27 de agosto de 2006

Constante de Hubble: edad y expansión del Universo



Hace unos días leí una noticia que, a ojos del neófito, no es más que un galimatías. Rezaba más o menos así: "El telescopio Chandra ha obtenido datos que permiten fijar la constante de Hubble en un valor de 77 (km/s)/Mpc". Evidentemente, para comprender este titular hay que entender un poco de cosmología, pero lo importante no es la dificultad de la críptica nota, sino sus implicaciones.

La constante de Hubble es un parámetro fundamental para descubrir dos aspectos trascendentales del Universo en el que vivimos: desvela, primero, la edad del mismo Universo, y, segundo, permite conocer con qué velocidad de expande. Es decir, la constante de Hubble es, casi casi, la piedra Rosseta de la cosmología.

Un valor de 77 (km/s)/Mpc equivale a un Cosmos con una edad de, aproximadamente, 14.000 millones de años. Cuánto más alto es este valor más juventud tiene el Universo, y a la inversa. Hace décadas hubo un intenso debate acerca de cuál era, si 50 (que proponía gente como Alan Sandage) o 100 (hipótesis del francés Gerard de Vaucouleurs). Ahora, Chandra, un telescopio espacial que observa el cielo de los rayos X, ha terminado por aclarar el panorama, y resulta que el intervalo más probable es, paradójicamente, un término medio casi exacto. Anteriormente, otros ingenios espaciales habían obtenido valores similares (aunque ligeramente más bajos), de modo que ahora estamos razonablemente seguros de que el Cosmos, en efecto, tiene una edad de 14.000 millones.

Maravilla saber que tan sólo con un ojo (caro) que mira el tapiz del Universo con gafas especiales podamos descubrir algo tan elemental como la vejez de la estructura cósmica. Esto es un paso enorme en el saber cosmológico: podemos estar seguros que el Cosmos tuvo un principio, un origen, 14.000 millones de años atrás. Es decir, quizá algo movió al Universo a nacer, a existir. No estuvo aquí desde siempre, no es un ente infinito en el tiempo, perenne y constante: si ha nacido, tal vez tenga su muerte, cuando se expanda indefinidamente, y la energía se distribuya entre tanto espacio que se convierta en un lugar frío, sin estrellas, sin galaxias, y sin vida. Ahora que estamos razonablemente confiados en el Universo tiene un inicio en el tiempo, debemos llegar a conocer también si tendrá un final, y cómo será éste.

Poco a poco, sin prisas, nos acercamos al saber verdadero del Cosmos.

26 de agosto de 2006

La vida en pleno giro



A veces, cuando uno se sienta junto a sí mismo, inicia un viaje al pasado para recordar cómo se fue gestando su ser, cómo ha llegado a ser lo que es. Avanza hacia atrás con la esperanza de descubrir por qué ha elegido ese sendero y no otro, por qué motivo no ha decidido ser como los demás. Hoy, viendo a los masificados turistas ir y venir frente a mi sucia ventana, he pensado en el mí de antaño, aquel yo del primer año en el instituto que no supo bien adónde ir hasta que fue rescatado por un hermano de armas.

No carecía de independencia, ni de realización, pero a los catorce años hay muchas opciones donde elegir y me hallaba en una encrucijada de caminos. Uno de ellos, el que más temprano probé, era el mismo que ahoga a la juventud de hoy en día: simple, superficial, estéril y sodomizado. Caté el vino, pero resultó amargo. A los pocos días obvié para siempre esa alternativa, tachándola de basura y puro desperdicio juvenil. Después me uní entonces a mí mismo, evitando a todo intruso, vagando sólo en los recreos y mirando aquí y allá, a ver lo que podía encontrar.

