25 de diciembre de 2009

Navidad en ‘familia’



Duele reconocerlo, sentirlo, saber que es verdad. Me gustaría cambiar las cosas, alterar el rumbo de la nave familiar y ver cómo todos arribamos a un mismo puerto, aunque cada uno siga su camino. Me gustaría percibir una cierta sintonía con tus hermanastros, tu propia sangre; una afinidad natural con la que nos entendiéramos, de la que aprovecháramos su poso común para estrechar nuestros lazos, y su divergencia natural para respetar las diferencias, creciendo todos juntos.

Pero es imposible. Exceptúo a mis progenitores, mi hermana (que está en su misma onda, la de todos los demás, la de ellos, la que yo nunca escuché ni sintonicé...), y a mis beatíficos abuelos (uno ya desaparecido, pero que aún permanece aquí, de alguna manera...), y algún que otro tío, porque son mis raíces directas y mi linaje particular. Apartémoslos, pues. Del resto, esa inmensa guarnición de familiares, parientes, ascendentes, emparentados, toda esa parentela de gente que se ha sentado, como hoy, a tu alrededor, en la peregrina y convenida comida navideña, cumbre de falsedades, envidias y convencionalismos, del resto, en efecto, ¿qué?

Admitamos, primero, mi escaso aprecio por reuniones similares, y segundo, mi más que sentida incomodidad ante la presencia de decenas de personas en una misma habitación (residuo, seguramente, de alguna crisis psicológica en la juventud más manceba, cuyo origen debería rastrear, aunque su huella el tiempo parece haber borrado casi por entero...). Pese a esto, hoy he tratado de llegar hasta ellos; no he hecho grandes esfuerzos, lo reconozco también, pero me he aproximando a su universo mucho más de que ellos al mío. El resultado no lo desconocía, y por consiguiente no ha brindado sorpresa alguna, pero siempre apena ver certificados tus temores, máxime cuando se trata de tu propia sangre, y de seres con quienes desearías, a priori, tener algo más que un mero lazo de simpatía.

Mi temor, corroborado, amplificado, expandido hasta conferirle su carácter axiomático e irrebatible, es que no hay punto de unión posible, nexo alguno que nos conecte, ni atadura más allá de la mera apariencia, de estar juntos por ser familia pero sin ningún sentimiento ulterior, ni previo, que amarre ambos cosmos. Es como sentarte alrededor de desconocidos, a quienes conoces, sólo, por haber tratado con ellos, haberles vistos en otras ocasiones, pero quienes no son nada. Ni tú para ellos. A veces siento más consanguinidad (la de verdad, que no es fluida) con mis gatas, pequeñas hormigas y algunos saltamontes volatineros que con toda la horma de parientes aposentados en torno al rico patriarca de turno. En ocasiones, es cierto, aquellos son mi familia; éstos nunca lo fueron.

Desde luego, la tradición impone. La sumisión a lo establecido, al rito, a la costumbre, nos lleva a pasar cuatro, cinco o seis horas junto a gentes de las que apenas queremos saber nada. Cedemos, soportamos, y después cada uno a su casa, olvidando a quién vistes, con quién hablaste, lo que pasó, o cómo. A veces las diferencias, la separación entre los caminos, no es insalvable, y corre por sobre la mesa una sensación de conexión, pero suele morir pronto; es más frecuente, en mi caso al menos, el bostezo, la mirada perdida, la ensoñación, y el decirte a ti mismo: “pero, ¿qué coño hago aquí?”. El abismo es insuperable. Ellos moran en el otro confín del infinito. Percibes que con un vagabundo, un borracho o un ‘vagante’ de las calles habría mucho más de que hablar, mucho más que aprender y compartir, que junto a tus locuaces, perfumados, emperejilados y autosatisfechos comensales, que buscan el chiste fácil o el comentario gracioso, el ingenio de pacotilla o la expresión audaz para impresionar, agradar o sonsacar la sonrisa o el aplauso.

