4 de marzo de 2012

Carretera y manta



El péndulo, que nunca cesa de oscilar, ha alcanzado el otro extremo del arco iris. Vuelve a indicarme la necesidad, la urgencia, de pisotear el asfalto fresco. Y nada de una escapada, una salida corta, una breve incursión; señala varias semanas, un mes, puede que más aún. Quizá un viaje sin regreso, pues nunca se sabe.

De hecho, un viaje así siempre supone la muerte de tu yo anterior. Regresas cambiado; el rostro, el ánimo, el corazón, la mente y el espíritu, no son ya los mismos. Mudan, crecen, adquieren una consistencia distinta. Lo sabes, y se te nota.

El garbeo, tras las maravillas vistas y vividas en Castilla y León y las de la escabrosa Castelló, se dirigirá en este caso, creo, hacia la vecina Murcia, tierra ignota de la que nada conozco, y cuya llamada produce una mezcla de inseguridad y deseo.

La canana está llena (aunque puede que no por mucho tiempo...); la nevera repleta de viandas y repostería caseras; mi casa (y la de todos los que así la sientan...) aguarda, impaciente también ella, la partida; el asiento del acompañante permanecerá vacío, el tiempo que quiera él estarlo; y el entusiasmo, lejos de desfallecer, no deja de crecer...

Y, además, sé qué me espera a la vuelta: un terreno de media hectárea listo para ser cultivado, desarrollado, enriquecido. Nada conozco, del arte, pero tanto deseo tengo de la aventura en la carretera como de aprender a zurcir la tierra y que, tras unas maniobras casi mágicas y un tiempo prudencial, algo surja de ella; ...algo, si es posible, comestible.

Con ese trabajo de disfrute en perspectiva, marcho. Me espera un mes de andanzas insospechadas.

Pues venga, al pavimento...

Ea!

(Imagen: El Hermitaño)

19 de febrero de 2012

Ser uno mismo...



"Amigo mío, la Naturaleza ha dado a cada hombre un estilo, como una fisonomía y un carácter. El hombre puede cultivarla, pulirla, mejorarla; pero cambiarla, no."

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)

(Imagen: El Hermitaño)

18 de febrero de 2012

La casualidad inevitable (hados...)



Quizá suceda una vez en la vida, puede que sólo una cada muchas de ellas. Por un instante no supe si vivía del lado de la realidad, del sueño, o en ambos mundos al mismo tiempo. Porque así fue: las costuras desaparecieron, y los contornos mentales y empíricos que, por una parte, dan consistencia a lo que solemos llamar realidad, y que por otra siempre mantienen vaporoso, como envuelto en niebla, ese otro universo de la fantasía, saltaron hechos pedazos. Es increíble (me estremezco al pensarlo aún hoy, casi un mes después...), pero creo que creé mi propio futuro, forjándolo a partir del mero deseo y la imaginación. Por un momento tomé (en toda la literalidad del término) las riendas de mi propio devenir, y le insuflé la vida preciosa.

Trataré de ser breve y pasar de la retórica a los hechos... Debo dejar constancia del suceso tal cual; esto no es cuento ninguno, ni una invención sin más: ha sucedido palabra por palabra; a quién lo lea (¿alguien lo hará?, me pregunto...) le corresponde decidir si todo es producto de una mente en exceso ofuscada por la soledad, o si hay algo más. Yo me limitaré a exponer los hechos. Son éstos:

Un lunes por la mañana, a mediados de enero, al salir de la ducha decidí coger la autocaravana y marcharme un par días a la playa de Piles, donde suelo ir cuando prefiero gastar poco en gasoil y disfrutar, en cambio, de mucho en sol, silencio y amplios horizontes. Es una playa tolerante con los caracoles sobre ruedas que tienen a bien descansar en sus calles, beber sus aguas y calentarse con la energía radiante de la estrella... He ido en dos decenas de veces, y persistentemente me detengo en la misma franja de la avenida, la que muestro en la foto.

Bien. A veces, y esto lo escribo con cierto embarazo, mi mente fantasea respecto a posibles encuentros con gentes (féminas casi siempre, para qué engañarnos...), que aparecen aquí, allá o acullá, en el momento menos pensado, merced a una casualidad, a una aparentemente inconexa sucesión de acontecimientos fortuitos. Hilvano una historia (hablo de un acto mental que dura, en total, un par de minutos, supongo que no seré el único que imagina estas bobadas... al menos, eso espero), me recreo con ella, con un encuentro que después puede dar lugar a cosas más serias, y luego lo olvido todo, o en su mayor parte. No es habitual que se cumplan (mejor dicho, no lo hacen nunca), de modo que no les doy ninguna importancia. A fin de cuentas, no son más que invenciones, ¿verdad?

En este caso, la historia era así: en la playa de Piles, por la mañana, yo salía un día de la caracola, cogía una garrafa de agua vacía y me acercaba a una fuente cercana para rellenarla. Al volver, divisaba a una chica joven, bastante atractiva, con buena figura (supongo que lo entendéis; ¿o es que voy a imaginarme un encuentro con una pobre anciana chocha, jorobada y sin dientes...?), que iba montada en bicicleta. Yo la veía (en mi sueño, claro), desde la distancia, dando vueltas con la bici alrededor de las manzanas de la avenida sin edificios. Y, justo al llegar yo al caracol, ella pasaba a mi lado; pero, por algún motivo que no llegué a elaborar bien (los sueños adolecen de fallos lógicos...), precisamente entonces, sufría un leve accidente, cayéndose de la bicicleta (suceso bastante improbable, desde luego...). Yo, en ese momento, dejaba la garrafa llena en el suelo y me acercaba a ella; le preguntaba si se encontraba bien, ella me contestaba que sí, pero, mirándose la pierna, comprobaba que tenía una pequeña brecha; nada grave, en cualquier caso. Entonces, la invitaba a ir a la caracola, en donde tenía algodón y agua oxigenada, le sacaba una silla, ella se curaba, empezábamos a charlar y, bla, bla, bla... hasta Dios sabía dónde.

Para no soslayar ningún detalle, indicaré que en mis casi veinticinco días en la playa de Piles jamás he visto una chica joven con bicicleta; si fuese una escena habitual allí, desde luego no se me ocurriría contar todo este asunto...

