y la inquietud por molestar al vecino con mis ensayos ruidosos. No eran propósitos incompatibles, desde luego, pero por unos días aquello que tan arraigado estaba en mí no echó más raíces; murió, desapareció, se quebró. Sólo pensaba en chicas montadas en el ciclomotor, llevarlas a bailar, ser un macarra, y dedicarme a un trabajo cualquiera. Los sueños fueron sustituidos, las ilusiones cambiadas, y los apetitos pretéritos arrinconados. No era nada malo, en absoluto, pero sí muy del montón, conforme al gusto de los que me rodeaban (amigos, ambiente, escenario social...), y muy acorde con lo que se supone que debes llegar a ser, si nunca te has planteado las alternativas existentes (o, incluso, si éstas existen).

Le pedí a mi madre, tras unos días de intenso deseo agitándose en el pecho, un artilugio móvil como aquellos que lucían mis compañeros. Se lo pedí entusiasmado, como nunca le había solicitado nada, y aunque sospechaba ya una negativa por motivos económicos, a la que debería hacer frente con toda mi capacidad persuasiva de adolescente, su respuesta a mis súplicas fue tan inesperada que, con un simple ademán de su mano y una frase que no olvidaré mientras viva, me dejó anonadado: “te gusta [la moto] porque la tiene David, pero en realidad no la quieres”.

Nunca, ni antes ni después, ha dicho jamás mi madre algo tan auténticamente cierto, tan genuinamente preclaro respecto a mi pensamiento. Nunca dio tan en el clavo, ni nunca supo, de hecho, el favor tan gigantesco que sus palabras, resonantes durante semanas en mi cabeza, causaron en la mente de este ermitaño en sus tiempos escolares de muchacho melenudo y desgreñado.

No dijo que rechazaba la idea de comprar ese cacharro con ruedas, sino que yo no la quería: o sea, me entendió mejor que yo mismo (ahora lo comprendo, entonces no inmediatamente), supo avistar qué era yo y lo que deseaba en verdad (para eso están las madres, eso es ser una madre), más allá de las apariencias, de la fiebre de un día, del ansia juvenil, intensa pero mudable. Quizá porque me había visto merendar mis gofres mientras visionaba un documental de astronomía, una vez más entre varias miles; o porque recordaba mis conciertos del viernes por la tarde, aporreando las sillas con mis baquetas infantiles emulando a Pick Withers. Por el contrario, cuando le pedí un telescopio tiempo después, me aseguró que trataría de conseguírmelo más tarde (al fin lo compré, con mis medios, a los dieciocho años), y lo mismo con la batería (ésta aún está en el limbo, pero llegará, a no tardar mucho).

Ahí radica la clave: mi madre reparó en qué era producto del ambiente, de las influencias, del mundo del más allá, que no nacía por mí mismo, de mis mismas inclinaciones, sino del entorno, del grupo. Desechó mis apetencias momentáneas, producto de un pasajero interés, pero garantizó realizar (o al menos tratar de hacerlo) las que llevaban fermentando en mi espíritu durante años. No estoy seguro de que fuera consciente del valor de sus palabras. Pronunciada en la encrucijada crítica de todo hombre que aún no lo es, en ese punto abierto a mil mundos que es la adolescencia, la frase materna me despertó, espoleándome (aunque de nada sirviera para llegar a ser astrónomo ni batería de rock) a perseverar en aquello que me hacía sentirme bien, a mantener mis gustos, pese a su excentricidad, pese a ser propio de “raros”, aunque todo a tu alrededor luchara contra ello, tratando de destruirlo.

Ahora pienso donde podría estar, en qué se habría convertido mi “yo” si, en lugar de aquel “no” categórico, mi madre hubiese sido más indiferente, más indolente, más quizá como las demás madres y padres, y hubiese accedido, dejando a la puerta de la entrada de casa una de esas máquinas chirriantes (que hoy tanto odio...), quizá haciéndome feliz cinco minutos y desdichado el resto de mi vida (aun sin saberlo, ni ella ni yo). O puede que no fuera de esta forma, después de todo. Quién sabe.

Nuestra existencia se nutre, para configurarse como tal, de momentos así. Son millones los caminos que no seguimos, las decisiones que no tomamos, las alternativas que omitimos, y las opciones que desechamos. Es la magia del ser. Lo que cuenta es mantenerse fiel a uno mismo, desafiar lo otro, plantarle cara, sonreír, y seguir avanzando. Ya lo sabéis, ¿verdad?