Y, entonces, tú te levantas, derramas tu copa de cava sobre la calva del venerable patriarca (hombre rico, hombre pobre), eructas, arrojas los billetes recién entregados encima de la mesa, donde quedan pringosos y marchitos, y lo sueltas todo. Sueltas que ya nadie recuerde, ni a nadie le importe, la ausencia de familiares recientemente fallecidos; sueltas cómo desprecias que allí todos esperen, con avidez, la fartà y el aguinaldo, ponerse las botas a costa de otro; sueltas cómo aborreces el indigno peloteo, pertinente y pertinaz, al señor de las moscas; sueltas que no haya nadie allí que sea algo más que un memo palurdo o una estúpida y ñoña reina del sábado noche; sueltas cómo anhelas escuchar a alguien traer a cuento una mención, no ya sobre la dialéctica hegeliana o sobre el consentimiento informado, qué va (sería de mal gusto, incorrecto, y terriblemente aburrido), sino unas palabras acerca de la gripe A (el cuento), la crisis (el otro cuento, menos para quienes pierden su empleo), el cambio climático, (el cuento mal contado), y otras muchas fábulas similares; sueltas cómo te enfada que ya nadie mire un crepúsculo, que ya nadie lea libros del siglo XVIII, que nadie se atreva a contemplarse a sí mismo durante cinco minutos, por miedo a lo que pueda descubrir; sueltas, también, que nadie se haya atrevido a ser discordante; criticas la uniformidad, la ordinariez de una familia plana, sin díscolos, sin demonios, todos tan esquemáticos, tan correctos, tan dados a lo dado, y tan socialmente adaptados; sueltas, en fin, todo ello, y un sinfín de resoplidos y rebufos más, ante el calor de la calefacción estática y las botellas de vino medio vacías.

Pero, entonces, abres los ojos. Y todo sigue igual: el patriarca bendice la mesa; los huéspedes engullen con ahínco; las palabras huecas zurzan el aire caliente de la estancia; el tiempo pasa y nada pasa; la morena de ojos negros, y el soplón a su lado, te contemplan condescendientemente, con media sonrisa en sus labios. Eres un extraño. Un huérfano. Como siempre. La oveja negra, el patito feo. Bien, sigamos así.

Mi familia ya la conocéis: unos pocos parientes, los que cuentan; un puñado (breve, escaso, como todo lo bueno) de amigos, en la proximidad o en la distancia (vosotros, desde luego, entre ellos...); el reino de lo vivo, sea o no consciente de su aliento; las montañas, ríos y valles, los prados, las cimas, los crepúsculos y amaneceres, el cielo y todos los universos existentes, creados o imaginados alguna vez. Ante una familia así, ante congéneres de tanto calibre, con quienes un silencio, una mirada o un sentimiento callado transmite todo un cosmos de emociones, comprenderéis que diga, sienta y afirme, con rotunda seguridad, que a nadie más necesito, espero ni deseo ver, oír o tocar.

El vínculo sanguíneo suele ser trivial, artificial, forzado y perverso; no rechacemos nuestras raíces, desde luego, pero no olvidemos tampoco que la familia, la nuestra, la creamos nosotros. Y, en consecuencia, nosotros decidimos quienes cuentan y quienes no, quienes ganan un lugar en ella y quienes deber ser sacrificados.

Que vuestras familias (...) sepan cuidaros y amaros como os merecéis. Hoy, mañana y hasta siempre.

Feliz vida.

(Fotografía: elHermitaño)

14 de noviembre de 2009

El derecho (ruidos y silencios)



Con motivo de la celebración del Gran Premio de Motociclismo de la Comunidad Valenciana, que tuvo lugar hace unos días en Xest (Cheste para los puristas), la celebérrima y aclamada cadena de televisión pública Canal 9, en un alarde (otro más) de ignorancia hacia todo lo que no reconoce la masa, ni lo que se presta a comercialización o "billeterismo", rotuló su noticia de los hechos con un titular indiscutible, razonable y perturbador: mientras veíamos a los moteros por la calles del pueblo haciendo caballitos leíamos, a sus pies, la proclama: "El derecho al ruido". La frase me dejó estupefacto, irritado y muerto de risa, todo a la vez; los monaguillos del señor Francesc (perdón, es Francisco) Camps, en otra de las suyas, como siempre.