Entonces vi a un desgarbado y melenudo cuatro ojos que también parecía estar en idéntica situación. Fue una conexión total, un sentimiento de unión profunda de almas largo tiempo separadas pero que, en el fondo y pese a las distancias, estaba condenada a quedar enlazada durante eones. Empezamos a faltar a clase, huyendo de la masa acrítica y sentándonos a divagar sobre el mundo y la gente, el por qué de esa forma de vivir y el deseo de buscar otra mucho más vigorosa y estimulante. La gente nos miraba con cierto recelo, no parecíamos dos cualesquiera: nos oían hablar de extraterrestres y de estrellas, de dogones y caballos de troya, de conspiraciones y de constelaciones, de deseos de abandonar el mundo (destruyéndolo)... . Tras el primer contacto, asistíamos al instituto con regularidad, pero parecíamos no estar allí: farfullábamos entre nosotros, discutíamos por lo bajo, y nos separaron durante un tiempo. Otro buen amigo, ahora desaparecido de la escena, dijo de nosotros que parecíamos "un matrimonio mal casado". Dudo que muchos matrimonios hablaran tanto y sobre tanto en tan poco tiempo... .

Una vez tuve la seguridad de poder apoyarme en alguien, mi confianza creció y esa parte casi olvidada, propia y anhelante, volvió a emerger con fuerza. El resultado fue que me dediqué a vivir y sentir como nunca antes lo había conseguido. Primero fue la lectura, a costa de vacíar las arcas de los ahorros, luego la escritura, y unido a todo ello el estudio autodidacta, sin temor de exámenes o notas, el libre aprendizaje endulzado con el gusto por saber algo nuevo. En medio de todo, tiempo y tiempo de pura diversión (lo que yo considero como tal, por supuesto). Iba y venía en largas caminatas, recibía baños de sol constantes, abandonaba los estudios, los volvía a iniciar y trabajaba en fábricas sucias y atontantes... . Todo fue rápido, constante, sin prisa pero sin tiempo perdido. Tenía algo que hacer, algo que ofrecer, aunque no estaba claro el qué.

Y, entonces, otro hermano de armas se cruzó en mi camino, no hace muchos meses. Un ejemplar de iconoclasta intrépido e impulsivo que decidió echarse la casa a cuestas y montar la vida a su alrededor, viendo cada amanecer y cada ocaso desde un lugar distinto de la Tierra. Saber cómo moverse pero no hacia dónde. Me enseñó, si acaso no lo conocía ya, que uno debe superar todas las barerras, hacer estallar los grilletes y liberarse de todo y de todos. Y me hechizó. De modo que, ya apuntalada, mi vida volvió a girar, ahora más radical y radialmente, hasta salirse del esquema diseñado. Yo mismo me sorprendí, pero no había ya vuelta atrás. Y no la hay. Dejé de escribir, dejé de estudiar, dejé de absorber páginas y páginas y me desangré (me desangro) tras 90 días sin parar de trabajar. Todo por el sueño, todo por la libertad, todo por seguir vivo e ir más allá.

Ahora sigo perfilando el futuro, a través del presente. Vivo el hoy y el ahora con ansias del mañana, porque el hoy está esclavizado, aunque sea tan sólo por unos días. Dentro de poco todo volverá a la normalidad, terminará el sacrificio y se iniciará una nueva etapa, dando lugar a un nuevo giro, que tal vez arrolle todo lo supuesto y esperado. El giro puede ser beneficioso o perjudicial, sano o venenoso, alegre o triste, pero el hecho es cambiar, girar y moverse. La estática es una ciencia moribunda; de nosotros depende resucitarla o dejarla bien muerta.

Los que creen en los horóscopos y en la astrología son estáticos muertos, porque quieren saber lo que les sucederá mañana, cuando no hay mayor misterio y mayor maravilla que desconocer lo que acontecerá en la vida, el mundo y el Cosmos durante el próximo parpadeo de nuestros ojos.

A los que viven sin vivir, a los que respiran ahogándose y a los que miran sólo negrura y oyen sólo ruido, hay que pedirles que giren, que roten sobre sí mismos, como un baile indio, y nazcan de nuevo, asombrados y atónitos. Hay que despertar renovados, como si cada día fuera primavera. Aunque cueste, aunque nos lo pongan dificil, aunque quieran hundirnos. Hay que girar, porque quien gira nunca muere; el movimiento es fuerza, y la fuerza es vida.