Resistid. Que nadie elija por vosotros. No lo permitáis jamás.

(Fotografía: El Hermitaño)

6 de mayo de 2010

Pinet, la tierra de silencio



La mañana había sido estéril. No suele pasarme, pero a veces ocurre: tratas de llenar las horas, pero al carecer de un plan o programa diario de tareas (que, por cierto, nunca he tenido; aunque admito su eficacia, debe ser aburridísimo...) dejas que sea tu instinto, el deseo del “qué hago ahora” quien decida. Es el privilegio de ser “rey de tu tiempo”. Mas hay días en que quieres abarcar tanto que son demasiados los frentes que resolver, excesivas las ideas que cohesionar, ilimitadas las lecturas que abarcar, y el resultado es que, sin decidirte por nada concreto, el tiempo muere, el ansia queda insatisfecha, y la comida te parece inmerecida e innecesaria; has hecho muy poco, el apetitito ha huido y el estómago no traga.

Como si no percibieses ya la vida (la tuya), como si notaras que falta el aire, te sientes desencajado, mortecino, herido y pobre. Quieres algo, es imprescindible, pero no sabes qué. Miras a tu alrededor, cavilas opciones, sopesas acciones, pero sigues sin decidirte... y el tiempo pasa, vuela, se escurre y jamás regresará. No sabes cómo hacerlo, ni cuando, ni si quiera dónde; sólo que debe ser hecho, y pronto. Entonces, en un mar de confusiones, en el laberinto de las decisiones no tomadas, con las resoluciones y determinaciones habituales abortadas, fijas como meta el escape, la fuga, desertar de ti mismo. Marcharte para descubrirte; perderte para encontrarte.

Y llegas, expectante, a la tierra soñada. Enfilas la senda, admiras la belleza, te dejas llevar, te abandonas; cuando llegas al alto el lastre mental desaparece, el paisaje abierto despeja tus ideas, el donaire de los abejorros señala el camino, fácil, conocido, transitado. Está allí, en medio de las zarzas, respira a través de las flores, late debajo de tus botas: ¿cómo ha podido olvidársete? Tropiezas con la madeja arácnida, las moscas succionan tu vida (traidoras), los halcones sonríen desde las nubes, los pinos abrazan nieblas de mosquitos, el mistral trae en bandeja tiras de cirros, y las rocas destilan colores ocres, revelan una vida antiquísima que quedó prensada a su raíz pétrea, y condensan señales estriadas de minerales atrofiados y disueltos, anteriores a todo diluvio.

Pinet dormita, a tus pies. Nada oyes, porque nada genera sonido. Escuchas, lejos, como en otra galaxia, cómo se acercan vehículos; sólo ellos, malditos, rompen la magia del no oír. Pocos saben existir sin ser advertidos, y casi nadie descubre cuán valioso puede ser permanecer ignorado por los otros. Los que ansían ser vistos y quedan tristes sin una mirada ajena que les preste atención, de ir allí padecerían pronto demencia. Sólo hay un ojo que mire: el de Dios (el nuestro, si se quiere).

El paisaje que envuelve Pinet parece un tapiz recosido miles de veces, distribuido en infinidad de pequeñas parcelitas de verdes diversos. Arrojadas en medio de un valle aletargado por la quietud vespertina, invitan a visitarlas, a trabajarlas con la azada y regarlas con el agua santa que brota de inagotables fuentes cercanas. Pero, también, a tumbarse en sus cobertores de hierbas, mientras corretean los conejos y el lánguido sol se acuesta sobre las montañas. Es tierra de disfrute, ajena a la masa, al chirrido mundanal, a la moneda soez y a la migraña mental, como la que me aquejaba por la mañana. Un momento allí, en la cresta elevada, y se hiende la incertidumbre; la convicción regresa, la duda se esfuma. Y uno vuelve a saber qué es la vida, y cómo vivirla.

Me he traído un pedazo gigantesco de ese cerro mágico, un bloque pétreo que semeja un meteorito añejo que perforó la atmósfera en épocas pleistocenas, por lo menos. Está veteado por serpenteantes coágulos de mineral, como si hubiera sufrido presiones intensas y posee (lo que diría yo que son) restos de conchas marinas... o algo así. Es un testimonio mudo de la singularidad y el encanto de esa tierra, tan cercana pero que se diría habita en la prehistoria (y a Dios gracias). Un pueblo rodeado del tiempo perdido, del espacio incorrupto, que pervive quizá sin saber el tesoro que aún preserva.

