25 de octubre de 2010

La (auténtica) modestia



"Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos..."

Rufo Quinto Curcio, siglo I.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de octubre de 2010

Confía sólo en ellos...



Sólo en quienes te miran a los ojos.

Sólo en quienes te escuchan sin pensar ellos mientras tú hablas (es fácil saberlo, sus ojos ausentes y apagados les delatan).

Sólo en quienes no tratan de conseguir algo para su propio beneficio (también es fácil saberlo, sus ojos brillantes y avariciosos les delatan).

Sólo en quienes te abrazan sin esperar nada a cambio.

Sólo en quienes brindan lo que necesitas y no quieren que les des nada.

Y, sobretodo, sólo en quienes están contigo sin necesidad de palabras, gestos, ni hechos: quienes no precisan llenar la ausencia de sonidos con las primeras, la ausencia de contacto con los segundos, y la ausencia de actividad con los últimos.

Aquellos quienes, sólo con tenerte a su lado, ya lo ofrecen todo, son en quienes merece la pena confiar.

Buscádlos; son el tesoro que sostiene la estructura del mundo, el sentido del universo, y el destino de la Humanidad.

Por ellos, sólo por ellos, ya merece la pena vivir.

(Fotografía: El Hermitaño)

7 de octubre de 2010

Cinco años (el sueño y la pesadilla)



Hoy, justamente hoy, se cumple un lustro desde aquel 7 de octubre de 2005, tan maravilloso como fatídico, que marcó -quizá para siempre- el camino a seguir de cierto ermitaño andarín y desgarbado, el mismo que tras cinco años esto escribe.

Fue, a partes iguales, un día de emociones fuertes. Yo montaba, por vez primera, a lomos de un caracol con ruedas, que me habían prestado unos tipos feos a cambio de una módica cantidad. Surcaba la carretera con prudencia, ya que el cacharro medía más de seis metros por casi tres de alto, y yo nunca había ido a los mandos de algo mayor que mi querida "caixeta". A mi lado, el amigo, el que siempre está y es, miraba el paisaje y pensaba en lo que nos podía esperar durante cuatro días de pérdida por las rutas de la España profunda. El caracol avanzaba, el miedo se perdía, y empezaban las emociones. Aquel monstruo iba solo, y nos llevaba quién sabía adónde.

Al mismo tiempo que dejábamos atrás tierras conocidas, mi madre, obsesa de la lejía y el estropajo, subía en casa a una de esas pequeñas escalerillas de tres peldaños para alcanzar el plafón de luz y arrebatarle el polvo acumulado en las últimas veinticuatro horas. Hizo un pequeño esfuerzo, estirando demasiado la pierna para limpiar también la cadena que enlazaba el trasto con el techo, y exactamente en ese momento (mientras yo conducía en busca de mí mismo a través de las estepas castellanas, contento e ingorante), su pie perdió apoyo y se fue al suelo, haciendo descansar todo el peso de su cuerpo sobre la tibia y el peroné, que se pulverizaron en mil pedacitos. Cuando justo iniciaba yo la aventura, mi madre iniciaba su drama. Pocas posibilidades había de que pudiera volver a caminar bien (los traumatólogos aseguraron que nunca habían visto huesos astillarse, hacerse añicos, de esa forma...); la cojera, dijeron, quedaría para siempre. Pero no; se equivocaron. Cuando mi madre sale hoy a la calle y calienta el "motoret", como le digo cañirosamente, incluso a mí mismo me cuesta seguirle el paso. Por suerte, cuántas veces se equivocan los médicos...

Tras atravesar los secos y amplios terrenos centrales, y después de la visita obligada a la ciudad del bohemio por excelencia, llegamos nosotros dos a O cebreiro y se nos vino la idea loca de "secuestrar" el caracol, decirle a los feos aquellos que nos lo habían robado, y emprender un viaje por toda Europa sin que lo supieran... Una tontería, claro; nos hubiesen pillado enseguida, si hubiésemos tenido huevos para hacerlo, algo que fue el caso, desde luego. Pero a esa idea loca le siguió otra que no lo era tanto (o no lo parecía, al menos). Allí, descansando en el lomo de una montaña baja tapizada de hierba, y mientras la lluvia arreciaba afuera y la niebla llenaba los valles, le hice una promesa al amigo: le dije que la próxima vez que me situara a los mandos de un caracol con ruedas ya no sería un arriendo temporal, sino una posesión para siempre. La próxima vez, aseguré, el caracol sería mío.

Hoy, siendo sincero, me arrepiento por emplear tales términos posesivos. Yo nunca poseeré nada, nunca tendré nada, nunca nada será mío. A todo caso, aquello que sea formará parte de mi vida -o yo de la suya, si la tiene-, y eso será todo (que, a fin de cuentas, es lo que importa).

La promesa se las traía, porque a mí trabajar (ese trabajo que nunca me hace sentir nada, que no hace que viva, sino que muera lentamente...) siempre me ha causado sarpullidos, accesos de fiebre y diarreas estratosféricas. Y porque, a la sazón, mi cuenta corriente no mostraba más que cifras de tres dígitos... Cómo iba a arreglármelas para sacar adelante el juramento era entonces algo aún nebuloso.

La promesa ha vivido, expectante y paciente, hasta el momento en que pudiese dejar de serlo y transformarse, cambiar de un "será" en un "es". Al mismo tiempo que celebramos (porque ella, mi madre, está viva, coleando y rebosante de salud) los cinco años de aquel trágico hecho, que por poco descuartiza mi vida en un agobio de tareas domésticas inacabables, la promesa ya no existe. Ya no habrá más "queda poco", "cuando venga quizá podríamos...", "¿adónde iremos cuando al fin llegue?", porque eso pertenece ya al pasado.

Sea buena o mala la elección, haya acertado o sea una ruina, el sueño se ha roto. No más esperas, no más tiempo de interludio. Fin del sueño; la (nueva) realidad manda. La pesadilla ya pasó; sólo queda el recuerdo.

Adelante: carretera y manta (y caracol), cielo abierto sobre nuestras cabezas y horizonte despejado ante nuestros pies.

Unos días y arrancamos. Unos pocos preparativos, mirar algunas cositas básicas, y a la calzada.

Ya huelo el aroma a asfalto...