Por supuesto, yo sigo girando.

15 de agosto de 2006

Noches de esperanzas



Regreso al mundo tras un largo mes de meditado silencio. Antaño mediaba una semana entre post y post, pero las hostilidades del trabajo me han capturado como jamás lo había imaginado, y el resultado ha sido ese continuo mustismo tentado por el cansancio, las prisas y el ansia de retiro. No obstante, todo tiene un fin, y aunque sigo anclado en los tejemanejes laborales me era necesario señalar la continuidad de este blog, eso sí, con grandes dificultades y escupiendo sangre sobre el teclado. Pero, como digo, los vientos giran, y ahora empiezan a hacerlo a mi favor.

Ha pasado un mes desde el último y lastimero escrito. Un mes en el que hemos vivido una guerra entre hermanos, unos fuegos azotando reinos vecinos con inusitada violencia, unas Lágrimas de San Lorenzo secas y escasas, entre otras gracias. En el plano personal (el que inunda el blog desde hace meses...), el mes ha sido para llorar, para bajarse del planeta y ponerse de rodillas, cara al Sol, pidiendo perdón. Qué vácuo, qué insulso, qué alejado de mis propósitos y qué poco recompensante. Sólo se salvan las tardes de lectura y sosiego rodeado de gatos juguetones y el levante, los baños y la imposición de no dejarse llevar.

Ha sido duro, e incluso he tenido momentos de no querer seguir, de enviar a la mierda a los turistas, a la gentuza que da guerra y miente por unos putos euros y a toda la pasmosa masa de confusa, estéril e idiota juventud. A punto he estado de hacerlo, de pasar por encima de ellos y volar hasta lo que me llamaba, más allá del horizonte y las montañas. Pero el sueño me ha cautivado; el sueño era más fuerte que mi voluntad, y no he podido más que asentir con la cabeza y dejar pasar los días, y aún sigo haciéndolo. Es normal, el sueño es potente, abriga esperanzas, dichas y días de gloria. Me llevará más lejos de lo que conozco, más alto de lo que alcanzo y más profundo de lo que escarbo. Lo sé, lo siento. Por ese motivo, vale la pena tal sodomización. Pero sólo lo haré por esta vez. Nunca más. Sí, en efecto, se acabó por esta vida.

Así que seguimos, mantenemos la bandera en alto y las fuerzas, mermadas pero aún briosas, nos ofrecen el estímulo para caminar un poco más, hasta la siguiente colina. Ya queda poco, a la vuelta de la esquina está el descanso y la muerte del trabajo. Respiro hondo, cojo impulso y me lanzo a la última curva, veloz y dispuesto a todo.

Nos aproximamos, nos estamos acercando. Amigo visitante, ¿oyes el grito, el rugido, o, como dijo John London, la llamada de lo salvaje?.

15 de julio de 2006

Horizontes, agobios y desdichas



El blog ha estado dos semanas en blanco, debido a los motivos, siempre comprensibles, del trabajo hostigador y agotador. El verano pasado, cuando inicié el intervalo laboral en el mismo lugar donde estoy hoy, fui capaz de pescar tiempo suficiente para mantener con vida el blog y, además, rescatar mi pasión por la escritura. Pero este año no puedo. Tal vez sea por causa del calor, agobiante, apelmazante, inhibidor de la frescura mental de los meses de antaño, cuando podías teclear horas sin parar y su cerebro no padecía el mínimo síntoma de cansancio.

El caso es que ahora, y ya van unas cuántas semanas, me encuentro huérfano de ideas y falto del espíritu creativo. Incluso llego a temblar cuando tengo intención de ponerme a escribir un artículo o un relato. Tengo miedo a no poder desgranar como en el pasado esas formas de expresión, esas frases divulgativas tan conseguidas o esos párrafos literarios que, sin ser ninguna maravilla, al menos servían para manifestar lo que necesitaba decir. Siento cierta inquietud, aunque sé que es absurda y pasajera, a no alcanzar el nivel (sólo por encima de la mediocridad, por el momento), a no apresar la serenidad y la seguridad que en el pasado disfrutaba.

