24 de abril de 2015

En(clave) oscuro


Si bien hay quien se va a Escandinavia a disfrutar de paisajes bellos (y yo también quisiera hacerlo, si tuviera suficientes monedas...), a veces lo cercano es igualmente hermoso. Y no necesitamos recorrer 7.000 kilómetros sino que, en una simple carretera comarcal (la magnífica CV-590, en este caso, entre Enguera y Ayora), junto a unos pinos y en un ambiente tranquilo, podemos hallar paz y serenidad (aunque, lo reconozco, Led Zeppelin y Pink Floyd aullaron también sus largas horas a través de los altavoces...).

Y, por la noche, aún queda lo mejor; eso que tanto (me) agrada: oscuridad, silencio y soledad. A algunos les puede intimidar estos elementos (el mínimo ruido extraño, una sombra real o imaginada, no vislumbrar apenas luces de hogares, como si estuvieras extraviado en algún lugar lejano...); pero, con el tiempo, se convierten en tus amigos. E irte a ensoñar cobijado por ese gran cuenco negro cubierto de estrellas es... como refugiarse dentro de un hogar caldeado y acogedor, que respira cariño.


Y, de vuelta a la costa ruidosa, te sientes lleno de energía y de agradecimiento. Y recuerdas ese olor a pinos, el viento suave y... también, la mirada de aquel niño montado en bicicleta que, junto a su familia, pasó a tu lado y se volvió, sonriendo. Ese niño que, quizá, desea poder estar algún día en un sitio así, con el caracol y esa misma soledad, esa libertad y ese mismo silencio...

Tu tiempo llegará, amigo mío.

(Imágenes: El Hermitaño)

'Piedad postrera', de Pío Baroja (ha. 1902)


Fue el tiempo de una terrible exaltación de la piedad. El mundo había encontrado nuevamente la luz, y la oscuridad ya no existía.

Porque la Humanidad había sentido en su alma la conciencia del infinito, y el horizonte de la vida era cada vez más grande y cada vez más azul.

El hombre ya no podía soportar el espectáculo del sufrimiento ajeno, y se desvivía por los demás. El rico había comenzado por desprenderse de lo superfluo y quería compartir con sus semejantes lo necesario, y el pobre se resistía a tomarlo, y ambos eran felices.

Pero al corazón generoso del hombre esto no le bastaba, y trató también de llevar la felicidad a los animales, y a las plantas, y a todo lo que vive, y a todo lo que siente.

Porque en todo está la idea y todo es la idea, y la idea es Dios.

Y el hombre recordó que Jehová había dicho : “No matarás”, y se abstuvo de derramar sangre de hombre.

Y recordó que en el “Ecclesiastés” estaba escrito: “ Porque el suceso de los hijos de los hombres y el suceso del animal, el mismo suceso es; como mueren los unos así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos.”

Y se abstuvo de derramar sangre de animal.

En una inmensa pradera bañada por el sol, celebraron en el mundo la fiesta de la emancipación de los vivos.

Y por delante del hombre desfilaron los animales, llenos de inmenso agradecimiento: los caballos y los asnos, las vacas, los perros, los elefantes, los leones y las serpientes, y todos miraban al hombre con amor, porque había dejado de ser su verdugo para ser su verdadero amigo
.“ 

Relato breve incluido en la recopilación “ Cuentos”, de Pío Baroja, publicado en 1984 por Alianza Editorial.

Da gran satisfacción encontrar un texto así, tan empático, tan delicioso... Y aún es más estimulante y reconfortante saber que fue escrito hace ya más de un siglo, por un escritor de renombre, a quien el maltrato animal y su muerte innecesaria lo asqueaban (no hay más que ver el episodio de la visita a la plaza de toros en 'La Busca' una de sus más conocidas novelas).

Bravo por Pío, por ir contracorriente, y por pensar en el sufrimiento ajeno, tanto humano como animal.


Ojalá muchos hubieran sido (y fueran) como él.

13 de febrero de 2015

Amor en espera

CUANDO EL AMOR LLEGA DE FORMA NATURAL

"Hay personas que tienen pareja pero se sienten tan solas y vacías como si no las tuvieran.