(Imagen: El Hermitaño)

23 de septiembre de 2010

La gente (tres diatribas)



Luego preguntan por qué me distancio tanto de la gente. Por qué me aparto de las muchedumbres, de las multitudes, pero también de individuos particulares, en singular. ¿Será porque todos me desagradan, me repugnan, incomodan y hastían...? ¿Todos? Bien, todos no, pero sí su práctica suma. A quien le joroban los perros o las arañas habla de su desprecio hacia ellas en genérico, aunque a veces encuentre graciosas las telas y sus hacendoras o los simpáticos coleteos de un cánico juguetón. No podemos meter a todos dentro del mismo redil, pero convengamos en que la mayoría comen la misma... hierba.

Sé que es inadecuado juzgar a las personas por una única acción, pero voy a hacerlo de todos modos. Aunque peque de presuntuoso y tendencioso, aunque deba soportar algún que otro guantazo... En ocasiones uno debe sacar la malicia, la saña, y darle barra libre. En último término limitándola a estos contextos es inofensiva, porque tu ira surge de ti y nunca llegará a ellos... No hay deseo de hacer daño, sólo de dejar constancia de tu malestar. El misántropo necesita de la sociedad para cabrearse y saciar su sed de cólera, para saberse vivo, lanzando pullas a las huestes gregarias. Ése no es nuestro camino.

Con todo, ofreceremos ahora tres presentaciones humanas execrables halladas en respectivos sábados consecutivos (prometo otros tres de excelsos encuentros en un futuro próximo).

Uno: me la encontré en medio de la calle. Tiene dieciséis años, ha salido mujer, y es mi prima. Apenas la veo, por la gracia divina. Pero en ocasiones tropiezo con su figura, a medio hacer todavía. No es muy agraciada, mas con las toneladas de pintura que acumula en su rostro lo disimula bien. Se enfunda en pantalones ajustados, el escote se abre generosamente y percibes germinales señales de senos. Advierte mi presencia desde lejos, me mira de arriba abajo, sin decirme nada, y en su cara empolvada y coloreada aparece una mofa por mis pintas (pantalón corto, sandalias, camiseta de tirantes, mochila a la espalda...), desacordes con el espíritu del sábado nocturno. Le acompaña un monigote de feria cabeza de repollo, muy molón él, que la estrecha hacia sí y se enroscan ambos en una algarabía de lenguas y babas. Yo agacho la cabeza un instante, y para cuando nos encontramos, vuelvo a mirar, para saludar (es mi prima, después de todo...), pero ella pasa de largo sin decir nada, sin importarle nada, sin ser nada yo para ella. Ella, esa mocosa que ha nadado en mi piscina, jugado con mis juguetes, a la que veo todas las putas comidas de Navidad con el pelo sobre su frente, engullendo a la espera de los billetes, esa mamarracha impúber no se digna ni siquiera a cabecear para saludar a un familiar. ¿Qué clase de subnormal es? ¿No se merece que el próximo día 25 de diciembre sirva yo el puchero y se lo derrame todo muy bien sobre su testa perfumada y a la moda, y que acabe su faz desecha en una sopa caliente de arroz y garbanzos?

Dos: estaban un par de amigos, dos hermanos, debatiendo sentados tranquilamente en un banco cualquiera de un parque cualquiera de una ciudad cualquiera. Las palabras se referían a física cuántica, a proyectos literarios y a viajes futuros tras el rastro de las estrellas y los crepúsculos. Nada raro en ellos. Entonces, mientras hablaban, se acerca un cerdo pigoso, una bola de sebo tan impúber como lo es mi prima, y, con los ojos vidriosos por el porro, les pregunta a aquellos dos si estarían en disposición de luchar con uno de su pandilla, asentada en otro banco del parque y cuyos miembros miraban expectantes. Los dos hermanos responden que no, que no están nada dispuestos (lo suyo son las “luchas dialécticas”, dice uno, aunque duda que el puerco sepa qué óstias significa eso...). Entonces, cuando el animal chilla a los suyos que no habrá patadas ni puñetazos, aquellos empiezan a acercarse. Y empiezan a incordiar. Uno hace gala de sus músculos, otro les impulsa a la lucha, y el cerdito pregunta qué llevan los dos amigos en sus mochilas... Hay un momento de inseguridad, los hermanos creen que acabarán de todos modos con sus dientes en el suelo. Pero la sangre no sale de sus cuerpos. La droga no es tan fuerte, y el lerdo vigilante del parque pronto regresará. Así que abandonan la intentona, no sin antes el piggie pedir, reclamar y ordenar a los dos aturdidos amigos (“¿sois maricones?”, les suelta también) algún euro para costearse la merienda. Ante la nueva negativa, esta algo más enérgica, se despide de ellos con un “Me cago en tus muertos”, y el cerdo maloliente se retira echando vistazos para tratar de encontrar otras víctimas propiciatorias. ¿No merecían, en efecto, una buena tunda? ¿No hubiera valido la pena romperle algún hueso a ese gorrino, restregarle su gorda cara por el suelo hasta que pidiera clemencia? De no haber sido los dos amigos un par pacífico y poco dado a las reyertas –quizá por eso trataron de luchar con ellos, porque eso se ve– el hospital hubiera engrosado sus listas de pacientes aquel sábado por la tarde. ¿Quién coño creyeron que eran para interrumpir el sagrado discurso entre los hermanos? ¿Es eso lo que suelen hacer los quinceañeros, es su razón de ser, su actividad usual en cuanto se reúnen en pandillas y fuman un poco? ¿Qué harán, pues, a los veinte? ¿Y a los treinta?