Es gracioso el titular porque parece dar a entender que el mundo en donde vivimos, las calles, los locales y tiendas, lugares públicos, etc. reina siempre un silencio atronador, un mutismo poderoso y prolongado que ahoga las voces, los murmullos y las conversaciones de los individuos. Un ser extraterrestre (o uno terrestre desligado del folclore urbano ordinario) juzgaría que en Valencia (y precisamente en Valencia) lo que destaca a lo largo de las semanas y meses es la quietud, el sosiego de unos ciudadanos que sólo contemplan como modo de vida el silencioso transcurrir del tiempo; y que en sus celebraciones y fiestas populares y tradicionales únicamente hay procesiones mudas y gentes en la calles sin apenas hablarse entre ellos. El silencio domina tanto, es tan abrumador, posee tanta presencia en nuestra querida, próspera y purificada comunidad, que es imprescindible dar entrada, por ejemplo en marzo, a un poco de saludable y bienvenido sonido extra (Fallas); y, desde luego, si hay un grupo de amigos a los mandos de sus vehículos que se reúnen una vez al año en torno a un circuito de velocidad, tienen todo el derecho a que fluya el sonido de sus motores y sus ruedas derrapando en el aún caliente asfalto callejero. ¡Ay, pobre ruido, qué poco te queremos los valencianos, cuán abandonado te tenemos, y qué trato tan ingrato te damos!

Desde luego (y ahora más en serio), estos individuos moteros tienen su derecho de reunión, goce y felicidad en grupo. Nadie podría -ni debería, dentro de ciertos límites- negárselo; sin embargo, el mismo derecho a hacer caballitos, a efectuar corridas y carreras y a desprender nubes de humo contaminado tienen, por su parte, todos aquellos otros ciudadanos que, en Xest, en Benarés o en la Quinta Avenida, o en toda calle, toda plaza, todo parque o todo lugar de este y otros mundos, hasta los mismos confines del Universo, quieren disfrutar del silencio. Si yo me siento en un banco a leer un libro, o a escribir unas notas, tengo el derecho a hacerlo; pero si en el banco contiguo un grupo de adolescentes empiezan a gritar, divirtiéndose con risotadas, bromas y demás, también ellos lo tienen. Es el mismo derecho. Exactamente el mismo. La clave para que ambos, ellos y yo, podamos ejercer nuestro derechos respectivos y gocemos, cada uno a nuestra manera, de la vida y de ese lugar público, abierto a cualquiera, está en que ellos respeten mi derecho al silencio, por lo menos durante un tiempo, mientras que yo, a mi vez, sea igualmente respetuoso para con ellos y permita que se entretengan y diviertan, también a lo largo de cierto tiempo. Eso se llama convivencia, y es el germen, fruto y árbol de la ciudadanía bien entendida.

No obstante, hay una diferencia fundamental entre el ruido (o las actitudes humanas que lo producen) y el silencio (o las actitudes humanas que evitan su mutilación, porque, al contrario que aquel, el silencio siempre está ahí, generado, siempre presente, y no precisa ni de nadie ni de nada para ser creado, multiplicado y expandido). Esta diferencia, que yo creo esencial, es la siguiente: el ruido, cuando aparece y domina, arrasa el silencio, impidiendo su existencia, y cercenando toda actividad nuestra que lo requiera (lecturas, escritura, contemplación, descanso, etc.); el silencio, por su parte, aunque por su misma ontología rechace al ruido, permite y consiente que el estruendo viva a su alrededor, y hasta que consuma parte de su ser.

Ambos, ruido y silencio, matan a su rival, a su contrincante, pero en el ring no caen a la vez: el primero tarda más en hacerlo, porque no erradica algo que está creado, sino lo que supura en el tejido del tiempo y el espacio. Por paradójico que parezca, es más sencillo destruir lo que nunca ha sido creado que eliminar lo construido. Todo ruido es generado por nosotros (en la naturaleza, como cualquiera puede observar, el ruido es inexistente; sólo hay sonidos, no ruidos), pero el silencio vive por sí mismo, sin hacedor que le insufle el hálito vital. Como todo lo que existe independiente, autónomo y decidido por sí mismo, el silencio es frágil, y aunque poderoso, fácilmente quebrantable; y, también como todo lo que vive independiente, autónomo y decidido por sí mismo, es un peligro, y quién sabe si una amenaza.