La roca pinetense yace ahora, colosal y sugerente, en el escritorio. Sus recodos macizos y meandros minerales inducen a aprovechar cada fibra de tiempo verdadero que la providencia tenga a bien dispensarnos. Aprovecharla, sea como sea, aunque sea haciendo nada (que, si se sabe que nada se hace, ya es hacer... ¡aunque nada se haga!). Dentro de poco, en un abrir y cerrar de ojos, todos seremos meros residuos polvorientos, hojas marchitas de un libro olvidado, que nadie abrirá ni leerá. Compañeros silenciosos de esa roca robusta que, callada a su vez, ennoblece mi escritorio.

Tic-tac. Tic-tac...

(Foto: El Hermitaño)

27 de abril de 2010

McDonald's y yo



Cosa hará de un mes cuando, mientras merendaba en casa tranquilamente, sonó el teléfono y, tras unos instantes en los que no le hice el menor caso (no suelo contestar, a no ser que espere una llamada relevante) fui a cogerlo a regañadientes, muy irritado por la interrupción. Oí la voz de una joven que me pedía unos minutos para contestar una encuesta, y me disponía a colgar de inmediato, pero dijo no sé qué sobre McDonald’s y yo, ingenuo, creyendo que aquello sería una especie de estudio de opinión ecologista sobre las formas y comportamientos de aquella multinacional –momento, pues, ideal para descargar mis iras contra ella, meter un poco de cizaña–, acepté y me dispuse a soportar esa voz femenina que recitaba las preguntas estereotipadas y uniformadas.

Le advertí a la chica (y es cierto) que yo jamás había entrado en un restaurante de comida rápida, ni mucho menos en un McDonald’s; y le aconsejé que sería mejor mi hermana para tales menesteres, porque ella sí es una usual consumidora de la comida rápida y con ella tendría, pues, una opinión mucho más veraz y ajustada a la realidad. Pero la del teléfono me aseguró que ya tenían la valoración de mujeres en aquella edad y situación, y que, en cambio, les faltaba la de un varón entre 25 y 35 años, y que yo encajaba en ese perfil (aquello fue un insulto en toda mi cara, pues siempre he odiado “encajar en los perfiles”, del tipo que sean...).

Tras las cuestiones más preliminares e insulsas (“¿le parece correcto el nivel de limpieza en los restaurantes?”, “¿cree que la atención al cliente es la adecuada?”, etc.), en las que respondí con cierta indiferencia, pues era algo de lo que no tenía la menor idea, llegaron las de contenido, digamos, ético y nutricional (“¿cree que McDonald’s trata bien a sus empleados?”, “¿opina que la carne empleaba en los productos de McDonald’s es cien por cien vacuno?”, “¿le parece que la calidad de los productos de McDonald’s es la mejor posible?”), unidas a otras más polémicas y casi como de chiste (“¿cree que con la alimentación que McDonald’s ofrece se favorece un tipo de vida saludable?”, "¿le parece adecuada la publicidad que realiza McDonald’s de sus productos?”), que contesté en un tono bastante agrio y despectivo.

Cuando no tenía muy clara la respuesta, le hacía ver a la telefonista que no sabía objetivamente cómo era en realidad un establecimiento de aquellos, que desconocía el sabor de sus productos, la higiene de los váteres, si la sonrisa de sus contratados era sincera o falsa, o si empleaban aceite o no para preparar las hamburguesas... pero ella desdeñaba mis dudas y me apremiaba, diciendo solamente... “Ya, pero entonces, ¿qué anoto?”.

Mis vacilaciones fueron en aumento cuando, al final de la encuesta, empezó a hacer preguntas falsas y con obvia mala intención. Una de ellas decía: “¿Sabe usted que McDonald’s realiza programas de nutrición saludable para niños?”; otra decía: “¿sabe que la carne que emplea la empresa se obtiene en granjas y fábricas ecológicamente respetuosas y que sus prácticas no dañan en absoluto al medio ambiente?”. Pero... ¿cómo coño voy a saber yo eso? Es más: ¿cómo sé yo que eso que dicen es cierto? ¿Quién me lo asegura? Si un maldito papel impreso dice que McDonald’s no daña la selva con sus instalaciones ganaderas ni que tala árboles tropicales para confeccionar sus envases, ¿voy a creérmelo? Pero, claro, si respondes que no lo sabías entonces quedas como un idiota, porque has realizado afirmaciones sin conocer esas grandes verdades que ellos sostienen; y si dices que sí lo sabías entonces te contradices con lo que antes habías sostenido (siempre, desde luego, que hubieras dicho algo en contra de la empresa).

