26 de febrero de 2009

El destino del héroe



"Tu deber auténtico es irte de la comunidad para encontrar tu bienaventuranza. La sociedad es el enemigo cuando impone sus estructuras sobre el individuo. Sobre el dragón hay muchas escamas. Todas ellas dicen “debes”. Mata al dragón “Debes”.

[...]

Rebelarse es seguir la huella de su bienaventuranza, abandonar la casa, empezar la jornada del héroe, seguir su bienaventuranza. Te sacas de encima el ayer, como la serpiente su piel. Sigue tu bienaventuranza. La vida heroica es vivir la aventura individual
".

Joseph Campbell, "Reflexiones sobre la vida", Ed. Emecé, 2001.

(Fotografía de Tunç Tezel)

20 de febrero de 2009

'Northern Exposure' (Doctor en Alaska): episodio 2x05, "Requiebro primaveral"



La primavera (de la que nos separa escasamente un mes) tiene el poder, casi prerrogativo, de alterar estados de ánimo humanos y animales y desatar en nosotros actitudes, comportamientos y actos fuera de lo que llamamos "normal". Esto, desde luego, se manifiesta en unos más que en otros, pero en Cicely, la ciudadela (¿imaginaria, idealizada, real?) de gentes extrañas y extravagantes, es una transformación especialmente intensa y metamorfoseante. Porque la primavera trae, en aquellas lejanas tierras del norte, el deshielo de la cobertura helada de la tundra, y es un fenómeno que amenaza la estabilidad emocional, física y sexual de sus habitantes.



A unos (Joel y Maggie) les lleva a obsesionarse con los placeres de la carne; a otros (Ed) les modifica su personalidad, otrora retraída e introvertida, conviriténdoles en detectives sagaces y preguntones; a alguno más le altera su masculinidad [o lo que ellos consideran tal] (Maurice) hasta el punto de hacerles planchar ropa o preparar cenas románticas; otros más (Holling) sienten ansias de golpear rostros, oir romperse los huesos ajenos y bajar a tierra algunos dientes. E incluso hay quienes (Shelley), sin haber leído un libro en su vida, sienten la llamada de las letras y son incapaces de abandonar la lectura de ese tomo que, hasta entonces, descansaba bajo la pata de la mesa para evitar su cojera. Y también encontramos a los que (como Chris) no pueden evitar volver a sus tiempos de antaño, recuperando instintos delictivos reprimidos largo tiempo.

El capítulo narra, entre todas estas historias, la sucesión de una serie de episodios de robos en Cicely, sustrayéndose sin cesar equipos de radio, reproductores de discos compactos y minicadenas de música. El ladrón, sea quien sea, no tiene reparo alguno en penetrar a hurtadillas en casas ajenas o escarbar en salpicaderos de coches para lograr su tecnológico trofeo. Cada primavera sucede lo mismo, aunque en ocasiones son transistores, cepillos eléctricos u otra artillería similar.



Será Ed, el nuevo investigador privado, quien resolverá finalmente el "caso". El culpable, Chris, por supuesto, reconoce su delito cuando ve al indio llegar a la emisora sosteniendo una caja repleta hasta los topes con sus hurtos.



Cuando Chris se confiesa, Ed le pregunta por qué lo ha hecho, por qué todo ese cúmulo de saqueos ilegales, con el consiguiente enfado, frustración y rabia de aquellos que han sufrido sus atracos. Sus palabras (aproximadas, porque la memoria puede fallar), aclaran todo: "¿Por qué lo hice, amigo? Por lo salvaje, Ed, por lo salvaje. Se nos está perdiendo. Incluso aquí, en Cicely (léase, cualquier lugar del mundo), a la gente hay que recordarle que el mundo es un lugar inseguro e impredecible, lleno de peligros, y que pueden perder todas sus pertenencias en un abrir y cerrar de ojos. No lo puedes predecir. Lo hago para recordarles que el caos y lo desconocido están siempre cerca de nosotros, y que acechan siempre más allá del horizonte".



Y luego añade, para concluir su monólogo: "Bueno, lo hice por eso y porque a veces Ed, a veces necesitas hacer algo prohibido para saber que estás vivo". Por fortuna, en ocasiones algunos de nosotros no precisamos actuar de esa forma, digamos ilegal, para cerciorarnos de nuestra existencia y sabernos no-muertos. Pero entendemos, desde luego, la intención en las palabras de Chris, y su más que razonable aplicación a gran parte de la sociedad que nos rodea...

Pero este episodio de la segunda temporada, del que desde aquí recomendamos encarecidamente su visionado, no se cierra sin antes ser testigos de una singular carrera por las calles de Cicely. Un recorrido no competitivo, en cualquier caso, porque no hay ganador ni perdedor alguno. Se trata de una carrera para dar un abrazo a la primavera, a la nueva vida. No hay interés en ser el más rápido, el mejor, sino en percibir que uno, efectivamente está vivo.