De ahí, puede, el titular de Canal 9, porque el derecho al ruido quizá sea el derecho a la juerga, a la diversión, y a la reunión de amigos, lo que sin duda es bueno; pero el derecho al silencio, a la introspección, a verse uno mismo reflejado en ese silencio y empezar a pensar en lo que es, en lo que hubiese podido ser, y en lo que te rodea, es, o puede ser, el principio de un cambio, de una revolución (silenciosa, siempre silenciosa), que atañe al presente y afecta a nuestro futuro. Y esto no gusta; la manada debe estar satisfecha, pero sin que ansíe insurreción. El ruido lo permite, lo estimula, agrada a los conservadores (que todos lo son, de izquierdas y derechas, de centro y hasta de las alturas). El silencio conlleva examen, conciencia e introspección. Tres palabras bellas, una misma actitud ante la vida: la de ser crítico, evaluador, y tasador (cualitativo) de ti mismo, de los demás y de lo que ellos, los que dirigen y mandan, están haciendo.

Demasiado peligro, demasiada amenaza. Démosle todo el derecho, por consiguiente, al antídoto, al bravo rival. Y que lo celebre como él sabe.

(Foto: el Hermitaño)

27 de octubre de 2009

La Mallada del Llop



Imagina el mundo de antaño, ese ambiente, ese medio y ese aroma ya perdido y nunca recuperable. No retrocedas demasiado; unos sesenta u ochenta años son suficientes. Imagínalo: multitud de dificultades, amarguras y tristezas, pobreza, incultura, escasez y padecimientos. Había un sinfín de carencias en tiempos así; pero, al mismo tiempo, una reserva enorme de experiencias inolvidables, un depósito sustancial de visiones, nociones y silencios ahora tan sólo concebibles por el recuerdo, la imaginación (poderosa pero imperfecta) y las huellas del pasado.

La Mallada del Llop, crestería de rocas y abrigos inmemoriales, transporta a un tiempo antiguo en donde no existía, no ya la televisión o los móviles, sino siquiera el papel, la tinta o la idea misma de escritura. Algún gracioso ha querido devolver la magia de esa otra época pintarrajeando en los recovecos rocosos, con lápices de colores perecederos y volubles al tacto, unas figuras antropomorfas de largas extremidades y brazos en alto, como exultantes ante el mero acto de vivir. Aunque se trate de imágenes falsas, por cuanto han sido rubricadas en tiempos presentes, es de suponer que, en efecto, quienes lograran alcanzar aquella altura sobre el valle y admirar aquella mole gigantesca que parece elevarse al cielo y rozar las nubes sentiría un gozo indescriptible, un sentimiento de triunfo y bienestar, y es muy posible que la mejor forma de celebrarlo fuese dejando constancia de su pericia con las tinturas animales sobre un fondo de roca madre.



El tiempo muere allá arriba, como en toda cumbre que se alza sobre la muchedumbre y lo mundano. A casi un kilómetro y medio por encima del mar, que se extiende remoto y como estático en la lejanía, cada segundo es una eternidad, y el tiempo mismo abandona su realidad. Mientras, un apacible ganado bovino pace a tu lado, construyendo una compañía silenciosa y compresiva, no agresiva ni desconfiada. Tras el ágape principal, recorriendo las laderas en busca de forraje fresco, descansan en una loma masticando hierbajos, en grupo, gregarias por naturaleza, y por gusto. No hay pastor alguno; las buenas mansas saben adónde ir, y cuándo. Eso se llama sabiduría, y es la que de verdad importa.

Hace ochenta años -y puede que bastante menos- algún señor ya entrado en la buena edad, con barba blanca y zapatos gastados, y usando un bastón de apoyo, solía subir hasta la Mallada en busca de hielo puro, que conservaba en una nevera natural gigante al resguardo de la luz solar; llevaba consigo, el hombre, a su fiel y humilde burro, cuyas alforjas bajaban hasta Famorca rebosantes de agua congelada, muy apetecible para los calurosos días de verano en el valle contiguo. Además el depósito de hielo contenía, bien conservada, la carne de animales muertos tiempo atrás, que en ocasiones se pedía en pueblos para banquetes o fiestas. En años que desconocían algo tan prosaico hoy como un frigorífico, el papel de las neveras naturales era fundamental. Mientras uno permanece en la Mallada casi puede ver subir, con lentitud, a ese señor imaginario con su borrico, en busca de la preciada agua sólida...



