19 de marzo de 2007

Cultura y ceguera



Que vivimos en un mundo lleno de contradicciones lo podemos comprobar a diario. No hace falta más que echar un vistazo a los noticiarios; la riqueza y el bienestar viven en contacto con la pobreza y la guerra; los países del primer mundo nadan en la serena abundancia mientras los del tercer mundo agonizan y languidecen de inanición, hostigados por conflictos armados.

La especie humana ha dotado a la Tierra de una exuberante cultura, diversa y casi antagónica en sus costumbres. Por doquier hallamos hoy en nuestras calles a gentes de distintas procedencias, muy diferentes a nosotros. Todos los españoles tenemos nuestros sentimientos hacia estas personas: algunos, indiferencia, otros, miedo, otros más, desprecio, y los hay quienes ven en ellos algo bueno y malo a la vez.

Bueno, entre otras cosas, porque suponen una ampliación de la perspectiva cultural, un estímulo para evitar el dogmatismo cultural (mi cultura y mis costumbres son las mejores) y una estupenda forma de obtener de primera mano relatos e historias de gentes que saben lo que es pasarlo verdaderamente mal, como nos sucedió a nosotros, los españoles, hace no tantas décadas, tras la Guerra Civil.

Y malo porque, dejando aparte chauvinismos y prejuicios estúpidos, estas gentes que llegan aquí, si no todas, al menos sí una buena parte lo hacen con el deseo inmediato y necesario de satisfacer necesidades puramente materiales. Quieren mejorar económica y socialmente, desean ingresos que les permitan adquirir el estatus que disfrutamos (la mayoría de) los españoles. Y ello es loable; lo deseable sería que se interesan también por la cultura española, que la aprehendiesen también, que fueran partícipes de nuestro fondo cultural e intelectual.

Digo esto porque me parece que quien no conoce algo, al menos superficialmente, no puede conservarlo ni tampoco respetarlo. Es dificil apreciar algo que nos resulta desconocido: lo que en una estancia rápida para mí es un páramo aburrido sin interés alguno para un lugareño puede ser un paraíso de colores y aromas. Si los inmigrantes no se sienten atraídos por nuestra cultura (y hablo de la cultura en mayúsculas, de todo aquello que España posee), si no potencian el hábito de adquirir, poco a poco y sin prisas, amor por lo que les rodea, a la larga puede ser un problema de desarraigo importante: vivirán en un lugar del que tan sólo les importará el beneficio que les pueda dar, mientras añorarán sus tierras, que sí conocen, aman y respetan.

Pero, siendo realistas, en el momento actual es prácticamente una utopía pedir algo así a los inmigrantes. Además, ¿por qué iba nadie a hacerlo? Habida cuenta de que mucha gente española (demasiada...) que vive aquí desde siempre no muestra ninguna atracción por el país donde ha nacido ni respeta lo que le ofrece, ¿es justo exigir esto a las personas que huyen de un infierno de escasez y miseria que hagan, que sean responsables, cuando nosotros mismos no lo somos? No, claro que no lo es.

Y ello me lleva a la idea de desear una España que no existe, una España de calidad, de gusto por conocer y cuidar. Una España de respeto y amor por sus paisajes, sus costumbres, sus culturas, sus lenguas, una España que huya de la mediocridad de sus ciudadanos, esclavizados por el trabajo, la sociedad y el consumir, que mire al porvenir estimulada. Quizá todo ello exista en una pequeñísima fracción de nuestros vecinos; sin embargo, la realidad es otra. Es un tópico ya muy manido, pero la masa sigue idiotizada, bizquea ante la vida y es incapaz de centrarla. Y lo que podemos decir de España es igualmente aplicable a otros muchos países.

El mundo se está perdiendo a sí mismo, se nos escapa de las manos. La ceguera es intensa, y como decía Saramago, "creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven".
La ceguera, pese a su intensidad y extensión, no es crónica. Se puede superar. Quién sigue ciego es, simplemente, porque le da la gana. No hay más culpables que nosotros mismos.

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