Tres: Juanma tiene treinta, ya. No busca peleas; busca dinero. Vende una casa rodante. Antigua, sencilla, pero encantadora. Pone un anuncio en Internet. Hay uno que lo ve antes que nadie –yo–. Quedamos conformes para esa tarde. Me hago los cien kilómetros que separan nuestras casas para echar un vistazo y, si convence, quedármela. En principio, la cosa promete. Una vez allí se confirma mis sospechas. Pero él desconoce dos o tres cuestiones importantes respecto al vehículo. Nos despedimos diciéndole que ya le llamaré en breve para que me resuelva las dudas y, tras un tiempo de reflexión, decirle si me interesa finalmente o no. Vienen unas personas de Elx, también para verla. Yo no me preocupo: soy el primero, tengo el derecho de hablar antes con el propietario. Y, en función de lo que yo decida, los demás tendrán o no el caramelo. Así que vuelvo tranquilo a Gandía, esperando la respuesta a mis preguntas. Pero Juanma es un cabrón, un pesetero, un payaso irresponsable: en cuanto aquellos del sur presentan una señal, se vuelve loco y les apalabra el caracol. ¡¡Y luego me llama para decírmelo!! Como si te dijera: “mira, te he tomado el pelo, pero no lo hago sin contártelo”. Su suerte fue vivir en Sagunto, y no más cerca. Los gitanos al menos iban con su verdad por delante, y sabías a lo que atenerte. Con Juanma todo parecía bastante sensato, un mundo de razonable bondad, de madura amabilidad; mas todo era falso. Como su sonrisa, como su persona. Éste también merecía unos azotes, una buena zurra. Arrancarle algún diente, y que volviera a su casa, con su hija y su mujercita, con el labio partido y un moratón en el ojo.

¿Sí o no? ¿Están este energúmeno aprovechado, aquellos idiotas musculitos y la cenicienta teñida y de rostro mugriento en disposición de ser pisoteados con nuestras botas de clavos y vapuleados con mazas y garrotes? ¿Qué carajo sucede los sábados por la tarde y al nacer la noche? Da la impresión que hay un efluvio brotando de la tierra que infecta las mentes de la muchedumbre, y los trastorna en un momentáneo episodio de memez e imbecilidad. ¿O es un estado permanente? ¿Son todo tan gilipollas como aparentan? ¿O el gilipollas soy yo?

¿Qué espero para el próximo sábado al atardecer? ¿Otra muestra más de la estupidez social? Sí, desde luego. Ya no van a sorprenderme. Lo espero todo. Todo lo peor. Que me rompan los huesos, que se mofen de mi desgarbo, que traten de engañarme. A mi ya me da igual. Ya conozco a la gente.

Lo siento muchísimo, pero por mí que se mueran todos ellos. No son nada. Sólo me importan los míos, que son los que valen, los que cuentan, los que comparten, y los que te abrazan.

Os quiero. Sabedlo. A vosotros y vosotras.

A los demás, que les parta un rayo...

(Imagen: El Hermitaño)

23 de agosto de 2010

El día



Me levanto a las siete y media. No trabajo; no estudio. “Qué gos eres, qué gos...” me suelta mi hermana cuando viene a visitarme. Bueno, quizá sí, pero así me gusta la vida: perro o no, yo sólo vivo. Y así, hasta cuando pueda; hasta que el plato esté vacío, o la soga rodee mi cuello.

Sale el sol. Salva las montañas de levante y aparece, rutilante. Augura un buen día. Otro más. Me desperezo bajo su luz. El gato aparece por lo bajo, refregándose. También él está dichoso; Ra lo enciende todo. Tenues nubes se esparcen por el cielo. La luna se dirige a las catacumbas del mundo, mientras éste abandona su escondrijo nocturno.

El zumo refresca mi gaznate. El pedazo de pan, de ayer, le acompaña. Como mientras el gato palpa con su zarpa una hormiga que transita por los suelos. El sol sube, un poco más. Ya calienta. Hoy nos espera bochorno, mas a un paso tengo la alberca. Diminuta, pero lo justo para el refresco diario.

Agarro la hamaca, los libros y empiezo la marcha. Foucault pesa, quema, languidece. Estimula, sí, pero a pequeños sorbos. Cuesta, las palabras se arrastran, debo parar cada poco. Trago, pero el digerir me atormenta. Ortega, por el contrario, no falla, nunca decepciona. Podrás concederle la razón, o no, pero jamás aburre. Y siempre ilustra, muestra, exhibe un lenguaje, un poderío fraseológico sublime, inimitable. Y todo bien dicho, claro, manifiesto. Será difícil; pero no te engaña. Lo entenderás, aunque no quieras. Así son los maestros.

Después, con la mente tersa por la brisa matinal y enriquecida con las gramáticas ajenas, conecto el aparato. Me quedan un par de capítulos por escribir; y tengo un par de semanas, tan sólo. Debo terminarlo. Es una obligación autoimpuesta. Nadie me lo pide; pero yo me lo exijo. Exprimamos un poco la mollera; demos algo de urgencia a la palabra, como si la próxima comida dependiera de ello. No es así, pero hagámoslo. Hagamos un tour de force, y a ver si, tras la carrera, merece salvarse algo. Si no, ya habrá tiempo de volver a la basseta d´oli, la quietud vital, el vivir lánguido. Pero, ahora, metamos caña al ser. Y después, lo que venga.

Me reclaman. Primero la madre: “Pon un poco de pasta ahí, hijo, que yo no llego”. Desgracias de ser un larguirucho... Estiro el figura desgarbada, pongo el pegote de masilla, un pedazo me cae cerca del ojo, y relleno el agujero. “¿Algo más?”, pregunto. “¿Cuando vas a por el yayo?”, me pregunta ella a su vez. Y, ¡óstias!, sí, casi me había olvidado del viejo... Así que dejo la pantalla iluminada con mis impertinencias, me visto en un santiamén y subo al coche. Arranco y se para. “Bieeennnn”, me digo. Nació en el 93; supongo que le queda poco, ya. Luego, contacto de nuevo. ¿Sí? Sí, ahora vive otra vez.. Salgo pitando, alguien hace sonar el claxon detrás de mí. Algún tocapelotas, seguro.

Llego a la huerta. Él me espera bajo la higuera. Lo de siempre: sombrero de paja, esos pantalones de fontanero, 88 años y una vida que parece eterna. Lleva un par de pequeños cestos con higos, verduras y hortalizas. Y ya ha recolectado las sandías. Se suponía que debía hacerlo yo... En fin, las cargo en el maletero, contemplo aquella tierra tan trabajada, tan llena de todo, de tanto alimento para el cuerpo y el espíritu, y le llevo a su casa. Saludo a mi abuela, que baja a recibirnos. “Gracias, gracias”, me suelta. No las merece, en absoluto. Sólo por el olor al terruño iría a todas horas allí; quizá por eso mismo él, mi abuelo, también lo haga. Porque no hay nada como vivir cerca de la tierra, de una tierra que moldeas con tus manos y que, a continuación, brinda el nutrimento para que sigas vivo y disfrutes de su pitanza. A cambio de un poco de transpiración y dedicación.