Ahí estaba la trampa, por supuesto. Eran preguntas falsas, y ante ellas, nada se puede hacer. Yo me quejé a la tipa del teléfono, protestando porque no podía contestar a las mismas sin información más veraz acerca de las actuaciones de McDonald’s, o sin que tales afirmaciones fueran corroboradas por algún organismo gubernamental o independiente. Pero a ella, a la que seguía preguntando por teléfono, aquello le importaba una mierda: sólo quería cerrar la encuesta, dar por terminada la sesión y rellenar el perfil con mis “respuestas”. Debió repetirme unas cien veces “Ya, pero, entonces, ¿qué anoto?”. Me hubiese gustado decirle que podía anotar lo que le saliera de sus más profundos agujeros, que podía anotar que todo era una asquerosa farsa, una puñetera patraña, y que el puto McDonald’s me debía veinticuatro minutos de tiempo, echados a perder por mi tonta inocencia y por su desfachatez al tratar de engañar, embaucar y querer volvernos imbéciles a todos. Cuando la tipa dejó de hablar y volví a mis avellanas, quería ir con una maza al McDonald’s más próximo y hacerlo pedazos...

Unos días más tarde otro telefonista me llamó para conocer mis gustos radiofónicos. Acepté, aún no sé por qué. Le informé de que sólo escuchaba Radio Nacional de España y Radio Clásica; y, al poco, cuando empecé a oír preguntas algo ambiguas y turbias y quise dejar constancia de mi desacuerdo, el del otro hilo me dijo: “Entiendo, señor, pero es que yo debo anotar algo aquí”. Entonces, sin dudarlo, colgué.

Y, sí, me sentí mucho mejor.

19 de abril de 2010

El hombre ensimismado (o auténtico)

El siguiente texto de Ortega y Gasset debería, a mi juicio, estar enmarcado en la pared de toda aula, de todo colegio, de toda universidad, e incluso en cada casa de este mundo. Sólo siguiéndolo llegaremos a edificar una sociedad capaz de vanagloriarse de sus miembros, y no de ser, éstos, meros autómatas proclives a la opinión común, al gusto de la mayoría, a la tendencia de la masa, y al destino ordinario y plano que la misma les reserva:

"No hay otro modo de ser efectivamente lo que se es que ensimismándose; esto es, antes de opinar o actuar sobre algo detenerse un instante y, en vez de hacer cualquier cosa o pensar lo primero que viene a las mientes, ponerse rigurosamente de acuerdo consigo mismo, esto es, entrar en sí mismo, quedarse sólo y decidir qué acción o qué opinión entre las muchas posibles es de verdad la nuestra. Ensimismarse es lo contrario que vivir atropellado -en que son las cosas del contorno quienes deciden nuestro hacer, nos empujan mecánicamente a esto o a lo otro, nos llevan al estricote-. El hombre que es sí mismo, que está ensimismado, es el que está siempre sobre sí, por tanto, que no se suelta de la mano, que no se deja escapar y no tolera que su ser se enajene, se convierta en otro que no es él.

Lo contrario de ser sí mismo, de la autenticidad, del estar siempre dentro de sí, es el estar fuera de sí, lejos de sí... La voz castellana "otro" viene de la latina
alter. Pues bien, lo contrario de ser sí mismo es alterarse, atropellarse. Y lo otro que yo, es cuanto me rodea: el mundo físico -pero también el mundo de los otros hombres, el mundo social. Si permito que las cosas en torno o las opiniones de los demás me arrastren, dejo de ser yo mismo y padezco alteración. El hombre alterado y fuera de sí ha perdido su autenticidad, y vive una vida falsa...


Ahora bien, con enorme frecuencia... nos hemos abandonado a los otros y vivimos en alteración, en perpetua estafa de nosotros mismos. Tenemos miedo a nuestra vida que es soledad y huimos de ella, de su auténtica realidad, del esfuerzo que reclama, y escamoteamos nuestro auténtico ser por el de los otros, por la sociedad. Pero esta sociedad no es la compañía efectiva...: esta sociedad a la que me entrego implica que previamente he renunciado a mi soledad, que me he embotado y cegado para ella, que huyo de ella y de mí mismo para hacerme 'los otros'" .

José Ortega y Gasset, "En torno a Galileo", Alianza Editorial, p. 93-94.

