9 de octubre de 2011

¿Necesidades?



Hace unas semanas, mientras esperaba las usualmente deprimentes noticias televisivas, tropecé con un reportaje de un grupo de jóvenes (esos que algunos llaman “antisistema”; otros, ahora muy de moda, preferirían el término “indignados”...) que habían ocupado (es decir, okupado) una antigua masía catalana abandonada, y en la que con la mínima reserva monetaria vivían en comuna elaborando su pan, cultivando sus hortalizas, ocupándose de los problemas de agua, electricidad, etc. que surgían en la casona y dedicando el resto del tiempo a sus intereses particulares.

Dejando aparte la cuestión de la higiene (para qué engañarnos, las melenas no brillaban con la luz que a uno le gustaría...), me sentí algo emocionado. Había allí, a una corta distancia, un grupo de gente que estaba adelantándoseme..., un grupo que ya se había aclarado las cosas y había decidido dar los pasos necesarios, los mismos que en breve medito seguir yo. Me congratulé de que haya jóvenes así, por cuyas cabezas se deslice y extravíe todo sentimiento consumista y borreguil, ese que dicta “lo que hay que hacer” cuando se es joven, y que nos pierde para siempre, llevándonos pronto a un ocaso vital, o a un malestar eterno, si no somos lo suficientemente rápidos para zafarnos de su mano, viscosa, sucia y maloliente. Pese a la separación, y pese a las diferencias, sentí una entrañable simpatía, que ya creía extinta, hacia gente de mi misma edad. Creo que no todo está perdido, después de todo... Hay más, y mejor, de lo que parece, en la juventud española.

La búsqueda de la autosuficiencia tiene algo (sólo algo) de utópica, pero a poco despiertos que seamos podemos llevarla a cabo. No puede ser total, al ciento por ciento, pero podemos tratar de aproximarnos, al máximo que nos sea dado ¿Para qué? Pues porque si uno quiere vivir para vivir la vida, no vivir para precisar algo que no poseemos, y que nos obligue a, de alguna manera, dejar de vivir para conseguirlo (hablo del trabajo, ¿no lo habían adivinado?...), entonces cabe depender lo menos posible de otras fuentes que faciliten alimentación, reparaciones, suministros de cualquier tipo, etc., y supongan, por tanto, gastos elevados, y que además estén a expensas de vaivenes de los mercados, oscilaciones comerciales y crisis económicas varias, entre otros factores ajenos a nosotros mismos y a las bondades que la naturaleza tenga a bien ofrecernos.

¿Hipotecas? ¿Gasto de la comunidad de vecinos? ¿Cochazos deportivos? ¿Ropajes de fantasía? ¿Trabajo de nueve a seis? ¿Comidas y cenas de fin de semana en restaurantes? Desde luego, no, ya lo sabemos. Pero es que, ¿para qué? Es una pregunta que siempre me hago antes de adquirir algo, desde un libro a un paquete de hojas para afeitado. Y si la respuesta no es lo suficientemente contundente, si la necesidad no es perentoria en grado auténticamente elevado, el libro queda en el estante (muy a mi pesar, desde luego) y dejo crecer la barba durante algunas semanas más... Así que imaginen lo diáfana que es la respuesta, mi respuesta, respecto a las preguntas anteriores... Está muy claro.

El ejercicio de preguntarse por la urgencia o la conveniencia de procurarse algo material (evidentemente, antes de adquirirlo...) es una actividad en extremo simple, pero que manifiesta un sano espíritu crítico ante lo que nos rodea. Si la estructura socio-económica montada a nuestro alrededor posee un funcionamiento cuyo éxito depende en exclusiva de nuestro afán consumidor, comprador, porque gracias a él dicha estructura crece y obtiene beneficios para empresarios, emprendedores, y permite pagar sueldos a trabajadores, etc., entonces hemos planteado mal la cuestión. Un sistema cuyo fin es el crecimiento sin límite, el beneficio a expensas de los bolsillos ajenos, debe tener un final, necesariamente. Y no demasiado lejano, tal vez...

Uno de los principios básicos del liberalismo, y sobretodo del liberalismo conservador, es que el derecho a la propiedad, a la acumulación indefinida de posesiones, es el más importante de cuantos disponemos. Según esta perspectiva, “el individuo”, y cito textualmente de un manual de filosofía política*, “se desarrolla básica –cuando no exclusivamente– a través de la constante acumulación de posesiones en plena competencia con los otros”; algo que se ha dado en llamar “propietarismo”.

¿Es esto lo que queremos? ¿Una especie de acopio incesante de bienes materiales, casi una carrera –autodestructiva, quizá– para ver qué tenemos y qué tienen los demás? ¿Tener más y más, soluciona algo? ¿O no es más que el principio del fin, esa muerte de la que tanto nos gusta hablar, muerte, no física, sino emocional y espiritual?

