6 de mayo de 2014

Deseos


Lo dijo el gran François Rabelais: "Trabajad cada uno según vuestra propia vocación".

Han pasado casi 500 años, pero algo hemos hecho mal, porque no creo que ése sea el estado actual para todos nosotros.

¿Habrá que esperar otros 500 años para conseguirlo?

(Imagen: El Hermitaño)

Le quiero (y mucho...)


Es incomparable la satisfacción que produce ganarte la confianza de un animal.

El mismo que hace dos meses huía ante tu presencia, hoy se acerca a tus pies, se refriega en ellos, levanta el lomo para que lo acaricies y te maula, contento de verte.

Se siente a gusto a tu lado. Se siente protegido.

A cambio, te da su confianza. Para siempre.

Espero no quebrarla nunca...

(En la fotografía, 'Morro', mi hermano y héroe)

(Imagen: El Hermitaño)

Re(cambios)


Le dio a la naturaleza por abrir sus compuertas, este viernes pasado (11 de abril). No hubo medias tintas, sino de todo. Y a lo grande.


Arrancó la mañana brumosa, con feas nubes bajas y grises. Lloviznó ligeramente, manchando de tierra el coche y los ánimos humanos, abatidos tras dos días sin ver a la estrella. Aquí somos así: precisamos al sol, forma parte del paisaje, como las playas y los huertos de naranjos.

Al mediodía hubo un brusco viraje de las masas de aire. De húmedo y pegajoso, pasamos a un viento que soplaba seco y requemado. Agobiaba, tanto calor, pero al menos en lo alto volvió el azul y se vio, por fin, el disco brillante.

Y, ¿qué más? Pues las tormentas, claro. Viniendo a la tarde, del oeste, desarrollándose en enormes cúmulos cargados de electricidad, y se dedicaron a escampar agua a diestro y siniestro, impregnando el cielo de una tonalidad amarilla extrañísima. Después emergió por el mar el arco cromático... que parecía saludarnos. 

Aproveché el interludio y me largué a Gandía (estaba con los gatos, en la casita), adonde llegué justo cuando caía la noche. Y, entonces, las fuerzas se desataron otra vez... Los truenos retumbaron, haciendo temblar los cimientos de los edificios, mientras los rayos parecían iluminar el fin del mundo...

A medianoche, finalmente, la madre puso fin a la juerga, y se retiró a descansar, agotada de tanto ajetreo.

Ya lo sabemos: no se paga entrada para disfrutar de todo ello.

Aprovechémoslo, ¿no?

(Imagen: El Hermitaño)

Ella (lo fue)


"Pero te quise, y te quiero, aunque estemos destinados a no ser..."

Julio Cortázar

Esplendor


Ha sido uno de esos días en los que el azul es tan limpio, las nubes tan blancas... que dan ganas de que las horas no trascurran. Y, cuando te pones a caminar, parece que los pies no quieran detenerse; seguirías horas y horas... Sientes el calor de la estrella, pero no quema; reconforta.


Todo está a gusto, todo parece encajar, aunque los amores no resulten, aunque las vidas sufran, aunque haya quien crea que el fin se acerca.

Pero, miras allá arriba, miras a tu alrededor... Y todo es belleza. Y grandeza. 

Y te sobrecoges.

Y das las gracias, por poder contemplarlo y sentirlo.

(Imagen: El Hermitaño)

1 de abril de 2014

Refugio


Un rinconcito de mi hogar...

Ojalá pudiera tenerte siempre conmigo... amiga.

(Imagen: El Hermitaño)

Finales de marzo



Llega la primavera. La tierra reclama manos, azadas, surcos, plantas... vida nueva que la preñe, dando luz a sencillos tesoros para paladares no muy exigentes pero que saben, eso sí, apreciar lo que de ella brota.

La higuera, ahora pelada aunque con las primerizas hojas del nuevo ciclo, llenará su copa de verde. Y, la fruta, empezará a tomar cuerpo, dulcificando el ambiente. Sonará todo esto muy cursi, sí, pero, quien vive bajo la sombra de la higuera en verano, o quien se sienta bajo sus ramas peladas en invierno, tomando el bajo sol en el horizonte, sabe de lo que hablo.

Cómo pasa el tiempo, cachis.

Y cuánto hay que hacer, aún.

(Imagen: El Hermitaño)

28 de enero de 2014

Lo que se recordará...



Llegamos a la casa a media tarde, con el sol ya declinante. El viento era suave y la estrella aún irradiaba con fuerza, brindando un ambiente cálido inusual para un 31 de diciembre.

La casa nos fascinó. Rodeamos sus muros, reconocimos el buen gusto del propietario y descansamos en el exterior, junto a la entrada. Entonces vimos los almendros. Traíamos pasas y avellanas, pero la tentación de abrir allí mismo, y paladear frescas, las almendras fue irresistible. Tomamos una roca plana y, recogiendo las que habían caído sobre la hierba, empezamos a merendar.

Tras el ágape, mirando el ocaso de la estrella, que los cirros velaban, nos abrazamos y, quizá también, sentimos que algo no andaba bien... El frío llegó, y decidimos regresar.

Pero no podíamos partir sin agradecer al patrono de aquel paraje que nos hubiera alimentado el cuerpo y el alma tan generosamente. Así que le escribimos una nota, que dejamos bajo su puerta con una piedrecita encima... Le dábamos las gracias por tan suculenta merienda y, le decíamos, esperábamos que pudiera disfrutar con salud de aquel encantador refugio.



