3 de mayo de 2013

Locuras
















Y, todo ello, ¿por qué?

1.240 kilómetros. Ocho días. Doscientas monedas en carburante. Atravesar el país hasta llegar a 'otro', que lame las orillas del Cantábrico. Abandonar encantandores bebés de once meses, gatas parturientas, terruños que requieren manos y amor, amigos del alma y la apreciada familia. Y, ¿por qué?

Ocho días calles arriba calles abajo en un pueblo de veinte mil habitantes del que no conozco nada; ni a nadie. Buscando algo que quizá ni allí esté; o, si está, puede no aparecer nunca. Mil millones de coincidencias imposibles van en mi contra. Juego con desventaja; mas cuento con mis fuerzas y con algún guiño inesperado del destino, pues éste siempre ayuda a los locos...  Y, ¿por qué?

Ocho días como un forastero en tierra extraña, desgastando suelas, abriéndose ampollas, agotándose las energías. Bajo la lluvia, bajo el sol, a merced de tormentas y ventiscas. Y, ¿por qué?

Ocho días de esperanzas y frustraciones, de deseos y realidad, de corazones ansiosos y razones frías, insensibles, que repiten el cántico acusador, ese "Ya te lo dije, era imposible... Has perdido el juicio". Así que, todo ello, ¿por qué?
Muy simple:

Por ella...

(Imagen: El Hermitaño)

13 de abril de 2013

Amatorias















"Al amor le pintan ciego y con alas. Ciego para no ver los obstáculos; con alas para salvarlos".

"El amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es que está para morir".

Jacinto Benavente


(Imagen: El Hermitaño)

27 de febrero de 2013

Entusiasmos pre-primaverales


















Debe ser por el sol... Entiendo que, al ganar poco a poco altura a medida que el solsticio invernal queda atrás, nuestro dios solar ilumina no sólo el mundo a nuestro alrededor, sino también algo en lo profundo de aquello que somos: una lamparilla, una brasa que adquiere fulgor y que, caldeando el espíritu para que se reanime, renueva ánimos y sueños largo tiempo olvidados, o crea otros nuevos.

En cualquier caso es un calor interior cuya flama aguijonea, incita e impele a actuar. No se puede hacer caso omiso de su invocación (de lo contrario, calienta hasta quemar...), es una fuerza tan “superior” que, para obviarla, sería necesario un superhombre nietzschano, o un ser apocado y temeroso de sus propias ansias. No soy ni una cosa ni otra, así que sólo me queda escuchar, y proceder.

El aguijoneo llega en febrero. A primeros. Aunque el carro de Apolo no anuncia aún su llegada, el clima mediterráneo suele obsequiarnos con un mes habitualmente despejado, azulísimo, pese al frío obvio y deseable. Es el caldo de cultivo ideal. La primavera se huele en la distancia. Es el tiempo para soñar, y para ser.

En 2008 el pinchazo tomó la forma de un viaje. Tras desastres personales en 2005 y 2006 (en parte descritos en estas mismas notas...) y un 2007 vacío de aventuras por tierras inéditas, era urgente un cambio. Compré una tienda de campaña, me la até a la espalda y, acompañado por el que siempre acompaña, nos pusimos en marcha desde Villalonga. Pasamos por L´Orxa, Cocentaina, la Serra Mariola, Agres, Alfafara, Bocairent... Todo a pie, y en carrerilla. En una semana atravesamos sierras, ríos, ascendimos por complicados senderos, fuimos sacudidos en plena noche por tormentas, nos extraviamos por completo en medio de ninguna parte (aterrador y maravilloso), salimos extenuados (sin agua y tras un día sin comer) a la civilización y de Beneixema llegamos atados a un tren a Alacant, destino imprevisto a causa de un error certero. Aventura, en mayúsculas.

En 2010, el aguijón pinchó y quiso metamorfosearse en un libro. Empecé en marzo (primavera), lo dejé hasta julio y, en un mes y medio frenético (escribiendo, buscando en bibliotecas, anotando, sudando en las noches sofocantes frente a la pantalla hasta que algo digno brotara...), puse el punto final. Hablaba del cielo, de cómo hombres poco conocidos aportaron su entusiasmo para comprenderlo un poco mejor, con sus glorias y miserias. Lo envié a un certamen de divulgación, pero no ganó. Sí que gané, sin embargo, destreza, mayor habilidad con las palabras (tampoco demasiada, no exageremos...) y unos meses de felicidad casi inefable. Ése fue el premio.

En 2011, hecho ya palpable un viejo sueño (también quedó anotado aquí...), noté una quemazón que requería de urgente profilaxis. El norte llamaba. La antigua Castilla y el rugiente León me desafiaban a pasar casi tres meses por sus tierras, que siempre he sentido como mías, tal vez más aún que las que me vieron nacer. Con la despensa llena, el depósito de combustible rebosante y la ilusión de un adolescente, acaricié a mi camarada de correrías, le susurré buenas palabras, y allí me llevó, a recorrer casi 5.000 kilómetros por páramos, catedrales, pueblos perdidos, desfiladeros, montañas de vértigo y lagos glaciares (algo de ese viaje puede leerse en el blog hermano La Ruta Errante. Pero sólo es un pálido reflejo, pues la expresión no alcanza a describirlo como merece, como tampoco puede hacerse en el caso de un amor, o de la muerte de un ser querido).

En 2012 lo que se me vino encima fue una cierta angustia. Inepto como soy para los trabajos ordinarios, alejado del circuito laboral desde 2009 y acomodado en mi pobreza ermitaña, el aguijoneo me sirvió para tratar de depender, cada vez menos, de los demás para mi propia alimentación. Disponía de tierra, agua, manos inexpertas y deseo de aprender y manejar el terruño para que, si así lo deseara, pudiera él proporcionarme a mí y a los míos (y ahora también, y sobretodo, a mi sobrinita Carlota, un precioso angelito de ocho meses...) un ligero sustento vegetal y frutal. En ello anduvimos, ese año, y en éste seguiremos ensuciándonos las manos, enriqueciendo y variando el cesto de recolecta. La agricultura es parte de nuestro presente y, espero, igualmente de nuestro futuro.