La singularidad de esta carrera es que sus participantes trotan todos ellos desnudos, como corresponde a una especie de catarsis física y espiritual ante la llegada del nuevo ciclo vital. Es otra forma de decir adiós al requiebro primaveral, antes de que las cosas vuelvan a su racional y rutinaria actividad; la despedida al rígido y recogido invierno y la bienvenida a la explosión (ontológica, física, mental) que la primavera nos trae.



Hay que volverse un poco loco cuando ella llega. Cambiar el registro, romper los moldes, quebrar los esquemas. Si no, como decía el locutor, será dificil saber si estamos vivos o no. Y, si no lo sabemos, si no somos conscientes, entonces, efectivamente, es que estamos muertos.

13 de febrero de 2009

El sendero de la lluvia



Todos los días efectúo un pequeño recorrido, de algo menos de tres kilómetros, entre mi casa y mi Casa. Ambas son mis residencias, mis moradas, pero sólo una es mi hogar. En una vivo; en la otra soy. En una duermo; en la otra sueño. En una como; en la otra me alimento. Separadas apenas un paso, casi a la vista la una de la otra, salir de la primera y entrar en la segunda es escapar de un lugar bonito, agradable, digno, a uno hermoso, estimulante, noble, donde la vida se maximiza y penetra. Mis torpes palabras no atinan a expresarlo bien. Dejémoslo, pues.

Sin embargo, si valioso y enriquecedor es mi estancia allá, en Ella, casi tanto, y a veces más, lo es el trayecto hasta allí. Lo habré realizado algunas miles de veces (entre ida y vuelta, diez a la semana, durante diez años... sí, aproximadamente unas cinco mil...). Y no sólo no me aburre el recorrerlo día a día, mes a mes, año a año, sino que cada vez me deleito más. Además, en ocasiones las tretas de la Amiga tiñen de nuevos colores el camino, sorprendiéndote con fuertes ventiscas, enjambres de abejas esforzadas en sus dulces faenas, ocasos de ensueño, nubes cinceladas, y otras maravillas de las que hablar estropea su recuerdo. En otro momento hablaré también de la fauna, (fauna humana, claro) que uno puede hallar por ese sendero polvoriento, anejo a la ruidosa autopista del Mediterráneo. Es un bestiario variado, y algo estrafalario, también. Merece, por tanto, una reseña aparte.

No voy a narrar ahora nada extraordinario. Casi nunca lo hago. De hecho, todo lo que recogen estas páginas nos sucede a todos, en cualquier momento y lugar; a veces lo ignoramos (suele pasarme en demasiadas), en otras no le damos relevancia (aunque la tenga, y en ocasiones mucha), y sólo en unas pocas advertimos que es ahí, en ellas, donde podemos hallar no sólo un tema del que hablar, sino una experiencia humana que compartir. Puede parecer vacía, pueril o insignificante; no obstante, de su ocurrencia puede brotar algo inesperado: un recuerdo, una imagen, un estado de ánimo al rememorarla, una sonrisa, un sentimiento de gratitud por haberla vivido.

Sucedió hace unos días. El cielo, diáfano, era del azul más intenso que uno pueda imaginar. Ni una nube, ni una mota de polvo enturbiaba ese tapiz cerúleo increíble. El trayecto de ida hacia mi Casa fue una bendición, un regalo divino absoluto. Jamás me sentí mejor. Era como un orgasmo, pero mucho más emocional que físico. Había una pureza infinita en el ambiente; una combinación de olores, colores y armonías que las palabras eluden definir con corrección. Es inútil continuar; ya sabrán de qué hablo quienes hayan vivido algo parecido.

Una vez allí, todo fantástico. Lecturas, ronroneos gatunos cerca de tus piernas, el brillo de un sol cegador, pero suave, y la continua sensación, de irrealidad. Empezaba a percibirse, en el aire, como una cierta electricidad ambiental, incluso diría que podía olerse un aroma a azufre, o algo parecido. Un olor como de algo que comienza a quemarse, el orden presto a romperse, la tormenta abatiendo la calma. Adormecido, busqué con la mirada ese azul pintado allá arriba, y entonces la vi. Vi esa majestad nubosa que se avecinaba por el norte, aproximándose sobre el pico velado del Montdúver. Era gigantesca. Blanca como la nieve, algodonada y elevada con forma de yunque en su cima. No veía relámpagos, pero era fácil imaginarlos, crujiendo en ese tejido nuboso inmenso.