No obstante, es sólo cuestión de tiempo mi vuelta al ruedo. En el presente 2006, las tareas domésticas primero, los exámenes después y el trabajo en la actualidad, han nublado el horizonte, tan estimulante y fascinador, de la escritura. Pero las nubes no son para siempre; los vientos arrecian con fuerza y tienden a disiparlas, aunque les cueste limpiar el cielo de humedad. Con el paso de los días, a medida que julio deje paso a agosto y nos aproximemos al fin del tórrido verano, los momentos de descando, imprescindibles tras las horas de faena, darán paso a las horas tras el teclado, y con ello se recuperará parte del tiempo perdido (o no tan bien empleado como desearía).

Para entonces, el montón de sucio dinero será mayor, habrá tomado un volumen considerable y estará a disposición, tras unos meses, para dar forma y figura a un sueño de los de antes, que perdura y crece, y que al hacerse realidad sigue existiendo en tu interior. Un sueño que se me escapaba, pero que ahora empieza a acercárseme. Lentamente, es cierto, porque aún restan tramos del camino, los más trabajosos, que hay que recorrer. Pero ya no huye. Está en el horizonte, no más allá de él. Ya se divisa en la lejanía, como un ondulante espejismo, pero es real. Corro hacia él, a su encuentro. Luego, lo que venga.

Quedan 60 días.

30 de junio de 2006

Huellas felinas en el cielo



Soy un gran admirador de los gatos, como creo ya comenté con anterioridad. Me encanta su independencia, su libertad, la casi nula dependencia de los humanos (al contrario que los perros, con eso de lavarlos, sacarlos a pasear, recoger sus 'desechos', etc... .), y esa gracia felina, la elegancia de movimientos típica de los mamíferos de su clase, que es única.

De modo que me llevé una sorpresa cuando encontré que había ciertos "rastros" de la presencia de gatos en el cielo, en los brillantes brazos arremolinados de la Vía Láctea. En particular, hallé esta maravilla gaseosa, sugerentemente similar a una huella felina, llamada NGC 6334. Localizada en la constelación de Scorpius, a unos 5.500 años luz de la Tierra, esta fantástica impresión de una pezuña gatuna es una nebulosa de emisión, cuyos colores son debidos a la presencia de átomos de hidrógeno ionizado en su seno. En su interior pueden entreverse estrellas jóvenes, envueltas con un caparazón nebuloso protector, estrellas varias veces más masivas que nuestro Sol.

En otra ocasión, cuando tenga un respiro y no ande ajetreado con trabajos y lecturas, contaré la historia de un astrónomo que, tan entusiasta de los gatos como yo, quiso brindarles una constelación propia, en el hemisferio sur. La idea no cuajó pero, tal vez en señal de protesta, los gatos acabaron dejando su huella en el Cosmos, huellas como las de NGC 6334, que por estas fechas empieza a ser visible (baja aún) hacia el sur en nuestra latitudes.

Si uno quiere aprender a vivir, que mire a los gatos, porque ellos lo saben todo.

24 de junio de 2006

26 días (lo bueno y malo)

Cerca de un mes de trabajo. Nada para casi todos; un mundo para mí.

26 días tras un viejo mostrador, atendiendo a viajeros (rectifico, turistas... hay un mundo entre unos y otros, ya hablaré en otra ocasión de ellos), que entran y salen en dirección a decrépitos apartamentos o hacia la tórrida arena, en busca de descanso. ¿Descanso? ¿Se supone que descansar, que huir de la rutina, es salir al encuentro de miles de personas más, encorsetarse en una parcela playera de dos por dos metros y dejar que los rayos ultravioletas del Sol te abrasen la piel mientras te das de codazos con tu vecino y miras las tetas de esa chavala a unos metros de ti? ¿Eso es descanso, eso es atrapar el tan ansiado respiro, la tregua entre la vida cotidiana y las obligaciones? ¿Así es como descansa uno, viviendo exactamente de igual manera que cuando estás en la puñetera oficina, trajeado y ocupado en labores burocráticas?. El mundo está para que lo jubilen.