Hay otras que por no esperar deciden caminar al lado de alguien equivocado y en su egoísmo, no permiten que ese alguien se aleje aún sabiendo que no le hace feliz.

Hay personas que sostienen matrimonios o noviazgos ya destruidos, por el simple hecho de pensar que estar solos es difícil e inaceptable.

Hay personas que deciden ocupar un segundo lugar tratando de llegar al primero, pero ese viaje es duro, incómodo y nos llena de dolor y abandono.

Pero hay otras personas que están solas y viven y brillan y se entregan a la vida de la mejor manera. Personas que no se apagan, al contrario, cada día se encienden más y más. Personas que aprenden a disfrutar de la soledad porque las ayuda a acercarse a si mismas, a crecer y a fortalecer su interior.

Esas personas son las que un día sin saber el momento exacto ni el por qué se encuentran al lado del que las ama con verdadero amor y se enamoran de una forma maravillosa".

Santa Teresa de Calcuta

12 de enero de 2015

Noche extraviada



Maravillosa noche la que disfruté este pasado jueves, no lejos de Dos Aguas.

Hacía un frío que congelaba hasta... bueno. Tras la cena salí a gozar de las estrellas, que se veían en muchos centenares, menos en dirección a Valencia, donde había un horrible hongo de luz. Estaba solo en medio de esa carretera (en la foto se ve el pico 'Ave', de unos 950 metros de altura... y al que en otra ocasión querría subir), por la cual apenas pasaban ya vehículos. Todo silencio, y arriba, la oscuridad.

Se veía a simple vista el cometa 'Lovejoy'... al este de Orión, como una manchita nebulosa. Fantástico.

Me avergüenza reconocerlo... pero, en un momento dado, como un poco idiotizado por el espectáculo, me puse a bailar bajo las estrellas (yo, que tengo dos pies izquierdos y debí perder el ritmo allá por en la primera comunión, o antes...). Me tranquiliza que nadie me viera; la oscuridad fue mi aliada.

Después, me metí en casa, escuché a Pink Floyd de nuevo (mi banda sonora estas últimas semanas...), cerré la puerta con pestillo, puse la calefacción en marcha, y a dormir.

Mágico...

(Imagen: El Hermitaño)

La vida (casi) dormida


Sin abono que lo potencie, sin ningún tipo de aditivo ni complemento que le brinde energía extra, sin apenas nada más allá que lo que lo propia tierra posee, ni pesticidas, ni plaguicidas...; en definitiva, con nada más que luz solar, agua y un poco de estiércol, cada plantita va creciendo poco a poco, esforzada, trabajosamente... No lo tienen sencillo, en esas condiciones, pero ellas son buenas, generosas, y lentamente van subiendo, adquiriendo tamaño y robustez.

Y es reconfortante ver que, aunque se abata el frío o las heladas encima de ellas, prosiguen su ritmo... Las alcachofas se queman por el termómetro bajo cero, pero incluso así las pequeñitas pugnan por no dejarse vencer, y las ves brotar, ansiosas por desarrollarse, pese a estar malheridas. Bonito, ver las ganas que, pese a todo, tiene la vida de vivir...

Y, dentro de pocas semanas... la primavera. Se iniciará otro ciclo, uno más, y la rueda empezará a dar vueltas de nuevo, sin fatiga, sin fin. Hay que arrancar la maleza, trabajar la tierra, preparar los caballones y los lechos, estercolar... Y, para cuando el sol pille el equinoccio, hurgar con la mano, dejar caer las semillas y aguardar.

Mantener ocupadas las manos, la mente y el corazón. Y descansar; y compartir. Y hacer que los que te rodean vivan mejor.

Con eso me basta.

(Imagen: El Hermitaño)

5 de enero de 2015

Los magos o la verdad


"¿Tuvieron nuestros padres derecho a mentirnos acerca de los Reyes Magos? Hoy, precisamente, millones de niños serán engañados cuando reciban sus regalos, creyendo que fueron aquellos tres quienes se los trajeron cuando, obviamente, no es el caso. ¿Puede y debe la verdad estar por encima de todo? ¿Compensa, para el niño, creer en algo así, o es más bien algo que hacen los adultos para ver en sus hijos la inocencia y la ingenuidad que ya han perdido? Y, si es así, ¿están legitimados los padres para ello o deberíamos sancionar su comportamiento?"