Un campo de hortalizas, unos olivares, el cielo azul, esa estrella sempiterna, algo de sudor en la frente, una azadón en la mano, y ser y sentirte amo de tu tiempo (la gloria hecha vida). Eso es todo (para mí, todo lo que vale). Es lo que permite apreciarte, no como marioneta al son de lo que otros decidan, sino como dueño de tu futuro; un devenir que el pedrisquero puede arruinar, sí, pero la granizada no te engaña, nada esconde, ni trata de beneficiarse a costa de tu quiebra. Sólo hay una feroz realidad, te guste o no. Ni trampa ni cartón. Como debe ser.

Entre un destino y otro, ser hundido por la banca o los elementos, prefiero que me destroce el segundo. Dejaré todo en manos de Gea. Es mucho más de fiar.

Ya sabéis el adagio: mínima posesión, máximo goce vital.

Y no habrá crisis que pueda con vosotros...

(Imagen: El Hermitaño)

[* Ciudad y ciudadanía, senderos contemporáneos de la filosofía política, F. Quesada (ed.), Trotta, Madrid, 2008]

3 de octubre de 2011

Azares en el bosque



Conmovedora escena. La he podido disfrutar durante dos días, cada vez que salía del caracol a echar una meada, cada vez que me acercaba a la puerta para admirar el paisaje montañoso, o cada vez que, sentado en el comedor (mientras trataba de engatusar a Max Horkheimer para que me dejase entenderle) giraba la cabeza hacia el exterior.

El tocón del centro, como un muñón leñoso, me servía de apoyo al bajar, sobretodo de noche, ausentes las luces (no uso nunca el escalón eléctrico del caracol; es para vagos, viejecitos o burgueses… o para los vagos viejecitos burgueses…). Gracias a esa protuberancia, no me partí la crisma, si bien a punto estuve, en un par de ocasiones. Pero los amigos arbolados están ahí cuando se les necesita.

Y llegué allí, a esa cascada de pinos y robles (¿eran robles?, Dios, qué ignorante…) por casualidad, como siempre. Mi objetivo era Peñíscola, pero en un sábado al mediodía, en pleno septiembre, es un lugar inadecuado, el discorde por antonomasia. Yo no pintaba nada junto a las “barbies”, ni nada tenía que compartir con los tocapelotas del acelerador, y de los mendrugos de la brillantina, las gafas oscuras y las camisetas apretadas poco podía esperar... De modo que me dirigí hacia el escarpe montañoso, pero di vueltas y más vueltas sin hallar ningún hoyo ni oquedad apto para mis nervios sensibles… Fortuitamente, avisté un claro pedregoso, que parecía penetrar en la espesura del bosque, y no perdí tiempo. Allá eché el ancla, se detuvo el bicho y me dispuse a disfrutar.

Vinieron algunos senderistas de escasa carisma, con sus palitos de golf y sus cronómetros, que abordaban el trayecto ansiando lograr la meta en cuantos menos minutos mejor, y algunas parejas y solitarios con perros y bastones para hacer frente a imprevistos peligros. Les veía pasar, arriba y abajo; me habló entonces Dylan de Rubin Carter y el “bobo”, y poco después las noticias radiofónicas, que escupían que alguien quería aumentar el fondo de rescate a dos billones de euros… Y me sentí confuso, y no entendí al mundo (el mundo hecho, no el mundo dado…), ni tampoco él me comprendió a mí. Como siempre, también. Estas cosas nunca cambian.

Me detenía a contemplar ese tronco de pino (pino rojo, pino negro, pino común, pino ¿qué?…), oía cómo Bob suplicaba a su Sara que nunca le dejase (lo haría…), apretaba los dientes cuando las ondas repicaban los mensajes aciagos procedentes de los mercados, y me estremecía al suponer qué bien deben estar pasándolo los de arriba, esos que deciden, marcan, juegan y bailan con los bienes de los demás. Eso también es lo de siempre. Tampoco aquí cambia nada, corran los tiempos que corran.

Después observaba de nuevo ese leño majestuoso, uno más entre miles, o millones, pero el único asomado a mi casa este fin de semana, como queriendo entrar, formar parte del tinglado móvil, arrancar con nosotros, y perderse lejos, porque él tampoco entiende el mundo, ese otro mundo que hemos construido alrededor del viejo, que es el auténtico.

En la costa las “barbies” meneaban el culo por el paseo marítimo, más o menos a la misma hora; cuatro veinteañeros cachondos hacían chirriar los neumáticos de su flamante deportivo al verlas pasar; una mujer conducía un destartalado vehículo con unas ramas de romero en el asiento del acompañante; un tipo trajeado y con maletín negro hablaba por teléfono móvil acerca de un préstamo; una pareja de viejecitos, tomados de la mano, cruzaban el paso de cebra y se dirigían hacia la playa con gesto cansado, pero voluntarioso; unos niños se reían sentados en un banco, y hacían señas a unas chicas que les miraban desde la distancia. En la montaña el gato se acercaba a las ruedas de un contenedor para examinar los restos de basura depositados al suelo; el perro orinaba esas mismas ruedas unos segundos después; el ermitaño dejaba en paz la crítica de la razón instrumental y no sabía qué carajo hacer, solo, perdido, como medio muerto; el pino, por último, daba un postrero abrazo al caracol con su graciosa copa, y esperaba a que partiera para decirle adiós.