En 2013, justo estos días, he percibido ese agradable escozor nuevamente. Y ha adoptado la forma más insospechada posible. Siendo como soy un pésimo estudiante (sólo sé ser aprendiz; ir enseñándome sin empollar, sin memorizar, sin que me digan qué y hasta cuándo...), el aguijoneo me ha provocado un vértigo estudiantillo sin precedentes. A falta de unos ‘créditos’ (espantoso término tomado del mundo financiero, como si la pasión de aprender pudiese condensarse en un número de horas, en unos dígitos o en una nota a final de curso...) para concluir el grado en Filosofía (que inicié en 2006), y cuyo fin es casi un milagro dado mi ineptitud natural, de repente lo que se me revela es un anhelo, una sed por iniciar otra ‘carrera’ (horrible término, este también, que recuerda a competición, a trayecto obligado a recorrer, a camino ya trillado...); y, si ello no fuera bastante, para colmo el aguijoneo me “habla” de dos nuevos proyectos estudiosos: Lengua y Literatura Españolas y... ¡Física! Lo primero puede tener un pase (a fin de cuentas, antaño era hermana de la Filosofía, y no sólo académicamente), pero de lo segundo sólo puedo decir: no entiendo nada.

Bueno, eso no es del todo cierto. Una de mis grandes frustraciones ha sido (y sigue siendo) no llegar a ser astrónomo profesional. Lo soy como aficionado, y como escriba de tales temas (con mayor o menor acierto), pero lo que anhelaba desde pequeño era subir a esos remotos y solitarios observatorios, en cimas de alta montaña, y pasar allí semanas a los pies de potentes telescopios escudriñando el cielo. Luego, publicar mis observaciones para beneficio y crítica de mis colegas. Y, con ello, aprender todos juntos. Y eso, en parte, sólo es posible desde el ámbito profesional. Física permite, una vez graduado, seguir un Máster en Astrofísica y Ciencias del Espacio. Por ahí van los tiros, pues...

Estos aguijonazos, como sé por experiencia, son potentes, perduran como la hinchazón provocada por una avispa y no cesa su tormento (emocional, en este caso) hasta que el sujeto cumple y zanja con lo estipulado por ellos. Me temo, en consecuencia, que mis próximos años van a verme encerrado en mi estudio, rodeado de textos del Siglo de Oro, poemas modernistas, manuales de termodinámica, física cuántica, cultura grecolatina, tomazos de química inorgánica y el teatro de Calderón de la Barca.

Mientras tanto, tengo un año de tranquilidad hasta saber qué nuevas locuras me deparará (bienvenido sea, como agua de mayo) el siguiente y dolorosamente delicioso aguijonazo...

(Imagen. El Hermitaño)

2 de enero de 2013

Infancia feliz (perdida)

"Por mi parte, recuerdo perfectamente que, como millones de infantes del mundo entero (por cuyo llanto inconsolable me creí yo aquel día también acompañado), me sentí como un 'niño abandonado' cuando me obligaron por primera vez a salir de casa para ir a la escuela: una sensación que, en lo esencial, habría que calificar de acertada, porque esa partida no es más que el prólogo de todas las salidas en busca de la hazaña, en busca del hegeliano reconocimiento, en busca del propio nombre y de la propia identidad, es decir, en busca de la culpa y de la infelicidad. Ya sé lo que los psicoanalistas dirán de esto: complejo de Edipo mal resuelto, rechazo a la castración, apego patológico a las faldas maternas y denegación del padre, instinto de muerte, nostalgia de la vida intrauterina resimbolizada por el 'hogar'; ¿qué pasaría si los niños no abandonasen nunca su hogar para ir a la escuela, al trabajo, etc.? En efecto, nadie haría nunca nada. No habría historia. ¿Qué sería de la humanidad? No habrían existido Alejandro Magno, ni Julio César, ni el papa Borgia, ni Napoleón, ni Hitler, ni Stalin, ni Franco, ni Pol Pot, ni George W. Bush ni Mohamed Atah..., con la cantidad de valor añadido que esta gente ha producido y los placeres que han proporcionado a cientos de miles de personas. Lo que nos habríamos perdido. Hay historia porque los hombres salen de casa, fundamentalmente para ir a la guerra, aunque luego a eso se le llame también ir a la escuela, al trabajo, etc. El niño que consiguiese no abandonar su hogar -cosa que yo, lamentablemente, no conseguí-, no haría historia alguna, pero sería feliz. Su felicidad le parecería a todo el mundo -y los freudianos no serían más que una vocecilla en ese inmenso coro- injusta, inmadura, irresponsable, insolente, etc. Pero como ninguna de las voces de ese inmenso coro está en condiciones de aportar siquiera la menor prueba a favor de que el niño tenga que salir de casa para hacer historia o aún el menor argumento que ligeramente pueda sugerir que es preferible hacer historia que no hacerla, todas esas voces pueden irse al cuerno y dejar al niño en paz."

José Luis Pardo, Nunca fue tan hermosa la basura, págs. 214-215, Círculo de Lectores-Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2010.

20 de diciembre de 2012

Orígenes




















Remontémonos a diciembre de 1987, si queréis. Ya no hay colegio; la Navidad toma forma en nuestro interior, y a nuestro alrededor: luces, sorpresas, la espera de regalos ansiados y la magia, la magia navideña que inunda el mundo.

Penetramos en un piso cualquiera, en Gandía. Un niño de siete años entra en la habitación de su hermana, mientras ésta no está. Escudriña un poco el cuarto, ve algún póster de New Kids on the Block pegado a la pared (“qué pavos”, piensa, pues a él le molan Osibisa, Dire Straits y Roxette), un mar de peluches sobre la cama y un escritorio lleno de lápices y rotuladores. Todo parece normal, pero hay algo que llama la atención del chico.