Descargo e introduzco las inmensas sandías (unas quince, que pesan más de diez quilos cada una) hasta su lugar de reposo. Él, el abuelo, en el trayecto, no para de repetirme: “Y eso sólo con ocho matas, y además están como el azúcar de dulces”... Le brillan los ojos; se le ve contento, aunque me dice que éste es el último año que planta nada. “Demasiado trabajo”, asegura, mientras se seca el sudor y de la frente y se planta la gorra en su pelada cabeza.

Tal vez el próximo año deba hacerlo yo. Soy el único que puede (por motivos laborales, se entiende), y el único al que puede interesarle (por motivos vitales, se entiende). Pero él, mi yayo, no es buen maestro; como Ortega, es sabio, pero no sabe enseñar como lo hace éste. Bien, ya me las arreglaré, supongo. La tierra es mi próximo lugar de trabajo (y de deleite). Ya se verá, ya.

De nuevo en la casa bajo el Molló, el bálsamo de la balsa, la gracia del agua. Salgo nuevo, chorreando bienestar. La comida rellena mi estómago vacío, carga las pilas de energía y amodorra el organismo. La siesta dura veinte minutos, pero parece la gloria.

Y aún queda medio día por delante. Caminaré algo, tomaré un refrigerio, cazaré algunas zarzamoras, echaré un guiño al sol, perseguiré al gato, soñaré con la que perdí y continuaré dándole a las teclas, en busca de la idea, la palabra, la frase, el párrafo y la página. Y, hacia las ocho, me sentaré en las escaleras, como hago siempre, y veré el adiós de la divinidad. Y así sucesivamente... Un día tras otro.

¿Qué más pedir? Creo que nada. O puede que, tal vez, tal vez...

...¿A ti?

(Imagen: El Hermitaño)

9 de agosto de 2010

Noches...



Sábado por la noche. Casi las diez. Oigo cornetas de ritmos repetitivos brotando de vehículos que circulan a toda velocidad por la carretera. Más cerca, grupitos de gente moderna atraviesan la calzada persiguiendo garitos y antros de moda. No los veo; los presiento. “Pero qué borregos”, me digo, y al instante siguiente: “Olvídalos. Tienen lo que quieren. Como tú. Después de todo, no hay tanta diferencia”.

Y sí, es cierto. Cada cual persigue su sueño, elige (es un decir, pero este es otro tema...) sus movidas y vive según ciertos principios. Mejores o peores. No me cabe duda de que todos escogemos lo que pensamos que nos más conviene. Algunos acertarán; otros sólo creerán que lo han hecho.

Sólo hay una (bien, hay mil, pero dejósmolo...), una diferencia que no separa, y un “pero” que les tengo que reprochar: que no se enteren de que hay algo más que hacer, que lo hecho por ellos no es imperativo en absoluto, que existen otros modos de vivir ese lapso de tiempo. Porque sentía una ligera escozor cuando, en años juveniles (y aún en los que no eran tanto), me preguntaban a menudo si yo “salía”, si iba “a algún sitio” los viernes y sábados noche. A veces respondía con un molesto y simple “no”, otros les aseguraba que aquello no me iba nada, que lo encontraba aburridísimo (rostros estupefactos, sonrisillas de suficiencia y, enseguida, te encontrabas a solas...). En pocas ocasiones la conversación seguía y alguno, tontorrón a más no poder, demandaba una explicación: porque claro, si no ibas allí y hacías“eso”, entonces ¿qué óstias hacías un sábado noche?

Algunos ejemplos: Leer, escribir un poema (o un texto como éste...), disfrutar de alguna película, cenar con alguien que te importe (o no), echar un polvo (pero sin ritual previo), pasear por un camino no iluminado, conversar con un amigo o amiga (pero no charlar ni chismorrear, sino conversar, sacar las entrañas para que el otro las examine y decida si vales la pena o no eres más que una mierda...), contemplar la Luna (no un minuto, sino tres horas, sentirla, amarla, penetrarla...) o las estrellas (pensar en ellas, recordar que eres ellas, notar cómo están en ti...), no hacer nada (pero nada en absoluto, nada de nada, para saberlo todo y ser consciente de TODO), sentarte a tu lado (¿se puede?) y estar al tanto de lo que hay “aquí” (allí), mover las figuras del ajedrez hasta que se configuren en algo con sentido (y leamos sus mensajes), dar vida a las piezas del puzzle, ver las artimañas de la araña o los brincos gatunos tras los ratones, extasiarte ante el rumor del viento, observar el ondular de la parra mientras sueñas despierto, anhelar una presencia tanto hasta que sientas dolor, rememorar ese pasado perdido que te hizo hombre (o mujer), abrir los trémulos brazos hacia lo alto (no hacia las montañas ni las estrellas, sino hacia lo que está aún más allá, lo que está más allá de todo y de ti...) y sentirte unido, cosido al mundo, amado por él, y saber que nunca estarás solo, aunque siempre lo estés...

Y así hasta mil cosas más. O mil millones. Poned una moneda en el tocadiscos, y elegid vosotros. Entonces el tontorrón cierra la boca (la había abierto mientras duró nuestra respuesta...), asiente con su cabezota y empieza a comprender el “algo más” que hay, aquí y en todas partes, además de lo que él supone que “debe” hacerse el viernes y sábado por la noche.

Soporto muchas cosas, hasta la mayor imbecilidad posible, pero no que un petardo quinceañero ignore esto, que su mollera fofa y aún poco densa no entienda que lo decidido por él no pasa de ser una opción, no “la” forma de vivir la juventud. Y aún más asco da que, después, los cochinos seriales televisivos (españoles, quiero decir) reproduzcan hasta el vómito el cliché juvenil (la juerga y el mogollón, el alcohol y el sexo, como sus señas de identidad), mientras la otra juventud, esa que existe sin hacer ruido, sin romper contenedores o emplear armas blancas, que no acude a la llamada del poder ni la chusma, esa que disfruta sus noches de mil modos diferentes (y uno puede ser, y es, acudir a las catedrales del histerismo, de vez en cuando), esa otra juventud pasa desapercibida, sin que nadie la oiga (aunque tanto diga, y tanto tenga que decir). Aunque merecía ser escuchada, quién sabe si quizá en su silencio esté su fuerza.