Hay pocas cosas que cuentan de verdad. Tal vez amar, apoyar, agradecer, observar y no esperar más de lo necesario. Quizá todo lo demás sea demasiado forzado, falso, un mero simulacro de lo que es vital. Tal vez nos han impuesto en exceso, y nosotros sin enterarnos. Tal vez hasta lo más mundano, y obvio, es una impostura, un fraude. Lo que hacemos, lo que sentimos, y lo que somos. Me pareció que algo de eso intentaba confiarme el hermano arbóreo, pero me faltaron luces para comprenderlo. No emitía sonido alguno, pero de él manaban ideas. Extraño. Como un sueño; o una alucinación.

Puede que mañana vuelva a buscar un compañero que se detenga a la puerta para comunicarse. El entramado boscoso está lleno de buenas palabras. Una criatura tan simple biológica y ontológicamente aún puede decir y enseñarnos mucho.

Esperaré, pues, de nuevo al maestro que hable, para mí, para todos. Nunca sabemos qué puede aprenderse del "pinus mugo"...

(Imagen: El Hermitaño)

7 de septiembre de 2011

Eres eterno



El tiempo muere a cada instante. No le des tu vida. Mata al tiempo. Cederá si te olvidas de él. No hay pasado mañana. El año próximo nunca existirá. La jubilación en el porvenir ahorca tu ahora. No mires más allá.

Mata también al monstruo que dice “debes” (John Campbell). Matar el “debes” será tu único deber. Deserta de toda obligación que venga del exterior. Reconoce sólo las tuyas, que te hagan crecer, autoafirmarte, ser tú mismo. Hártate y di “no” de una vez.

Destruye igualmente si es necesario todo lo que se haga por convención, acuerdo tácito o norma social. Si no haces daño ni importunas a nadie, a nadie le importa lo que hagas. Elige y actúa. Síguete, no secundes a nadie. Piénsalo y hazlo; los demás no cuentan. Escucha consejos, pero acota su influencia; determínala tú, siempre.

No oigas los sermones ajenos; crea los tuyos, hijos de la experiencia propia y del saber que se descubre paso a paso. La sabiduría, ya lo afirmó Platón, está en nuestro interior, adormecida, como aletargada. Hay que hacerla asomar, de nuevo. Pero depende de ti. No esperes una homilía salvadora, un discurso iluminador. No lo hay, salvo allá dentro, oculto, en la caverna de la vida. Ve y hállalo. Escúchate, y lo sabrás.

No pierdas la ocasión, porque puede que no haya otra nunca. Puede que todo enmudezca, y aunque escuches mil eones, nada oigas jamás, ni el menor sonido, ni la más exangüe señal de que hay algo existente allá dentro, muy al fondo. Que todo sea vacío, oscuridad, silencio, y agonía. Que esté todo perdido, entonces.

Puedes y sabes evitarlo. Confíate a ti mismo. Mírate, siéntete.

Y adelante.

(Imagen: El Hermitaño)

22 de agosto de 2011

La roca



Brotó de lo más profundo de la tierra, hace quizá cien millones de años, o tal vez más. Había sido creada en el crisol de un fuego inmortal, y su viaje fue largo y penoso mientras se escabullía de la abrasadora corriente de roca fluida. Una eternidad de tiempo antes de que ningún humano posara su mano encima de esa sólida cubierta, un flujo de lava incandescente la arrastró por las entrañas del planeta, hasta que la presión excesiva la escupió por una hendidura, una mueca de roca negra que parecía manar sangre, y saltó al mundo de gases y venenos. Fantasmagóricas vetas de materia fundida la adornan aún, signos de un pasado lejano, violento y casi inaccesible. Nosotros sólo podemos suponer muy imperfectamente cómo sucedió todo aquello. Debió ser un viaje interesante...

Una vez llegó a puerto sólido acontecieron muchas cosas. Sobre su pétrea superficie dormitó un lagarto una tarde de verano de un año que jamás quedó registrado en crónica escrita alguna. Lluvias torrenciales, glaciaciones, épocas de extrema sequedad; vivió todo los extremos del espectro climático, pero resistió. El frío extremo, el barrido de tormentas de polvo, el peso y la influencia de un manto de agua con corrientes impetuosas, todo ello cambió su rostro, remodelándolo y afilándolo con el paso de los (millones de) años. Sus aristas han visto más amaneceres de los que podemos soñar; han hollado sus oquedades multitud de criaturas largo tiempo desaparecidas; han caído sobre ella los signos vegetales del paso de las estaciones; y, en al menos un par de ocasiones, se dio la circunstancia de extrañas alimañas acuáticas que quedaron adheridas a la pared de roca, para fenecer allí y dejar constancia del inevitable transcurrir temporal, y de los cambios que la vida ha sufrido.