Se trata de un libro, que descansa en la mesita de noche, junto al flexo y al despertador de la hermana. El mocoso mira la cubierta, coloreada de rojo y azul, y algo en su interior se agita, y siente una llamada que no puede explicarse. Coge el tomo, contempla el dibujo de la locomotora negra, el robusto maquinista y el pequeño negrito y, entonces, el mayor universo concebible (el de la imaginación) se abre ante él. Sabe, siente, descubre que “debe” leer ese libro. Nadie se lo ha recomendado, nadie le obliga a hacerlo; pero esa locomotora suscita en él un mundo insospechado de aventuras. Y no puede resistir la tentación. Secuestra el libro, se lo lleva a su cuarto, y empieza a leer. Cuando su hermana regresa, el chico le pide que se lo deje; ella, dos años mayor, accede al fin. Quizá porque ella misma también sintió esa misma llamada tiempo atrás...

Desde entonces, y como una promesa hecha a sí mismo, el niño leerá “Jim Botón y Lucas el maquinista”, de Michael Ende, todos las Navidades siguientes hasta los doce años; para entonces dejará atrás esa primeriza, encantadora y entrañable literatura y se adentrará, no ya en un mar de aventuras, sino en un auténtico océano, un océano sin fin, del que a día de hoy apenas conoce unas pocas yardas. Leerá tanto ese libro (como sólo los niños pueden hacerlo: con pasión desmedida, con ahínco por entender hasta la última palabra y toda frase), que aprenderá fragmentos de memoria y recordará para siempre las ilustraciones, sobretodo aquella última, que recoge a los dos protagonistas de espaldas, fumando (Jim ya es mayor) mientras contemplan una puesta de sol...

Por supuesto, el niño leerá muchos otros libros tras el que narra las aventuras de Lucas, Jim y la buena de Emma, pero ninguno será jamás para él tan especial como ése. Especial por su carácter primerizo, porque fue leído siguiendo una voluntad propia, lejos de cualquier influencia ajena, especial también porque su lectura le ligaba (me ligaba...) a la época navideña, a su vez igualmente incomparable, y especial también porque, sin él, quién sabe cuándo hubiese descubierto el gusto, el inimitable sabor de la lectura; quizá al cabo de un año, o quizá nunca; tal vez el colegio hubiese ahogado ese deleite con textos obligatorios que cabía, sí o sí, leer, aprender y comentar. Ese ejercicio de libertad, de libertad lectora total, me permitió gozar de mi propia elección, mi gusto personal por la literatura. Yo decidía cuando, y cuánto, leer. A veces bastaron un par de páginas; otras me leía capítulos enteros de un tirón. Era mi mundo escogido, mi acto de afirmación. Parece una chorrada, pero está (muy, muy) lejos de serlo...

Hace un par de semanas sufrí una conmoción. Fisgoneando en antiguas cajas de cartón ocultas en húmedos armarios encontré, por pura causalidad, el ejemplar de “Jim Botón y Lucas el maquinista”. Volví a contemplar los rombos rojos y azules de la cubierta, el pequeño arlequín lector en la parte inferior, a la vieja Emma repleta de carbón y lista para recorrer lo desconocido. Fueron tantos los recuerdos que afloraron, como le sucedió a Proust con su famosa magdalena, que las lágrimas pugnaron por abrirse paso... Esta vez no las dejé salir; tal vez hice mal.

Lo extraño no fue (o no sólo) encontrar el libro de Michael Ende; lo verdaderamente incomprensible es que el libro ha vuelto a llamarme, como si el cuarto de siglo transcurrido desde que lo vi por vez primera, en la mesita de mi hermana, fuera un mero instante carente de entidad temporal.

Y (pásmense aún más...), por increíble que parezca, esa llamada ha sido atendida. Los rombos azules y rojos señalan que la obra es para niños hasta doce años, según reza en la cubierta trasera. Pero el libro, hoy, descansa en mi mesita, al lado de abrumadores tomazos de filosofía contemporánea y estética, un volumen de ensayos de José Luis Pardo y otro de relatos de Stephen King.

En efecto, percibo la chimenea de Emma sobresalir entre ese mar de páginas para adultos, a Lucas saludar a quienes se quedan en el andén y a Jim Botón agitar la gorra al aire, como señalando que estamos a punto de iniciar una de las mil aventuras que se reservan para nosotros.

Emma escupe humo, satisfecha, pues sabe lo que nos espera.

Yo voy a subir.

¿Y vosotros...?

21 de noviembre de 2012

Un ideal











 



Sueño muchas veces con él. Durmiendo o despierto. Es el paisaje que, sospecho, me rodeará alguna vez, dentro de quién sabe cuánto, y quién sabe dónde. Quizá venga mañana; aunque quizá no llegue nunca. Tal vez muera sin verlo jamás.
Pero, imaginemos...

Mayo, a finales. Un entorno de media montaña, pero llano. Lejos de toda ciudad; únicamente un par de pueblos se divisan desde allí. Pueblos que disponen, como mucho, de biblioteca, ferretería, un centro de salud y una tienda de comestibles. Sobra lo demás. El cielo es abierto: el arco solar se aprecia en todo su recorrido, desde el alba al ocaso.

Nos rodean algunos pinos, y ante nosotros advertimos el huerto, no excesivamente grande: basta con una hanegada. Supura hortalizas y verduras, raíces y hojas. Algunas están crecidas; otras aún esperan que les salgan frutos; y, otras aún, tienen todo su ciclo que cumplir. Zanahorias, nabos, lechujas, apios, patatas, coles, espárragos, espinacas, cebollas, hinojo, tomillo, albahaca, menta, alcachofas, melones, calabacines y pepinos, calabazas, unas gramíneas (básicamente maíz dulce), hileras de judías y habas, convenientemente encañadas, junto a otras de tomateras, berenjenas, pimientos, abundancia de leguminosas (guisantes, lentejas y garbanzos) y, también, los frutales: dos perales, un manzano, un limonero, ciruelos, quizá también un melocotonero, una buena parra dadora de vitáceas jugosas, quién sabe si dos o tres cerezos (si el lugar es adecuado...), alguna higuera; desde luego, también tres naranjos y, bordeando el recinto, frambuesas, zarzamoras y algo más que, como ésta, pudiera surgir de la tierra por su propio propósito...