Llevo mucho tiempo tras las nubes. Aún no sé nombrarlas bien (cúmulos, cirros, túmulos y demás), pero son mis buenas compañeras, las conozco, y sé que un abejorro de vapor de agua como aquel no se dispone a nada bueno. Así que recogí a toda prisa los trastos, metí a Espinoza en la mochila, me despedí de la buena felina y corrí, entre los naranjos, con el corazón en la garganta. La noche pedía paso ya, yo no suelo contar entre mis bártulos con un paraguas, un chubasquero ni chirimbolos de ese estilo, y los móviles no sé ni lo que son. Me arriesgaba a tener que pasar la noche allí, si la lluvia se prolongaba, con unas galletas, sin calefacción y rodeado de humedades que brotaban de las paredes.

Pero la lluvia corrió más que yo. Cuando enfilaba ya el camino principal, las primeras gotas golpearon mi testa, y supe que había reaccionado tarde. Casi de improviso, y con un dolor en el costado de tanto trotar, un derrame líquido similar al diluvio me abalanzó sobre mí. Chaqueta de lana, mochila y servidor acabaron, en cuestión de unos pocos segundos, no mojados, sino gratuitamente duchados por obra y gracia de la Amiga. Por suerte, sobre el camino circulan varias carreteras, así que los puentes sirvieron para detenerme y recuperar el aliento. En uno de ellos me encontré con dos simpáticos viejecitos, bastón en mano y boina bien calada, que habían decidido echar su paseíllo ante la serenidad del día.

Collons, que m´ofegue! ―les dije, mientras me sacudía los ríos de agua.
Açò va pa llarg, ja voràs ―respondió uno de ellos, con un puro en la boca.
Crec que hui soparem açí, jaja... ―auguró el otro.

Estuvimos un rato en silencio, viendo cómo torrentes líquidos desfilaban ante nosotros, barranco abajo. El arco iris hizo aparición súbitamente, burlón. Un minuto después, la tormenta cesó. De repente, en seco, como si el grifo hubiera sido cerrado al instante por el Altísimo. Sacamos las cabezas del túnel, temerosos e inseguros.

Bé, sembla que ja està ―afirmé, aunque ni yo mismo me lo creía.
Jo no me´n refiaría massa, xicon ―me aconsejó el amigo del puro.

Con tiento, salimos del refugio improvisado y nos separamos. Les vi alejarse, encorvados, como con miedo, aunque con paso rápido y decidido. Parecían saber, sin embargo, que todo había pasado ya. Y así fue. Al poco entraba en casa, me sacaba toda la ropa pegajosa y reposaba mi cuerpo con otra ducha, ésta caliente y algo más sosa.

La moraleja es bien clara. Si no quieres imprevistos, sorpresas o desgracias, pon siempre un paraguas en tu bandolera. Es una regla que habrá que cumplir. Aunque, desde luego, yo no seré quien lo haga.

31 de enero de 2009

El cambio y el clima



Hace unos meses se hizo público este Manifiesto acerca del debate (sí, sigue habiéndolo, por fortuna) del cambio climático. En este blog ya he hecho algunas reflexiones al respecto (quien quiera echarles un vistazo que teclee "cambio climático" en el recuadro de la esquina superior izquierda), y aunque no esté completamente de acuerdo con el contenido del Manifiesto en cuestión (por ejemplo, tengo entendido que el CO2, al ser un gas termoactivo, sí puede influenciar el clima de nuestro planeta [al incrementar la temperatura terrestre], y de hecho, lo ha venido haciendo en los últimos cuatro mil millones de años...), me parece loable una iniciativa de este tipo.

Es justo lo que necesitamos rodeados, como estamos, de noticias catastrofistas, horribles futuros, desaparición de grandes ciudades bajo las aguas oceánicas y temperaturas achicharrantes. Puede que estos escenarios acontezcan algún día, y puede que antes de lo deseado, pero la tarea periodística debe ser difundir las investigaciones científicas con el máximo rigor, imparcialidad y ajenos a sensacionalismos y amarillismos. El problema seguirá existiendo mientras un titular con tintes dramáticos sobre el clima esté mucho mejor visto y tengo prioridad a otro que augure dificultades más llevaderas.

Podremos, y haremos bien, en criticar el contenido del Manifiesto. Que coincidamos o no con sus puntos es secundario; lo relevante es disponer de opiniones alternativas y no creer que todos sostienen la misma postura ante un tema de tanto calado, científico, social y político. La discusión es el alma de la ciencia; y ésta muere en cuanto se llega a la unanimidad.

(Por cierto, en Rostros del Cosmos he colgado un artículo acerca de mi particular visión de esta cuestión. Puede ser algo tendencioso, lo admito. Desde luego, estaré encantado de debatir con quien quiera hacerlo... :))

15 de enero de 2009

La Luna sobre tu cama



Apago la luz a medianoche, tras una vaga jornada (por dispersa, no por vacua), y me dispongo a cerrar los ojos. Pero algo estorba, una extraña luminosidad que penetra por los poros de la persiana. Es ella, naturalmente. ¿Cómo pude olvidarla? Qué formas ante una dama, Dios mío...