La suavidad de los años posteriores, esa benigna tregua que se da entre glaciación y épocas de calentura excesiva, como un armisticio que alivia la tensión entre cruentas batallas en medio del frío y calor, dio un respiro a lo que vemos como una malgastada y agujereada superficie, tan vieja como la propia tierra. Pero ella, de hecho, es joven, muy joven, casi una recién llegada (algo más allá, en las antípodas, reposan algunas hermanas suyas cuya historia es cuarenta veces más antigua...), de modo que los vaivenes del acontecer aún no le han hecho mella y presenta un rostro fresco, lozano. Pasas la mano por encima y no punza; al contrario, su cara es tersa, como la de un bebé de un mes, pulida tal vez por vetustas corrientes de agua que circularon río abajo en épocas de crecidas. Es tangible, poderosa, su faz. Da gusto palparla. Da sensación de persistencia, de algo que puede durar para siempre...

Imagino (sin ninguna corrección científica, claro; todo esto es mera recreación fantástica, que me perdonen los entendidos...), una estampa de su venida al mundo: rayos que iluminaban el cielo y truenos que restallaban y cortaban el aire pesado y sulfuroso; torrentes de lava serpenteando por canales abiertos sobre la superficie, calcinando todo a su paso, reconstituyéndola como un lifting facial a escala planetaria; insólitos y enormes animales, reptilianos unos, artrópodos voladores otros, y unos pequeños y huidizos seres peludos que, al paso de los años, nos brindarían la posibilidad de existir, ancestros de ancestros, raíz de todo lo que somos...

Las elevaciones alpinas del cuaternario, impulsadas por titánicas fuerzas litosféricas, alzaron bloques y grandes pedazos de roca en las cercanías de Pinet, que emergieron ansiosos por encaramarse a los cielos. No llegaron muy lejos; el ímpetu pronto cejó, debilitado, y nuestra roca amiga quedó expuesta a los elementos en medio de un alto, lo que hoy es un cruce de senderos que conduce a La Drova.

Y allí quedó, a expensas de lo que el tiempo y los acontecimientos le tengan reservado. Quizá acabe siendo engullida por la misma tierra que la creó, a causa de algún cataclismo sísmico... o tal vez sea su fin sellar su vida fragmentada, partida en pedazos, distribuyendo su legado rocoso en su torno como una flor que esparce el polen al viento. En cualquier caso, tendrá su conclusión; como todos, como todo.

Dentro de poco volveré a visitarla. De paso que hago acopio de zarzamoras para mermelada invernal, treparé hasta el risco y echaré un vistazo a su enclave geológico, a su superficie precipitada de vetas filiforme, a sus fisuras y huecos, a los bicharracos cementados a su esencia...

Sólo es una roca. Sí.

¿Sólo?

(Imagen: El Hermitaño)

5 de agosto de 2011

Cerrar el círculo



Hay un estado vital, envuelto en neblinas para muchos de nosotros, a gran distancia y como una tierra prometida a la que apenas podemos llegar, si no es en sueños, en donde no se necesita nada más; se ve uno lleno, colmado, cubiertas sus exigencias fundamentales para sentirse vivo y dichoso. No es ese difuso y popular término que algunos llaman “felicidad”, sino la situación de conciencia que señala que posees, al fin, aquello que en verdad importa. Lo demás es accesorio; cuenta, sí, pero puedes perderlo sin sentirte vacío, o sabes que no es difícil recuperarlo en cierto momento con algo de esfuerzo.

Los componentes que configuran dicho estado varían, como los gustos y colores, en función de cada esencia particular. Por lo pronto, los míos son tres: el oficio, la soledad y la compañía.

El primero se entiende, supongo. Consiste en saciar la vocación, en darle cuerda al reloj de la voluntad que no busca recompensa, beneficio, paga ni cheque. Es eso que surge sin pedir nada a cambio, que ansía asomarse a la realidad pero cuya naturaleza la trasciende, porque no es de este mundo, el de ahí afuera, sino del que pulsa aquí dentro, muy al fondo. No consiste en un intervalo diario, repetitivo y remunerado, de ocho a tres; eso no cuenta. Hablo de una llamada que no puede ser desatendida, aunque el tiempo absurdo de la cotidianidad impele a hacerlo, reemplazándola con las horas del hastío televisivo, el moco alcohólico, la zafia diversión del tropel ruidoso... Desoír la señal, postergar la necesidad, echar tierra sobre el brote verde (savia nueva y alimento para el espíritu), es ir muriendo poquito a poco, sin percibir que una pequeña parte de nosotros se marchita y pudre; desencajados, fuera del tiesto, es como si nos hubiesen alterado el equilibrio, y nos movemos dando bandazos, erráticos. Hay quienes se pasan así toda su vida, por desgracia; debe ser una de las mayores y más tristes miserias.