Se advierten montones de compost dispuestos aquí y allá, diversas herramientas en el cobertizo, una niña corriendo tras un par de gallinas (un corral es visible en uno de los extremos), ropa limpia tendida al sol primaveral y un pequeño vehículo, viejo, aparcado a la entrada. Asimismo hay una motocicleta, de carretera, bajo un discreto techado. Ni rastro de casas rodantes, ya no...

La vivienda es modesta. De madera, no muy grande, presenta un amplio porche, parcialmente cubierto, en donde descansan dos figuras en sendas hamacas. Una, femenina, de unos treinta y cinco años, lee algo, tendida aprovechando el tibio sol matinal. La otra es un hombre moreno, bastante mayor que ella, que deja perdida la mirada hasta el infinito. Medita, vaga, siente... sólo él lo sabe.

La sobria terraza trasera dispone de paellero, una piscina diminuta, un horno para hacer pan y, algo más alejado, una sencilla estructura de plástico, como una pequeña casita, que alberga un telescopio.

Se aprecian tres o cuatro gatos, perezosos todos, que reciben la luz solar dormitando en el empedrado casero. Hay un perro, un pastor alemán, que advierte una presencia extraña, levantando el hocico hacia el cielo. No lejos aparece una tercera figura, aporcando en los caballones para patatas. Tiene unos cuarenta años, un poco más, quizá. Está moreno, a causa del sol, y lleva un pañuelo negro en la cabeza.

En la casa, deslizándonos furtivamente en su interior, vemos cinco estancias principales. Una alberga la cocina y el comedor con chimenea, sin demasiada originalidad; la decoración no parece el fuerte de sus habitantes. Una segunda alberga un dormitorio y un baño, y en una tercera, la habitación de la niña, luminosa, colorida y desenfadada. Una cuarta pieza contiene lavadero, despensa, lavadora y algunos útiles y aparatejos más.

La quinta y última estancia es lugar sagrado. Es la más amplia, forrada en sus cuatro paredes por estanterías que sujetan libros incalculables, de toda temática imaginable: novelas, cuentos, astronomía, filosofía, poesía, historia, física, religión, arte, sociología, geología, cómics, libros de viajes, de senderismo, de otros mundos y otras gentes... También hay, en un recodo aparte, algunas obras que destacan porque tienen nombres muy familiares estampados en la cubierta. Parece, parece que ellos mismos son... Sí, lo son.

Allí huele a papiros viejos, a incienso, también, y a otros aromas poco definidos, pero agradables. Un escritorio, con un ordenador, un flexo, y un océano de papeles, revistas y más libros descansando en su superficie se sitúan frente a un ventanal, que mira al horizonte. Completan la escena dos butacones viejos, gastados pero en apariencia muy cómodos; gravitando, por encima de ellos, hay sendas lámparas de luz cálida.

La vida no es perfecta, allí. Es decir, es como debe ser. Hay problemas, dificultades. A veces las cosas no funcionan; se rompen otras. Los deseos no se cumplen. Hay discusiones, en ocasiones insultos. Pero tras la tormenta, ya se sabe, retorna la paz.

La niña sale de nuevo a jugar, ahora con los gatos. Las tres figuras se reúnen en la terraza, para comer algo que no se distingue bien, pero que tiene buen aspecto. Y, además, huele bien. La niña deja a los felinos, se lava las manos y acude a la llamada materna. Gesticulan, ríen y bromean con le pequeña y, luego, dan cuenta de los platos, casi todo el rato en silencio. Al terminar el ágape, una de las figuras se separa, se despide y abandona el lugar. Pero no desaparece mucho tiempo. Volverá pronto, pues se le necesita. Y, aquel a quien se le necesita, debe estar disponible.

Poco a poco, la tarde va muriendo. Reparando la verja, que está un poco combada, el hombre entra en casa. La niña, lo vemos a través de la ventana, sigue una lección de lectura, bajo la mirada de su madre. La noche se adueña del entorno. El hombre prepara la cena, después examina sus papeles, mientras la mujer está frente al ordenador, trabajando en algo. Tras cenar, la madre acuesta a la niña, que lee un cuento. Le besa en la frente y cierra despacio la puerta de su colorida habitación. A continuación acude al santuario, donde un humo liviano asciende. Ambos, hombre y mujer, reposan en sus butacones. La noche se prolonga, mientras ellos leen y leen, y hablan a ratos. Tras ello salen al exterior. Refresca. El hombre mira hacia arriba; la mujer, también. No dicen nada. No es necesario.

Un búho, amigo nocturno, ulula no lejos de allí. Ambas figuras se miran, un instante, y penetran en el hogar.

Afuera, las estrellas titilan, como estremecidas.

(Imagen: El Hermitaño)

15 de octubre de 2012

Fragmentos para otras gentes (II)


Propio de un espíritu generoso es hacer caso omiso de las injurias: la venganza más ofensiva es no considerar a alguien digno de tomar venganza sobre él. Mucha gente, al tomar represalias, hunde en lo más profundo de sí pequeñas ofensas: es hombre grande y noble el que, a semejanza de los animales grandes, oye despreocupado el ladrido de los perros pequeños...” (Sobre la ira, II, 32, 1-3)

A nada hay que prestar más atención que a no seguir –a modo de corderos– tras el rebaño de quien va delante de nosotros, pues así iremos, no a donde hay que ir, sino a donde va todo el mundo. Y es que nada nos acarrea mayores desgracias que acomodarnos a la opinión común, pensando que aquello mejor es lo que goza de la aceptación general, el dar por buena la abundancia de ejemplos, y el vivir no de acuerdo con la razón, sino a imitación de los demás. De ahí la mediocridad de las gentes amontonándose unos sobre otros... Nadie se equivoca en solitario, sino que es causa y artífice de los errores de otros; en efecto, es nefasto seguir las huellas de los que marchan en cabeza y, dado que todo el mundo prefiere confiar en otro a formarse su propio criterio, nunca se tiene un juicio acerca de la vida, siempre se confía, de forma que nos trastorna y nos precipita en el error que pasa de mano en mano. Perecemos por culpa de los ejemplos ajenos; nos curaremos en cuanto nos alejemos de la masa..." (Sobre la felicidad, 1, 3-4)

