1 de abril de 2014

Refugio


Un rinconcito de mi hogar...

Ojalá pudiera tenerte siempre conmigo... amiga.

(Imagen: El Hermitaño)

Finales de marzo



Llega la primavera. La tierra reclama manos, azadas, surcos, plantas... vida nueva que la preñe, dando luz a sencillos tesoros para paladares no muy exigentes pero que saben, eso sí, apreciar lo que de ella brota.

La higuera, ahora pelada aunque con las primerizas hojas del nuevo ciclo, llenará su copa de verde. Y, la fruta, empezará a tomar cuerpo, dulcificando el ambiente. Sonará todo esto muy cursi, sí, pero, quien vive bajo la sombra de la higuera en verano, o quien se sienta bajo sus ramas peladas en invierno, tomando el bajo sol en el horizonte, sabe de lo que hablo.

Cómo pasa el tiempo, cachis.

Y cuánto hay que hacer, aún.

(Imagen: El Hermitaño)

28 de enero de 2014

Lo que se recordará...



Llegamos a la casa a media tarde, con el sol ya declinante. El viento era suave y la estrella aún irradiaba con fuerza, brindando un ambiente cálido inusual para un 31 de diciembre.

La casa nos fascinó. Rodeamos sus muros, reconocimos el buen gusto del propietario y descansamos en el exterior, junto a la entrada. Entonces vimos los almendros. Traíamos pasas y avellanas, pero la tentación de abrir allí mismo, y paladear frescas, las almendras fue irresistible. Tomamos una roca plana y, recogiendo las que habían caído sobre la hierba, empezamos a merendar.

Tras el ágape, mirando el ocaso de la estrella, que los cirros velaban, nos abrazamos y, quizá también, sentimos que algo no andaba bien... El frío llegó, y decidimos regresar.

Pero no podíamos partir sin agradecer al patrono de aquel paraje que nos hubiera alimentado el cuerpo y el alma tan generosamente. Así que le escribimos una nota, que dejamos bajo su puerta con una piedrecita encima... Le dábamos las gracias por tan suculenta merienda y, le decíamos, esperábamos que pudiera disfrutar con salud de aquel encantador refugio.



La estrella quería marcharse ya, descansar más allá de las montañas, así que recogimos, hicimos una pequeña reverencia ante aquel sepulcro sagrado, por todo lo que nos había dado, y continuamos el camino, juntos. Murió el viejo año mientras nos mirábamos a los ojos; y entró el nuevo del mismo modo.

Pero supimos que no todo era rosa. Había en el aire una inquietud, que se ensanchó poco a poco. Y uno de nosotros vio una diferencia demasiado grande entre todo lo que recibía y lo que podía dar. No era posible.

Altea, las calles empinadas, los hogares blancos, las aventuras, los panecillos, la música, el puzzle, los besos sonoros y casi eternos, el incienso, la complicidad, los caminos recorridos juntos, la cocina humeante, los sabores y sonidos deliciosos, el ronroneo de Canelito (héroe de mi vida...), las carcajadas, las velas, la 'Duranta', el silencio de aquella casa preciosa y acogedora, las charlas hasta la madrugada, las montañas, los paseos nocturnos, los ojos puestos en el cielo, el mutismo compartido, las bromas, las miradas... y el amor.

Tras todo ello, sólo queda decir:

Meg, te quiero y jamás te olvidaré.

(Imágenes: El Hermitaño y Meg)

3 de enero de 2014

Larga duración















Mi abuelo, 91 años, esta Nochebuena, dando vida a su 'Toscano'. Hasta hace un par de veranos aún nos ayudaba en el huerto. Siempre gastando bromas, siempre riendo, siempre con ese brillo pícaro y divertido en los ojos.

Siempre fue el primero en coger la azada, en ponerse manos a la obra... en decir "vamos a hacerlo". Pero también es el primero en sentarse a la mesa... en proclamar que no tiene hambre y, luego, termina hasta las migajas del plato de su señora... Y sigue comiendo pan con todo, sigue saboreando el vino... y el Toscano, el Toscano...