La estrella quería marcharse ya, descansar más allá de las montañas, así que recogimos, hicimos una pequeña reverencia ante aquel sepulcro sagrado, por todo lo que nos había dado, y continuamos el camino, juntos. Murió el viejo año mientras nos mirábamos a los ojos; y entró el nuevo del mismo modo.

Pero supimos que no todo era rosa. Había en el aire una inquietud, que se ensanchó poco a poco. Y uno de nosotros vio una diferencia demasiado grande entre todo lo que recibía y lo que podía dar. No era posible.

Altea, las calles empinadas, los hogares blancos, las aventuras, los panecillos, la música, el puzzle, los besos sonoros y casi eternos, el incienso, la complicidad, los caminos recorridos juntos, la cocina humeante, los sabores y sonidos deliciosos, el ronroneo de Canelito (héroe de mi vida...), las carcajadas, las velas, la 'Duranta', el silencio de aquella casa preciosa y acogedora, las charlas hasta la madrugada, las montañas, los paseos nocturnos, los ojos puestos en el cielo, el mutismo compartido, las bromas, las miradas... y el amor.

Tras todo ello, sólo queda decir:

Meg, te quiero y jamás te olvidaré.

(Imágenes: El Hermitaño y Meg)

3 de enero de 2014

Larga duración















Mi abuelo, 91 años, esta Nochebuena, dando vida a su 'Toscano'. Hasta hace un par de veranos aún nos ayudaba en el huerto. Siempre gastando bromas, siempre riendo, siempre con ese brillo pícaro y divertido en los ojos.

Siempre fue el primero en coger la azada, en ponerse manos a la obra... en decir "vamos a hacerlo". Pero también es el primero en sentarse a la mesa... en proclamar que no tiene hambre y, luego, termina hasta las migajas del plato de su señora... Y sigue comiendo pan con todo, sigue saboreando el vino... y el Toscano, el Toscano...

A veces, cuando voy a su casa a dormir, entra en mi cuarto, a las 4 de la mañana, y me ilumina con una linterna, para saber quién está ahí... Luego se marcha, me cierra la puerta, y al cabo de media hora, vuelve a hacer lo mismo. Me cabreo, pero nunca le digo nada. Trato de dormirme de nuevo, hasta que regrese el haz de luz a mi cara...

He de aprender todavía mucho de él. Y disfrutarlo.

Aún es demasiado pronto para tu marcha, ¿verdad?...


(Imagen: El Hermitaño)

28 de diciembre de 2013

12.369

Número de días vividos hasta hoy.

Es una barbaridad... qué cantidad de tiempo... ¿desperdiciado?, ¿aprovechado? No importa.

Sólo cuenta si el 12.370 será como yo deseo que sea; y, si no lo es, pues aceptarlo.

Tampoco es relevante si llegarán muchos más. Que corten cuando quieran; viví como quise, y (casi siempre) con quien quise.

"El tiempo es el río en el que voy a pescar", decía Thoreau.

Ea!

Fin de la aurora
















Todos merecemos un tiempo para ser amados; pero, a veces, también llega otro tiempo: el de ser olvidados.

Nunca he amado tanto a nadie. Aunque jamás intercambié una sola palabra con ella, aunque no pude cruzar su mirada con la mía, ni oír su risa, ni escuchar su voz. Atravesé el país para ir en su busca, y sólo hallé frío, lluvia y un parte meteorológico emocional que pronosticaba nublado con riesgo de más chubascos...

Cuando lo comenté, algunos lo vieron como una estupidez, una falta de madurez, u otros, directamente, como una locura. Quizá sea así; pero un amor que se precie como tal algo de ello debe de tener. Un amor racional, frío, comprensible, domesticado... pues quizá sea muchas cosas, pero posiblemente tendrá poco de amor. Yo valoro más el fuego, el ímpetu que te fuerza a hacer todo lo posible (y algo de lo imposible...) para tener a esa persona a tu lado. Cueste lo que cueste. Un amor disparatado, algo salvaje. Dejemos que, en estos temas, controlen otros...

¿Olvidarla? No, no es posible. Pero el tiempo pasa, la brasa empieza a perder su calidez y es invierno y tengo frío. Así que...

Alba...


Y ocaso.

(Imagen: El Hermitaño)

3 de mayo de 2013

Locuras
















Y, todo ello, ¿por qué?

1.240 kilómetros. Ocho días. Doscientas monedas en carburante. Atravesar el país hasta llegar a 'otro', que lame las orillas del Cantábrico. Abandonar encantandores bebés de once meses, gatas parturientas, terruños que requieren manos y amor, amigos del alma y la apreciada familia. Y, ¿por qué?

Ocho días calles arriba calles abajo en un pueblo de veinte mil habitantes del que no conozco nada; ni a nadie. Buscando algo que quizá ni allí esté; o, si está, puede no aparecer nunca. Mil millones de coincidencias imposibles van en mi contra. Juego con desventaja; mas cuento con mis fuerzas y con algún guiño inesperado del destino, pues éste siempre ayuda a los locos...  Y, ¿por qué?

Ocho días como un forastero en tierra extraña, desgastando suelas, abriéndose ampollas, agotándose las energías. Bajo la lluvia, bajo el sol, a merced de tormentas y ventiscas. Y, ¿por qué?

Ocho días de esperanzas y frustraciones, de deseos y realidad, de corazones ansiosos y razones frías, insensibles, que repiten el cántico acusador, ese "Ya te lo dije, era imposible... Has perdido el juicio". Así que, todo ello, ¿por qué?
Muy simple:

Por ella...

(Imagen: El Hermitaño)