Los dos elementos restantes parecen contradictorios, o antagónicos. No es así, en absoluto. Lo diré sin más: compañía en soledad; soledad acompañada. ¿Está claro? No, creo que no... Pero no se puede explicar mejor. Lo siento.

Ahora bien, entendamos al menos esto: un hombre solo no es gran cosa; pero un hombre sin su soledad no es ni hombre. El círculo se cierra, completándose, cuando la simetría es perfecta, cuando uno, a partes iguales, se ve impelido hacia la compañía tanto como al retiro. Ora disfrutamos con los demás, ora nos deleitamos con nosotros mismos, sólo con nosotros. El retraimiento radical hunde y pudre la humanidad que nos configura, pero la incurable y permanente sociabilidad, tener siempre alguien (otro) al lado y huir del tiempo propio es un pequeño suicidio, la raíz que acabará por destruir nuestra independencia, el mando sobre nosotros mismos. Y eso es la muerte verdadera, amigos; la que vuelve cadáver aquello que llamamos vivir.

No puedo elegir con quién estoy solo (sólo puedo estarlo conmigo mismo, claro), pero sí a aquellos que forman parte de nuestra peregrinación. Los amigos son la familia elegida, ya se sabe. Hay puñados de personas a quienes no dedicaría demasiado tiempo; las cosas como son; tampoco ellos me lo ofrecerían a mí, y así debe ser. Cada cual tiene su círculo, su pandilla, los de su bando; aunque aceptemos a otros y algunos dejen de estar en él, sabemos bien qué tipo de personas encaja en nuestro modo de entender el mundo y la vida, y quiénes no.

A grandes rasgos, creo que con dos me basta. No soy amigo de multitudes, ni de grupos numerosos. Uno de cada sexo. Con tres personas se consigue un cierto equilibrio, sobretodo si cada uno comprende la situación y necesidades de los otros dos. Las posibles carencias de una son suplidas y enriquecidas con las bondades de otra; así no falta nada de lo que importa. Una de esas personas ya está a mi lado; queda por hallar la otra. Una especie de trío existencialista (en términos algo pedantes) es lo que busco. Es la forma idónea de cerrar el círculo, junto con ese trabajo/oficio/vocación que es permanente diversión, curiosidad, ambición y afirmación.

Todo esto es pura fábula, una quimera, la fantasía de un loco ermitaño. Vale; pero es que no busco otra cosa, ni me importa un carajo lo demás. No al dinero, no a las joyas (hacedlas sonar, lechuguinos...), no al lujo, no a los coches, no a los pisos, no a las necesidades impuestas...

Que se vive con nada, y con eso se tiene todo; recordadlo, aunque ya lo sepáis. No os dejéis doblegar. Cerrad vuestro círculo; y sed dichosos.

Y, de verdad, a la mierda los de fuera...

(Imagen: El Hermitaño)

4 de julio de 2011

Encanto...



El de la noche, por supuesto. Sólo ella lo tiene en propiedad. La noche es misterio, es incógnita; es lo desconocido. Toda vida termina en noche eterna; y toda noche no vivida es una parte del alma que muere.

¿Qué mejor alimento en una cálida noche de verano que degustar la propia nocturnidad, los mosquitos, la brisa marina, el abrazo de la mujer querida (o el hombre, o ambos...).

Echo la mirada hacia arriba y, tras el cortinaje nuboso y ese disco refulgente, blanco y espeso, de la que nos mira y sonríe, aparece detrás la reunión familiar de luciérnagas estelares... y se me eriza el vello y siento un escalofrío. Siempre me pasa, aunque lo haya hecho mil millones de veces. No puedo evitar notar el vértigo, y me conmueve esa belleza puesta ahí, como un regalo bendito, para contemplación de ojos ansiosos por conocer.

Levanto mis brazos, que aún conservan su rubor, y trato de abarcar el hemisferio iluminado. Es imposible, claro, pero siento como si lo lograra. Hago mío ese infinito, lo interiorizo, y después se me escapa, como una mariposa torpemente atrapada se escabulle entre los dedos. Vuelve el vacío, se desvanece la plenitud, y entonces la magia desaparece.

Te extiendes sobre la hierba. Vuelves a mirar hacia arriba, y es cuando te ves a ti mismo, reflejado, manifestado, presente allá. La magia ha perdurado, después de todo; está en ti. Lo allá situado, y lo íntimo, lo tuyo, ya no está separado. La dicotomía ha estallado; nada queda entre aquello y tú.