Hay gente privilegiada por muchos motivos, aunque ellos mismos no lo sepan. Uno de ellos era yo, mas ahora ya soy consciente. Mi habitación, que da a los patios interiores del bloque de pisos donde moro, tiene su ventana orientada al este, que es, desde luego, la vía de escape de los astros. Por allí nacen, brotando cada día, sus luces, casi siempre apagadas por las urbanas, más numerosas y menos sutiles. Cuando los cielos, barridos de humedades y nubes, se oscurecen y llega el momento del catre, a veces esas luces titilan con fuerza, y uno alcanza el sueño en su compañía... a falta de otra mejor.

Pero cuando es la Luna la que saluda desde lo alto, hay que rendirle tributo. Así que coges un par de cojines, reorientas tu cuerpo en dirección contraria, para que esa luz que filtran desechos nubosos impacte de lleno en tu rostro, y puedes incluso conectar un poco de música para ambientar (no importa el género, desde Tchaikovsky y su 'Patética', que va de perlas, hasta los riffs de Jimmy Page en 'Danzed and Confused', por ejemplo) o, si lo prefieres, te limitas al silencio. Mientras se van oscureciendo las viviendas contiguas, mientras la Luna llena eleva su cara manchada, permaneces echado, como hipnotizado, y no piensas en nada. No puedes, porque aquello, lo que estás viviendo, está por encima de tu propia mente.

Entonces llegan las nubes. Pasan a través de nuestra confidente, trasgrediendo su haz luminoso a la vez que se colorean sus propias esencias. Debe gustarles, porque parecen aminorar su recorrido por la faz lunar. Se desprenden chispas de colores vistosos, y grumos de nube prenden como fajos de paja reseca. Con la claridad lunar se aprecian formas y figuras en ellas: animales, monstruos, deformidades, todo un bestiario nuboso que la imaginación estimula. Después, emasculada la pigmentación, los cúmulos (quizá fueran estratos, quién sabe) se enfrentan a las constelaciones, que vencerán con comodidad.

La Luna recupera su tez prístina justo cuando vuelves a pensar, no sabes si afortunada o inoportunamente. Recuerdas las clases de astronomía (aquellas en las que tú mismo hacías, al alimón, de profesor y alumno...) y te viene a la memoria que lo mismo que hizo a la Luna tal cual es, hace tanto tiempo que da pereza escribirlo, te ha hecho a ti, también. Es el momento de la especulación. ¿Será alguno de los átomos de mi pie un residuo que antaño estuvo en la cima de alguna de las montañas lunares? ¿Los `Montes Teneriffe' quizá (por lo del patriotismo)? ¿Conservo en mi mano un registro atómico de la lava surgida en la Luna, y que inundó su superficie? ¿Será parte de mis ojos materia procedente de un meteorito que, impactando en la fría cara lunar, rebotó hasta la Tierra cuatro mil millones de años ha?

Creo que no, pero es bonito pensarlo. Y aún más lo es creer que tu mismo cuerpo, una vez termine su periplo en la Tierra, y si no cometes el error de enjaularlo en un féretro estanco, partirá a reunirse con sus átomos primordiales de los que formaba parte en tiempos indescriptibles. Vida y muerte son una misma cosa allá arriba. Mientras, nosotros nos empeñamos en dicotomías absurdas, aquí abajo. Queremos matar la muerte, sin darle vigor a la vida. Como dijo una vez por aquí, en el colmo de la lucidez, una amiga (perdón, una Amiga), "es jodido vivir cada dia sabiendo que podemos morir, en cualquier momento; pero más jodido es morir y darnos cuenta en el ultimo momento que no hemos vivido".

Palabras duras, pero muy ciertas, que a la luz de esa Luna grande, redonda y amarillenta aún saben mejor. Ahora, cuando su disco tropieza con el cemento de un edificio cercano, me retiro a dormir, que por hoy ya está bien. Mañana, Ella vuelve a salir, aunque un poco más tarde.

Yo, al menos, la esperaré despierto.

(Fotografía de Jay Ouellet)

10 de enero de 2009

Ayer tarde (más de lo mismo...)



Lloviznaba apenas en las calles, con la lenta caída de gotas perezosas que hacían presagiar nieve y nuevos tiritares. Las madres llevaban a sus hijos al colegio: su tierno pelaje envuelto en gruesos tabardos, manos enfundadas en guantes de lana y molleras bien resguardadas del frío con los acostumbrados gorros. La impresión era de vivir en algún remoto pueblo de Alaska, Siberia o Groenlandia, incluso. Demasiado exceso; excesivo en demasía.