A veces, cuando voy a su casa a dormir, entra en mi cuarto, a las 4 de la mañana, y me ilumina con una linterna, para saber quién está ahí... Luego se marcha, me cierra la puerta, y al cabo de media hora, vuelve a hacer lo mismo. Me cabreo, pero nunca le digo nada. Trato de dormirme de nuevo, hasta que regrese el haz de luz a mi cara...

He de aprender todavía mucho de él. Y disfrutarlo.

Aún es demasiado pronto para tu marcha, ¿verdad?...


(Imagen: El Hermitaño)

28 de diciembre de 2013

12.369

Número de días vividos hasta hoy.

Es una barbaridad... qué cantidad de tiempo... ¿desperdiciado?, ¿aprovechado? No importa.

Sólo cuenta si el 12.370 será como yo deseo que sea; y, si no lo es, pues aceptarlo.

Tampoco es relevante si llegarán muchos más. Que corten cuando quieran; viví como quise, y (casi siempre) con quien quise.

"El tiempo es el río en el que voy a pescar", decía Thoreau.

Ea!

Fin de la aurora
















Todos merecemos un tiempo para ser amados; pero, a veces, también llega otro tiempo: el de ser olvidados.

Nunca he amado tanto a nadie. Aunque jamás intercambié una sola palabra con ella, aunque no pude cruzar su mirada con la mía, ni oír su risa, ni escuchar su voz. Atravesé el país para ir en su busca, y sólo hallé frío, lluvia y un parte meteorológico emocional que pronosticaba nublado con riesgo de más chubascos...

Cuando lo comenté, algunos lo vieron como una estupidez, una falta de madurez, u otros, directamente, como una locura. Quizá sea así; pero un amor que se precie como tal algo de ello debe de tener. Un amor racional, frío, comprensible, domesticado... pues quizá sea muchas cosas, pero posiblemente tendrá poco de amor. Yo valoro más el fuego, el ímpetu que te fuerza a hacer todo lo posible (y algo de lo imposible...) para tener a esa persona a tu lado. Cueste lo que cueste. Un amor disparatado, algo salvaje. Dejemos que, en estos temas, controlen otros...

¿Olvidarla? No, no es posible. Pero el tiempo pasa, la brasa empieza a perder su calidez y es invierno y tengo frío. Así que...

Alba...


Y ocaso.

(Imagen: El Hermitaño)

3 de mayo de 2013

Locuras
















Y, todo ello, ¿por qué?

1.240 kilómetros. Ocho días. Doscientas monedas en carburante. Atravesar el país hasta llegar a 'otro', que lame las orillas del Cantábrico. Abandonar encantandores bebés de once meses, gatas parturientas, terruños que requieren manos y amor, amigos del alma y la apreciada familia. Y, ¿por qué?

Ocho días calles arriba calles abajo en un pueblo de veinte mil habitantes del que no conozco nada; ni a nadie. Buscando algo que quizá ni allí esté; o, si está, puede no aparecer nunca. Mil millones de coincidencias imposibles van en mi contra. Juego con desventaja; mas cuento con mis fuerzas y con algún guiño inesperado del destino, pues éste siempre ayuda a los locos...  Y, ¿por qué?

Ocho días como un forastero en tierra extraña, desgastando suelas, abriéndose ampollas, agotándose las energías. Bajo la lluvia, bajo el sol, a merced de tormentas y ventiscas. Y, ¿por qué?

Ocho días de esperanzas y frustraciones, de deseos y realidad, de corazones ansiosos y razones frías, insensibles, que repiten el cántico acusador, ese "Ya te lo dije, era imposible... Has perdido el juicio". Así que, todo ello, ¿por qué?
Muy simple:

Por ella...

(Imagen: El Hermitaño)

13 de abril de 2013

Amatorias















"Al amor le pintan ciego y con alas. Ciego para no ver los obstáculos; con alas para salvarlos".

"El amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es que está para morir".

Jacinto Benavente


(Imagen: El Hermitaño)

27 de febrero de 2013

Entusiasmos pre-primaverales


















Debe ser por el sol... Entiendo que, al ganar poco a poco altura a medida que el solsticio invernal queda atrás, nuestro dios solar ilumina no sólo el mundo a nuestro alrededor, sino también algo en lo profundo de aquello que somos: una lamparilla, una brasa que adquiere fulgor y que, caldeando el espíritu para que se reanime, renueva ánimos y sueños largo tiempo olvidados, o crea otros nuevos.