La noche irradia, en tu interior. No te marches sin, antes, devolver a la nocturnas notas de esa música que brota de la tierra los últimos acordes, que cantan una unión largo tiempo ansiada. La noche te ha engatusado. Eres suya. Y lo disfrutas.

El encanto ha roto las distancias, y los mitos. La narración del futuro empieza aquí. Espacio, tiempo, ser y destino. Nunca más veas la noche como extraña, como algo externo, objetivo, dado.

Sólo vive aquí (aquí...) dentro. Y, con ella, alumbramos el porvenir. Todos los deseos nacen en su seno.

Vivid la noche, a nuestra manera.

Y, así, resucitaréis.

(Imagen: El Hermitaño)

20 de junio de 2011

Hacia ti...



Se acabó el tiempo de espera. No más interludios, ni estar a la expectativa. He aguardado demasiado, y no hay alternativa. Te encontraré.

El tiempo madura, pero también marchita. Y me haces falta.

Así que voy a por ti.

Hasta donde haga falta.

(Fotografía: El Hermitaño)

12 de junio de 2011

Tras 70 días de magia... un mundo de recuerdos

¿Qué puedo decir? ¿Qué palabras emplear? ¿Cómo describirlo?

Naturalmente, es imposible.

No se puede expresar qué se siente al pasar setenta días en nomadismo puro solo contigo mismo. No hay modo alguno de componer un relato fidedigno y genuino de todo cuanto ha acontecido, casi un universo entero de sensaciones y sentimientos.

Y, pese a todo, voy a intentarlo. No sé hacer otra cosa. Saldrá bien o mal, y poco importará.

“La Ruta Errante” es su nombre. Ha nacido hace unos minutos; dadle tiempo para que crezca y tome forma. Quizá haya algo en él que merezca ser conservado, o compartido. Ése es, desde luego, el objetivo; si no, al menos habrá servido para rememorar el gusto de unos días de inenarrable gozo y euforia vital.

Allá vamos…

La Ruta Errante

27 de mayo de 2011

Esto aún continúa... (aunque ya queda poco para el regreso)



Hoy, en Portugal.

Mañana, como siempre, es algo que nadie sabe.

Ea!

(Fotografía: El Hermitaño)

28 de abril de 2011

Prosigue la aventura... (solo, extraviado y feliz)



Sólo unas pocas líneas, tras un mes a lomos de mi caracol andariego, para dejar constancia de que al fin lo hice (es innecesario decir por qué). Lo hice, sí, pese a mis reticencias, esos recelos a abandonar el nido que tan bien te trata, que tanto ampara y protege, y salir a la carretera desprovisto de cualquier seguridad, excepto la que anida dentro de ti mismo. El cariño lo ofrece la tierra que te rodea; la confianza surge de las estrellas que se abren en abanico sobre tu cabeza; y sólo el corazón (y la billetera, no olvidarlo...) decidirán el regreso.

No pude dar cuenta del inicio de esta etapa viajera, subido en mi santuario rodante, a causa de un desafortunado incidente relacionado con el suministro de Internet. Me tocaron las pelotas con saña, se quedaron bien a gusto, y a mí me dejaron sin poder saborear muchos de los detalles que esta aventura autocaravanera podía ofrecerme. Les debo una, claro está, porque no fue justo (yo sé de qué me hablo...). Esto merece una pequeña revancha... o una fría venganza. En todo caso, ya urdiré algo para compensar.

Pero no importa. Lo que cuenta son estos paisajes, estas carreteras infinitas, las ermitas en lo alto de la nada, las ciudades encantadoras y llenas de gracia, sus templos solemnes (aunque hayan "turistizado" todo, hasta las catedrales, hasta los horarios de las iglesias, hasta el paseo por las calles, parece que todo ser extranjero que camina debe pagar entradas, comprar tickets, y residir en hoteles...), los pueblos y sus gentes, las muchachas que se sientan en un parque a la luz crepuscular a escribir en sus diarios y te miran, o te sonríen; las caminatas a través de los senderos, los ortos y ocasos, que señalan la actividad diaria, y el cielo, con esos gruesos nubarrones de tormenta, los cirros lacónicos o las brumas matinales...

He pasado un mes inenarrable, acompañado por el hermano de armas, el que siempre está, el que siempre dice sí. Ahora él se ha ido, y yo quedo solo (es decir, muy bien acompañado: yo, mi santuario móvil y preciado [casi una persona, una hija, un ser que merece cuidado y atención y al que venerar por todo lo que me está dando...], y todo el mundo a mi alrededor). Estaré no sé cuánto tiempo: quizá una semana o dos; puede que un mes, o hasta que el verano llegue. Depende de "ella", de mí, y de lo que venga a partir de ahora.