Una elección vital jamás debería degenerar en dogmatismo, en el fanatismo propio de los intolerantes.

Ya son casi las doce. Les oigo en la distancia. Ellos a mí no. Salen a la calle; subo a la terraza. Se besan, saludándose; miro al gato, que dormita silencioso. Buscan afanosos con la mirada un rostro cómplice; contemplo las luces que brillan sobre mi cabeza, buscando un guiño. Cierran la puerta, al entrar en el antro; cierro yo también la mía. Apago las teas; ellos las encienden. Cierro los ojos; ellos hacen brillar los suyos.

Sábado noche. Tienen lo que quieren; tengo lo que quiero.

(Imagen: El Hermitaño)

2 de agosto de 2010

Empleo y plata



Estar sin trabajo, visto con los ojos de otros, sería una tragedia; para mí es la gloria, el cielo, el paraíso total. Vale, no agrando la cuenta, no pasa moneda alguna por mis manos y el fajo se reduce sin parar... Pero no importa; así lo prefiero. Veranos atrás la pasta se amontonaba poco a poco y yo no podía vivir (achaques, diarreas, mal genio, hastío...); ahora que no la veo, que he dejado de perseguirla y empieza a desaparecer lentamente, todo recupera lo mejor de sí mismo, y uno puede centrarse en el cuento de vivir. Y, sólo entonces, este chiste que dan por llamar vida vuelve a tener gracia.

Es lo de siempre, ya se sabe: la gente no sabe vivir sin trabajar; pero yo si trabajo nunca sé cómo vivir. No importa lo que haga (peón industrial, recepcionista, repartidor...); el estómago lanza maldiciones, la rebelio carnis se pone en marcha y acabo desencajado, arruinado y deshecho. Una porquería de hombre, un renacuajo, un pordiosero. Me pierdo y sólo sé que me encontraré cuando todo acabe. El mundo (este, el que nos dan, no el de verdad, el que está ya hecho para disfrutarlo) no es para mí. Yo sólo quiero vivir, no que me aten a la silla eléctrica y pidan, encima, que yo mismo apriete el botón...

Ellos (ya sabemos quiénes son) tienen su mente puesta en el de “nueve a cinco”, las vacaciones, la “educación” (¡ja, ja y ja!) de sus hijos, las puñeteras facturas y los préstamos a devolver, el añorado carruaje nuevo, el dilema de la decoración del pisito... Y, claro, todo ello requiere trabajo, detenerte en nóminas, cobros, pagarés y recibos. Cavilas cómo puedes trabajar menos, ganar más, pagar lo mínimo, pero sin parar jamás, sin dejar que pase un tiempo improductivo, baldío en capital y huérfano en ganancias. Y entonces, sin darte cuenta, ya te han pillado, te han cogido bien por los huevos y te amarran para no soltarte de ningún modo. Y tú, sin casi quererlo, arrastras a tu familia, a esos que tanto dices que quieres, al mismo hoyo, a la misma mierda, los embadurnas bien de por vida con ella, y cuando están a punto de clavar las últimas tachuelas en tu ataúd, sonríes, te despides con un “adiós” sentido y esperas que todo les vaya muy bien. Sí, muy bien señor mío, así se hacen las cosas.

Y, tal vez en el más allá, lo sepas. No todo, sólo una parte, pero la que importa: que nada valía tanto la pena como la vida. Y que lo que tratamos de obtener para llenarla, ponerla guapa y darle un toque de carmín, convirtiéndola en una estrella de cine, no era más que un repugnante disfraz, para cubrir su rostro, y que no pueda mirarnos directamente. Eso no es la vida, es un circo. Y el circo, aunque fabuloso y romántico, es falso. Como falsos somos algunos.

El trapo no es nada. El motor no es nada. El ascenso no es nada. El botín no es nada.

Las estrellas lo son todo. La Luna lo es todo. La araña lo es todo. La sonrisa (auténtica, no demacrada, no brotada de la impostura) lo es todo. El abrazo de un niño lo es todo. La caricia de la (o del) amante lo es todo. El incienso de una iglesia lo es todo. La ladera de la montaña lo es todo. La silueta de un cuerpo desnudo lo es todo. ¿Sigo?

Olvídalo, y hazlo olvidar. Que no vale nada, que no es nada. Que no te pille. Ni a los tuyos. No huyáis nunca, pero ignoradlo siempre. No le escuchéis. Viene a por nosotros. Unos caerán. Sufriremos, pero a lo mejor podemos ganarle, algún día.

Espero que, quizá, tú también.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de julio de 2010

¿La encontré?



Estas cosas son cíclicas; me tropiezo, con ellas, cada cierto tiempo, con una periodicidad sorprendentemente exacta. Parece que la Providencia gusta de brindarme su aparición inesperada siguiendo un patrón temporal algo lato, pero no tan dilatado como para que las olvide por completo. Vienen y van. Se introducen, se engarzan en tus fibras, sueñas con ellas, y entonces desaparecen. A veces lo quieren ellas; pero nunca tú.

La primera, la inicial de esta serie recurrente, hizo su aparición cuando dejé de estudiar y me dediqué a ser, hace ya más de una década; la última me ha cautivado hace un par de días. Todas tienen bastante en común: despuntan, deslumbran, fascinan, tienen ese “algo”, un “resplandor”, una emanación que las hace distintas, que les hace ser únicas. Sólo puede sentirse, no explicarse. Estás en una habitación con otras veinte féminas, algunas verdaderamente imponentes, pero no les prestas más atención que a una boñiga de cabra: sólo a ella, a aquella que brilla. Ésas son; brillan tanto que eclipsan.

¿Por qué? En este postrer caso, tal vez por su forma de entrar en el aula, iluminando la estancia, sin necesidad de electricidad; tal vez por cómo se recoge el pelo, o como dormita, descarada, mientras se explica la lección. O porque, inquieta, siempre trata de compartir, de hacerte partícipe de su mundo. Quizá, también, porque brotan de ella mil ideas, algunas adorables, otras triviales, pero cuya fuente no parece agotarse nunca. Tal vez porque siempre tiene algo que decir, porque todo le importa y, al mismo tiempo, parece indiferente, mientras observa las traviesas del techo y bosteza poniendo los ojos, esos ojos de dos colores, en puro blanco.