A veces entran gentes que buscan sosiego de verdad, que se recluyen en sus habitaciones y a las que no ves en todo el día. Charlan, hacen vida reposada, te preguntan cuál es el mejor restaurante de la zona (imposible ayudarles, odio esos antros), y pasean arriba y abajo, hacia el encuentro entre ellos mismos, quienes importan de verdad, obviando la muchedumbre a su alrededor. Son parejas inteligentes, que superan la mediocridad circundante con su espíritu individual y autosuficiente. Cogen unos días, no para salir de la cotidianidad, sino para mejorar, para conocer y para amar. Pero, claro, son los menos, casi nunca se detectan. No hacen ruido, no alborotan, saben ser cautos y van a lo suyo. Bravo, oros entre la baraja de bastos.

Otros palidecen a su lado. Acomplejados pelones, pininas de revista, horteras de pacotilla, sumisos bufones de la noche vulgar, se dedican a gritar y a dárselas de listos, de avispados, cuando en realidad hasta el más tonto capta sus intenciones y sus formas. Miran de reojo a aquél con mejores pectorales, o a las de culo más respingón, llenos de odio y rabia al no poder imitarles. Levantan la cabeza y observan a todo aquel que, con sus cacharros motorizados, generan ruidos y humos por entre la calle candente. Aumenta aún más su odio, su desgracia. No les queda mucho camino por recorrer para que su vida se limite a tunnings, fijadores, trabajos de nueve a nueve y fines de semana repletos de alcohol, música atontante y búsquedas de rajas carnosas. Están destinados a servir al Rey, ya han sido absorbidos.

Yo, mientras, observo el ir y venir, la marejada de turistas, las corrientes del movimiento, destinadas a morir pronto. Me acompañanan ahora libros de Poe, de Habermas, de Bradbury y algunas revistas antiguas. Echo una ojeada al exterior, mientras caminan los transeúntes, ávidos de sol y arena. Vuelvo a los libros, entre llamadas telefónicas y saludos a los que, cerca, pasan a mi lado. No, no voy a cometer el error de dejarme arrastrar. No lo han conseguido en 26 años; es imposible que lo logren en 26 días. Las tentativas, antaño poderosas, han perdido todo su encanto. Ahora (desde hace más de una déacada, en realidad) discurro por caminos separados. Ahora ya no pueden pescarme.

Quedan 79 días.

17 de junio de 2006

Vistas al futuro



Veinte días después de iniciar mi segundo periplo laboral en un año (todo un logro), uno de mis más preciados anhelos está (un poco) más cerca de convertirse en realidad. Es necesario que dé la lata con el tema porque supone una manera de autoestimular mi estancia en el trabajo; a fin de cuentas, trabajo precisamente para hacer realidad esa ilusión personal, no hay ningún otro motivo.

Uno debe marcarse una meta, un objetivo a alcanzar, y lanzarse a por él cual tiburón hambriento. La vida no es más que una sucesión de ideales mentales y el posterior trabajo realizado para alcanzarlos. Hoy imaginamos que podemos llegar hasta aquí; mañana quizá logremos ir hasta allá, y pasado incluso es razonable situarnos en ese horizonte que ahora es sólo una imagen borrosa. Lo que era inalcanzable ayer se convierte en algo real hoy.

Así, paso a paso, uno construye su camino, lleno de obstáculos muchas veces (necesarios y saludables), hasta que por fin llega a su meta, meta temporal y transitoria en cualquier caso. Una meta no es ningún fin, sino el enlace que une propósitos pasados con deseos futuros. Llegar a la meta sólo implica la satisfacción del sueño cumplido y la promesa de nuevos retos. El camino a veces se tuerce, a veces es pedregoso, pero si uno quiere mejorar, tiene que recorrerlo.