Quería degustar la nieve. Después de meses ahogados entre tanta agua, el encanto de esa materia blanca, congelada y grumosa era irresistible. Sin amenguar la preciosidad del líquido vital, ayer era el turno de la nieve. Pero la puñetera se me resistió. No pude hallarla en parte alguna, y eso que trepé hasta altas cumbres y me encaramé a empinados riscos, elevando las manos para recogerla recién exprimida. Pero nada; sólo logré mojarme, vagar ansioso tras ella de monte en monte y paladear algo similar a aguanieve, que ni era agua, ni mucho menos nieve. Por suerte, siempre queda el recurso de la contemplación, el dejarse llevar ante la maravilla que se abre ante ti y, como es norma, dar gracias por ello. Amiga Natura nunca defrauda, es el lenitivo ideal para los que no logran lo buscado. Aunque a veces, lo que no se halla y lo que andábamos buscado viene a ser, sin nosotros saberlo, la misma cosa.

El paisaje parecía extraído de un sueño brumoso. La sierra estaba coronada, en todo su alargado recorrido, por una crin nebulosa gris oscura, hecha de jirones desperdigados pero movidos, todos, con la misma intensidad y dirección; adheridos por algún extraño pegamento invisible, remataban las montañas plomizas y desenfocadas. En segundo plano, un mar de nubes blancas, homogéneas e insípidas, que exhalaban vahos y vomitaban virutas líquidas algo molestas. A nuestros pies, por el contrario, brillaba el verde, multiplicado miles de veces gracias a las diminutas gotitas que perlaban ese tapiz de hierbas; infinidad de babosas peregrinantes, trotamundos autosuficientes, medraban por el suelo húmedo. Anduve con cuidado, tratando de no pisar con mis botas antediluvianas ninguna de esas bellezas enroscadas sobre sí mismas.

Y, claro, había aquel silencio atronador, que dejaba perplejo y aturdido. Suele, ese rincón, rodearse de pocos individuos: algún cazador con sus caninos y fieles compañeros de tretas; parejas que, buscando intimidad, se detienen con su vehículo bajo un pino protector; gente mayor tratando de recuperar la salud perdida, que efectúan caminatas a lo largo y ancho de los senderos agrícolas. También se puede ver algún camión que traslada los cítricos, y grupos de inmigrantes con afanosos brazos recolectores. Pero sólo aparecen de tanto en tanto; el protagonista, allí, siempre es el silencio. El frío, la lluvia y la (nunca apresada) nieve evitaban, hoy, que las almas anduvieran por allí. Tampoco hacían acto de presencia ardillas, conejos, halcones o los jabalís, de cuya existencia dejan testimonio sus excavaciones en la tierra. Toda la vida estaba recluida en sus hogares; sólo un sujeto larguirucho, de aspecto desaliñado y apoyándose en su caminar con un báculo arqueado, rompía la quietud y la anacrónica consigna de silencio.

Un último vistazo y una postrera absorción de todo aquel espectáculo, que me servirán de fulcro durante los venideros días de obligaciones académicas, cierra mi estancia en esa tierra de nadie y de todos. No quise prolongar más mi trance, ni privar de ese letargo mudo bien merecido a los seres que han hecho del paraje su nido, sabedores de los beneficios que habitar allí supone. Me retiré sigiloso, volví a la madriguera de cuyas paredes emana esto que ahora escribo, y como tantas veces he dicho (hasta la saciedad, supongo), espero que llegue el día de regresar allí y no tener que volver. La ciudad es pasto de cuerdos; yo prefiero la locura, que sólo se alcanza allende aquella. Pero es una locura dócil, controlable y embriagante; no nace de ti, en absoluto, sino que viene de fuera. De un lugar inconcreto, intangible.

Ya sabéis cómo se llama. Y lo que os pide.

(Fotografía de IVáN.N.M.)

8 de enero de 2009

La tinta y el alcohol



Dada mi prolongada atrofia post-navideña, producto a buen seguro del empacho de ron y roscón de vino, amén del cava, champán y otros espumosos que me acompañaron con amabilidad a lo largo de estos días, apunto unas frases sobre el arte, el oficio, la ocupación, la tarea o como quieran ustedes llamarlo, de aquello que nos mueve cuando todo es estático, que nos ama cuando los demás nos detestan, que nos sonríe, pícara, entre el mar de rostros y cuerpos indiferentes. Hablo, naturalmente, de Ella.

Si crees que eres capaz de vivir sin escribir, no escribas (Rainer Maria Rilke)

Porque rico y feliz me considero
en teniendo papel, pluma y tintero (Juan Martínez Villegas)

Ser escritor es robarle vida a la muerte (Alfredo Conde)

Escribir para comer no es comer ni es escribir (Anónimo)

Si nunca has sufrido la angustia por no escribir, jamás sabrás qué es escribir (¿?)