Bien. Hasta ahí el sueño. Tal cual lo imaginé... Ahora la “realidad” (la entrecomillo porque..., porque..., bueno, no sé por qué...): Viernes por la mañana. Llevo ya dos días en la playa de Piles, y me dispongo a marcharme a otro lugar. Cojo una garrafa de agua vacía (a todo esto yo ya había olvidado por completo el cachondeo mental del lunes al salir de la ducha...) y me dirijo hacia la fuente para llenarla... Una vez bien envasada el agua, regreso a la casa móvil... Mas no, no es lo que parece; no me sucede ningún hecho extraordinario: llego hasta el caracol, guardo la garrafa y todo normal. Pero, entonces, advierto que no tengo pan... así que voy a una tienda cercana, donde me apropio de una buena barra recién hecha. Salgo de la tienda, y voy pensando adónde podría ir, a qué otro lugar no muy lejano tal vez podría ir... Entonces la veo. Es una chica joven, bastante atractiva, con buena figura (me cercioro de ello porque lleva unas mayas negras apretadas y tal...), que va sobre patines. Yo la veo (ahora en la “realidad”, claro), desde la distancia, dando vueltas alrededor de la manzana, precisamente, en que estaba aparcada la autocaravana; la mía, porque había otras en otras manzanas de esa misma avenida. Bien. Yo voy, lentamente, acercándome, mientras la observo (parecía estar aprendiendo a patinar, dado su insegura marcha), todavía sin recordar nada de lo imaginado días atrás... Llego al caracol, con mi bolsa del pan, y justo en ese momento, la chica gira la esquina, avanza hacia mí, se pone a mi altura (esto último sucedió todo en unos cinco segundos, o así), me mira de reojo y, de repente, afirma mal una de sus bonitas piernas, pierde el equilibrio, y se va al suelo... Yo sé que no es nada grave, pero dejo la bolsa del pan en el suelo, me acerco hasta donde se hallaba la chica, le pregunto si se ha hecho daño, me contesta que no, algo ruborizada, y se mira el brazo, que tiene un leve rasguño... Y justo, justo entonces, lo recuerdo todo.

Recuerdo el sueño, la quimera imaginada el lunes anterior. Recuerdo la concordancia, casi absolutamente total, de lo trazado por mi mente a la sazón y lo que estaba viviendo en ese momento. Y, lo admito, siento miedo. Una ligera correspondencia hubiese bastado para hacerme reír; pero la exactitud del episodio era tal (encajaba toda la historia, excepto en los nimios detalles de que la chica iba en patines en lugar de con bicicleta, yo volvía de comprar pan y no de rellenar agua, y ella se miraba el brazo en lugar de la pierna), era tal, digo, la exactitud, que me desarboló emocional, psíquicamente. Me acobardé, y no seguí adelante. Ya “consciente” (por escribirlo de algún modo...) de lo que estaba sucediendo, no pregunté si necesitaba agua oxigenada o algodón. No la invité a pasar a la caracola, ni le saqué la silla e iniciamos charla ninguna.

Ella se marchó, alejándose, para siempre (ahora lo sé...). Y yo, sobrecogido, sospechando que sobrevolaba por encima de mí algún espíritu juguetón (o que, peor aún, yo era ese espíritu), perdiendo por momentos la perspectiva de donde estaba lo real y lo imaginado, decidí marcharme, largarme sin mirar atrás, abandonando aquella escena alucinada, tan lejos de la realidad como del sueño. Era una memez, claro: si había algo junto a mí ya podía yo irme lejos, que no iba a librarme de su presencia... Pero necesitaba huir; ya digo, la experiencia me superó.

Pero no pude hacerlo; al menos, no de inmediato. ¿Por qué? El caracol no arrancó. Más de ciento cincuenta ocasiones, hasta entonces, desde que está conmigo, había llegado a la vida sin problemas; siempre a la primera, siempre sin titubeos. Pero no aquel día. Aquel día decidió rebelarse, sublevarse ante mi intención de abandonar la playa de Piles. Repito: jamás me ha fallado, ni hasta entonces, ni desde entonces. Sólo aquella vez. ¿Por qué? Aún sigo buscando la razón (y no la habrá, me temo...).

Con unas pinzas, y el auxilio de otro coche, la batería recuperó su energía y al fin pude poner en marcha la autocaravana. Y me marche, sí, de allí. Mas el suceso, a pesar a todo, me hechizaba. Así que, al día siguiente, volví y estuve un par de jornadas más, en el mismo sitio. A la espera. No sé muy bien de qué, pero aguardé a que sucediera “algo”. Naturalmente, nada pasó (ya había sucedido, y en bastante cantidad, el día previo...).

El fin de semana siguiente cogí de nuevo el caracol sobre ruedas, y puse rumbo a la playa de Piles. Tampoco sé en esta ocasión qué buscaba; en cualquier caso, llegué a mi plaza, en la avenida sin edificios, estacioné, y no vi ningún otro caracol. Me extrañó. Al cabo de un rato vino un coche de la policía local, invitándome a marcharme, porque las autocaravanas estaban prohibidas allí... Estupefacto, le pregunté desde cuándo, dado que yo era un habitual del lugar y jamás nos habían puesto ningún problema. El policía contestó que justo desde el mismo domingo anterior, es decir, el último día que yo pisé aquella playa. Por tanto, jamás podré volver allí a lomos del caracol. Jamás. ¿No quieren que vuelva (y no me refiero a las autoridades legales...), quizá?. Y, ¿por qué? Tampoco lo sé...

Ha pasado cerca de un mes desde aquel extrañísimo suceso, y cada vez entiendo menos qué me sucedió. Algo pasó, allá, en la playa de Piles, algo grande, algo trascendental (no en el sentido kantiano, desde luego...) ¿Azar, mera coincidencia de ideas y hechos, creación de nuestro propio acontecer, majadería new-age o unión inefable entre el yo, el inconsciente, el mundo, y el destino?

Por favor, las líneas están abiertas...

(Imagen: El Hermitaño)

9 de enero de 2012

Maderas nobles



El hombre que vive ajeno al trabajo manual es como la cocina que carece de fuegos: una total inutilidad. En efecto, aunque la especial agudeza del intelecto y la profundidad (o barbarie, cuando se da) de nuestro corazón son, con toda probabilidad, los componentes esenciales del ser humano, lo que nos distingue de los demás seres vivos, no es menos cierto que poseemos unas manipulantes y diestras manos, unos brazos fuertes y una arquitectura física que nos permite afrontar, con éxito muchas veces, tareas manuales que pueden llegar a ser enormemente placenteras, además de convenientes y necesarias.