En cualquier caso es un calor interior cuya flama aguijonea, incita e impele a actuar. No se puede hacer caso omiso de su invocación (de lo contrario, calienta hasta quemar...), es una fuerza tan “superior” que, para obviarla, sería necesario un superhombre nietzschano, o un ser apocado y temeroso de sus propias ansias. No soy ni una cosa ni otra, así que sólo me queda escuchar, y proceder.

El aguijoneo llega en febrero. A primeros. Aunque el carro de Apolo no anuncia aún su llegada, el clima mediterráneo suele obsequiarnos con un mes habitualmente despejado, azulísimo, pese al frío obvio y deseable. Es el caldo de cultivo ideal. La primavera se huele en la distancia. Es el tiempo para soñar, y para ser.

En 2008 el pinchazo tomó la forma de un viaje. Tras desastres personales en 2005 y 2006 (en parte descritos en estas mismas notas...) y un 2007 vacío de aventuras por tierras inéditas, era urgente un cambio. Compré una tienda de campaña, me la até a la espalda y, acompañado por el que siempre acompaña, nos pusimos en marcha desde Villalonga. Pasamos por L´Orxa, Cocentaina, la Serra Mariola, Agres, Alfafara, Bocairent... Todo a pie, y en carrerilla. En una semana atravesamos sierras, ríos, ascendimos por complicados senderos, fuimos sacudidos en plena noche por tormentas, nos extraviamos por completo en medio de ninguna parte (aterrador y maravilloso), salimos extenuados (sin agua y tras un día sin comer) a la civilización y de Beneixema llegamos atados a un tren a Alacant, destino imprevisto a causa de un error certero. Aventura, en mayúsculas.

En 2010, el aguijón pinchó y quiso metamorfosearse en un libro. Empecé en marzo (primavera), lo dejé hasta julio y, en un mes y medio frenético (escribiendo, buscando en bibliotecas, anotando, sudando en las noches sofocantes frente a la pantalla hasta que algo digno brotara...), puse el punto final. Hablaba del cielo, de cómo hombres poco conocidos aportaron su entusiasmo para comprenderlo un poco mejor, con sus glorias y miserias. Lo envié a un certamen de divulgación, pero no ganó. Sí que gané, sin embargo, destreza, mayor habilidad con las palabras (tampoco demasiada, no exageremos...) y unos meses de felicidad casi inefable. Ése fue el premio.

En 2011, hecho ya palpable un viejo sueño (también quedó anotado aquí...), noté una quemazón que requería de urgente profilaxis. El norte llamaba. La antigua Castilla y el rugiente León me desafiaban a pasar casi tres meses por sus tierras, que siempre he sentido como mías, tal vez más aún que las que me vieron nacer. Con la despensa llena, el depósito de combustible rebosante y la ilusión de un adolescente, acaricié a mi camarada de correrías, le susurré buenas palabras, y allí me llevó, a recorrer casi 5.000 kilómetros por páramos, catedrales, pueblos perdidos, desfiladeros, montañas de vértigo y lagos glaciares (algo de ese viaje puede leerse en el blog hermano La Ruta Errante. Pero sólo es un pálido reflejo, pues la expresión no alcanza a describirlo como merece, como tampoco puede hacerse en el caso de un amor, o de la muerte de un ser querido).

En 2012 lo que se me vino encima fue una cierta angustia. Inepto como soy para los trabajos ordinarios, alejado del circuito laboral desde 2009 y acomodado en mi pobreza ermitaña, el aguijoneo me sirvió para tratar de depender, cada vez menos, de los demás para mi propia alimentación. Disponía de tierra, agua, manos inexpertas y deseo de aprender y manejar el terruño para que, si así lo deseara, pudiera él proporcionarme a mí y a los míos (y ahora también, y sobretodo, a mi sobrinita Carlota, un precioso angelito de ocho meses...) un ligero sustento vegetal y frutal. En ello anduvimos, ese año, y en éste seguiremos ensuciándonos las manos, enriqueciendo y variando el cesto de recolecta. La agricultura es parte de nuestro presente y, espero, igualmente de nuestro futuro.