Poco a poco, sin prisa, disfrutando de las cosas que el camino te ofrece (frutas, paisajes, gentes, momentos), avanzas sin darte cuenta. Aún queda camino por recorrer, mucho, casi todo. No importa. Con el tiempo todo llega, y tras el pateo, tras la caminata, a veces dolorosa, a veces maravillosa, llegará la recompensa. E incluso, si no la hay, el paseo habrá valido la pena.

Un tiburón, si para de nadar, muere. Nunca paremos de nadar.

14 de junio de 2006

Perspectivas



Perspectivas; puntos de vista; posiciones; encuadres... da igual como lo llamemos, el hecho es que dependiendo de nuestra situación, del lado desde el que vemos la realidad, el mundo es percibido de una forma u otra. El ojo es engañado, la mente intenta agarrarse a lo conocido, a lo visto en otra parte. Sin un contexto adecuado en el que situar aquello que vemos o sentimos, la naturaleza nos puede dar gato por liebre.

Un ejemplo es esta foto. ¿Qué demonios representa? Quien sepa Astronomía lo sabrá (o, al menos, lo intuirá), pero para quien ve un objeto así por vez primera, es posible que ande perdido un buen rato.

Tiene cierto parecido a un cometa, por su forma alargada y brillo elevado, aunque esa franja negra que lo atraviesa es un poco desconcertante. Es un cometa raro. No, lo más seguro es que no lo sea. Olvidémoslo.
¿Una nebulosa? Puede, pero esa disposición del gas, tan plana y delimitada en un espacio fuertemente definido, también crea inseguridad. Las nebulosas, zonas donde nacen las estrellas, tienden a formarse como figuras algodonadas, por los intensos vientos estelares que les rodean, expulsados por esos recién nacidos astros. Una forma tan estilizada no concuerda con casi ninguna de las nebulosas convencionales.
Tal vez se trate de algún objeto exótico, inhabitual en el casi infinito tapiz del espacio-tiempo. ¿Una especie de ráfaga de gas y polvo en movimiento, como una afiliada lanza gaseosa que atraviesa el Universo, hacia una dirección desconocida? No, demasiado imaginativo, demasiado improbable.

La solución la tenemos cuando pensamos, primero, en cómo ha sido tomado la fotografía: la ha obtenido el telescopio Espacial Hubble. Primera pista. Además, representa un objeto extragaláctico (pero situado en las cercanías: 44 millones de años luz). Segunda pista. Y, tercera, se halla inmersa en un enorme y disperso cúmulo de galaxias en la constelación de Dragón.

Es decir, que es una galaxia. Pero, ¿cómo puede ser, cómo es posible que veamos así una galaxia? Pues gracias a la perspectiva, es decir, a la posición de esta galaxia (NGC 5866) en relación con nuestra línea de visión. Hemos tenido la suerte de observar este torbellino galáctico mostrándonos su perfil, su plano, su cuerpo repleto de estrellas y extremadamente delgado. En la mayoría de otros casos, las galaxias se observan con un ángulo de visión más abierto, que permite apreciar mejor su forma y sus brazos espirales (caso de tenerlos). Cuando vemos el brazo de gas que traza nuestra Vía Láctea en las noches de verano, también vemos una galaxia (la nuestra) de perfil, sólo que como estamos inmersos en ella se nos revela mucho más grande y con una forma más indefinida.

Todo es cuestión de perspectiva. En todos los ámbitos: en la vida diaria, en nuestro interior y allá arriba, más allá de la atmósfera de nuestro planeta azul.

11 de junio de 2006

Testigos de dogmas, creyentes de lo absurdo



Hoy, apenas nacidas las nueve de la mañana, un par de simpáticos viejetes han hecho acto de presencia en mi lugar de trabajo (y disfrute, al menos por el momento, dado que dispongo de tiempo libre, tanto que he leído tres libros en cinco días...). Estos yayos en cuestión (de quienes ya he hablado, aquí, hace casi diez meses), pulcramente vestidos y documentados hasta las cejas, me ofrecían amablemente unos folletos acerca de las actividades de los Testigos de Jehová, folletos a los que suelo echar una (brevísima) ojeada. Me hace gracia -y siento cierta curiosidad, también- sobre lo expuesto en ellos: el tufo a verdades reveladas, irrefutables, dictadas por los grandes héroes de la religión, acompañadas por una inevitable y curiosa alusión constante a la moral, a lo aceptable y a lo bueno (todo es una misma cosa, por supuesto).