Admito mi predisposición a arrebujarme en la cama para ocupaciones “intelectualoides”, a descansar las posaderas en la silla frente al ordenador con demasiada frecuencia, y a mantener las manazas en los bolsillos en cuanto surgen imprevistos en casa. Pero en el campo la cosa cambia. Tal vez impulsado por el frío invernal, el cielo azul intenso o el mimoso sol de la mañana, siento un apetito gigantesco por, en estas semanas de tiempo ligeramente riguroso, dedicar mi cuerpo (y buena parte de mi alma...) a esas faenas briosas de tala, recorte, almacenamiento o quemado de los residuos madereros y las de desbroce y engavillado para futuras necesidades de fuego.

Hacia las nueve de la mañana ya estoy allí, en la choza. El moquillo, que ha aparecido por el fresco matutino durante el trayecto de tres kilómetros a pie, desaparece en cuanto me cambio de ropa. Alcanzo la sierra, saco la escalera y asciendo hasta el último peldaño. Echo un vistazo al universo de ramas y brotes que hay por encima de mi cabeza y empiezo a tantear... “Por aquí no, hay que dejar algún brazo para que salgan los guayacanes”, me digo. Otras veces no tengo piedad: “Toda la ramería de la higuera fuera, menos los dos miembros principales”. En ocasiones son indulgente, y sufro de afectación: “respetaré el helecho; no en vano fueron de las primeras plantas en aparecer sobre la Tierra...”. Reposo la sierra sobre la madera para saber dónde hay que rajar, descanso mis piernas sobre el metal de la escalera, dejo una mano libre, la apoyo sobre el tronco principal, y con la otra aso con fuerza la sierra. Y empiezo.

Es una sensación de gozo extrañísima. Deslizándose arriba y abajo, la sierra va perforando la madera, penetrando en las sucesivas capas, los anillos de crecimiento, como horadando la vida acumulada por el ser vegetal que tienes enfrente de ti. Hay una impresión singular, casi mística (si pudiera aplicarse para este caso) de unión entre tú y el árbol. Unión que nace de la destrucción, devastación a veces, incluso, que sufre una de las partes, pero que pese, o tal vez precisamente a causa de ello, la hace más fuerte. Tanto él como yo nos beneficiamos de esa, aparentemente, colérica explosión de fuerza mientras la sierra corre por sus entrañas; mis energías se agotan liberando a mi igual de toda la prescindible carga, ese envoltorio insano, permitiéndole más tarde crecer con nuevos brotes más vigorosos y resistentes en su ser, brindando frutos jugosos y llenando de abejas e insectos el aire de la próxima primavera. A mi vez, toda la madera recolectada, ese depósito de luz solar almacenada gracias a la sabiduría de la naturaleza, me será cardinal para calentar el hogar si fuera necesario mediante la epifanía del fuego, dar el calor preciso para cocer paellas y guisos y facilitar la combustión de restos más trabajosos y no tan dispuestos a ser devorados por las llamas.

Se trata, ya se ve, de una relación simbiótica: ambos salimos ganado. Pero no solamente en el contexto pragmático; la sierra pone en contacto dos entes, dos realidades ontológicas, distintas, pero idénticas en esencia. Más allá de las materias habitan las almas, la suya y la mía. Esto, que parece broma, va muy en serio: todo aquel que haya percibido un árbol lo sabrá. Para quien no sea más que un montón de madera no entenderá nada, naturalmente.

Una vez despojado de sus excedentes viene el trabajo, igualmente encantador si lo haces con tiempo y ganas, de cortar en pequeños pedacitos los ramales mayores y separar los menores para “remulla”. Así, te pones en dirección al sol temprano, coges las tijeras y podas aquí y allá; después, de nuevo con la sierra, confeccionas ligeros tronquitos, que almacenarás en cajones de naranjas para su uso posterior. Proporciona una satisfacción maravillosa ver toda esa sustancia leñosa convenientemente apilada y preparada, así como contemplar al árbol liviano y aliviado, y saber que todo es obra de tus manos, sobretodo si éstas no suelen ser motores de creación o transformación en el mundo empírico, como suele ser mi caso. Por otro lado, no hay que echar nada a la basura; todo sirve, en el mundo natural. Los desechos más livianos, el ramaje verduzco, servirá para hacer compost, alimentar a animales rumiantes, si los tienes, o como se ha dicho, catalizar el fuego purificador si no queda más remedio que librarnos de tales desechos.

La labranza no tiene fin; siempre hay quehacer: reparar cercas, pintar paredes, eliminar malas hierbas, construir algún cobertizo... esto por lo que atañe a funciones manuales. Las otras, las que dan energía más específicamente a la mollera o al espíritu, tampoco se terminan allí, en la choza: sol eterno, gatos imperecederos con sus travesuras, lecturas mil, conversaciones a la luz astral, siestas agradecidas, vigilar el correteo de las nubes, el rumor del viento, o sea, todo el cortejo ya conocido de hechos y actuaciones naturales, sembradas bajo la presencia de esos troncos majestuosos y (ahora) recortados, suaves como la calva de un recién nacido, y a punto para recibir el siguiente ciclo de estaciones, de vida y de muerte.

Y allí, junto a ellos, estaremos nosotros, aguardando con ansia la próxima oportunidad de emplear la sierra, formar un caos de ramas, hojas y troncos y entrar, a Dios gracias, en contacto profundo con nuestros hermanos silenciosos del reino vegetal.

(Imagen: El Hermitaño)

1 de enero de 2012

Senda abierta



Si hay un camino para cada hombre, lo más probable es que me haya extraviado desde que nací. Nunca lo he hallado; jamás he tenido la sensación de seguir un sendero único y unívoco. Antes al contrario: siempre he creído que me movía por varias vías diferentes, tomando de cada una lo que más me convenía. He cambiado de carril cada dos por tres, a veces con demasiada presteza, como huyendo, desapareciendo del mapa, para después ocuparlo por un momento de nuevo. He probado casi todo el espectro de comportamiento social y, al fin, con suerte o sin ella, pues poco importa, he llegado sin proponérmelo (¿o sí?) a configurar un rastro propio entre las vías principales por las que circula la sociedad. Apenas se ve, dicho rastro, no es más que una uñada en medio de esas grandes calzadas marcadas con asfalto fresco que constituyen el ir y venir del mundo occidental, los modos de vida salientes y dominantes.