9 de abril de 2010

Fauna del Camino



Para los andariegos de corte solitario, los vagabundos de calles, caminos y zanjas olvidadas que en ocasiones pasan todo un día sin abrir la boca, o sin compartir con otra alma las vicisitudes vitales, la visión esporádica y fugaz de otros que frecuentan el mismo paso puede llegar a ser, con el tiempo, motivo de alegría interior. Tal visión complace por hacer coincidir en tu trayecto a esos extraños con quienes te comunicas con tan sólo un ligero movimiento de cejas, una breve inclinación de cabeza o un gesto con la mano, o, si el encuentro ya es habitual, un “hola” o un “buenas”.

No son amigos, en realidad; pero sientes, a la larga, afecto por ellos. No son conocidos, de hecho; pero percibes algo que los hace familiares. No transmiten conocimiento ni saber alguno, desde luego; pero gracias a su encuentro descubres cómo son, cómo valoran ese tenue contacto, e incluso por qué circulan por allí, la misma senda que tu hoyas a diario. Y todo ello sin mediar apenas palabra alguna. Los que tienen a su vera fuentes de habladuría continua y presencia humana perpetua quizá no entiendan cuánto puede ofrecer el silencio del hallazgo entre iguales, el momentáneo cruce de dos errantes en el polvo del camino.

El peregrino suele ser el primero en verse: recorre la senda de arriba abajo, a cualquier hora, en toda circunstancia ambiental (tueste el sol, llueva a plomo, abrume la niebla...). Lleva un moderno bastón de apoyo (de esos metálicos, horribles) en su mano izquierda, una mochila vieja descansa en su espalda y su sombrero de paja bloquea la luz estelar que se vierte desde lo alto. Con una concha blanca colgando de su cuello y una compostelana en el bolsillo diríamos que se ha extraviado, canjeando la ruta de las estrellas por la ruta a ninguna parte, el Camino por el Camino, la dirección a Santiago por el rumbo a sí mismo. Parece un vagabundo perdido que persigue aquello que se le escapó en su juventud, y que prosigue la marcha sin fin, mientras le duren las fuerzas, aunque quizá presienta que tanto paso no lleva más lejos, ni permite huir de nuestra propia desazón.

El abuelo de la Typhon, por su parte, no anda, sino que va a lomos de una escúter, pero circula a tan baja velocidad que creo poder ir más rápido si apremio mis zancadas. Por tal motivo, el pobre va haciendo ligeras eses, y temo que pueda acabar en el fresco asfalto (está recién esparcido) si pierde un poco el precario equilibrio. En el pequeño portamaletas trasero lleva eternamente su azada junto a un par de viejos periódicos, y un puro ruinoso asoma en su boca; sus chisposos ojos azules rememoran un pasado seguramente muy travieso, y en más de una ocasión nos hemos cruzado mientras alzaba su mano (“¡Ay, que se cae!”, pienso siempre entonces) y gritándome “¡Caminante!”. Uno de los mejores halagos que sin duda pueden hacérseme...

Sigamos. Ahora nos topamos con el “señor Kant”. El “señor Kant” es puntual. Diré más (y mejor): es una fiera con el reloj. Como el pequeño sabio de Konigsberg, por el momento en que lo ves paseando puedes saber, con la exactitud de un despertador, la hora que es. Nunca falla. Es como si tuviese un mecanismo de precisión suiza en su interior que le llevase a aparecer justo en el instante correcto. Yo, que nunca uso reloj (empleo el solar, durante el día, y el de las estrellas [si no hay nubes, claro] por la noche), y a veces tengo un compromiso o una “cita” (con mi madre, más que nada, para que la lleve a comprarse unos zapatos, o si debo recoger a mi abuelo en la marjal...) empleo su presencia (al principio, mitad o final del camino) para descubrir por dónde anda el minutero y la aguja horaria. Y, repito, nunca falla. La labor social de este individuo es inestimable; el ayuntamiento debería darle una pensión vitalicia, porque es mucho más útil que la mayoría de politicuchos y funcionarios del Estado...

Las féminas no abundan en el paraje; y no digamos las de escasas primaveras. Todo lo que la vista puede disfrutar es la ocasional entrada en escena de un par de amigas, que casi por chiripa aparecen por allí, trotando con sus largas piernas, que te saludan entre divertidas y retozonas. También aparece alguna mujer, ya más mayor de cabello plateado pero rauda figura, que con su gran cánido, fiel acompañante, atraviesa veloz el sendero y se pierde de vista enseguida. Igualmente atrae la contemplación de una muchacha adolescente con su bicicleta serpenteando los socavones del terreno, y cuyo rostro acalorado te mira algo intranquilo, como deseando confiar pero aún sin estar segura del todo. Pero se trata siempre de epifanías fortuitas; por desgracia, no puede uno ir más allá.