La sensación de echar la vista alrededor y percibir que sólo el cielo azul está por encima de tus ojos, y que lo demás, el todo terráqueo, descansa a tus pies, como tuyo, como algo de todos, y de nadie al mismo tiempo, es inenarrable. Pequeñas manchas blancas, donde se apiñan las almas, salpican los valles; largas y estrechas sendas abren caminos a pies y vehículos, ávidos por recorrer trayectos; el aire huele a pureza, a sequedad de altura, a pino y a cagarruta bovina seca. Todo resulta atractivo, estimulante, agradable; incluso el viento, que azota testas y nos hace perder sombreros de paja, tiene su propio encanto: el sonido, su furia, delata que aquellas son tierras inaccesibles, no aptas para cualquiera.

La despedida no tiene lugar. No hay adiós a las alturas, ni separación entre ella y nosotros, porque hemos extraído un pedazo y la llevamos en nuestro interior, donde permanecerá latente hasta el momento que podamos regresar hasta el lugar donde siempre cabría estar. Marca el sol su hora, la de su retirada; bajamos, lo sentimos y coincidimos en afirmar, mientras el cielo desprende tonos ocres, que aquella es una guarida, si no de lobos, al menos sí de solitarios esteparios, que no saben lo que es vivir sin amar lo que les rodea. Y, por tanto, ya que allá nos sentimos como en casa, no hay más que hablar.

Uno siempre volverá a la lumbre de su hogar. Y siempre la añorará.

(Foto: el Hermitaño)

21 de octubre de 2009

Tela, araña y hogar



La construye cada noche y acaba por destruirla a cada amanecer, pero en ocasiones la mantiene hasta el día siguiente. Es gigantesca; más de un metro y medio de diámetro. Y resistente. Y bella. Después de la cena uno puede ver a su creadora, enfrascada, dedicada, concentrada, edificándola sin descanso, hasta convertirse en una red repleta de círculos concéntricos, terminando en un nódulo central. Ella se mueve, ágil, entre los hilos de su hogar; veloz, letal, maravillosa. Es negra, de abdomen hinchado y patas largas. Su tela orgánica ondula al viento, y aguarda la llegada de los siniestros invasores de la noche.

Previamente a saber de su presencia diaria, en el patio trasero de mi propio hogar, salí, como casi siempre al oscurecerse el mundo, a contemplar astros errantes y puntos de luz esparcidos por allá arriba. Era noche sombría del alma, serena, profunda e interminable; recorrí unos metros mirando hacia arriba, absorto, perdido y bienhallado cuando -como aquel Tales de Mileto, que al no ver por dónde pisaba cayó a un pozo mientras pensaba en los misterios cósmicos- noté en mi rostro esa forma fibrosa y pegajosa de tela arácnida. Y, al instante, sentí que su ocupante impactaba también contra mis napias, percibiendo yo como un siseo de patas y una rápida huida del, con total seguridad, asustado e inquieto ser de ocho patas.

Lamenté, más que mi propio sobresalto (nunca un insecto similar había deambulado por los surcos de mi jeta...), la molestia que había ocasionado a la pobre con mi entrada súbita en sus dominios, así como la rotura de su bien elaborada creación concéntrica, que quedó destruida, descansando hecha jirones sobre mi mesa de ping-pong. Cuánto trabajo despedazado en un instante, cuánto empeño reducido a la nada por no ser consciente de lo que me rodeaba más acá que lo que brillaba por allá, a lo lejos y anterior a mi propia vida...

Esta noche, si tormentas y largiruchos solitarios lo consienten, esa magnífica esfera de trabajo, dedicación y perseverancia, ese fruto delicado y precioso nacido de una pequeña criatura apenas visible volverá a aparecer, llenando el aire con una figura redonda, destinada a atrapar imprudentes organismos voladores. Es el reino de lo etéreo, de lo suspendido, como levitando, a pesar de la gravedad.

La araña espera la muerte, y la vida. La tela encierra, de igual forma, la vida y la muerte. Todo hogar, y todo ser humano, comprende lo mismo. Nunca mueras sin saber lo que es vivir, ni nunca vivas sin saber también qué es la muerte: "la vida es un largo pasillo, y la muerte sólo una de sus puertas".

Hasta la noche, amiga mía.