Séneca


(Imagen: El Hermitaño)

5 de octubre de 2012

Vendaval (desgracias y venturas)



¡Qué terrible espectáculo! Calles que semejaban caudalosos ríos, vehículos arrastrados por las aguas como si fuesen guijarros, relámpagos que iluminaban una escena de pesadilla y truenos que ensordecían... y, de repente, cuando nadie esperaba algo así, un espeluznante torbellino que barrió la ciudad y destruyó muros, desarraigó árboles, reventó depósitos y nos volvió a recordar, por si habíamos olvidado la lección, que aquí quien manda es ella, que ella levanta las riendas y dirige el cotarro; en una palabra, que seguimos a su merced.

Fue asombroso. Nunca vi nada parecido. Minuto y medio de puro terror. En menos de noventa segundos el mundo se vio boca abajo, quedó revuelto y alterado por completo... sillas que volaban, botellas vacías que parecían proyectiles, gente que caía al suelo víctima de la fuerza natural, sotos y arboledas desperdigados por el parque, ventanales quebrados en mil pedazos, farolas medio derrumbadas... La naturaleza tiene estas cosas: tan pronto nos deleita con un día de belleza sobrenatural cuando, al siguiente, desata todas las iras conocidas y abate sobre nosotros la mayor catástrofe que se pueda imaginar.

Es la doble cara de la Madre que, como todas, tiene su temperamento, su gracia y su mala leche. Es ambivalente, como lo somos todos; quien no alberga en su interior a Obi Wan Kenobi y a Darth Vader bien juntitos no es humano. La clave está en domar un poco el “poder oscuro”, aunque a veces se nos escape, fluya al exterior y acabe haciendo lo que tiene que hacer (sí, el “mal”). La Madre también actúa así, porque necesita liberar su faceta virulenta; sin embargo, es una Madre, y como tal, siempre regala una vez aplicado el castigo: así, brinda el arco iris tras la tormenta, el sol tras la lluvia, la calma tras el vendaval, el silencio tras la erupción; o la fresca oscuridad tras una agobiante jornada de calor estival.

Una vez pasó el temporal y la casa dejó de crujir bajo la embestida del temible tornado, algunos (supongo que hubo alguien más...) pudimos empezar a sentir (aún mezcladas con unas gotitas de intranquilidad, porque no sabíamos la magnitud del desastre) las primeras emociones carentes de angustia. No puedo negarlo: me emocioné. Aquello había sido todo un espectáculo, un momentáneo lapso de locura, capaz de alterar una urbe hasta convertirla, por breves momentos, en la capital del miedo. Todos lo sentimos, todos nos santiguamos, todos fuimos uno; todo habitante de Gandía supo de lo que era capaz su Madre. Por una vez, 70.000 almas contuvieron la respiración y aguardaron hasta que la furia natural cesara. Todos recordamos a seres queridos (o, si acaso, nos abrazamos a ellos...), sentimos un hormigueo recorrer nuestro cuerpo y, finalmente, la paz vino a sustituir la hostilidad. Madre era, otra vez, la misma de siempre.

Gracias, por permitirme contemplar, una ocasión más, tu Grandeza.

(Imagen: El Hermitaño)

14 de septiembre de 2012

Dos polos literarios

"Mi amor, juntos estábamos sentados,
con ternura, en un frágil bote.
Era una noche apacible, y bogábamos
por el vasto camino del agua.

La isla de los espíritus, hermosa,
yacía, imprecisa, bajo la luna;
resonaban en ella amables notas
y se agitaba la brumosa danza.

Más y más amorosa era la música
y el movimiento no cesaba;
pero nosotros seguimos bogando,
desolados, en el mar inmenso.
"

Heinrich Heine (1797-1856), Poemas (sel. y trad. de Feliu Formosa, Lumen, 1981)

"Ella era la secretaria del encargado. Se llamaba Carmen -más, a pesar del nombre español era rubia- y llevaba siempre vestidos ajustados con escote, zapatos de tacón, medias de nylon y liguero, y su boca estaba emporrotada de lápiz de labios, pero, ay, podía vibrar, podía menearse, se cimbreaba mientras llevaba las órdenes a facturar, se cimbreaba de vuelta a la oficina, con todos los muchachos pendientes de cada movimiento, cada sacudida de sus nalgas; meciéndose, balanceándose, bamboleándose. No soy un hombre de damas. Nunca lo he sido. Para ser un hombre de damas te lo tienes que hacer con una conversación cortés. Nunca he sido muy bueno conversando así, pero, finalmente, con Carmen presionándome, la llevé a uno de los camiones que estábamos descargando en la parte trasera del almacén y allí me la tiré, de pie en el fondo de la caja del camión. Fue algo bueno, algo cálido, pensé en el cielo azul y en anchas playas vacías, aunque también fue un poco triste -había una ausencia definitiva de sentimiento humano que yo no podía comprender ni superar. Tenía su vestido subido por encima de las caderas y allí estaba yo, bombeándole mi polla en la vagina, abrazándola, presionando finalmente mi boca contra la suya, espesa de carmín, y corriéndome entre dos cajas de cartón sin abrir, con el aire lleno de cenizas y su espalda apoyada contra la pared mugrienta y astillada del camión en medio de la misericordiosa oscuridad..."

Charles Bukowski (1920-1994), Factotum, 1975 (trad. de Jorge Berlanga, Anagrama, 1989)

27 de agosto de 2012

'Das Lied von der Erde' (La Canción de la Tierra)



Primeros de agosto en un lugar cualquiera, cerca de la costa levantina, hacia las diez de la mañana de un viernes. Treinta y tres grados a la sombra y ochenta por ciento de humedad ambiental. Nubes bajas se internan desde el mar Mediterráneo. Una asfixia insoportable. El más mínimo movimiento provoca ríos de sudor en la frente y los brazos. No parece haber nadie alrededor, no se escuchan voces ni ruidos de ninguna clase. Sólo se percibe, a lo lejos, la caravana de vehículos que transitan por la carretera en dirección a la playa.