Veo claro que se trata de ir tanteando el terreno, ir, no buscando, sino palpando la tierra, oteándola. No hay nada que encontrar (todo está ya en ti); lo que venga, lo que el cosmos brinde, es lo que vivirás. Pero no anheles demasiado; sólo deja que el camino avance, a ver qué surge. Poco a poco aprendes a dejarte llevar, a no aguardar una sorpresa en forma de pueblo, un bello campo abierto o una torre románica. La carretera dicta todo lo existente; tú sólo vas de aquí para allá, movido por las olas del asfalto y guiado por el recorrido solar.

Ignoro cuando será la próxima vez que deje unas palabras por aquí. A mi vuelta abriré tal vez un blog hermano, parido de éste y que contendrá su esencia, sólo que en vez de narrar andanzas, pesares y dichas ancladas en el terruño de mi patria chica, describirá estos devaneos aventureros e irrepetibles(un lujo nacido de la humildad, un éxtasis continuo, agotador y renovador) por las sendas de la Hispania que tanto desconozco.

Ahora saldré de esta biblioteca de Salamanca, cobijada en el interior de la Casa de las Conchas (por cierto, maldita mi suerte... aún no he podido hallar mi bienamada "Casa de los Gatos"...), atravesaré el puente romano que salva el bravo río Tormes, me dirigiré hacia mi antigua y apreciada caracola, me prepararé un buen caldo con fideos y, luego, me echaré una pequeña siesta. Más tarde volveré a pisar el suelo de la capital charra, deambularé por estas calles tan sugestivas (repletas de grupitos de nipones, viejos y estudiantillos del tres al cuarto...), y quizá a la noche penetre en algún antro para escuchar algo de jazz mientras me ceno a base de bien, antes de volver a dormir junto al río.

Esto, amigos, es "demasiada" vida. No estoy acostumbrado a tanta dicha, casi podría llorar de bienestar... Desde luego, todo ello no puede durar mucho; pero, al menos, tengo la convicción de que, durante el tiempo que me sea dado, seguiré pateándome estas tierras, seguiré vagabundeando por los caminos abiertos por el hombre y bendecidos por Dios.

Cierro ya, que tengo hambre. Hasta la próxima, disfrutad de vuestra suerte y sed todo lo felices que podáis.

Ea!

(Fotografía: El Hermitaño)

23 de marzo de 2011

¿Ir o no?



Estoy loco. He perdido la poca cordura que aún retenía en las entrañas de mi personalidad. Y lo peor es que no me importa. Como si no fuera a vivir más, como si la existencia tuviese fecha de caducidad próxima, y disfrutara de la absoluta licencia y autonomía del que sabe que va a morir y arroja al cubo de la basura la prudencia, el raciocinio y la sensatez...

No hay forma de tener dinero; pero lo gasto, a cuentagotas, lenta e inexorablemente. La cantidad residual es reconfortante, pero no cesa de menguar. Y encima me he agenciado mi nueva casa con ruedas, una necesidad perentoria tanto como un derroche inasumible para mi inexistente economía. Aquí persiste la contradicción, y la inquietud de no llegar a tiempo de sacarle todo el jugo que contiene en su interior. Se lo merece, pero desconozco hasta dónde estoy dispuesto a sacrificar, porque mi capital es exiguo, mis talentos escasos, y mi locura no ayuda nada a discernir qué debo hacer...

En unos días partiré durante dos meses con ella, pidiendo-exigiendo-suplicando al hermano vital que corra con los gastos, y eso que su caso es aún peor que el mío y debe recurrir a altas estancias y esferas paternales para sufragar tal dispendio. No se merece esto, ni yo tener que recordárselo. Trataremos de diminutizar la sangría monetaria de modo que expandamos el tiempo de disfrute y podamos cubrir el plazo máximo con dignidad, sin penurias... Habrá que compensar la pobreza billetaria con otros valores, los nuestros: emoción, aventura, libros, paseos, naturaleza, templos y santuarios para el intelecto (léase bibliotecas...) y para el espíritu (léase iglesias, ermitas, conventos, monasterios...), silencio, amistad, compañía (esa que podamos hallar en la carretera) y soledad... En fin, lo de siempre.

Por otro lado, ¿y si me quedo? ¿Y si pospongo el viaje para cuando las arcas inicien un pausado despertar, y pueda afrontar la estancia nómada respaldado por la comodidad de una cierta recuperación salarial? ¿Y si permanezco aquí, en esta tierra que todo me lo da, aspirando la primavera, pateando las costas, las montañas, los centros de paz y meditación que Diània brinda a poco que explores? ¿Merece tanto la pena ir hasta allá lejos, a mil millones de pasos de casa, yendo en busca de algo que no sabes qué será, abrasar el erario propio y del prójimo y, además, volver sin apenas esperanzas de que puedas recuperar parte de la sangría monetaria sufrida?