¿Es propio, mi camino real, en verdad? Realmente no. No he podido elegirlo en su totalidad (¿quién está en disposición de hacerlo?); ha habido hombres (y alguna mujer) que han ayudado (¿o influido?). El estímulo externo es imperioso: un hombre solo no construye nada por sí mismo sin mirar a otros, aunque lo haga de soslayo, como sin querer. Pero, y lo escribo con desacostumbrado orgullo, debo decir que he respondido menos de lo que era esperable al impacto mediático, al influjo social, a la constante actividad roedora del entorno, que consiste en mellar la autodeterminación a base de una serie de clichés y estereotipos sobados, que se ven como modelos a imitar y que acaba por premiarse con el visto bueno de tu tropa y del apoyo, presencial y emocional, de la misma. El soborno, sin embargo, no ha funcionado. Tal vez me dejé llevar algún tiempo, los años mozalbetes, en donde había tanta opción que me arrastró la primera que se topó conmigo. Y estuvo bien: aprendí qué (y cuánto) podía sacar de todo aquello. Resultó ser no mucho, pero lo suficiente para enterarme de hacia dónde no debía ir. A los quince años poco puede uno entender la realidad social; si acaso, que hay unos y otros (unos y unas que te gustan, y otros y otras que no), y que hay que elegir (jamás olvidemos esto: que hay opción de elegir; parece intrascendente, pero muchos quizá ni siquiera saben que pueden hacerlo...). Que la elección sea la correcta es intrascendente. Porque no la hay. O, mejor, la hay, pero nunca sabremos cuál es.

Sólo cabe escoger. Es curioso que la elección no es, creo que casi nunca, consciente. Surge como por azar, va encauzándose por sí misma, a partir de pequeñas decisiones, diminutas negativas y vacilantes asentimientos. La ruta vital de cada uno toma cuerpo, en su integridad, sólo cuando hemos vivido ya un poco a nuestro modo, cuando hemos adoptado, con inseguridad no exenta de firmeza, las líneas maestras que van a ser una personalidad específica que se encamina hacia la madurez, pero que aún está verde en su esencia, que aún es novata en esas lides existenciales.

Desde luego, no se acierta en todo. Hay muchos rasgos que nos desagradan (aunque no lo reconozcamos, la mayoría del tiempo), porque es imposible, y totalmente indeseable, forjar un espíritu propio que no cometa errores, fechorías o burradas de toda naturaleza. Pero esa imperfección es el margen para mejorar, tan amplio que llega hasta el infinito. Ante tales defectos no cabe disgustarse, sino aceptarlos, y llevarlos a su mínima expresión hasta donde sea posible. De lo contrario, cabe prepararse para quedarse solo.

Por muy distante que hagamos nuestro sendero, por mucho que se separe, en alma y en geografía, de las vías consolidadas y frecuentadas, siempre termina en un foco que es común a todos, el punto central de la desaparición: la muerte. Esta une cada una de las vías, otrora abiertas, y las enlaza en una zona universal, como el centro de una ciudad es unión de las calzadas que transcurren a su alrededor. Lo distinto se hará uno; la variedad terminará indistinta.

Pero, mientras tanto, el camino que recorramos es propio, unitario, inseparable de nosotros mismos. Podemos sustituirlo por otro (cambiar de carril requiere arrojo, agallas, pero también no tomarnos demasiado en serio, reírnos de lo que somos...), porque nada es para siempre. Todo tiene un fin, la marca del destino.

Pues bien. La senda abierta ante tus pies guiará tu camino. Síguela, no tienes nada que perder. Ni que temer. Sólo quienes no saben adónde van se intimidan ante lo desconocido. La senda, en la que te va la vida, dirá hasta dónde llegarán tus pasos. De ti depende seguirlos, o no.

La senda se mantendrá abierta, hasta que tú quieras.

(Imagen: El Hermitaño)

31 de diciembre de 2011

En la noche, vieja (Relato)

"Las once. Salgo de casa. La fiesta desata las calles del centro urbano. Todo son voces, gritos, aplausos, sonidos de alegría y alborozo: el ambiente sublima los instintos de juerga y diversión de los transeúntes, y pasos apresurados cruzan el frío pavimento, en busca del lugar de reunión y de la compañía ansiada.

Tengo veintidós años. Mi padre murió, cinco atrás, por sobredosis de barbitúricos. No fue un progenitor demasiado esmerado en su tarea educativa, ni en transmitir sentimientos o afectos. No quiero pensar de este modo, pero por lo que a mí respecta, nada perdí con su desaparición: borracho, pendenciero, violento a veces, perverso y mezquino casi siempre. Sólo mi madre sintió la pérdida, tan unida como estaba a él (como un perro a un amo severo, quien le atiza y suelta latigazos a diario). De hecho, una parte de mi madre murió con su marido, ya que desde entonces aquella es poco más que un cuerpo ajado y abultado, sentado en un viejo butacón, frente al sempiterno televisor, luminoso y hablador desde tiempos antediluvianos. Antes de salir del apartamento, me señala la pantalla, y balbuce unas palabras, como lo haría un bebé. Quiere decirme que me quede junto a ella, sentado a su lado, viendo aquellos programas vomitivos del último día del año, donde aparecen bobos soltando chistes ridículos y brujas engalanadas con una copa de champán en la mano, mientras sonríen postizamente. Me entristece abandonarla, pero no puedo soportar verla así, y menos aún promover su estado. De modo que salgo a la calle.

Un frío intenso azota mi rostro; las manos se crispan, mis piernas acusan el viento gélido y apenas puedo permanecer de pie. Tal vez estaría mejor junto a ella, mi madre, reconfortado por el radiador, la manta a los pies y a la espera del cava y los turrones; pero si lo hago, si cedo, iré muriendo lentamente, iré perdiendo el rumbo. Como ella. Afianzo mi abrigo en torno a mi grueso pecho, no lo pienso más y echo a andar.

A mi alrededor, y por encima de mi cabeza, infinidad de luces que iluminan adornando ventanas y barandillas de balcones dan la bienvenida a una época de buenos pensamientos, buenas acciones y, por ellas, conciencias tranquilas y autocomplacientes. Me encuentro con algunos grupos ruidosos, ataviados con fachas de lo más lechuguinas, gruesos gabanes y peinados grotescos; ebrios apenas empezada la noche festiva, aúllan y se lanzan impertinencias y bromas unos a otros, pasándose una botella de plástico, medio llena de un líquido negruzco, mientras se mueven, precipitados, a través de las aceras. Las once y veinte.