Cuando hablas con ella (ellas dan siempre el primer paso, recordad otra de sus particularidades...), tales ojos chisporretean, juguetones. Uno, negro como el cielo, invita a recorrer los mundos del más allá; el otro, castaño como la tierra, seduce para hacer de ésta un paraíso. Su voz es fuerte, pero no carece de cierta dulzura. Departe con todos, sus palabras suben y bajan, impregnan las paredes y hace volverse a los que tiene cerca. Sabes que en ella hay un universo de posibilidades, algunas sublimes. Te escuchará siempre, te mirará hasta el fin, puede que incluso te siga (y tú a ella) hasta que se termine el camino.

Mientras las demás arreglan sus joyas, miran sus curvas y tratan de que no se les arrugue el vestido, ella subirá a su escoba y explorará la noche. Guiñará un ojo (¿el negro, el pardo?) a la Luna, acariciará a Vega, acompañará al Cisne en su vuelo nocturno, buceará en el brazo de Sagitario y aguardará la salida del Sol.

Después, cuando el terremoto cede y sólo queda un mero temblor emocional, piensas si será para tanto. Si, de haberla escrutado mejor conociendo algunos de sus arcanos personales, no te hubiese defraudado, como con tantas otras ha ocurrido. Pero para entonces ya ha desaparecido, ya se ha montado en su escoba y surca el cielo, rociando la patria del firmamento de singularidad y locura, de sonrisas y excitaciones, emborrachando y dejando con la miel en los labios.

Como todas ellas, acaba por seguir su camino. No las puedes apresar, igual que el agua que mana de un surtidor. Llenan todo y luego te vacían, dejan un hueco, y sólo puedes anhelar el encuentro siguiente. Que sabes que llegará, en algún momento. La rueda regresará al lugar de partida, volverá a haber otra “ella”, hechizante y rompedora. Cuando, nunca lo sabrás. Pero ahí están. Recorre las calles, entra en cualquier parte; aparecen cuando menos lo esperas, cuando no las persigues.

Una entre mil, una entre un millón. Y sólo ella es. Sólo ella.

Ella.

(Fotografía: El Hermitaño)

28 de junio de 2010

Lunáticos



Ni playas, ni hogueras, ni guitarras rasgueando el silencio eterno. Sin palabras, sin voces, sin sonidos. Ausentes de músicas, desprovistos de bocadillos, y vacíos de alcohol. Pero repletos de todo lo demás (vista, oído, percepción, sensación, sentimiento y amistad). Nosotros dos.

Juan había muerto ya, pero el santo renació para saludarnos, dos figuras difuminadas por la noche, como la Luna por los cirros. La nocturnidad sagrada, la del delito, sí, de la falta, del pecado, que a nadie perjudica, sino que a todos agracia. La de sentirte allí, en medio del paraje sereno y adormilado, y avistar la mansedumbre de la tierra, y el salvajismo del hombre. Algo no cuadra, y no es Ella.

Nos refugiamos cerca del convento, un remanso de existencia pura y sin aditivos que cada vez nos llama más, y al que deberemos acudir, para saborear su incienso espiritual y el hálito del saber, del recogimiento, que impregna a buen seguro sus paredes centenarias. Al menos una buena temporada, que evacue apetitos frívolos y reintroduzca el ansia por el yo, el “autosaberse”, el descubrirse de nuevo. Será como cumplir la penitencia (pero gloriosa penitencia...) por un pecado aún no cometido... El mundo al revés siempre sabe mejor.

Me recordó, nuestra presencia allí, a aquel cuadro de Caspar David Friedrich que inserto arriba, y cuya atmósfera vaporosa, flotante, de amistad eterna y astros imperecederos, abrigados por la naturaleza indómita, compila casi todo lo que uno aspira a disfrutar y fantasía con disponer: una casa modesta, pilas de libros, los benditos gatos, papeles y lápices por doquier, y sobretodo, esos paseos nocturnos a la gracia de las luces estelares, alumbrados por la Luna nimbada, y amparado por el amigo o la amiga (¿ambos quizá?), uno a cada flanco mío, mientras penetramos en los bosques, mientras reímos, compartimos, nos mosqueamos y nos veneramos, por lo que hemos decidido ser, pese a todo, y pese a todos.

La Luna llena, camarada inseparable de correrías noctívagas, nos hace lunáticos a su vez, chiflados de su luz velada; atontados por su fuerza salvaje, embrujados por esa influencia tormentosa e ininteligible, pero más real aún que su brillantez, nos brinda algo del elixir licántropo, y entonces aparecen colmillos, pezuñas y garras... pero, a la vez, surge la poesía, el pensar en el más allá, y en quienes están a tu lado. La ambivalencia del lunático, feroz y sensible. Como somos, muchos.

El ron permanece hoy en la mochila; el encanto ya es demasiado fuerte sin él. Unas gotas de su líquido requemado y la Luna sería una calavera diabólica, gritando en silencio sus locuras... Al regresar al vehículo no cesamos de echar la vista atrás, contemplándola, como temerosos de que pudiera saltar y atraparnos; ella sonríe, maligna, y sabe que puede hacerlo cuando quiera.

Pero miramos también por placer. Su disco cautiva, su luz enamora, y su misterio permanece, día a día. No hay enigma mayor. Nos gusta, se apodera de nosotros; marchamos a su lado, abrimos las fauces y aullamos bajo su hálito.

Somos luna(ticos). Somos ella. ¿La sientes, verdad?

4 de junio de 2010

Fin del encierro (días infantiles de junio)



En la escuela Junio tenía, tras el largo curso rodeado por amigos (y algún que otro enemigo...), connotaciones especiales. Al achique del tiempo lectivo, que permitía tardes libres de juegos y aventuras, se sumaba el hambre por todo ese enorme -casi infinito- tiempo veraniego que se abría, todo él por disfrutar, ante nosotros. Nos sentíamos, a mediados de mes, como exploradores antiguos con la pasión por el descubrimiento, porque concluía la reclusión en el aula y se nos permitía salir, investigar, capturar el mundo, a modo de entomólogos con sus cazamariposas.

Entre las mesas y los encerados, mezclado con el olor a yeso y los montones de papeles, parecía entrar el aroma a ese salitre vital que nos esperaba afuera. Teníamos cerquísimo, casi palpable con nuestra mano, el mar inacabable de arena, esperándonos, aguardando nuestra salida. Por nuestras venas ya no corría sangre, no era el líquido rojo el que nos nutría, sino una fina arenisca dorada, que circulaba por nuestro interior y de la que tomaban forma nuestros tiernos sueños impúberes.