23 de diciembre de 2008

Ritual de solsticio



"En el solsticio de diciembre (invierno en el hemisferio norte), se celebraba el regreso del Sol, en especial en las culturas romana y celta: a partir de esta fecha, los días empezaban a alargarse, y esto se asociaba a un triunfo del Sol sobre las tinieblas, que se celebraba encendiendo fuegos. Posteriormente, la Iglesia Católica decidió situar en una fecha cercana, el 25 de diciembre, la Natividad de Jesucristo, dándole el mismo carácter simbólico de renacer de la esperanza y la luz en el mundo y tratando así de solapar al mismo tiempo la festividad pagana previa".

En todos nosotros anida la Navidad, ya sea secular o sagradamente, ya esperemos con ansias las reuniones familiares y las Misa del Gallo o detestemos ambas, ya nos maravillen sus luces, colores y olores o las odiemos a muerte, viéndolas como grotescos despedicios. En todo caso, siempre persiste algo del carácter navideño en nuestro interior, lo queramos o no.

Personalmente, dado que no comulgo con los excesos usuales de las compras, las loterías, las cenas de empresa y los conciertos religiosos (aunque suelen enternecerme los pesebres, los villancicos, los momentos en que mis sobrinos abren sus regalos, el adornado árbol y la ceremonia recogida), una buena forma de intimar con las connotaciones propias de la época puede ser rememorar las celebraciones añejas de culturas hoy extintas, aquellos cultos que nuestros antepasados ideaban para contentar a las deidades, realizando ofrendas al dios de los dioses. Unos le llamaban Ra, otros Huitzilopochtli o Aditya, Helios o Inti algunos más, y nosotros Sol.

Pero sería un anacronismo, y una locura, volver a edades de piedra, cuando se sacrificaban cabras o, peor, se le brindaba a la estrella la sangre de los enemigos humanos capturados. Lo que cuenta hoy, naturalmente, es el espíritu del ritual, el simbolismo, el acto mismo de hacerlo, no tanto cómo. Por ello mismo las palabras solemnes, los discursos y las expresiones que encierran deseos materiales, anhelos de objetos que queremos poseer, cantidades que esperamos recoger o corazones a conquistar son, todas ellas, aspiraciones superfluas e inadecuadas. Hay que celebrar, creo que más atinadamente, la vida misma, estar vivos y saber que lo estamos, ser conscientes de lo que hemos hecho y poner toda la carne en el asador para disfrutar de un futuro libre, abierto y cercano, pero nunca igual, al elegido.

Por ello, el lugar adecuado para mí, como solían hacer los compatriotas de eras pasadas, quizá aquellos que moraban en la cueva del Parpalló o la de las Malladetas, es el Montdúver. Me acompañaba el camarada, como siempre, bandadas de urracas (¿o eran cuervos?) que apenas batían sus alas en las espirales ascendentes de aire, y supongo que también algún espíritu de los de antaño. Buscamos el sitio, corrimos cremalleras de abrigos, nos enfundamos guantes de lana, y aguardamos. El Sol bajaba con lentitud, fluyeron las palabras y rememoramos otras ascensiones similares, cuando pasábamos la noche allí, sacos en ristre y rostros hacia las estrellas, siempre solos, siempre dos, para bien o para mal. Imaginamos una tercera presencia, ignota, que cerrara el círculo, que compartiera y nos hiciera partícipes de su mundo. Quizá venga algún día, le dije. Quizá.

Y, entonces, el Sol se dispuso a dormir. Un cirro con aspecto dragonítico le secundaba en las alturas, y pasó del blanco al amarillo y al rojo sin solución de continuidad. El astro inundó el cielo de tonos ocres, verdes, y anaranjados, y cuando besó el horizonte pudimos mirarle directamente. Oíamos algunas voces cercanas, que descendían ya, perdiéndose el clímax, el apogeo, el orgasmo. Era como retirarse justo antes del final de la película, abandonar la función cuando llega el desenlace. Incomprensible.

A continuación aparecieron las tinieblas. Nieblas y vahos serpenteaban en los valles, mares de nubes bajas blancas y deshilachadas. Arriba, la Diosa refulgía, como diamante, en el oeste, y un poco más allá, Zeus. Miré por si vislumbraba a Hermes, pero debió escabullirse bajo el horizonte; siempre fue demasiado tímido... Sobre nuestras testas, la Vía Láctea, lechosa como nunca. Las siete hijas de Atlas, muy jóvenes pero escasamente impúberes, también nos saludaron desde el cenit; siempre me gustó Mérope, quizá por su celibato ante los dioses, quizá por estar aún envuelta en jirones de gas, misteriosa y deseante.