En 2013, justo estos días, he percibido ese agradable escozor nuevamente. Y ha adoptado la forma más insospechada posible. Siendo como soy un pésimo estudiante (sólo sé ser aprendiz; ir enseñándome sin empollar, sin memorizar, sin que me digan qué y hasta cuándo...), el aguijoneo me ha provocado un vértigo estudiantillo sin precedentes. A falta de unos ‘créditos’ (espantoso término tomado del mundo financiero, como si la pasión de aprender pudiese condensarse en un número de horas, en unos dígitos o en una nota a final de curso...) para concluir el grado en Filosofía (que inicié en 2006), y cuyo fin es casi un milagro dado mi ineptitud natural, de repente lo que se me revela es un anhelo, una sed por iniciar otra ‘carrera’ (horrible término, este también, que recuerda a competición, a trayecto obligado a recorrer, a camino ya trillado...); y, si ello no fuera bastante, para colmo el aguijoneo me “habla” de dos nuevos proyectos estudiosos: Lengua y Literatura Españolas y... ¡Física! Lo primero puede tener un pase (a fin de cuentas, antaño era hermana de la Filosofía, y no sólo académicamente), pero de lo segundo sólo puedo decir: no entiendo nada.

Bueno, eso no es del todo cierto. Una de mis grandes frustraciones ha sido (y sigue siendo) no llegar a ser astrónomo profesional. Lo soy como aficionado, y como escriba de tales temas (con mayor o menor acierto), pero lo que anhelaba desde pequeño era subir a esos remotos y solitarios observatorios, en cimas de alta montaña, y pasar allí semanas a los pies de potentes telescopios escudriñando el cielo. Luego, publicar mis observaciones para beneficio y crítica de mis colegas. Y, con ello, aprender todos juntos. Y eso, en parte, sólo es posible desde el ámbito profesional. Física permite, una vez graduado, seguir un Máster en Astrofísica y Ciencias del Espacio. Por ahí van los tiros, pues...

Estos aguijonazos, como sé por experiencia, son potentes, perduran como la hinchazón provocada por una avispa y no cesa su tormento (emocional, en este caso) hasta que el sujeto cumple y zanja con lo estipulado por ellos. Me temo, en consecuencia, que mis próximos años van a verme encerrado en mi estudio, rodeado de textos del Siglo de Oro, poemas modernistas, manuales de termodinámica, física cuántica, cultura grecolatina, tomazos de química inorgánica y el teatro de Calderón de la Barca.

Mientras tanto, tengo un año de tranquilidad hasta saber qué nuevas locuras me deparará (bienvenido sea, como agua de mayo) el siguiente y dolorosamente delicioso aguijonazo...

(Imagen. El Hermitaño)

2 de enero de 2013

Infancia feliz (perdida)

"Por mi parte, recuerdo perfectamente que, como millones de infantes del mundo entero (por cuyo llanto inconsolable me creí yo aquel día también acompañado), me sentí como un 'niño abandonado' cuando me obligaron por primera vez a salir de casa para ir a la escuela: una sensación que, en lo esencial, habría que calificar de acertada, porque esa partida no es más que el prólogo de todas las salidas en busca de la hazaña, en busca del hegeliano reconocimiento, en busca del propio nombre y de la propia identidad, es decir, en busca de la culpa y de la infelicidad. Ya sé lo que los psicoanalistas dirán de esto: complejo de Edipo mal resuelto, rechazo a la castración, apego patológico a las faldas maternas y denegación del padre, instinto de muerte, nostalgia de la vida intrauterina resimbolizada por el 'hogar'; ¿qué pasaría si los niños no abandonasen nunca su hogar para ir a la escuela, al trabajo, etc.? En efecto, nadie haría nunca nada. No habría historia. ¿Qué sería de la humanidad? No habrían existido Alejandro Magno, ni Julio César, ni el papa Borgia, ni Napoleón, ni Hitler, ni Stalin, ni Franco, ni Pol Pot, ni George W. Bush ni Mohamed Atah..., con la cantidad de valor añadido que esta gente ha producido y los placeres que han proporcionado a cientos de miles de personas. Lo que nos habríamos perdido. Hay historia porque los hombres salen de casa, fundamentalmente para ir a la guerra, aunque luego a eso se le llame también ir a la escuela, al trabajo, etc. El niño que consiguiese no abandonar su hogar -cosa que yo, lamentablemente, no conseguí-, no haría historia alguna, pero sería feliz. Su felicidad le parecería a todo el mundo -y los freudianos no serían más que una vocecilla en ese inmenso coro- injusta, inmadura, irresponsable, insolente, etc. Pero como ninguna de las voces de ese inmenso coro está en condiciones de aportar siquiera la menor prueba a favor de que el niño tenga que salir de casa para hacer historia o aún el menor argumento que ligeramente pueda sugerir que es preferible hacer historia que no hacerla, todas esas voces pueden irse al cuerno y dejar al niño en paz."