Compuesta por tres miembros y un pequeño caniche, una familia extranjera, desheredada y sin raíces en la ciudad, marcha sin prisa contemplando, como yo lo había hecho instantes antes, el engalanado de las fachadas, indiferente a las próximas campanadas, al hogar de un pasado remoto en el país de la miseria (¿cuál no lo es?, después de todo), proyectando planes para un porvenir que desean prometedor, si bien quizá no llegue a serlo nunca. En el enlosado contiguo, una pareja de viejecitos graciosos, inmunes ya a fiestas y cachondeos estúpidos similares, avanzan cogidos del brazo, cercanos sus rostros. Me hubiese gustado ver así algún día a mis padres...

Llego hasta el coche. Arranco el motor y recorro los aledaños de la urbe, zonas pobres y deprimidas, enfermizas, las situadas en polígonos industriales, que suelo visitar cuando todos los demás gozan del paladar, del tacto y la introducción. El frío, más afilado aún allí por tratarse de amplias superficies sin obstáculos para el viento invernal, hiela el corazón (la calefacción de mi auto tampoco funciona), pero serpenteo por las callejuelas desnudas de edificios, a la espera de algún extraño encuentro. No tardan en aparecer un par de feas prostitutas, adefesios del asfalto con sonrisas gastadas, corroídas por el tiempo y el exceso, y puede que afectadas de sífilis, cuya mano te llama mientras sus ojos perciben billetes o un momentáneo calor en la entrepierna que mitigue el rigor de la dura estación. Paso de largo, viendo por el retrovisor dos figuras demacradas que empequeñecen a medida que aprieto el acelerador. A ambos lados de la acera hay millones de pringosos preservativos, agujereados, embrutecidos, símbolos de una eternidad de placeres, insatisfacciones, mentiras y fingimientos. Las once y media.

Detengo el vehículo a las puertas de una antigua fábrica. Hoy los cadáveres, las víctimas de un mundo infeliz y simulado, se reúnen en torno a un débil fuego, que brota desde un viejo bidón de gasolina. Veo, en la distancia, caras arrugadas por pesares, flacas carnes que sostienen a duras penas los huesos, ojos cansados de lamentos, pero con todo, contentos, en su miseria y desdicha, en su tristeza por no tener nada y en la melancolía de un pasado perdido. Uno de los cadáveres, rezagado, llega desde la otra acera a grandes zancadas; entra en el recinto y saluda a sus compatriotas, quienes les dan cariñosas palmaditas en la espalda, aunque algún otro le propina, medio en broma, un ligero puñetazo en el estómago. También ellos tienen en su despensa una botella de plástico con líquido negro, licor de raíz baconiana, sin duda alguna. El mundo les tendió una trampa, y ellos cayeron en sus redes. Aunque en ocasiones pienso que es el mismo mundo, el creado por nosotros, quien ha sido engañado por aquellos excluidos sociales; nos han ganado la partida. Quizá han logrado la victoria, pese a todo...

Me alejo de allí en silencio, calle abajo en punto muerto, hasta la entrada a la autovía, que circunda la ciudad. En el trayecto pienso en mi hermana mayor, con dos hijos pequeños y un marido inválido, a consecuencia de un accidente laboral en el aserradero. Recuerdo cómo jugábamos, de niños, cómo también nos buscábamos a veces para incordiarnos, pero cuánto nos queríamos. A medida que creció fue distanciándose de nuestros padres, en el caso paterno con toda justicia, quien en cuanto vio formada su figura atractiva, su rostro sensual y mirada incitante, empezó a despreciarla, a llamarla “golfa”, “zorra”, haciendo de su estancia en casa un infierno inmerecido, una tortura insensata y cruel. Siempre deseo tener mayores reservas de dinero para ir a visitarla y conocer algo más a mis sobrinos, pero los seiscientos kilómetros que nos separan impiden cualquier aproximación fácil. A veces ella nos envía, a mamá y a mí, cartas con fotos de los pequeños, y nos promete un encuentro venidero. Pero, aunque su padre ya no viva entre nosotros, mi hermana aún rehuye su casa, como si el fantasma de un ayer intolerable e incómodo todavía estuviese presente y sobrevolase las habitaciones del inmueble... Ahora, acabo de ver, mientras conduzco por la vacía carretera, algo parecido a fuegos artificiales coloreando el cielo oscuro de diciembre. La fiesta se acerca. Un cuarto de hora para las doce.

La última parada antes de volver a casa es el asilo. Allí reposa, espero que bien tratado, el único abuelo vivo que conservo. No puedo entrar, según reza el cartel de la entrada, a horas tan intempestivas, pero voy a verle a menudo. Me gusta charlar con él, hablarle de su hijo, a quien recuerda bien. El tiempo y la muerte han borrado, para él, buena parte de las amarguras del carácter de mi padre, como si ahora que ya no está tratase de inmortalizarlo en forma beatífica, como un santo o un individuo venerable. Sé, sin embargo, que en su remoto y vetusto interior es consciente de cómo, en realidad, fue su hijo, y de cuánto nos hizo sufrir a mi hermana, mi madre y a mí mismo. Desde la acera le contemplo, a través del cristal del recinto. El pasillo y el recibidor, donde está en compañía de otros residentes, se exhibe decorado con espumillón (de lo más hortera), grandes pinos sintéticos con bolas de colores y otros adornos convencionales. Pero los trabajadores y cuidadores no transmiten alegría alguna, según veo; deben maldecir no poder pasárselo en grande como los demás, unidos al griterío del montón joven, en lugar de hacerlo con aquellos vejestorios, aunque allí también celebren, con uvas, espumosos y mazapanes, la entrada del año nuevo, y pese a que, el próximo mes, recibirán un suntuoso pago por su generosa y desinteresada solidaridad.

A las doce menos cinco minutos regreso a casa, mientras oigo petardos y cohetes que rompen el silencio de la noche. Encuentro a mi madre cabizbaja, dormida, con la televisión escupiendo imágenes de confetis y presentadores con matasuegras. Reclino su cabeza apoyándola en una almohada, me descalzo y tras quitarme la ropa, que despide pequeñas descargas eléctricas por la sequedad del hogar, abro la cómoda agrietada en donde mi madre conserva los licores, extrayendo una prehistórica ampolla de güisqui irlandés. Esta es mi nochevieja, mi celebración. Cojo el frasco de cristal y brindo por los que no brindan, los que no celebran, los que no pueden o no quieren, los que no tienen nada que celebrar más que la vida misma. Esa vida oculta, la vida pobre, miserable, que bulle y palpita a nuestro alrededor, y que casi nunca vemos, porque preferimos arrinconarla, olvidarla, como si así pudiésemos evitar su existencia incómoda.