Había otros hermanos y hermanas gaseosos, la familia etérea de la que todos procedemos, familia de cuya sangre hemos bebido siempre. Mi deseo, mi único deseo, es poder estar allí arriba, de nuevo, cuando el mundo se abra y la vida rebrote. Y poder abrazarme con ellos, esos hermanos de allá, o de acá.

Asi acabó el 22 de Diciembre, día en que muchos fueron ricos. Por supuesto, yo también.

(Fotografía de Josep Lluis; texto de la Wikipedia)

17 de diciembre de 2008

Sagradas palabras



"Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha".

Víctor Hugo.

(Fotografía: Terry Holdsclaw)

12 de diciembre de 2008

Resonancias



Desde que me sugirieron hace dos semanas una resonancia magnética para descartar una hipotética presencia tumoral imbuida en mis intersticios cerebrales, como una criatura fatal agazapada por los surcos del lóbulo parietal, me encadené a una percepción del yo y el mundo aciaga e infausta. Las tiniebas se cernieron, invencibles, sobre mí, y tuve la seguridad de que existía efectivamente tal ente, que había medrado en los fluidos de la testa desde hacía muchos meses y que ahora, harto de su silencio y anonimato, hacía su alevosa aparición pública, para desgracia del que esto suscribe.

Imaginando el más negro de los abismos por llegar, un funesto devenir plagado de visitas a hospitales, sesiones de quimio y radioterapia, anclado al brazo de mi madre, débil, achacoso y sin cabello, suponía que mi hora estaba al llegar. Extrañas dos semanas, sin poder echar ojo a los libros de texto (¿para qué estudiar, quién desea hacerlo cuando su vida ulterior pende de la interpretación de una resonancia magnética?), vagando en desdichadas brumas mentales, previendo lo peor y desamparado ante la firmeza de la rueda del karma; quizá era el momento de pagar, en efecto, por cuentas pendientes de otras existencias pasadas. Tal vez mis errores cuando lobo, mis excesos cuando secretario real, mis malas artes comerciales durante el Siglo de las Luces...

Pero no, no hay nada malo aquí dentro (y toco, a Dios gracias, mi sana sesera, para regocijarme del éxito). Sólo materia gris convencional -eso sí, algo lenta y torpe en sus disquisiciones, decisiones e ideas-, sin inquilinos inoportunos. Sólo espacio para ser llenado (o vaciado), sólo aquello que hace humanos a los humanos, que nos permite ser y continuar siendo, sin los impedimentos de malignas y pérfidas alimañas corroyendo nuestras entrañas.

La sola posibilidad de ese tumor, su eventual traza en la resonancia, fue suficiente para desbaratar una vida, tranformándola en vacía y estéril. Si la posibilidad se hubiese tornado en certeza, no sé qué hubiese pasado. Por eso aplaudo a quienes han sabido sobrellevarse a tal fatalidad, a quienes no han tenido tanta suerte como yo y se han visto golpeados por ella, a veces hasta el límite de sus fuerzas, hasta desfallecer de dolor, impotencia y amargura (tengo casos muy cercanos...) Requiere un valor que quizá yo no tendría, unas agallas que impiden nuestro desplome anta tanta adversidad. Muchos belomes, un coraje que, quizá, también nos muestra quiénes somos y dónde estamos dispuestos a llegar por seguir aquí, al pie del cañón.

Hay mucho aún por hacer. Si la Providencia no se entromete y deja correr el tiempo, habrá oportunidad de nuevos libros que escribir, de nuevas cumbres que escalar y de todo un mundo que compartir. Esto, amigos, apenas ha empezado aún.

28 de noviembre de 2008

Tierra, mar y aire



Mi abuelo siempre ha sido hombre activo. Le molesta arrellanarse en el sofá demasiado tiempo, dormir más de la cuenta o perder tiempo viendo la televisión o jugando a las cartas. El día que mi padre, sin apenas un duro en la cartera, pudo agenciarse una pequeña parcela de tierra bajo la sombra del Castell de Bairén, en una zona húmeda cerca de la playa, el abuelo Jesús fue uno de los hombres más felices del mundo. Así podía levantarse temprano por las mañanas y cargar las herramientas, que facilitan el trabajo manual, en su bicicleta oxidada y dirigirse hacia ese terreno, por entonces aún vacío.

Me viene a a la memoria que, cuando tuve cinco años, cambió la bicicleta por una furgoneta Renault 4 (fui con él a recogerla al concesionario, estoy viendo, como si fuese ahora, su sonrisa y su puro en la boca), blanca y con un gran maletero, en el que reposaron a partir de entonces los cachivaches, artilugios y demás utensilios para labrar la tierra. Más tarde, canjeó la Renault por un Seat Panda, color azul chillón, pero nunca me gustó; aquel furgón destartalado, en cuyo interior siempre olía a hierbas, rocío y al esparto de los capazos, nos llevó en más de una ocasión a pasar la Pascua por las montañas de Marxuquera, a la playa, a dar vueltas por las carreteras secundarias... parte de mí mismo nació y se hizo en su seno, entre sus duros asientos y la caja trasera, donde me solían acompañar cajones de naranjas, tomates y otras frutas y hortalizas.