(Foto: el Hermitaño)

13 de octubre de 2009

"Northern Exposure" (Doctor en Alaska): episodio 3x09, "Despierta"





Hay una línea muy delgada entre lo racional y la magia. Muchos estudiosos medievales eran (lo que hoy denominaríamos) científicos y, al mismo tiempo, alquímicos, magos y astrólogos. No entendían, excepto en los casos de obvia charlatanería, que hubiese contradicción en entender de ambas formas al mismo tiempo el Cosmos. Y, de hecho, no la hay. Una, la científica, es meridianamente evidente, respira a través de la materia y los hechos y fenómenos y, por suerte, podemos utilizarla en nuestro propio beneficio y el de los demás. La otra requiere de más sutilezas, de una perspectiva del mundo y el ser humano que englobe más allá de lo palmario, lo transmitido por sentidos y revelado por métodos repetibles y accesibles. Pero está ahí, si así lo queremos. Está, igualmente, a nuestra disposición, y con ella se pueden alcanzar maravillas. Rechazar una u otra no hace más que limitarnos, vaciar el depósito de experiencias y cercenar lo que de humano aún poseemos.



Cuando Joel inicia sus estudios para obtener el título de médico internista y el de especialista en endocrinología, sus facultades, sus recursos, incluso su propia noción del mundo, descansa sobre lo racional. Cuando Chris y Steve (el físico-mago) hablan y meditan acerca de la realidad transmitida por la mecánica cuántica, se acercan más a la magia que a lo racional. Pero ellos dos navegan en aguas bífidas, científicas y fantásticas (aunque no por ello menos reales), mientras Joel no concibe lo que medra más allá de su parcela de existencia, desconoce, ignora o se muestra indiferente hacia aquella otra, igualmente presente pero inalcanzable para su sistema de entendimiento. La concibe como mera ficción, una alucinación, una ilusión sólo apta para mentes alejadas de lo innegable, lo concreto y auténtico.



Chris: "En fin, me parece que a medida que te introduces en la cebolla del átomo y te metes en partículas más pequeñas te das cuenta de que, realmente [y éste 'realmente' es clave...], ... no hay partículas en absoluto". Y, más tarde: "El edificio esencial de todo es la nada". A lo que Steve añade:"Todo es ilusión, es lo odioso de este asunto... ¿qué se supone que debes hacer con una información como ésa...?". Al mismo tiempo, Joel se pregunta acerca de sístoles, soplos, aortas, hipertrofias y demás. Lo cual no es malo, si no fuera porque acota ahí su realidad, su mundo, todo su ser.



Marca la diferencia entre ambos, desde luego, la consciencia, discernir que lo percibido, lo que hay y aquello con lo que soñamos, la realidad, toda ella, no está cerca ni lejos de nosotros, no duerme con la forma de un libro sobre corpúsculos en nuestra mesita de noche o con los fuegos fatuos o pócimas alquímicas. Nada es todo ello, y todo es esa misma nada. "Cuando pensamos en un mago, la imagen que nos viene a la mente es la de Merlín: una larga barba blanca, un sombrero de cucurucho, ¿no es así? Bueno, en una de las versiones de la leyenda del Rey Arturo, éste arquetípico mago se retira, se jubila del negocio de los conjuros. ¿Sus motivos? Lo racionalista domina, se acaba la era de la Magia. Bueno, el viejo Merlín debería haberse quedado porque esos mismos racionalistas intentando poner una cuerda alrededor de la realidad de repente se han encontrado en la psicodélica tierra de la Física, una tierra de quarks y neutrinos, un lugar que se niega a jugar bajo las reglas de Newton, un lugar que se niega a jugar bajo ninguna regla, un lugar más apropiado para los Merlines del mundo..."



Si hay posibilidad (y casi siempre la hay) deberíamos hacer vivir a esas dos imágenes de lo real en nuestro entendimiento y aprehensión del Cosmos y de nosotros mismos. Pero sin radicalizar nunca ambas; si acaso, dejar volar la imaginación algo más, pasar el tiempo en las tierras del hechizo y del velo ritual, o sea, el de la magia (¿liberación?, ¿catarsis?) mental. El mismo día a día emite y contagia demasiada racionalidad, lo cual es bueno, pero no suficiente. Si bien ella, la razón, también ofrece su dosis de fascinación y atractivo, porque nos permite penetrar en un mundo igualmente oculto, todo individuo se sostiene bien sobre dos piernas; no apoyemos siempre nuestro peso en sólo una de ellas.