José Luis Pardo, Nunca fue tan hermosa la basura, págs. 214-215, Círculo de Lectores-Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2010.

20 de diciembre de 2012

Orígenes




















Remontémonos a diciembre de 1987, si queréis. Ya no hay colegio; la Navidad toma forma en nuestro interior, y a nuestro alrededor: luces, sorpresas, la espera de regalos ansiados y la magia, la magia navideña que inunda el mundo.

Penetramos en un piso cualquiera, en Gandía. Un niño de siete años entra en la habitación de su hermana, mientras ésta no está. Escudriña un poco el cuarto, ve algún póster de New Kids on the Block pegado a la pared (“qué pavos”, piensa, pues a él le molan Osibisa, Dire Straits y Roxette), un mar de peluches sobre la cama y un escritorio lleno de lápices y rotuladores. Todo parece normal, pero hay algo que llama la atención del chico.

Se trata de un libro, que descansa en la mesita de noche, junto al flexo y al despertador de la hermana. El mocoso mira la cubierta, coloreada de rojo y azul, y algo en su interior se agita, y siente una llamada que no puede explicarse. Coge el tomo, contempla el dibujo de la locomotora negra, el robusto maquinista y el pequeño negrito y, entonces, el mayor universo concebible (el de la imaginación) se abre ante él. Sabe, siente, descubre que “debe” leer ese libro. Nadie se lo ha recomendado, nadie le obliga a hacerlo; pero esa locomotora suscita en él un mundo insospechado de aventuras. Y no puede resistir la tentación. Secuestra el libro, se lo lleva a su cuarto, y empieza a leer. Cuando su hermana regresa, el chico le pide que se lo deje; ella, dos años mayor, accede al fin. Quizá porque ella misma también sintió esa misma llamada tiempo atrás...

Desde entonces, y como una promesa hecha a sí mismo, el niño leerá “Jim Botón y Lucas el maquinista”, de Michael Ende, todos las Navidades siguientes hasta los doce años; para entonces dejará atrás esa primeriza, encantadora y entrañable literatura y se adentrará, no ya en un mar de aventuras, sino en un auténtico océano, un océano sin fin, del que a día de hoy apenas conoce unas pocas yardas. Leerá tanto ese libro (como sólo los niños pueden hacerlo: con pasión desmedida, con ahínco por entender hasta la última palabra y toda frase), que aprenderá fragmentos de memoria y recordará para siempre las ilustraciones, sobretodo aquella última, que recoge a los dos protagonistas de espaldas, fumando (Jim ya es mayor) mientras contemplan una puesta de sol...

Por supuesto, el niño leerá muchos otros libros tras el que narra las aventuras de Lucas, Jim y la buena de Emma, pero ninguno será jamás para él tan especial como ése. Especial por su carácter primerizo, porque fue leído siguiendo una voluntad propia, lejos de cualquier influencia ajena, especial también porque su lectura le ligaba (me ligaba...) a la época navideña, a su vez igualmente incomparable, y especial también porque, sin él, quién sabe cuándo hubiese descubierto el gusto, el inimitable sabor de la lectura; quizá al cabo de un año, o quizá nunca; tal vez el colegio hubiese ahogado ese deleite con textos obligatorios que cabía, sí o sí, leer, aprender y comentar. Ese ejercicio de libertad, de libertad lectora total, me permitió gozar de mi propia elección, mi gusto personal por la literatura. Yo decidía cuando, y cuánto, leer. A veces bastaron un par de páginas; otras me leía capítulos enteros de un tirón. Era mi mundo escogido, mi acto de afirmación. Parece una chorrada, pero está (muy, muy) lejos de serlo...