Frente a nosotros, el pequeño vergel se alza alegre y frondoso. Espera, impaciente, unas manos que recojan su fruto y dispongan el terruño para un nuevo brote alimentario, o para el merecido descanso, según se requiera. El terruño no desea más que servir, ser útil, merecer la compañía humana. Es dócil, y se presta a lo que deseemos sin exigir nada a cambio. Es como el amigo perfecto. Pero, por eso mismo, hay que tratarlo bien. No debemos hacerle sufrir, ni pedirle más de lo razonable. O, de lo contrario, nos abandonará. La amistad es como una ecuación: hay que ofrecer al menos lo mismo que lo recibido para que el vínculo perdure. La relación es meramente algebraica: dos más dos, cuatro. Si uno falla, el resultado es erróneo, y no hay futuro. Con la tierra ocurre lo mismo.



Si queremos que la tierra patria cante su canción, ese Das Lied von der Erde mahleriano, se requiere dedicación, mucha dedicación. No vale mirar libros, acumular saber teórico, refugiado al abrigo de la estufa o del ventilador: hay que ensuciarse las manos de fango, notar los callos en los dedos, manchar de sudor la camiseta, llenarte las sandalias de polvo y percibir el ligero dolor de espalda al final de la mañana… Hay que ser constante, odiar (y también amar, allá en lo profundo) las malas hierbas y su infinito reverdecer (fastidio eterno, pero, ¡qué maravilloso fastidio!), apreciar el lento crecimiento de esas pequeñas flores en los cultivos, que después son frutos, que después se convierten en manjares suculentos…; hay que soportar, también, las inclemencias, lamentar las pérdidas, maldecir las plagas, aguardar el momento mágico de la cosecha y, finalmente, asentir satisfecho cuando en el plato descansa el resultado de tu esfuerzo (brillante, sano, sabroso…), eso que antaño era sólo una plántula insignificante o unas pequeñas semillas sin valor aparente.

Habas, alcachofas, lechugas, judías, tomates, berenjenas, pimientos, calabazas, pepinos, sandías, zanahorias, cebollas, patatas, coles, higueras, nísperos, naranjos, limoneros… todo un mundo de color, sabor y olor, que ves nacer, crecer y morir, muerte de la que emanará un nuevo tapiz verde en el ciclo siguiente.



Observamos el milagroso brotar de tomatitos cherry's y zarzamoras silvestres, que surgen de forma espontánea para brindar simpatía, gracia y belleza a tu alrededor, y notamos las lágrimas en las mejillas. Es increíble: no requieren agua, ni abono, ni tratamiento ninguno. Es, en efecto, un puro milagro. La generosidad de la madre hecha fruto, palpable, tangible. Nos lo preguntamos de continuo, sin nunca recibir respuesta: "¿Por qué aparecéis, qué os hace romper la barrera de la tierra y emanar sin que nadie os lo pida?". Cuánto podríamos aprender de vosotros, que os ofrecéis tan sólo por amor a existir...

Relacionarte con la tierra no es ligarte a una obligación, a una imposición, venga del exterior o del fuero interno. Si vemos el trabajo en el campo como una exigencia, el disfrute puede convertirse pronto en molestia, y el gusto por arar o cavar traducirse en un cargo, un peso, quizá insoportable. Entonces, harto, vendes la tierra o dejas que se convierta en un erial. Abandonas porque te ahoga la atadura, la cadena aprieta demasiado. Como en la cuádriga platónica, hay que dominar a los caballos negros y blancos por igual, pero lograr el equilibrio entre la dedicación libre y el cuidado responsable no es fácil; si manda el primero te arriesgas a la anarquía o a la indolencia, pero si lo hace el segundo puedes terminar odiando el terruño y malogrando tu libertad.



Hay quienes ven en la tierra, no un modo de cubrir sus necesidades alimentarias ni de ingresar unas pocas monedas por lo que se forja bajo tierra, sino un negocio, un modo de lucrarse con ella. Personalmente opino que esa intención violenta la propia naturaleza de la tierra. La fuerza a servir para un fin que no es el suyo. La amplia extensión de campos, las bellas laderas de las montañas, los recovecos boscosos, las inmensas praderas y la infinita variedad de parajes y ambientes, remodelados o no por el hombre, no están destinados a enriquecer nuestros bolsillos, sino a nutrir cuerpos, corazones y espíritus. Un primo mío me aconsejó una vez que hiciera un par de viajes al año a Soria a recoger bolets y empleara mi caracol rodante como almacén. Me aseguró que ganaba unos 4.000 euros cada otoño. Aunque me angustia cada vez más mi maltrecha economía, jamás se me ocurriría hacer algo semejante. ¿Cómo voy a buscar yo un botín bajo las faldas de mi madre? ¿Cómo podría pensar en beneficios, ganancias, cómo permitir la usura en mi relación con ella? ¿Cómo afrentar su ofrenda de bienestar reduciéndola, achicando su presencia y significado al simple acopio billetero?

Si ése, el de mi primo, es el lazo que buscas con la tierra, entonces quizá ella nunca podrá entonar su canción. Podrá silbar, susurrar por lo bajín, pero siempre en tono lastimero. Puede que produzca, que sea fértil, que te llene el plato (el de la cuenta corriente, el que reluce en la carrocería de tu coche o despide reflejos en las joyas de tu mujer...), pero tú no estarás colmando el suyo. No habrá reciprocidad. Ella no estará ganando nada contigo. Y, entonces, a la larga, enmudecerá.

La tierra se marchita y se pierde sólo por dos causas: indolencia o avaricia. La primera puede comprenderse, hasta respetarse, puede tener detrás motivos legítimos. La segunda, jamás.

La canción sigue entonándose. Ella la tararea para nosotros.