Las despedidas tenían un sabor amargo. Habíamos compartido con los compañeros de clase todo tipo de vivencias: buenas y malas, tristes y alegres, inolvidables y prescindibles, unas que nos hicieron reír, y otras, las menos, llorar. No queríamos separarnos de los amigos íntimos, que eran como hermanos o hermanas; pero tampoco, y esto era lo extraño, de aquellos con quienes reñíamos a veces, revolcándonos por el suelo polvoriento o, incluso, peleándonos a brazo partido, con el ansia física, torpe y fugaz, que nos caracteriza cuando críos. Y, por supuesto, nos mortificaba alejarnos de aquella chica de cabello refulgente, a la que observábamos, con ojos abiertos como platos, mientras escribía en la pizarra de esquisto verde frases o divisiones -que a nadie importaban-, o a la que, de reojo, entreveíamos al sentarse a nuestra vera, en su rugoso pupitre repleto de anotaciones a bolígrafo, corazones desdibujados y rudos insultos a profesores ya jubilados.

A una distancia inimaginablemente lejana sobrevolaba la idea del regreso, en ese septiembre otoñal, todavía cálido, que haría reencontrarnos con todos los viejos camaradas (y alguno nuevo), y estrenar aquellos juegos de rotuladores, los packs de lápices de colores y las libretas y cuadernos aún vírgenes, a la espera de ser inundados de tinta. Daría inicio entonces otra aventura, otro año y otra vida, pero a finales de junio, aquello estaba más allá toda realidad. Anhelando (con corazones martilleando en los pechos y piernas ansiosas por correr en libertad) la señal acústica del timbre, el fin de los días de encierro, el tiempo parecía dilatarse y no atrapar jamás, impulsado por alguna extraña fuerza rebelde, el límite de la una del mediodía.

Pero, entonces, cuando ya habíamos perdido la esperanza, sucedía, llegaba el momento mágico. Y el mundo, hasta entonces ordinario y predecible, parecía mutar, reemplazando la clase por la playa, abrigos por bañadores, y enormes vehículos, siempre a manos de otros, por nuestras bicicletas, madrinas de aventuras, porrazos e incontables correrías. Éramos indestructibles, inmortales; el tiempo había dejado de existir, nuestra vida era un disfrute constante, bien a lomos de compañeras de dos ruedas o galopando por la arena mientras el sol tostaba pieles y espíritus, endureciéndolos, embelleciéndolos.

Sabíamos que llegaba el verano, y con él los deseos de abrazarlo, de hacerlo propio, a sabiendas de que nos pertenecía, de que podíamos hacer de él lo que quisiéramos. Y así era. Hoy, ya adultos, ya maduros, podemos lograrlo también. Ser libres, movernos al son de las olas, no es tan difícil como parece. Pero se requiere coraje (huevos, para decirlo clarito), olvidarse de lo que quieren que hagamos con nuestras vidas (y empezar a decidir, de una vez, qué somos y hasta dónde nos arriesgamos), perder algunos amigos, las carteras y las torpes y prejuicidas ideas que aún nos carcomen, y recoger unas pesetas para un viaje que no sabemos adónde nos llevará.

Muchos siguen siendo niños, a ese respecto. Y siguen yendo a jugar a la playa, junto al astro eterno, a cada junio que concluye, abiertos a todo lo que el mundo y la vida les pueda brindar.

(Fotografía: El Hermitaño)

31 de mayo de 2010

Iniciación (la hora de la verdad)



En una ocasión escribió Ortega y Gasset que “la vida del hombre se divide en cinco edades de a quince años: niñez, juventud, iniciación, predominio y vejez”. Si esto es así, y dejando aparte los casos que no cumplen la efectiva distinción progresiva (si es que hay algún individuo que lo haga realmente, cosa que tampoco sabemos a ciencia cierta), el pedazo de existencia que de verdad cuenta, el que da el pistoletazo de salida a qué somos realmente, no arranca hasta la treintena. Nada (o casi) de lo que hayamos logrado con anterioridad prefigura nuestro ser, no en el sentido del carácter o modo de entender la vida, sino en lo que atañe al camino vital que todo sujeto habrá de recorrer. Es a los treinta cuando, parece, la vida empieza a ser.

La iniciación, el tercer estadio orteguiano, puede haberse presentado mucho antes, desde luego, o puede que jamás se desarrolle plenamente, y de la etapa juvenil se penetre, sin solución de continuidad, a la vejez, obviando las dos intermedias (que marcan, según Gasset, el “trozo verdaderamente histórico” de nuestras vidas); de hecho, quizá podríamos preguntarnos si muchos de los que hoy ingresan en la tercera década realmente se “inician” en algo, como ese “algo” no sea abrir una hipoteca, emprender una carrera laboral rentable, o amueblar su ático, es decir, las sandeces habituales que mis mezquinos coetáneos en años suelen cometer...

Poco importa. En todo caso, la “iniciación” es, sin dudarlo, la etapa más gloriosa y grandiosa que uno puede experimentar. Lejos ya de los titubeos y efusiones mentales de la niñez, vagas y algo tontas aún, y de las calenturas quinceañeras y esos intentos primerizos de vida independiente y de autoafirmación individual que representa la veintena, el lapso que media entre los treinta y los cuarenta y cinco se configura como el periodo en que uno será, en efecto, lo que debe llegar a ser. Dejando aparte todos los matices que queramos (como los estudios que sugieren, por el contrario, que lo que no hayas atrapado a las treinta ya nunca lo conseguirás), la iniciación está preñada de posibilidades.

Fastidia esa idea, común e idiota, de que en función de estudios, aptitudes aprendidas y experiencia a los treinta, la vida, tu vida, ya está establecida, orientada hacia un ámbito concreto y cerrada a los demás. Es falso: un cocinero puede llegar a ser astronauta; un cartero, juez; y un “...” (escribe aquí lo que eres, o crees que eres...) un “...” (escribe lo que nunca has sido, pero desearías ser). Otra cuestión es que halle remuneración para su tarea, pero esto importa menos que una boñiga de cabra... La vocación no debe valorarse en función de la retribución monetaria, porque entonces ya no es vocación, ni es nada. Todos tenemos a nuestro alrededor ejemplos de vocación tardía, pero auténtica, que ha catapultado a gente otrora depresiva y abatida en una persona alegre, a gusto consigo misma y entusiasta. Y todo porque supo ver que podía truncar el trayecto de su camino equivocado y, rehaciendo sus pasos, dar inicio a la nueva jugada, a un nueva mano de cartas, a un postrer lanzamiento de dados.