Al mismo tiempo, logro reconocer que tienen algo de positivo: muestran, más allá de paparruchas teológicas y pestilencias éticas, el deseo de un mundo mejor, de un intento por evolucionar y dar al traste con la sociedad que nos rodea, podrida y manifiestamente perniciosa para el bienestar humano libre e integrador. Lo triste es todo el rollo acerca del Armagedón y el posterior paraíso en que se convertirá la Tierra, habitado por los siervos de Dios, dóciles como la manada de borregos y felices en sus mediocres y organizadas vidas.

Ahí es donde encuentro la basura, el olor a podrido, a nociones humanas trasnochadas y directrices religiosas decadentes. Y ahí es donde paro de leer esos panfletos y vuelvo a la filosofía, a la literatura y al ensayo. Vuelvo, por lo tanto, a la libertad de pensamiento, al océano de independencia que proporciona el hallar nuevos mundos por descubrir; ya sea empleando el raciocinio, la imaginación o la inspiración, pero nunca los dogmas ofrecidos como respuesta a todo.

Las grandes verdades no fueron reveladas a gentes de hace más de dos mil años: se nos revelan cada día (y de forma distinta) a cada uno de nosotros, tras cada amanecer o crepúsculo. Las verdades de Verdad surgen de nosotros mismos, no vienen de fuera, y nos sirven para ser más libres, para abarcar más perspectivas, para expandir el sentimiento que tenemos de la vida, de los hombres y mujeres y del Universo en el que vivimos.

Los simpáticos abueletes domingueros, carpeta en mano y respuesta divina en mente, seguirán su viaje en pos de nuevos miembros a los que afiliar; tal vez se hayan hecho muchas preguntas en su vida, pero seguramente no se habrán cuestionado acerca de por qué motivo dejan que sean otros los que decidan y respondan por ellos, por qué permiten que otros les revelen las verdades (sean verdaderas o no) y por qué razón han abandonado todo espíritu crítico ante lo dicho por las autoridades religiosas. Ésas son las preguntas que deberían hacerse, más que las relacionadas con Adán y Eva y la manzana, el Armagedón o qué plegarias realizar antes de irnos a dormir.

Pero, por supuesto, toda especulación intelectual en torno a la religión es perniciosa para los propios creyentes. Las reflexiones filosóficas o científicas representan un peligro, ya que conducen a la herejía o causan incertidumbre entre aquellos que profesan una fe pura y ciega; así, no hay que reflexionar, no hay que razonar, no hay que cuestionar los preceptos y los dogmas. Y eso es lo que hacen los dos viejecitos que me han visitado hoy, amables y considerados hasta el aburrimiento. Y es lo que harán hasta que mueran, llevando consigo la felicidad de una existencia dirigida y orientada por otros, manipulada y mancillada por los intereses de unos pocos.

Es la mácula de todas las religiones, la peste de la Humanidad. Pero ahí siguen ellas, infectando, carcomiendo y matando.

9 de junio de 2006

Bajar a la tierra

Hoy empieza el Mundial de fútbol en Alemania, el gran acontecimiento deportivo del año. Pese a las reticencias por parte de mi conciencia, que me insta a abalanzarme sobre libros y películas sin descanso hasta caer rendido, seguramente perderé un poco de tiempo en algún que otro partido. Reconozco que no entra dentro del esquema clásico de un hermitaño el estar embobado durante noventa minutos tras la televisión, viendo a los grandes ases del balón, pero es lo que hay. Uno no puede dejar de ser humano, de tener sus vicios, sus pasiones, por intrascendentes y poco espirituales o culturales que puedan ser.

Así que mientras absorbo libros de lógica y latín, mientras escarbo en novelas y ensayos en pos de saberes varios y peripatéticos, a la vez que examino espíritus y otros mundos, echaré un vistazo a esos seres que tanta estrella poseen (estrella opaca, en cualquier caso), mientras enlazan jugadas de ensueño e intentan alcanzar ese anhelado trofeo coronado por un balón dorado.