En otro blog he tratado un poco por encima esta interesante cuestión. Si alguien siente curiosidad o quiere aportar su postura... siempre será bienvenido.

7 de diciembre de 2014

Faena al raso y creatividad

"El trabajo duro, continuo y absorbente con las manos, especialmente a la intemperie, es precioso para el hombre literario y le sirve directamente. Aquí he estado midiendo en  los bosques durante seis días y, cuando llego a casa por la tarde, algo cansado al final, y comienzo a sentir que tengo nervios, me encuentro a mí mismo más susceptible que de costumbre a las influencias más sutiles -como la música y la poesía. Simplemente el aire me puede intoxicar o la más mínima visión o sonido, como si mis sentidos más sutiles hubieras adquirido más rápido un apetito por ellos".

Henry David Thoreau, Diario, entrada del 20 de noviembre de 1851.

(Traducción por Guillermo Ruiz)

25 de noviembre de 2014

Tu partida


Te fuiste.

No lo esperaba, Vega, amigo.

Sobretodo porque habíamos empezado, tras muchos meses, a congeniar de verdad. Ya venías a recibirme cuando escuchabas la llave entrando en el candado de la puerta. Gruñías, también, para hacerme ver que tenías hambre. Y, tras comer un poco el pienso, te acercabas y te frotabas, agradecido.

Y tampoco esperaba que fuera tan brusco. No diste muestra de querer marcharte. Nunca salías de la casita, excepto ratitos cortos, por curiosidad, y volvías presto. Te gustaba acurrucarte debajo de mi hamaca mientras me ponía a leer, ¿recuerdas? Alzabas tu mirada hacia mí y, al acariciarte, tu caída de ojos delataba que te gustaba...

Atrás, muy atrás, quedó ese tiempo en el que no nos aveníamos bien. Yo no sabía que hacer contigo, cuando bufabas y tratabas de apartar a tus hermanos mientras comías. Cuando imponías con tu pata que aquello era tu alimento, y sólo tuyo... Por suerte, aprendimos, ambos, cómo era el otro... y los dos cedimos. Tú toleraste a tus iguales, y yo te cedí todo el pienso que necesitabas. Sólo así pudimos establecer un vínculo.

También huías de mi presencia, si trataba de acercarme a ti. Pero el contacto continuo, aún a distancia, nos aproximó y poco a poco perdiste el miedo y la inseguridad. Y, como Morro y ahora como Pipo, lo que antes era temor y desconfianza se volvió tranquilidad y bienestar. En ambos sentidos. 

El último día fue muy bonito. Hacía fresco, ¿te acuerdas? el ambiente era brumoso y desagradable, a mediados de octubre. Notabas la humedad y, por primera vez, subiste a mi regazo. A mí me sorprendió, pero fue delicioso sentir tu calor encima y cómo te enroscabas para conservarlo mejor. Me miraste un momento, y te dispusiste a dormitar. Y hubo felicidad, en esos minutos mágicos, ¿verdad?

Ése fue tu postrer regalo, como si supieras que algo (o, quién sabe si alguien...) nos iba a separar. Tras aquella tarde no volví a saber de ti.

Quizá fue sólo tu naturaleza, el instinto que te marca y te dirige. Tuviste que marcharte porque así estaba escrito en tu corazón genético. Confío en que sea ése el motivo.

Llegues adonde llegues, y estés donde estés, buena suerte.

Y no olvides, Vega, que te echo mucho de menos.

Hasta siempre.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de noviembre de 2014

Reformas


Este otoño he decidido cambiar la forma de trabajar la tierra. 

Anteriormente me ocupaba tres cuartas partes del tiempo el desherbado manual a causa de la proliferación desatada de la juncia, y la posterior labor de binado y rastrillado (no empleo herbicidas, ya no...). Resultaba un agotador esfuerzo, sobretodo mental, porque al cabo de unos pocos días la juncia volvía a aparecer... parecía inmortal. Y eso te desmoralizaba.