El tópico señala que corren tiempos dificiles para todos. Claman, porque andamos mal (y la travesía se presenta cada vez peor...), pero no dejan de señalar que la solución es la de volver a gastar, a quemar, a consumir. Y yo, en estos momentos, lejos de mostrar la espalda a los voceros del apocalipsis como siempre he sostenido y hecho, y proseguir mi particular senda de economía material, la que insta a dejar en casa los billetes a buen recaudo en una caja y olvidarte de ellos para no perder ni uno que no proporcione pitanzas emocionales, ilustradas, o paganas, lo que hago ahora es precisamente ponerlos en circulación, dar alimento a los buitres carroñeros del sistema, rellenar sus tripas mientras yo adelgazo y me entra un temor espantoso y visceral de que voy directo a la expiración financiera y la defunción material...

El tiempo del devenir presenta nubarrones tan espesos y amenazantes como los de la fotografía. Pero, como en ella, hay algo más allá del horizionte que no sé qué es... y que pronuncia mi nombre. Lo miro y siento que debo ir. No lo puedo explicar. La razón no me sirve, la cautela se ha hecho añicos, y la ponderación hace meses que no anida en mí. Únicamente soy consciente de la necesidad, de que preciso esa inyección de vida, aunque después tenga que reponer fuerzas en cama, o quizá muera en ella a consecuencia de mis actos imprudentes, por haber malgastado fuerzas y recursos en noches largas y errantes viajes.

El suicidio y la locura se unen al deseo, inextinguible e inmortal, de ir allá. Quizá acabe mal, muy mal. Tal vez sea el fin, porque no es honesto inflar la vida mientras los demás sacrifican la suya, mientras ellos se esfuerzan y recorren su camino laboral para que tu admires amaneceres, ansíes hallar labios y mentes por el sendero de la aventura, y las demás prerrogativas del andariego del asfalto.

No es justo y, sin embargo, no puedo evitar sentir que estoy haciendo lo que debo. La perversidad de esa conciencia me carcome, pero no soy capaz de hacerle frente y reinvertirla, así como tampoco pensar en otra posibilidad. Si no voy, una parte de mí morirá; si voy, otra lo hará.

De modo que no hay elección. Voy a morir de todos modos. Pongámonos en marcha, entonces. Y no pensemos en el mañana. El féretro espera. Pero, antes, viviré lo que me sea dado, según mis reglas. Morir, para entonces, no será tan trágico. Ya habré cumplido, ya estaré, ya seré. Y nada más.

¡Ea!

(Fotografía: El Hermitaño)

26 de febrero de 2011

Paraísos cercanos...

Estoy seguro de ello. No necesito realizar grandes viajes, ir al otro lado del mundo, moverme hasta el último rincón del planeta. Sería glorioso hacerlo, desde luego: viajar y entrar en contacto con países y culturas distintas es la forma más sublime de vivir. Pero quedarme "aquí", en estas comarcas levantinas, e ir lentamente abrazando parajes, descubriendo los ambientes que me rodean (ignoro casi todos ellos, todavía), ya es un obsequio más que suficiente para mi espíritu.

A veces huímos, nos alejamos todo lo que podemos, tratamos de llegar cuanto más lejos mejor; y, sin embargo, al otro lado de casa a veces (estoy tentado de escribir "siempre", porque así lo siento) podemos hallar todo lo que necesitamos. Paz, silencio, amistad, naturaleza, belleza, y amor.

Eso no obsta a realizar algunas grandes rutas, viajes titánicos en tiempo y espacio (pretendo cubrir los dos próximos meses a lomos de mi casa rodante y a mil kilómetros de esta tierra costera... veremos cómo acaba esa locura...), pero sepamos, tengamos consciencia de ello: junto al hoyo en donde metemos la cabeza día a día, en donde residimos de ordinario (y de donde, tan a menudo, queremos tontamente salir) ,es ahí en donde podemos satisfacer casi todas nuestras inquietudes y necesidades.

Y si, además, disponemos de un medio de disfrutar al máximo de los parajes que hollamos, un medio que permite sentir, otear, paladear, meditar, dormir y soñar en ellos, un medio que te protege, que es tu santuario móvil, entonces el placer es gloria, y la felicidad, puro éxtasis.

¡Salut, y buenos viajes para todos!



Gaianes, febrero de 2011



Castell de Perpuxent, L´Orxa, febrero de 2011



Embalse de Beniarrès, febrero de 2011



Mirador de la Vall, Vall de Gallinera, febrero de 2011



Beniarbeig, febrero de 2011



Cementerio de Pego, enero de 2011



Castell de Forna, enero de 2011



Platja de Piles, enero de 2011



Alqueria del Duc, enero de 2011



Ermita de la Xara, enero de 2011




La Drova, solsticio de invierno 2010




Platja de Piles, diciembre de 2010



Barx, diciembre de 2010



Gaianes, noviembre de 2010

(Imagen: El Hermitaño)