El resto de fauna es aburrida, y generalmente molesta: payasos pelones que van arriba y abajo haciendo carreras con sus bichos ruidosos y que inundan los caminos de basura y desechos cuando se detienen a parlotear; los que pasean al perro para que vean qué bello es (el perro, no ellos) y cuán alto pedigrí posee (inversamente proporcional a la inteligencia de sus dueños), sin entender que los perros, en realidad, son ellos mismos; los tíos cachas que, ataviados con mayas apretadas para marcar músculo y gafas oscuras para escudriñar sin ser vistos, danzan quemando calorías, grasa y cerebro; las abuelitas cacareantes en grupo con su rollo gastronómico (“¡Pues a mí el pollo me sale riquísimo!”) o que aúllan como cacatúas al hablar de sus nietos guapísimos; o las mamás que quieren recuperar su esbelto tono mientras sueñan con un pasado que jamás volverá y detestan verse a sí mismas por las mañanas...

Pero estos no son los Caminantes. Sólo transitan por el camino; mas desconocen qué es, para qué sirve y qué puede ofrecernos. Quizá nosotros tampoco lo sepamos bien, pero sí podemos sentirlo: cada vez que nos ponemos las botas e iniciamos la marcha; a cada paso que damos mientras contemplamos el sol poniente, la nube que corre por el firmamento o el conejo que atraviesa el sendero en busca de un mejor refugio. Y es algo que también sentimos cuando aquel vejete nos saluda haciendo equilibrios en su escúter, cuando Kant vuelve a marcar la hora, cuando la chica de la bicicleta sonríe acalorada, o cuando tú mismo te observas, durante el acto de avanzar sobre la grava, deseoso por no dejar jamás de hacerlo, movido por una fuerza desconocida y que parece eterna en tiempo e infinita en intensidad.

El Camino afianza las confidencias mudas, une a extraños con lazos de simpatía a distancia, y enseña que con el silencio y la independencia también es posible poner los moldes de la amistad y la camaradería. Y quién sabe si, andando el tiempo y gracias a un ímpetu del destino juguetón, también los del amor y la pasión.

Echemos a andar, pues.

(Fotografía: El Hermitaño)

31 de marzo de 2010

"Northern Exposure" (Doctor en Alaska): episodio 3x19, "Toque de diana"





“Primavera, primavera, primavera... naturalmente los pensamientos de este amigo vuestro se dirigen hacia la muerte; no como final, tal y como la ven los demás, sino la muerte en un sentido cíclico: las mareas, altas y bajas; el alba y el anochecer, ese tipo de cosas...”.

Tiempo de aventura, de estar solo y bien acompañado, de olvidar el joven un pasado cargante, o abrazarlo el espíritu viejo como novedad ansiada, de cambiar de color de ropa, y de amor (sea éste real o irreal, aunque siempre verdadero), de pensar en el brote de hierba que pugna por elevarse, y de rebrotar a la luz del fuego catártico, como una espurna que brilla justo antes de desaparecer en el cielo de la oscura noche. No hay nada que no muera y, tarde o temprano, reaparezca de nuevo. Todo se pudre, consumido en el mal del tiempo; pero, después, resucita con vigoroso ímpetu, y desprende el aroma de la pureza, la santidad de un recién nacido, y el mismo tiempo es aliado de la belleza y elegancia que invade el mundo. Entonces, incrédulos y fascinados, preguntamos, como lo hizo Leopardi: “¿Vives tú? ¿Vives, santa/ Natura? ¿Vives, y al dormido oído/ llega el acento de la voz materna?”.



Nadie sabe nunca dónde se halla la sabiduría. Es imposible predecir de dónde surgirá la siguiente idea sublime acerca Universo, el pensamiento que reoriente la vida de mortales, ese descubrimiento imprevisto, la marca de la genialidad. Joel empieza a entender esto cuando recibe la visita de Leonard. Tras la apariencia vulgar puede esconderse un alma noble, que es como decir que debajo del folclore rural hay un poso de epistemología radical, lúcida y juiciosa, pero tan falible como la ciencia médica más racional. Joel no concibe tal posibilidad, y recibe una reprimenda bien merecida. La virtud de curar empieza por uno mismo, y es una fuente rica y útil, pero se obstruye si creemos que sólo nosotros la poseemos. Leonard enseña la lección, con humildad: “nuestro cometido es hacer que nuestros pacientes se sientan bien, sin hacerles daño”. Quien se arroga la potestad del saber está destinado al fracaso.