¿Quién no querría escucharla?

5 de julio de 2012

Ritual de solsticio (remix)



Tuve mucha suerte. Era imprescindible una favorable combinación de factores diversos, algunos de los cuales no dependían de mi propia elección ni disposición, pero la providencia me fue favorable, quizá porque sabía qué necesitado estaba de ello…

Precisaba, por un lado, de estímulo interno, es decir: ganas, deseo, voluntad, el anhelo que te recorre todo el cuerpo, hasta la última fibra, y que te impulsa a hacerlo sin sopesar consecuencias ni conveniencias; te está diciendo: hazlo. Y lo debes hacer. Sin más. Eso lo sentía a raudales, casi me lastimaba tanta excitación, tanta ansia… Por otro lado, sin un ambiente adecuado, sin una jornada de azul intenso y profundidad visual sin límites aparentes, quizá me hubiese quedado en la choza rodante, admirando los afanes de las avispas frente a la fuente, leyendo a Kolakovski, disfrutando con los juegos de los niños o los paseos con sus perros de las lozanas adolescentes… Pero el hado colaboró: me brindó un aire puro, un sol de furia amarilla, el azul más azul imaginable y dispuso ante mí, como otro de los requisitos cumplidos, la inmensa mole pétrea de la Mallada del Llop, un lugar único, un núcleo de inagotable emoción…

Y eso es demasiado; imposible resistirse. Nadie es capaz de desoír esa llamada. Nadie puede obviar la voz, esa callada invocación. Susurra entre los pinos y bancales, se traslada con el viento y silba a través de las rocas. Nada es más directo y más sutil al mismo tiempo.

Así que puse mis cacahuetes en la mochila, llené la botella del agua que bajaba del mismo sitio al que yo pretendía subir, e inicié el viaje. Era 22 de junio y el astro llegaba a lo más alto, justo donde también quería llegar yo… El trayecto fue corto: en poco más de una hora llegué a la cima. Y, entonces, lo hice.

Dejé el báculo apoyado sobre ese pilón de hormigón que culmina todas las cumbres que merecen tal nombre, me deshice de la mochila y empecé a quitarme la ropa, toda ella, hasta quedar bien libre de cualquier atavío innecesario. No hacía demasiado calor, no lo hice por eso. El motivo era bien distinto: honrar a quien se lo merece.

Tuve un momento de duda, de inseguridad, residuo del recato cultural, por si alguien subía, y de repente me encontraba a mí, al larguirucho hermitaño, en bolas por el cerro de la Mallada del Llop, brincando descalzo sobre las rocas pulidas y espantando a los mosquitos a manotazos… Sin embargo, enseguida olvidé ese recato, esa duda, y me centré en lo que importaba: me aposté frente a Él, elevé mis brazos hacia lo alto, y oré. Le di las gracias, bendijo mis alimentos, Le miré, Le pregunté y creí escuchar (aunque sobretodo sentí…) de Él una respuesta. Mi risa se elevó entonces hacia el cielo, y quedé en paz... Para siempre.

Ése fue mi ritual de solsticio. Quería reproducir, repensar y resentir (es decir, re-sentir, en el sentido de revivir) lo que debieron experimentar mis antepasados hace unos 8.000 años atrás, cuando no lejos de allí, en lo que hoy se denomina Plà de Petracos, decidieron establecerse en aquellas tierras, convirtiéndose en los primeros pobladores neolíticos de la Península, que llevaron consigo la agricultura y la ganadería. Una remota parte de mí, que lacera mi espíritu con su imposibilidad absoluta, lamenta no ser uno de ellos, esos pioneros, uno de los que abrieron el camino, hicieron de las cuevas sus hogares y eligieron su tierra futura...

Recuerdo muy bien una de las pinturas rupestres del Plà (lugar que yo había visitado justo el día anterior a mi ritual solsticial): dibujada en los abrigos rocosos de la zona, mostraba precisamente una figura humana con los brazos extendidos hacia lo alto. No sé quién lo hizo; nadie lo sabe. Pero no cabe duda de que alguien anduvo por allí, hace ocho milenios, tratando de que no se olvidara su vida, su presencia, ni tampoco el culto celeste, el culto a las estrellas, a la grandeza del firmamento, tanto nocturno como diurno.

Ése ser, con sus brazos, sus piernas, su cabeza, y sus sueños, soy yo. Somos todos nosotros. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral cuando, tras honrar a Ra como era necesario, recordé la pintura. Por miles de años que nos separen y pese a la influencia de la mediación cultural que ha moldeado lo salvaje en algo dócil y previsible, por mucha tecnología que introduzcamos en nuestra vida, por mucho rigor lógico y avances científicos estupendos que hagamos, lo cierto es que, después de todo, ya no supe en qué mundo estaba: ¿qué me diferenciaba de aquel hombre (o mujer…)? Hemos reprimido instintos salvajes, hemos creado una sociedad, hemos encerrado a los diferentes y peligrosos (eso decimos…), hemos conservado la vida y retrasado la muerte. Pero, ¿y qué?

Ocho mil años después, diría que seguimos siendo los mismos. Curiosidad, reverencia, temor, inseguridad, amor, admiración y búsqueda de dicha.

Él y yo, hermanos de especie y de espíritu, gritamos por lo mismo. Allá arriba, en la Mallada, y en el abrigo del Plà de Petracos, ambos elevamos los brazos y nos sentimos vivos, y que vivimos para un mismo fin.

Allá arriba, Dos que son Uno.

Hermano.

Sí, ¡Hermano!



(Imágenes: El Hermitaño)

9 de abril de 2012

Santas Pascuas



Pascua de 1983. Marxuquera. Yo apenas tenía tres años. Sentada a mi izquierda, en su actitud permanentemente risueña y con un sombrero de paja que creo aún conservamos, mi hermana, un par de primaveras mayor. Cercenada en la imagen, en el extremo derecho, se aprecia parte de mi abuela, aún hoy llena de vida y lucidez. Aunque allí estaban, mis padres no aparecen fotografiados, como tampoco mi abuelo, a punto de hacer hoy los noventa y sin rechistar. Una familia, en sentido clásico, y en el sentido que importa.