En aquella finca, que contó al poco con una diminuta vivienda hecha con cañas y palmeras, pasé algunos de mis mejores años. En la parcela contigua había una pareja con dos niños, y más allá otras familas, todas sencillas, generosas y amistosas, que se sumaban a nosotros (abuelos, mis padres y hermana, tíos...), o a la inversa, y gozábamos de unas paellas como jamás se han vuelto a tastar en esos lares. Las tardes, que se estiraban mucho más que en la actualidad, casi hasta la eternidad, nos permitían a los peques jugar con los montones de tierra, con palos, perseguirnos o llenar nuestros camiones de plástico con las frutas maduras desechadas. En verano cogíamos cubos y, rebosantes del agua de un pozo propio, espolvoreábamos con ese fresco líquido nuestros chicos cuerpos, atemperando un calor pegajoso y atontante. Llegábamos a casa completamente cubiertos por una espesa capa de polvo; entonces la madre nos regañaba, claro, pero nunca lo hacía cuando estábamos allá, en la marjal. Sabía que untarnos con la materia, confundirnos con la tierra, era vivir. O si no lo sabía, lo intuía.

Posteriormente, ya crecidito y algo errabundo en mis intereses personales (dudaba entre estudiar una carrera, volcarme en alguna profesión como panadero [mi padre y abuelo lo habían sido] o sacarme un título profesional y largarme al pico de una montaña como vigilante... ), pasé unos meses con mi yayo aprendiendo algo sobre cómo manejar la tierra; plantar, regar, adobar, restaurar desperfectos, esperar el momento para la recolección... pero en realidad fue poco lo que supe hacer por mí mismo; es, mi abuelo, un ser tan nervioso y enérgico que, dada mi natural torpeza manual, se impacientaba ante mis yerros y acababa siempre por rematarlo todo él. Me irritaba su destreza, la habilidad de sus manos callosas y endurecidas, oscuras y manchadas por el sol. Las mías, lozanas pero aún por desgastar, llenas de energía pero ineptas, no casaban bien con el terreno. Aún no he vuelto a manchármelas de polvo y barro tan a fondo como entonces; pero ellas ya lo necesitan, y yo también. Tras una jornada trabajando lo que está a nuestros pies uno siente una cierta comunión con lo que pisa, y aquello que permanece sobre nuestras cabezas.

Cada día, en verano, cuando paso en dirección al (odioso, suerte que sólo es temporal) trabajo con el coche por la entrada que aboca a esa minúscula propiedad, ya cercada y abarrotada de árboles frutales (limoneras, naranjos, higueras...), verduras y hortalizas (no las cito, es una lista demasiado larga... mi anciano predecesor suele aprovechar cada cachito disponible de espacio), cuando paso por allí, decía, mi mirada se tuerce hacia ella, esperando ver allí el "azulete" de Jesús, como solemos llamar a su nuevo y austero vehículo. Espero ver a un hombre mayor, sin cabello, y ahora con un marcapasos junto a su corazón, cavando la tierra, secándose el sudor, impasible ante el calor y los mosquitos.

Y, en muchas ocasiones, la idea de girar e ir hasta allí, olvidándome de la playa, abarrotada y llena de mediocridad, del trabajo que molesta e impide llegar a ser humano, de la obligación que de forma u otra me autoimpongo, me seduce. Olvidándome de todo ello, me desvió y penetro en ese templo del disfrute, del recuerdo y de la emoción. A los pies del Bairén noto brotar de nuevo la vida, como antaño, cuando sólo valían algo las risas, el juego y la aventura, cuando saltar una verja era todo un universo por descubrir y un camino polvoriento la ruta a la felicidad.

24 de noviembre de 2008

Lo que debería ser el amor

Mi amor debe ser tan libre
Como lo es el ala del águila,
sobrevolando la tierra, el mar
Y cualquier cosa.

No debo oscurecer mi ojo
En tu salón,
No debo abandonar mi cielo
Ni mi luna nocturna.

No seas la red del cazador
Que impide mi vuelo,
Y es dispuesta hábilmente
Para permitir la vista.

Sino el viento favorable
Que me transporta,
Y todavía empuja mi vela
Cuando te has ido.

No puedo abandonar mi cielo
Por tu capricho,
El amor verdadero debe elevarse tan alto
Como el cielo.

El águila no disputará
Con su compañero así conquistado,
porque adiestró a su ojo a mirar
por encima del sol.

Henry David Thoreau

(Traducción [libre e inédita] de Guillermo Ruiz)