A veces conviene dar rienda suelta al fervor amoroso soñado, mas nunca realizado. Suele ser más intenso, más grave y más hondo. La pasión por hallar ese otro ser que dote de goce y placer el vivir puede hacernos construir la más perfecta de las fantasías, que es absolutamente real (y, por tanto, auténtica) mientras dura, casi eterna, en el pensamiento, por mucho que resista la materialidad. Maggie persigue algo que nunca ha poseído. No lo tiene (no lo tendrá nunca, podemos aventurar), pero el obstáculo es salvable. Arthur existe en la realidad como un ser y en la mente de Maggie como otro. Son distintos, pero son uno. Maggie, para hacerlo tratable, para poder ser con él, le confiere un ropaje adecuado. Oso-Arthur son las dos caras de la misma moneda; pero Maggie sólo puede vivir con uno de ellos; el otro, el que habita en sus profundidades sinápticas y emocionales, desaparece cuando se alcanza la familiaridad, el contacto, la ordinaria presencia del día a día. El fin de la hibernación del amigo ursino conlleva su vuelta a la vida, y la muerte de su alter-ego maggiano.



Por ello Maggie se sorprende, y descansa pensativa en un tronco junto a la corriente del río: su amor ha ido más allá de la realidad, su estima ha traspasado el umbral de la ontología, de lo que es, para remontarse hasta donde moran las esencias de los seres, hasta aquel punto en donde todos son espíritus, y el camuflaje físico no existe. De ser Maggie y Arthur simples inmanencias podrían ir de la mano hasta el fin de la eternidad; son sus cuerpos los que los hacen incompatibles. Pero el amor persiste, y aguarda al fin mortal para la unión definitiva.



Los pollitos que, rompiendo su cascarón, se abren a la nueva vida, que empiezan a piar rodeados del aire y desprovistos de la protección ovalada, son como actores que suben a la tarima, como escritores que ponen una hoja en el rodillo de la máquina, como pintores que mezclan sus colores en la paleta, frente a un lienzo de blanco puro: todos ellos pergeñan su futuro de aventura, la hazaña de hoy y mañana, y la tiñen de riesgo, porque eso es el arte y la vida, la vida y el arte. La muda de piel de Shelly, el gusto por los huevos de Holling, la necesidad de hallar alguna sorpresa en lo cotidiano de Maurice, todo representa el ansia de cambio, el espíritu de la permuta, de lo antiguo en nuevo (y viceversa, en aquel último): colmar de experiencias, olores, visiones, sentimientos y vivencias lo que no ha sido aún, lo que proporciona la primavera, o bien partir de lo ya vivido por otros, de lo que fueron raíces y pasados lejanos, para refrescar el hoy y dotarlo de un aliento perdido por el transcurrir hastiado de días maduros.

Renovemos nuestro vestuario, como Ruth-Anne; plantemos semillas, como Marilyn; salgamos a los bosques en soledad, como Ed; saneemos nuestros cuerpos, como Holling y Shelly; escuchemos aquello que los demás tengan que decirnos, como Joel; acariciemos, como Chris, a esas criaturas recién nacidas que brotan de la nada e inundan de vida en un estallido de entusiasmo y curiosidad; hagamos de tripas corazón y sigamos adelante, como Maggie, pese a los límites que nuestra existencia impone; y trepemos, como Maurice, al tejado de nuestra casa para admirar el amplio horizonte de tiempo y espacio que nos espera por delante. Aunque sólo quede un minuto, aunque mañana nada exista ya, valdrá la pena echar un último vistazo. Mientras una melodía (interior) nos habla, y los ojos miran al infinito, mientras los animales crecen y las plantas florecen, la primavera enseña la luz y fortaleza de la Tierra. “Vive cada día como si fuera el último; sé, amigos, que eso es una vieja castaña, pero intentad asarla de esta manera: cada día debería ser primavera. Cada día deberíamos despertarnos renovados”.

Que así sea.

22 de marzo de 2010

Azada y sierra, cuerda y pico



El rocío matinal impregnaba de humedad la hierba alta de la entrada. Cargábamos con todos los bártulos, herramientas pesadas y antiguas, mientras yo trataba de evitar pisar aquellas frescas flores silvestres. Mis padres suelen reprobar mi escasa diligencia con dicha turba vegetal, que dificulta incluso el paso, pero viendo sus amarillos, blancos y violetas juzgo que eliminarlas sería como infamar la belleza que la naturaleza presta desinteresadamente a caminos y atajuelos. ¿Quién soy para cortar con afiladas hojas de acero lo que ha costado tanto (miles de millones de años, ahí es nada...) en aparecer y brotar?