Estrenaba vaqueros, ese día. Me encantaba Pascua porque siempre estrenaba pantalones, tejanos y azules. Me visitieron con camisa (hoy las odio) y me abrigaron con una rebeca para evitar el frío vespertino. Nos sentamos en un margen de roca; un lugar cualquiera, y perfecto. A mi hermana la adecentaban igual, porque Pascua era una época especial, inicio del buen tiempo, de los días largos y el sol inacabable. Siempre obviamos el sentido religioso de la temporada, excepto por la prohibición de comer carne el viernes santo y porque mis padres solían acudir a las procesiones. Para mí, sin embargo, Pascua era sinónimo de Naturaleza, de paseos por el campo, vaqueros relucientes y, claro... la merienda. La merienda era un festín inigualable.

Mi abuelo (había sido panadero durante décadas... sabía lo que se hacía) nos cocía unos deliciosos panecillos que mi madre rellenaba con un sofrito y con trocitos de conejo cazado por mi padre; por supuesto, aquello era la cosa más exquisita que uno pueda imaginar... Después nos zampábamos una mona, que había amasado mi abuela, y solíamos partir el huevo en la frente de mi padre, que se ofrecía amablemente a ser castigado de forma tan cruenta por sus indignos hijos... Recitábamos el viejo dicho (“Ací em pica, açí em cou; açí em mengue la mona, ¡i açí et trenque l´ou!”)... y ¡planck!, la cáscara echa puré y la frente paterna con sus trocitos y restos de clara de huevo. Después llegaba el plátano (con el huevo no podíamos; solían comérselo los mayores...), esa pieza insustituible de fruta, y por último un “Turrón de Viena”, que sabía a gloria, aunque a veces ya no pudiéramos dar cuenta de él tras el hartazgo previo...

Viendo esa fotografía por poco se me saltan las lagrimas... Lo digo en serio. No suelo lloriquear por cualquier nadería, pero la evocación de ese ambiente, de esa paz y ese amor que parecía sobrevolarnos, y que nos impregnaba a todos, el singular banquete y la ofrenda de luz, calidez y color primaveral, todo ello en conjunto, representa uno de los momentos más entrañables que recuerdo de mi infancia. Un muro sobre el que reclinarnos, un prado en el que jugar a la pelota con mi hermana, unos familiares que te querían, un tiempo que dejaba de existir y la inocencia, esa candidez infantil única, el tesoro que todo niño posee en su interior hasta que se desgasta por la sociedad y el crecimiento; todas esas cosas sencillas son las que, casi treinta años después, siento como las que importan. Y luego podremos buscar filosofías, discusiones apasionadas, intelectualidades varias y vanidades de cualquier tipo; pero lo que nos hizo como somos no son éstas, sino aquello: vi un pino y me agarré fuerte a su tronco; una hormiga subió por mi pantorrilla y yo me alegré; mi abuela besó a mi hermana y a mí me revolvió el pelo; hice pantalla con mi pequeña mano para que el sol no me deslumbrara; distinguí la Luna oculta en un jirón de nubes; me atraganté con el plátano y mi madre le limpió las migajas del panecillo en el pantalón de mi hermana (que, por cierto, pueden verse en la imagen...); mi padre me izó hasta sus hombros y me llevo por un camino desconocido; mi abuelo recorrió el prado para saber si había colmenas cerca; eché la vista atrás, mientras volvíamos con el coche a casa, más allá de la línea discontinua de la calzada y las hileras de pinos, y vi un resplandor rosado, el primero que recuerdo, y me pregunté qué sería aquello...

Siempre he asociado Marxuquera con la Pascua. Y siempre me pregunté por qué sólo salíamos a los bosques, a la montaña, en esa época; como si el resto del año la Naturaleza no contase, como si sólo abriese sus maravillas en abril. La respuesta, ahora, es fácil: no había tiempo. Los mayores trabajaban; nosotros nos dedicábamos a la escuela. La Naturaleza podía esperar... y esperó. Disfrutarla únicamente en Pascua fue la causa (ahora lo ) de que, ya mayor, me llamase con tanta vehemencia y urgencia.

Me llamaba, y tuve que acudir al requerimiento. Me he vuelto a sentar en un margen de roca; he vuelto a admirar el sol, haciendo visera con mi manaza; he comido mis avellanas a la salud de Ella, y he brindado con un trago de ron cuando Ra nos ha dicho adiós. Lo he hecho y, si Dios quiere, seguiré haciéndolo hasta el fin de los días, de los míos. Y tengo la sensación (no, rectifico, tengo la convicción) de que ello es resultado de aquellos días de Pascua en Marxuquera, días en los que, con mi familia alrededor, me enfundaba los vaqueros y, cargando con mi “coixinera” repleta de delicias caseras, salía a encontrarme con Ella.

En aquella Pascua tuve mi particular epifanía: Ella se me apareció en todo su esplendor. Creo que, una noche, bastante más tarde, lloré porque necesitaba ir a su encuentro, necesitaba viajar y descubrirla en su verdadera dimensión. Tendría ocho o nueve años. Ella era todo un Misterio, y yo necesitaba descubrirlo. Aún hoy, de algún modo, persiste ese Misterio.

Hoy, Domingo de Pascua, he ido de nuevo, aunque en esta ocasión solo, a los montes de Marxuquera. He subido a un risco rocoso, desde el que he divisado la urbe, las hormigas mecánicas surcar la carretera y, también, a grupos de familias yendo de un lado a otro, o merendando a la luz divina. Me he zampado un par de “pepitos”, he tomado de postre un plátano, y he jugado con el sol y las abejas zumbantes.

El mundo sigue siendo una maravilla y, nosotros, niños que seguimos jugando a la pelota, mientras la estrella ilumina nuestra vida. Apenas nada ha cambiado. Persiste la emoción y el deleite. Nunca desaparecerá ese Misterio, esa Grandeza, y esa Belleza. Es inmortal.

Como nosotros.