Mi vasito se vacía a la luz de la vela. Creo que mi próxima Nochevieja será distinta; tal vez me una a la celebración masiva. Para catar el aroma de lo divertido, y dejar de lado lo sombrío y tétrico de las vidas dolorosas de aquellos que respiran nuestro mismo aire. O quién sabe si, para entonces, ya seré yo uno de ellos...

F.l.z .Ñ. N..v."

25 de diciembre de 2011

Fragmentos para otras gentes



"Intenté ayudar [a aquel hombre] con mi experiencia: le dije que yo no tomaba té, ni café, ni mantequilla, ni leche, ni carne fresca, de modo que no tenía que trabajar para conseguir todo eso y que, como no tenía que trabajar mucho, tampoco tenía que comer mucho, y que mi comida apenas me costaba nada; pero que como él empezaba con té, café, mantequilla, leche y carne de vaca, tenía que trabajar duro para pagarlo, y que, como había trabajado mucho, tenía que comer mucho para reparar el gasto de energía, de modo que daba lo mismo, o no lo daba, porque estaba descontento con su vida..., aunque había creído que salía ganando al venir a América y conseguir aquí té, café y comida todos los días. Pero la única América verdadera es aquel país donde somos libres para seguir un modo de vida que nos capacite para pasarnos sin esas cosas y donde el estado no intente obligarte a mantener la esclavitud y la guerra y otros gastos superfluos que, directa o indirectamente, resultan del consumo de todo eso..."

Henry David Thoreau, Walden, 1854.

(Imagen: El Hermitaño)

18 de diciembre de 2011

Para hallarme, búscame aquí...



En ningún otro lugar estaré mejor...

(Imagen: El Hermitaño)

11 de diciembre de 2011

Destinos impropios



Habitamos un extraño universo de casualidades, accidentes y coincidencias sin explicación racional ni esperanza ninguna, pues, de comprensión. Agazapado tras ese escenario aparentemente casual debe medrar, es un suponer, alguna instancia superior a todo ser imaginable, que sea responsable, o al menos garante, de este lío vital llamado existencia. Él nos fía una vida, a priori abierta y libre para que la gustemos al albur de nuestra elección, pero que parece sugerida, cuando no a veces directamente dirigida, por su acción. Puede que para bien; o quizá para mal. Pero el efecto, la consecuencia de tal acción (al fin, aquello que somos) no puede deberse, creo, a la mera superposición de vivencias aisladas, sin nexo causal ni propósito alguno. O sea, que soy lo que soy gracias (o por desgracia...) a algo que no soy yo, ni que de mí depende.

El rock apareció en mi vida bastante temprano, hacia los cinco años, saliendo por los altavoces de un viejo tocadiscos comprado por mi padre en Tenerife, donde hizo la mili a principios de los setenta del siglo pasado. El trasto aún funcionaba, por suerte (lo de antes duraba, ya lo sabéis...), y en la febril emoción de la infantil ignorancia escuchaba a mi padre, en su día batería de un grupito local que no pasó de los ensayos en el garaje, mientras me comentaba algunos trucos y automatismos que los rompeparches debían seguir. Algo así como: “repica sólo cuando se cambia el ritmo, o entra o sale algún instrumento o voz...”, o “conviene pisar el bombo en armonía con el bajo”, o “¡Escucha!, le da al bombo una vez, y a la siguiente dos...”, etc. Tampoco es que él supiera demasiado (más bien poco, ya que tocaba de oídas, como la mayoría), pero yo me asombraba de que supiera “leer” esas cosas en las canciones y le atendía embelesado, como si fuese el más grande experto en la práctica percusionista.

Algo más tarde, rozando la década de vida, ya tenía tanta música atravesada en el interior que necesitaba sacarla fuera, copiando lo que hacían esos bateristas profesionales y tratando de obtener algo remotamente similar a “sonidos”. Tamborileaba sin cesar los dedos en el pupitre de la escuela, mientras la profesora enseñaba las raíces cuadradas, y en casa me colocaba unos enormes auriculares, tan pesados que hacían oscilar mi impúber cabezota, mientras mis pies seguían (es un decir...) el compás de la música escupida por los surcos.

Cuando tenía unos once años estaba chiflado por la música. Ahora sonrío cuando recuerdo aquello, y entiendo bien que los vecinos de abajo se quejaran en alguna ocasión por las molestias... el caso es que el viernes por la tarde, cuando terminaba la larga semana de colegio, era el tiempo del concierto. Cerraba la puerta de la salita, acercaba las cuatro sillas, dejaba a un lado la mesa, me ajustaba los auriculares gigantescos y movía la palanca de encendido del viejo tocadiscos... asía dos baquetas antiquísimas (de hecho, eran trozos de ellas, pero aptas para mis manos pequeñas...) y, cuando salía la música, aporreaba las almohadillas de las sillas, como si fueran una caja, dos timbales y el base... por su parte, los respaldos de las sillas, de madera, hacían las veces de platos, y mi pie derecho se imaginaba que pisaba el pedal de un bombo, mientras mi mano izquierda blandía el aire donde se suponía que debía haber un charles... Y así comenzaba el conciertazo, en la que un mocoso sin granos aún en la cara plagiaba las composiciones de Dire Straits, Texas, Joaquín Sabina, un extraño (pero buenísimo) grupo africano llamado Osibisa, incluso los discos propios de mis padres, fuera Miguel Bosé o Víctor Manuel.