Un mundo sin magia, y sin razón, es como un niño privado de infancia, o un animal que careciese de sus instintos. La vida precisa de tanta imaginación, de tanta fantasía y creación desinhibida como de una ligera correa, un cordel que anule, aunque muy (muy...) ligeramente, las voluptuosidades que nuestra mente es capaz de engendrar. Esto es algo que, finalmente, acaba descubriendo Joel, que abandona los libros, siquiera por un día, y se adentra en ese mundo desconocido para él hasta entonces, un universo de sensaciones, experiencias y actos tan (o más) humano que el suyo, y tan (¿o más?) real.



Aunque las revelaciones de lo racional nos indiquen un vacío, la realidad como un agujero sin sentido e ilusiorio, puede quedar un reducto de realidad, de verdadera realidad, que es el que importa, el que se halla más allá de nosotros, del tiempo y del espacio, de la ciencia y, sí, también más allá de la misma magia. "Si no hay nada de sustancia en el mundo, si el suelo que pisamos es un espejismo, si la realidad no lo es en sí misma, ¿qué nos queda, dónde colgamos el sombrero? [...] ¿Cuál es la cumbre de lo irracional, el código de barras de lo misterioso?... Exacto".



Es fácil de adivinar; son cuatro letras. Y son ellas, ésas cuatro letras, las que abren y cierran nuestras vidas. Nada más cuenta, nada más existe, nada más es real. O, mejor, todo responde a ellas cuatro. Ellas, sí, lo son todo.

7 de octubre de 2009

Mira...



Todo está allá arriba... y junto a ti.

No tienes que ir a ninguna parte. Tampoco prepararte con instrumentos, mapas, sillas y demás. Sólo una sencilla mirada, y echas atrás el espacio, y con él, el tiempo. Retornas a un pasado lejano, como lo son todos los pasados, aunque este lo es tanto que quizá rememores tiempos cuando ni tú ni la tierra que pisas existía.

Se hace de noche, vierte el horizonte los últimos rayos de luz. Aprovecha; ahora es el momento. Juguetones cirros se escapan, como a cámara lenta, del influjo de los vientos. Comienza a dominar la oscuridad, y se desperezan astros titilantes en lo alto. Un avión se suma a la fiesta, pero sus luces son desvaídas, vulgares; ignóralas, porque ahora ya sabes dónde están las tuyas.

La parra bate sus hojas al son de la danza cósmica. La araña teje su tela, compuesta por miles de capas concéntricas, mientras por encima de ella brilla el Cisne, y la Zorra parece querer perseguirlo. Se abren las flores del extraño cactus, amarillas y luminosas; saludan a Hércules, que ondula a eones de tiempo de distancia. Un par de gatitos recién nacidos, aún torpes en el andar, se acicalan mutuamente en el instante en que una mano ignorada toca la Lira y unos ojos, nunca vistos, divisan en el horizonte negro como el carbón los movimientos de un Pegaso blanquísimo y eterno.

Oyes ruidos de motores, pero no son nada. Oyes risas de gentes amontonadas y divirtiéndose, a su manera; tampoco son lo que tú eres. Abres la palma de la mano y cubres cinco estrellas; mil galaxias, un tapiz de espacio-tiempo infinito, quién sabe si otros cosmos enteros. Navegas por el espacio, te tomas un vasito de ron al son de las estrellas, y brindas, como siempre haces, levantando el vidrio transparente a la salud de esas almas que resplandecen jóvenes por mucho que los siglos avancen.

¿Te arrepientes? ¿Dudas? No, amiga mía. Éste es tu camino. Pierdes algo, mientras lo recorres; es ley de existencia. Pero vuelve a echar un vistazo, y dime si aquellos otros, los demás, no pierden a su vez esto que tu ahora disfrutas. Y mucho más, aún. Un sendero propio es el camino más difícil de recorrer. Y aunque no lo percibas así, también el más valioso; los peces muertos no sólo siguen la corriente, sino que además no saben que lo hacen, ni hacia dónde se dirigen.

Las luciérnagas estelares te dan fuerzas. Una momentánea luz se abre paso en el tejido atezado, como guiñándote un ojo sobrenatural, divino. Como si te dijera: "Sigue así". Reconforta saber que, aunque carezcas de alientos terrenales, o de pretendientes mundanos, al menos el Universo te ve en la buena vía. Amiga, nunca estarás sola. Ponte las botas, sé valiente y echa a andar. El paso siguiente puede traerte la gloria. Si es que no la posees ya.