El sol gana altura y disipa nubes de niebla madrugadoras cuando damos comienzo, tres generaciones de hombres con idéntico nombre y primer apellido, a esas tareas de desbrozado, cortado, y quemado (que tanto parecen gustar a mis mayores) que librarán parcialmente a la morada de su espesura verde y algo salvaje. Ya he confesado otras veces que prefiero la apariencia de loco amontonamiento clorofílico, el campo incontrolable de crecimiento incesante, la verde profusión de plantajes y arbustos de toda laya, al pelado y arreglado semblante del jardín tratado con esmero y tacto. Lo silvestre, que va a su aire, que toma el espacio y el tiempo según antojo y predilección, es con diferencia la mejor forma posible de ‘diseñar’ un vergel. ¿Quién puede hacerlo mejor que Ella?

Con todo, en ocasiones los hierbajos pueden incordiar, o pueden desarrollarse hasta alturas y anchuras prohibitivas, reventado pavimentos, destrozando macetas, conquistando territorios ajenos y fastidiando a quienes no ven en la borracha crecida botánica una virtud y un milagro digno de elogio, sino un motivo para poner en marcha sierras mecánicas, taladros, y demás metalurgia moderna. En [pequeñísima] parte, llevan razón; de modo que allí estaba yo aquel sábado radiante, amante de los yuyos gigantes y soberanos, dispuesto a arrasar tales formaciones admirables y dichosas.

Y lo peor es que me gustó. Y aún me sigue gustando. Acostumbrado como estoy sólo a los teclados, a los libros y a las cucharas para el yogur, mis manos han ido olvidando el arte que un día las distinguió del restante reino animal: constituir útiles prensiles y manipuladores, únicos en su especie, y que permitió a la nuestra perfeccionarse, dar forma a creaciones artísticas, mayor fiabilidad en la caza y capacidad para dar y recibir caricias, entre mil y una ganancias más. Ahora, lentamente, reconquisto el ámbito del trabajo manual, recobro el contacto de manos y tierra, y adquieren firmeza, dureza y fuerza a la par que se llenan de callos, rasgaduras sangrantes y graciosas cicatrices.

Con la motosierra lo que antaño el tiempo y la paciente labor natural tardó años en edificar y elevar hasta cotas mayores que las testas humanas se reducido, en pocos segundos, a una columna de aserrín y polvo; el pico perfora el suelo y levanta la raíz, el cimiento de frutales y árboles ornamentales, sin apenas esfuerzo; la cuerda arrastra y estira el tronco antediluviano, hasta que lo abate en un ejercicio de nervio, empuje e ímpetu demoledores; la sierra, que amenaza con esos dientes perfilados y aterradores, va abriendo el corazón de los árboles hasta que permite contemplar sus anillos, esos maravillosos registros anuales del clima terrestre; además, con su cercenar carente de piedad, libra a aquellos de sus sobrantes ramales y les confiere elegancia estética, y ligereza material.

Ahora el refugio se halla atestado de hojarasca, ramas, brotes, troncos y restos vegetales diversos. Cada tarde, si la lluvia no lo impide, me acerco allí y cojo mis tijeras de poda, y voy recortando y empaquetando esas briznas de vida sacrificada, para que luego el fuego devorador-purificador las convierta en ceniza, y pasen al éter, desde donde irán a reposar otra vez en el terruño, a fundirse con la hermana maleza; a partir de entonces empezará un círculo nuevo, y puede que un día futuro, cuando el refugio ya no aguante en pie, cuando hayan caído sus muros y quien escribe esto desaparecido, puede que entonces entronquen sus átomos residuales en otro enjambre vital, y formen parte de esa vida que todo lo es, y que por mucha azada, mucha sierra y todo el pico que queramos, seguirá aquí (allí, allá y acullá), por los siglos de los siglos.

Quién sabe si nosotros mismos, un pedazo de nuestro yo, no morará algún día entretejido en una estructura vegetal similar a la que yo, insensible y entusiasmado, aniquilé el sábado a golpe de azadón. En realidad, y por descontado, todos somos Uno, lo mismo, la misma esencia absoluta. Pero a veces es dificil ser consciente de ello (o querer serlo) cuando empuñas la sierra y la fuerza se desata entre tus manos...

(Foto: el Hermitaño)