Me parece haberlo comentado alguna vez, pero lo contaré de nuevo: a los doce años me uní a dos o tres amigos de clase, que compartían inquietudes musicales (o sea, que no tenían ni idea del tema, pero que les picaba el gusanillo...), y formamos (si así puede decirse) un grupito, al que bautizamos como Rayos X. En clase, lo recuerdo como si fuese ahora, dibujábamos cada uno nuestro instrumento (yo la batería; Rafa la guitarra; Ximo el órgano...) en las hojas finales de las libretas, y en ocasiones nos reunimos por la tarde, mientras el día llegaba a su fin, en las escaleras de la entrada del juzgado, donde dimos forma (una manera de hablar...) a una canción, que a Dios gracias no ha sobrevivido... porque tuvo que ser un engendro, claro. Al poco, conscientes de que éramos totalmente ignorantes, dejamos margen al grupo y la idea se diluyó, aunque hace poco he sabido que uno de nosotros toca el bajo de forma profesional, y que va de gira en formaciones esporádicas y participa en orquestas de pueblos. Como se ve, lo que es un impulso infantil puede muy bien convertirse en trabajo, pasión y vocación, con un poco de suerte.

Yo no la tuve. Como es lógico, empecé a darle la tabarra a mi padre para que comprara una batería. Fuimos a algunas tiendas (en una compramos unas baquetas que aún conservo...), pero las condiciones económicas de mi familia por entonces eran bastante comprometidas (un mero periodo pasajero, por fortuna...) y no pudo ser. Mi padre lo ha lamentado siempre, pero la prioridad tenía un nombre: comer. Y ante una disyuntiva tan clara, no hay opción. Crecí ansiando la batería de marras, y desgastando los escritorios de tanto tamborilear encima, hasta que hace justo un año la adquirí, por fin. Tarde, como siempre, pero hecho, al fin.

¿Qué hubiese pasado de poder poseerla entonces, en mis años de mozalbete? ¿Habría seguido los pasos necesarios para ser un profesional, o hubiese arrinconado el instrumento al poco tiempo, aburrido y consciente de que aquello, después de todo, no era lo mío? ¿Y qué hubiera sucedido con mis hobbies y mi vocación, que nació justamente a partir de ese fracaso musical? ¿Habría sentido con igual fuerza la llamada de la palabra escrita, el gusto por la lectura y el ardor por entender el Universo? ¿Me habría convertido, andando el tiempo y por así decirlo, en un ermitaño, de haber persistido en la tarea musical? ¿Qué porción de mi yo actual hubiera sobrevivido a ello? ¿Quién sería yo, en definitiva?

Tal vez esa pobreza temporal lo permitió. Tal vez soy así por ella. Un pequeño giro en la economía doméstica y el devenir final barre otro, imaginado y deseado. O quizá, después de todo, hiciera lo que hiciera estuviese predestinado a terminar aquí, y ahora. Nadie puede saberlo.

Quizá fue Él actuando, de nuevo. Dirigiendo. Ayudando (o impidiendo...).

Es, tan sólo, otra gota más que añadir al mar de misterios en donde vivimos...

(Imagen: El Hermitaño)

22 de noviembre de 2011

Divinidad



Sobre el sol reapareciendo durante la tarde

"Creo que todas las cosas se han desplazado
desde que brillaste,
pero solo el Tiempo, y las nubes, el arnés
del Tiempo, se han movido.
Mas el tiempo loco no alterará mi mente otra vez
sino que, en la sombra, creeré lo que amé en la luz
".

Henry David Thoreau

(Adaptado de la traducción de Guillermo Ruiz)

(Imagen: El Hermitaño)

15 de noviembre de 2011

"Northern Exposure" (Doctor en Alaska): episodio 3x15, Democracia en América



Corren tiempos dificiles. Dentro de unos días se celebran elecciones generales, y no hay dejar pasar la oportunidad de hacer oir nuestra voz, por débil e insignificante que sea. No importa la papeleta que introduzcamos (si es que lo hacemos) en el sobre color sepia; tan sólo cuenta el acto, el hecho de votar. Lo demás es intrascedente, indiferente.

En Cicely también hubo elecciones, para elegir alcalde, un día de crudo invierno; el motivo fue nimio: una señal de stop. Quién ganó, también fue trivial. Había dos opciones claras de victoria (como aquí, ¿verdad?) y el pueblo decidió un cambio. Eso está bien; siempre habrá una próxima oportunidad para el perdedor... dentro de otros cuatro años.

Pero no es un hecho baladí, el acto de votar. Como nos sugiere Chris, un demócrata entusiasta: "estamos a punto de presenciar ese rito sagrado en el que todos y cada uno de nosotros somos acólitos ante el altar de la urna, tabernáculo seglar". Bien, no vayamos tan lejos, pero concedamos que se nos presenta la ocasión de darles una buena zurra a esos políticuchos de tres al cuarto. Hay que hacerles ver quién manda. No olvidemos nunca que somos nosotros, el demos, quien corta el bacalao... Está en nuestra mano hacer y deshacer. Sólo se requiere unión, y decisión.



Es normal tener dudas, inseguridades. Sólo quien tiene muy claras las cosas (y por tanto, generalmente se equivoca), sigue siempre la misma dirección, adora siempre al mismo dios, meciéndose al ritmo de la misma ideología. Quien se cuestiona, se pregunta, se dice a sí mismo "no sé qué hacer", tiene en su mano la llave de la victoria. Tal vez no la del triunfo electoral, pero sí la de su propio destino. Ed es un mar de confusión; por no saber ni conoce las opciones de que dispone. Mejor; él aún no está cegado, no ha sido atrapado por la propaganda. Votar será, en su caso, casi una experiencia religiosa, o un acto sexual, de contacto íntimo, con el pueblo donde vive. El caso de Chris es el opuesto: sólo otea la tierra prometida, la huele, la siente, pero no puede alcanzarla... es un ex-presidiario, cuyo nombre no aparece en las listas de votantes. Pero él nos confirma lo que ya hemos dicho: "Una elecciones son algo más bien abstracto y no competitivo para mí. La idea de unas elecciones es mucho más interesante que las elecciones en sí mismas; el mero acto de votar es en sí mismo el momento definitorio...". Pues sí...