Hay quienes ven en las personas que oscilan en su camino vital, que se detienen y emprenden la marcha atrás, que no hallan la pista adecuada para echar a andar con paso firme, seguros de sí mismos, a personas fracasadas, a seres débiles que no son capaces de recibir los embates de la vida tal cual llegan, que no cogen al toro por los cuernos. Pero, para mí, esos seres dubitativos, los que vacilan, los que a veces no saben por dónde tirar en su viaje esencial, son los héroes, los que recibirán el trofeo de “ganadores” al final del recorrido. Son los Superhombres nietzscheanos, porque no se conforman con lo dado, porque van siempre más allá de lo que el destino les tiene reservados, y porque ante la disyuntiva de una existencia autocomplaciente y ceñida a lo ya hecho (aunque quizá social y económicamente excelente), prefieren el atisbo de una perspectiva repleta de tentativas, de tanteos vitales, y escasa de certezas y protecciones.

El sendero hasta nuestro destino no siempre es recto. Nos equivocamos de camino, nos perdemos, volvemos hacia atrás. Quizá no importe qué camino emprendamos; lo que importa, es emprenderlo”.

Sea.

(Fotografía: El Hermitaño)

23 de mayo de 2010

Un tesoro (olvidado): subida al Molló de la Creu



Vista así, desde el suelo firme del valle de Marxuquera, la cima del Molló de la Creu parece inalcanzable. Empinada, enconada, como un cucurucho rocoso y gigantesco libre de huellas humanas. Pero, en absoluto. Su cúspide es accesible, su falda agradable de recorrer, y el trayecto hasta su punto culminante se convierte es un paseo que, si bien no exento de cierta dificultad para los que no suelan hollar tierras elevadas, ofrece al caminante (sobretodo si acude allí solo, como buen montaraz y amante de las montañas) uno de esos tesoros olvidados que preñan la comarca, sin que casi nadie lo sepamos.



Desde su vertiente sur, la cima se redondea, el camino se delinea mejor, y la sensación de verticalidad desaparece. Entonces te rodea un bosque bajo de zarzas y matorrales, flores y vegetación exuberante, incontables depósitos de color y perfumes montañosos. A paso lento por una senda estrecha pero bien marcada (excepto en un llano pedregoso, a medio trayecto del pico, donde se difumina y pierde su identidad), ascendemos sin prisas aspirando ese aroma típico del monte, que despeja narices y espíritus.



Llega el momento del descanso. Apartas la mochila, abres la botella, echas un trago, diriges la mirada alrededor tuyo... y en ese entreacto de quietud física captas, sientes y entiendes por qué has elegido ir solo, y por qué allí, en medio de esa nada arbustiva en la que no hay alma humana a la vista, excepto en la hondanada que descansa allá abajo, a una eternidad de espacio. No llevas teléfono (blasfemo sería su sonido en tales picos vírgenes), apenas nadie sabe que andas por tales alturas... un ligero resbalón, un pie mal apoyado, un momentáneo error de cálculo entre roca y roca, y el despeñe es sensacional... Y la muerte, próxima. Fantástico.



Por sorpresa aparece, mirando más allá de tus pies, una pequeña ventana libre de montañas, permitiéndote contemplar tu hogar, que no es más que un mero parche de color granate extraviado junto a otros muchos. Allí reposan tus gatas (a alguna la echo de menos de vez en cuando...), el tiempo perdido (luego bien ganado), y también una parte de tu propia existencia, lejana, actual, y por venir. Ansías volver, pero aún no es el momento. El calor achicharra mi pescuezo, las zarzas atraviesan la piel de mis piernas (despiste de principante, echar al monte con pantalones cortos...), y el sombrero de paja apenas resguarda de la poderosa estrella. Mas hay que seguir. No porque haya recompensa, o porque con la cima se consiga algo, sino porque lo piden los músculos, las fibras, y las células... hasta la última partícula de tu ser.

Y, por fin, el fin es el principio. Llegas. La coronas. El cielo se despeja. Nada por encima de ti más que el azul libre de nubes. Te descalzas, dejas que las brisas invadan tu cuerpo, y hasta casi te desnudas (estaba solo, ¿qué más daba?). Realizas un travelling circular. Completas, también, un círculo en torno a ti mismo, sin cámara, sin mirar, sólo hacia tu intimidad. Después, extraes el bocadillo, y mientras masticas, con parejas de mariposas retozonas amenizando la visión, tarareas unos himnos de los Beatles, y te ríes de esa locura, de eso que haces sin nadie más. Como casi siempre.



El Montdúver mira de cerca con su arrogante altura, pero su sendero hasta la cumbre, bien asfaltado, amplio y sin tropiezos, es aburrido, repetitivo y tan transitado que casi carece ya de atractivos. El Molló, por su parte, desafía, invoca, y causa respeto. Es un hermano menor de aquel, pero sólo con relación a niveles o elevaciones. Porque si uno quiere estar solo, en verdad, sin molestias ni tropiezos (aunque, lo reconozco, un encuentro con una bella dríade me hubiese venido muy bien...), lo mejor es huir de sendas asequibles y facilonas. Y el Molló, con su pirámide rocosa, amaga un itinerario singular, exento de presencias incómodas, y apenas a un tiro de piedra.

Es un tesoro, en efecto. Tesoro cuya recompensa se ofrece, como lo hace toda montaña, no al rematar su cima, sino antes incluso de iniciar el camino. Porque la satisfacción no está (o no debería, a mi juicio) en ella, en su cúspide, en llegar allí y hacer la foto de rigor, sino en descubrir qué somos, y en qué nos convertimos, cuando pisamos sus piedras, atravesamos sus zarzas (el dolor es el ingrediente principal de la dicha) y echamos un vistazo a ese mundo enorme que se extiende desde el pico hacia el infinito y, en él, nos reflejamos.

La montaña somos nosotros. Y ella vive, también, en nuestro interior.

(Fotografías: El Hermitaño)