Sin embargo, gracias a un manual de horticultura ecológica he recurrido a un viejo truco: cubrir la tierra con acolchados vegetales. Sirven todo tipo de restos: hojas caducas de frutales, hojas secas de (por ejemplo) las alcachofas, cultivos improductivos arrancados y, por supuesto, las propias juncias, una vez dejadas al sol (en la foto se ven juncias secas y, a la derecha, una capa de hojas secas de higuera). Una capa superficial de cuatro o cinco centímetro de espesor... y adiós juncias.

Y todo son ventajas: no sólo reduce asombrosamente la aparición de hierbas competidoras; también evita la pérdida de la humedad del suelo, así como protege la capa superficial de tierra, la más rica, que contiene las bacterias necesarias para el correcto funcionamiento y reciclado del terreno, pues la luz ultravioleta solar se encarga de destruir dicha capa, si la tierra está desnuda. Por si fuera poco, el acolchado orgánico impide que la tierra se apelmace, endureciéndose, por lo que es mucho más fácil de labrar cuando lo ocasión lo requiera.

Aunque es estéticamente feo (es más agradable a la vista ver el huerto desnudo, la tierra expuesta al sol), lo mejor para la tierra es cubrirla, protegerla y mimarla, pues es de ahí de donde tienen que brotar nuestros alimentos. Y, si nos dedicamos a envenenarla, tarde o temprano ese veneno pasará a lo que llevemos a nuestra boca. 

Me aconsejan, todos mis vecinos horticultores, recurrir (como hacen ellos) al fumigado con herbicidas, y mi padre e incluso mi abuelo me instan también a hacerlo. Alguno de aquéllos ya empieza a no hablarme demasiado... dado que no comulgo con sus consejos.

Ahora, poco a poco, cabe ir limpiando el resto del huerto, siguiendo el mismo método. Y, si me miran mal, si no charlan conmigo, si me gano la reputación de "listillo" por seguir mi propia técnica (la misma que se seguía antes de que aparecieran los productos químicos comerciales) pues... ¿qué le voy a hacer? Ellos no me lo agradecerán nunca, pero la tierra probablemente sí y eso es lo que más me importa.

Y, ¿qué hago ahora esas tres cuartas partes del tiempo que ya no empleo en arrancar juncias? Pues mirar, pensar, controlar, ensoñar... volver a mirar, y meditar qué me prepararé al mediodía para comer.

Y, mirar cómo vuelan las garzas. Y cómo maduran las mandarinas...

Y lo bonito, pese a todo, que es el mundo.

(Imagen: El Hermitaño)

7 de noviembre de 2014

Kepler, entre la mística y la geometría


Si a alguien no le asusta adentrarse en la vida de alguien que lleva muerto casi cuatrocientos años y si, además, tampoco le tiene miedo a mi incapacidad manifiesta de síntesis (en otras palabras: exceso de letra) y mi prosa farragosa, puede intentar echarle un vistazo a las dos partes de un artículo que salió publicado en la revista "Huygens", de la Agrupación Astronómica de la Safor.

Johannes Kepler (1571-1630) fue un singular astrónomo y teórico alemán, que trató de conseguir una comprensión del universo basada en la armonía matemática, la geometría y sus convicciones místicas. Una personalidad extravagante y, por ello mismo, fascinante... 

Nueve páginas tiene la primera parte del artículo; doce, la segunda. Ánimo, valientes... :)

Primera y Segunda Parte.

3 de noviembre de 2014

De garbeo...


La "Xiqueta" por las tierras de Soria, camino de Medinaceli


Ermita de San Baudelio (Soria), enclave mágico y de imborrables recuerdos


Junto al río Tera, en Puebla de Sanabria (Zamora)


Mi madre no está muy puesta en hacer fotos...