Por otra parte, hay quienes ven en unas elecciones (sobretodo las locales), una pérdida de tiempo, dinero y esfuerzo, por no suponer ninguna alternativa ni cambio viable para la ciudadanía (me pregunto si no será también el mismo caso para las generales que nos vienen encima...). Es el caso de Joel, que se divierte ante la burocracia y molestias causadas "por unas elecciones de perra chica, por un asunto de perra chica, en un pueblo de perra chica...". Maggie, por el contrario, siente unas elecciones como un acontecimiento social, una boda o un desfile de moda. Debe buscarse el decoro, la imagen, una estética acorde con el espíritu del pueblo... Maurice, por su parte, siente que la facultad de hacer y deshacer a su antojo, de ser libres y juzgar y actuar con independencia, como hasta entonces, se desvanece a causa de la señal de stop. ¿Por qué? Porque abre la posibilidad de que, por insignificancias, se altere el orden y la estabilidad de un pueblo, y el ansia de poder difumine la línea que separa la amistad de la avaricia, la de la lealtad de la de la traición, y dé acceso, además, a que quienes nada tienen que ver con el pueblo mismo, y su desarrollo, entren a formar parte del entramado del mismo, y puedan decidir por los demás. El inicio del fin. Extravagancias femeninas y visiones apocalípticas aparte, lo que vemos aquí es la distinta percepción entre las gentes de lo que el suceso electivo resulta para cada cual. Nadie entiende el mismo hecho de forma idéntica. Y, por tanto, a todos hay que escuchar y tener en cuenta.



Algunas notables citas se nos regalan, a modo de obsequios electorales: "Conciudadanos, no podemos eludir la historia. Su fiero juicio por el que pasamos nos alumbrará con honor, o sin él, hasta la última generación"; "No somos enemigos, sino amigos. Nunca seamos enemigos. Aunque se hayan desborbado las pasiones que ello no empañe nuestros afectos" (Abraham Lincoln); "Un hombre, debe participar de las acciones y emociones de su tiempo, so pena de que le acusen de no haber vivido"; "La constitución es un experimento; lo mismo que la vida" (juez Arthur Holmes); y, si dejamos al margen olorcillos patrióticos, también nos será útil: "El genio de los Estados Unidos (léase, todo pueblo...), no reside en la mayoría de los ejecutivos, o legisladores, ni en sus embajadores, autores, catedráticos o iglesias, o salones, ni siquiera en sus periódicos o inventores... sino ante todo en sus gentes sencillas" (Walt Whitman); "A veces se dice que un hombre es incapaz de gobernarse a sí mismo; luego, ¿por qué se les confía el gobierno de los demás? ¿O hay acaso ángeles disfrazados de reyes para gobernarlos? Que la historia responda a esta pregunta..." (Thomas Jefferson).

En el debate de los candidatos, de nuevo Chris lanza un mensaje de concordia para todos: "Antes que nada, quiero aplaudiros por vuestra inmersión en el gran río de la democracia, aunque nuestras elecciones no sean más que un pequeño afluente (y ¿cuáles no lo son?, podríamos añadir nosotros...), una hebra en el inmenso tapiz tejido por la tradición, amor y honra, a las raudas y claras aguas por donde navegan nuestras esperanzas. Y, digo yo, tomémonos algo de tiempo, para darnos unas palmaditas en la espalda, unos besitos en la mejilla y unos cálidos deseos de bienaventuranza, a todos nuestros nobles ciudadanos de Cicely...". Un mensaje que bien podrían escuchar nuestros políticos en alguna ocasión, bajando de su pedestal engreído para aceptar errores, reconocer engaños, brindar la mano al oponente, y sentirse algo más humanos para con la legión de hombres y mujeres que les han considerado aptos para la dificil tarea de su representación en los poderes públicos.



Repetimos: el resultado poco importa. La victoria de uno u otro, o de aquel de más allá, no viene a cuento. El vencedor aparece en la foto, mas el triunfo correrá a cargo de las personas. Ellas son las que decidirán, aunque el método, el sistema democrático sea muchas veces, por su misma idiosincrasia, intolerante y ciego ante la variedad. Por el momento, sin embargo, no disponemos de nada mejor. Blanco o negro, más algunos pequeños retazos de grises. No hay más. Es insuficiente, pero la perfección es inviable mientras no se modifique el procedimiento electoral. Repetimos, también: para hacerlo, se precisa unión, y decisión.

Sed dignos de vuestra herencia; salid al ruedo y demostrad quiénes sóis. Demostrádles cómo se gana, quiénes se merecen estar ahí (si alguien lo merece...), y quienes deben ser expulsados al infierno, a las tinieblas del averno, para no dejarle salir nunca más.

Dejad vuestra huella. Por pronto que sea borrada.

Participar es ganar.

10 de noviembre de 2011

Política de trampa y cartón

"Un candidato que promete que con él disminuirá el paro está apelando, con ello, por así decirlo, a los intereses más primarios e irreflexivos de los parados (y de sus parientes y amigos). Sin embargo, esa apelación no corrompe de ningún modo el proceso político. Antes bien, un resultado importante y plenamente legítimo de su apelación es que permite saber cuántas personas comparten ese interés particular y le conceden una alta proridad. Lo que no es lícito, en cambio, es que el candidato compre los votos de los parados."

Razón, política y pasión, Michael Walzer, A. Machado Libros, 2004.

¿Por qué tengo la sensación de que eso, en cierto modo, es justamente lo que está haciendo cierto candidato a las elecciones del 20-N (el otro no puede prometerlo; ha demostrado en casi cuatro años que es incapaz de lograrlo...)? ¿Es lícito prometer algo tan importante aun cuando no sabes con seguridad si será posible? Un compromiso contraído resulta fútil, y falso, si la esperanza de verlo realizado es mínima, o inexistente. Un buen candidato sólo promete lo que, en razonable supuesto, puede brindar efectivamente a la sociedad. ¿Está alguien capacitado para pronosticar que, con su figura en el despacho presidencial, se creará empleo de forma progresiva y continua? ¿Tiene ese "alguien" (cuyo color, tendencia o ideología no importa ni viene ahora al caso; se aplica a cualquier partido político dominante) legimitidad si su partido, allá donde gobierna, en los dominios provinciales, ha evidenciado las mismas ineptitudes para disminuir el paro como las que denuncia en la oposición?

En otras palabras: ¿puede, cualquier cuidadano con el mínimo espíritu crítico, ceder su papeleta a alguno de estos dos partidos de masas con la conciencia de estar eligiendo el bien por, y para, la comunidad? ¿Podemos fiarnos de alguno de ellos? ¿Nos está permitido esperar que, con su elección, dispongamos de un futuro mejor, con más prestaciones vitales y menos tijeras fáciles en las manos equivocadas? Tal vez sí; mas, por mucho que lo intento, no logro verlo claro... nada claro.

Si, no es así, sólo resta una opción. Aún no sé cual puede ser; pero sí sé, por lo menos, a quienes no irá destinado mi papelote. Poco más se puede hacer, por el momento.

No confío en ellos. En absoluto.

No me (nos) merecen.