Bajemos a la tierra, de vez en cuando.

8 de junio de 2006

Comunicaciones

Oí anoche que en España había más teléfonos móviles que personas. El negocio debe ser redondo. Pero, para mí, hay un problema, y es saber qué estamos comunicando en realidad, cuál es el valor que damos a las palabras y, sobre todo, si realmente transmitimos algo que vale la pena escuchar o leer.

Yo no tengo móvil. Nunca lo he tenido. No es necesario en mi vida, y seguramente me daría más incordios que otra cosa. Debo ser de los pocos jóvenes con veintitantos años que no andan como sonámbulos por la calle, pegados a la pantalla de crístal líquido durante todo el día. Me hace gracia ver a los adolescentes (y a gente, en principio, madura) absortos con esos aparatejos, ignorantes e indiferentes ante el mundo: sólo parecen existir esos símbolos digitales, todo lo demás es intrascendente. Me he tropezado con más de uno de esos sonámbulos, que no vio por dónde iba y fue a chocar conmigo, absorto yo, a mi vez, en mis devaneos mentales, mirando al cielo o rascándome la cabeza. Y siempre me pregunto: ¿qué estarán leyendo, qué escribirán?, ¿poemas de amor, citas famosas, textos memorables para la Humanidad? Obviamente, en general no.

Supongo que a diario habrá miles (seguramente millones) de mensajes transmitidos por móviles que no supondrán más que saludos, despedidas, aclaraciones, sensaciones o deseos de encuentros. De igual manera, las conversaciones irán por senderos similares. Eso está bien; para ello han nacido los móviles, para comunicar. Pero creo, y es algo que tan vez también sucede con Internet, que en realidad, aunque estemos en la época de las comunicaciones, nos hallamos también en la época de la incomunicación, no sólo porque tendemos a la comunicación indirecta, sino sobre todo porque no escuchamos.

Comunicar es compartir, absorber lo dicho por otros, hacerlo tuyo, incluso, y saborearlo. Pero esto está más allá del hoy y el ahora; en la actualidad prima la premura, la palabra fácil, es hola y el adiós, instantáneo. Y en esto los móviles son los mejores aliados. Una consecuencia de todo ello es que supone más caché hablar con muchos y mal que con pocos y bien. Muchos jóvenes (aunque no todos) apenas saben escribir sin fallos ortográficos y tienen importantes carencias léxicas y gramaticales y, además, leen muy poco (nada, prácticamente, más allá de las obligaciones escolares y los diarios deportivos).

La imagen que dan los móviles es de una comunicación constante, de un mar de palabras enviados en una y otra dirección. Se ve que nos comunicamos mucho, anhelamos entrar en contacto con otras personas, pero a mi entender es una comunicación, en la mayoría de los casos, vacía y superficial, que nada aporta y que disculpa la tan necesaria comunicación directa, cara a cara. No se trata de despreciar los móviles, sino de entender que su uso tal vez sea exagerado, superfluo en ocasiones y de cara a la galería, en otras muchas.

44 millones de móviles en España. Hay mucho bueno que decir. Hagámoslo.

4 de junio de 2006

Novalis, pinceladas de vida

Cuando un poeta canta estamos en sus manos: él es el que sabe despertar en nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos descubren un mundo maravilloso que antes no conocíamos.

El camino misterioso va hacia el interior. Es en nosotros, y no en otra parte, donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro.

Todo objeto amado es el centro de un paraíso

Cuando veas un gigante, examina antes la posición del Sol; no vaya a ser la sombra de un pigmeo

Lo que ahora no alcanza la perfección, la alcanzará en un intento posterior o reiterado; nada de lo que abrazó la historia es pasajero, y a través de transformaciones innumerables renace de nuevo en formas siempre más ricas.

Es tocar el cielo, poner el dedo sobre un cuerpo humano.

Novalis, poeta y filósofo alemán (1772-1801)