A la entrada de Las Médulas (León)


Frente al lago de Sanabria (Zamora)


Mi madre, zampándose castañas en el bosque cercano a Orellán (León)


Arco romano de Medinaceli (Soria)


Mi madre, avanzando tan pancha por el Cañón del Río Lobos, cerca de Hontoria del Pinar (Burgos)


Mirador a la entrada del Cañón del Río Lobos, justo sobre Ucebo (Soria)


Vimos otros muchos lugares, pueblos y entornos pero, o no hay fotos o me da pereza subirlas todas... También faltó tiempo para paladear con paciencia cada rincón y cada sensación que nos ofrecían y no pudimos, tampoco, visitar a ciertas personas que nos hubiera gustado mucho tener entre nosotros.

Ello llegará, si los hados quieren, en la próxima ocasión...

(Imágenes: El Hermitaño)

1 de noviembre de 2014

Germán


El jueves me dirigía a la biblioteca para leer la revista que lleva por título ese día de la semana, una de mis favoritas, cuando en mitad de la calle un hombre de unos cuarenta y cinco años me detuvo.

Hablaba bajito, tanto que tenía que acercar a él mi oreja derecha, ya de por sí algo sorda, para poder apreciar sus poco audibles palabras.

Me dijo que necesitaba comprar un medicamento. Y que costaba 1,5 euros. Yo parpadeé; iba muy bien vestido, con camisa limpia, unos vaqueros (luego descubriría que eran unos Levi's 501) y unos zapatos negros de aspecto muy nuevo.

Iba a seguir mi camino, tan tranquilamente, y a dejar a aquel hipócrita con su cuento para otro... pero miré sus ojos. Y algo hubo, en ellos, que me hizo sospechar que aquel hombre no mentía.

Le pregunté si, en lugar de darle el miserable euro con cincuenta, podía acompañarle a la farmacia (había una a la vuelta de la esquina) y comprarle allí las pastillas. Me dijo que sí, que no había problema. Fuimos. 

Mientras caminábamos, advertí una cajetilla roja en su bolsillo izquierdo. Le pregunté, aún un poco reticente: "¿Eso es tabaco?". Respondió que sí. Eso me mosqueó, y le solté: "Entonces, tiene dinero para comprarse tabaco pero no un medicamento que cuesta 1,5 euros?". Me miró, y me dijo que le duraba casi una semana. Se encogió de hombros, y esos ojos... fue como si se disculparan. Seguimos andando.

Al llegar a la farmacia, le pregunté qué tipo de medicamento necesitaba. Contestó que un antidepresivo. Asentí. Y aguardamos. En un momento dado, el hombre se giró y me pidió más dinero para comprar comida. Le dije que no llevaba mucho más encima (era cierto, apenas un par de euros, que siempre llevo por si las moscas...).

Al llegar nuestro turno, la dependienta le hizo saber que sólo podía obtener su antidepresivo a partir del día 1; no había leído bien la fecha en la receta médica. Así que salimos. En la entrada de la farmacia, me rogó que le diera algo para comprar comida. Le tendí lo destinado a su medicamento.

Salimos, le pregunté su nombre. No entendí; me lo repitió: Germán. 

Estrechamos las manos y vi cómo se alejaba. Le seguí con la mirada. ¿Entraría en el Mercadona de enfrente? Sí, lo hizo. ¿Qué compraría? Nunca lo sabré.

Pese a sus Levi's, sus zapatos negros, su cajetilla de Malboro, aquel hombre es pobre. Lo es. Aunque tenga recursos, es pobre. Se rebaja a pedir, a rogar unas monedas. ¿Me la pegó? Tampoco lo sé, y tampoco me importa. Yo confié, sin más.

Si, como dijo Ch. Friedrich Hebbel, "los ojos son el punto donde se mezclan alma y cuerpo", aquellos que tenía Germán no expresaban físicamente más que un tormento de su espíritu. Un dolor, un abatimiento... el signo de una depresión.

La idea es intentar ayudar, evitar que otras personas padezcan. Y confiar. Confiar en su honestidad, aunque los indicios y las señales puedan hacerte dudar.

¿Quién carajo soy yo para juzgar? Si le veo una próxima vez, tal vez le compre un ejemplar de "El jueves", para que se eche unas risas y deje un poquito de lado su nube negra, esa nube negra, opaca y triste que aprecié en sus ojos.