Hace un par de semanas sufrí una conmoción. Fisgoneando en antiguas cajas de cartón ocultas en húmedos armarios encontré, por pura causalidad, el ejemplar de “Jim Botón y Lucas el maquinista”. Volví a contemplar los rombos rojos y azules de la cubierta, el pequeño arlequín lector en la parte inferior, a la vieja Emma repleta de carbón y lista para recorrer lo desconocido. Fueron tantos los recuerdos que afloraron, como le sucedió a Proust con su famosa magdalena, que las lágrimas pugnaron por abrirse paso... Esta vez no las dejé salir; tal vez hice mal.

Lo extraño no fue (o no sólo) encontrar el libro de Michael Ende; lo verdaderamente incomprensible es que el libro ha vuelto a llamarme, como si el cuarto de siglo transcurrido desde que lo vi por vez primera, en la mesita de mi hermana, fuera un mero instante carente de entidad temporal.

Y (pásmense aún más...), por increíble que parezca, esa llamada ha sido atendida. Los rombos azules y rojos señalan que la obra es para niños hasta doce años, según reza en la cubierta trasera. Pero el libro, hoy, descansa en mi mesita, al lado de abrumadores tomazos de filosofía contemporánea y estética, un volumen de ensayos de José Luis Pardo y otro de relatos de Stephen King.

En efecto, percibo la chimenea de Emma sobresalir entre ese mar de páginas para adultos, a Lucas saludar a quienes se quedan en el andén y a Jim Botón agitar la gorra al aire, como señalando que estamos a punto de iniciar una de las mil aventuras que se reservan para nosotros.

Emma escupe humo, satisfecha, pues sabe lo que nos espera.

Yo voy a subir.

¿Y vosotros...?

21 de noviembre de 2012

Un ideal











 



Sueño muchas veces con él. Durmiendo o despierto. Es el paisaje que, sospecho, me rodeará alguna vez, dentro de quién sabe cuánto, y quién sabe dónde. Quizá venga mañana; aunque quizá no llegue nunca. Tal vez muera sin verlo jamás.
Pero, imaginemos...

Mayo, a finales. Un entorno de media montaña, pero llano. Lejos de toda ciudad; únicamente un par de pueblos se divisan desde allí. Pueblos que disponen, como mucho, de biblioteca, ferretería, un centro de salud y una tienda de comestibles. Sobra lo demás. El cielo es abierto: el arco solar se aprecia en todo su recorrido, desde el alba al ocaso.

Nos rodean algunos pinos, y ante nosotros advertimos el huerto, no excesivamente grande: basta con una hanegada. Supura hortalizas y verduras, raíces y hojas. Algunas están crecidas; otras aún esperan que les salgan frutos; y, otras aún, tienen todo su ciclo que cumplir. Zanahorias, nabos, lechujas, apios, patatas, coles, espárragos, espinacas, cebollas, hinojo, tomillo, albahaca, menta, alcachofas, melones, calabacines y pepinos, calabazas, unas gramíneas (básicamente maíz dulce), hileras de judías y habas, convenientemente encañadas, junto a otras de tomateras, berenjenas, pimientos, abundancia de leguminosas (guisantes, lentejas y garbanzos) y, también, los frutales: dos perales, un manzano, un limonero, ciruelos, quizá también un melocotonero, una buena parra dadora de vitáceas jugosas, quién sabe si dos o tres cerezos (si el lugar es adecuado...), alguna higuera; desde luego, también tres naranjos y, bordeando el recinto, frambuesas, zarzamoras y algo más que, como ésta, pudiera surgir de la tierra por su propio propósito...

Se advierten montones de compost dispuestos aquí y allá, diversas herramientas en el cobertizo, una niña corriendo tras un par de gallinas (un corral es visible en uno de los extremos), ropa limpia tendida al sol primaveral y un pequeño vehículo, viejo, aparcado a la entrada. Asimismo hay una motocicleta, de carretera, bajo un discreto techado. Ni rastro de casas rodantes, ya no...

La vivienda es modesta. De madera, no muy grande, presenta un amplio porche, parcialmente cubierto, en donde descansan dos figuras en sendas hamacas. Una, femenina, de unos treinta y cinco años, lee algo, tendida aprovechando el tibio sol matinal. La otra es un hombre moreno, bastante mayor que ella, que deja perdida la mirada hasta el infinito. Medita, vaga, siente... sólo él lo sabe.

La sobria terraza trasera dispone de paellero, una piscina diminuta, un horno para hacer pan y, algo más alejado, una sencilla estructura de plástico, como una pequeña casita, que alberga un telescopio.

Se aprecian tres o cuatro gatos, perezosos todos, que reciben la luz solar dormitando en el empedrado casero. Hay un perro, un pastor alemán, que advierte una presencia extraña, levantando el hocico hacia el cielo. No lejos aparece una tercera figura, aporcando en los caballones para patatas. Tiene unos cuarenta años, un poco más, quizá. Está moreno, a causa del sol, y lleva un pañuelo negro en la cabeza.

En la casa, deslizándonos furtivamente en su interior, vemos cinco estancias principales. Una alberga la cocina y el comedor con chimenea, sin demasiada originalidad; la decoración no parece el fuerte de sus habitantes. Una segunda alberga un dormitorio y un baño, y en una tercera, la habitación de la niña, luminosa, colorida y desenfadada. Una cuarta pieza contiene lavadero, despensa, lavadora y algunos útiles y aparatejos más.

La quinta y última estancia es lugar sagrado. Es la más amplia, forrada en sus cuatro paredes por estanterías que sujetan libros incalculables, de toda temática imaginable: novelas, cuentos, astronomía, filosofía, poesía, historia, física, religión, arte, sociología, geología, cómics, libros de viajes, de senderismo, de otros mundos y otras gentes... También hay, en un recodo aparte, algunas obras que destacan porque tienen nombres muy familiares estampados en la cubierta. Parece, parece que ellos mismos son... Sí, lo son.

Allí huele a papiros viejos, a incienso, también, y a otros aromas poco definidos, pero agradables. Un escritorio, con un ordenador, un flexo, y un océano de papeles, revistas y más libros descansando en su superficie se sitúan frente a un ventanal, que mira al horizonte. Completan la escena dos butacones viejos, gastados pero en apariencia muy cómodos; gravitando, por encima de ellos, hay sendas lámparas de luz cálida.

La vida no es perfecta, allí. Es decir, es como debe ser. Hay problemas, dificultades. A veces las cosas no funcionan; se rompen otras. Los deseos no se cumplen. Hay discusiones, en ocasiones insultos. Pero tras la tormenta, ya se sabe, retorna la paz.

La niña sale de nuevo a jugar, ahora con los gatos. Las tres figuras se reúnen en la terraza, para comer algo que no se distingue bien, pero que tiene buen aspecto. Y, además, huele bien. La niña deja a los felinos, se lava las manos y acude a la llamada materna. Gesticulan, ríen y bromean con le pequeña y, luego, dan cuenta de los platos, casi todo el rato en silencio. Al terminar el ágape, una de las figuras se separa, se despide y abandona el lugar. Pero no desaparece mucho tiempo. Volverá pronto, pues se le necesita. Y, aquel a quien se le necesita, debe estar disponible.

Poco a poco, la tarde va muriendo. Reparando la verja, que está un poco combada, el hombre entra en casa. La niña, lo vemos a través de la ventana, sigue una lección de lectura, bajo la mirada de su madre. La noche se adueña del entorno. El hombre prepara la cena, después examina sus papeles, mientras la mujer está frente al ordenador, trabajando en algo. Tras cenar, la madre acuesta a la niña, que lee un cuento. Le besa en la frente y cierra despacio la puerta de su colorida habitación. A continuación acude al santuario, donde un humo liviano asciende. Ambos, hombre y mujer, reposan en sus butacones. La noche se prolonga, mientras ellos leen y leen, y hablan a ratos. Tras ello salen al exterior. Refresca. El hombre mira hacia arriba; la mujer, también. No dicen nada. No es necesario.

Un búho, amigo nocturno, ulula no lejos de allí. Ambas figuras se miran, un instante, y penetran en el hogar.

Afuera, las estrellas titilan, como estremecidas.

(Imagen: El Hermitaño)