Todo está allá arriba... y junto a ti.

(Foto: el Hermitaño)

30 de septiembre de 2009

'Mientras agonizo', de William Faulkner



Si El oso, novela corta de Faulkner, me produjo –sólo en un primer momento– una sensación de confusión, como de obra carente de fin concreto y narrada por el mero arte del escribir (propósito loable, de todos modos), sin más pretensión que describir hechos mundanos y ordinarios (literariamente, eso sí, muy lejos de la ordinariez), Mientras agonizo es una obra maestra de factura impecable: dura, ruda (como la vida en la América sureña), jocosa, manifiestamente patética y de tintes sarcásticos, abre la descripción de un universo de vivencias también terrenales, aunque enriquecido con profundidades metafísicas y ontológicas de una calidad insuperable y otorgando al lector mil sentimientos y vibraciones distintas ante unos personajes cuyas particularidades nos dejan atónitos, irritados o, tan sólo, maravillados.

La obra narra la historia de la familia Bundren, que se desplazan en carreta llevando consigo el ataúd de su (¿amada?) madre desde su hogar montañoso hasta las llanuras, para que descanse junto a sus antepasados. Es una promesa que Anse, el padre, hizo a su esposa Addie, de modo que instala a sus cinco hijos (Cash, Darl, Jewel, Dewey Dell y Vardaman) en el frágil carruaje y deciden cruzar los dieciséis kilómetros que les separan de su destino. Durante el trayecto son los mismos protagonistas, tanto los citados como otros secundarios, quienes, a través de diálogos interiores (técnica llamada flujo de conciencia), van desarrollando sus impresiones y experiencias, y así es como llegamos a conocerlos; incluso la misma muerta nos ofrece sus sentimientos, como si pudiera hablarnos desde más allá de la tumba... La finalidad es, desde luego, no dejar cerrada la puerta que separa el mundo de los difuntos con el nuestro, porque tal puerta puede estar abierta más veces de las que suponemos...

El viaje es en cierta forma, para todos ellos, un medio de purgar demonios, solucionar entuertos, lavar conciencias, hacer realidad sueños, manifestar grandeza personal, evidenciar que los niños ya no lo son o, hasta para la misma muerta, una forma de fastidiar a su marido y a sus retoños: Vardaman persigue un tren de juguete; Dewey Dell trata de abortar sin que nadie se entere; Jewel quiere alcanzar la independencia y emancipación una vez inanimada su protectora; Cash quiere aportar un trabajo de carpintería bien hecho; Anse tratará de cumplir su promesa, y de paso conseguir una nueva dentadura (y otra nueva... ), mientras que Darl, quien me parece (por analogía personal) casi como el protagonista real de toda la historia, aprovecha el viaje para descubrir quien en verdad es (un excluido dentro de su familia, con sensibilidad extrema y lucidez ante la vacuidad de los actos de sus parientes, un paria destinado a la fatalidad y a la distancia).

Los Bundren muestran comportamientos que extrañan: siempre hablan de autonomía, de valerse por sí mismos, rehúsan la ayuda ajena y se enorgullecen de ello, pero a cada paso necesitan dicha ayuda, que en ocasiones les salva de su destrucción. Son humanos, ni más ni menos; aquí no hay descripción de héroes, sino de hechos, de deseos que entrañan igual hazañas, pero no por su excelencia, sino porque sus protagonistas son testarudos, cabezotas, y no ceden ante las dificultades que el mundo les presenta. Pero, por ser humanos, también les corroe la vena maligna, y están preparados para erradicar de raíz cualquier impedimento o atadura que les prive de su éxito, o de su unidad familiar. Darl, en un arranque final próximo a la locura, amenaza con evitar la conquista del propósito, y además, irrumpe como el imprevisible, como el raro, el que sabiendo, quiere hacer saber a los demás. Su personaje, de carácter místico y ontológicamente superior, se desprende de las ataduras familiares y asciende hacia el reino de la clarividencia; debe ser sacrificado, debe ser despojado de su libertad y su acción por el bien de la casta de los Bundren.

La rutina, la vacuidad, el paso del tiempo, el dolor, la infinitud de la muerte y la finitud de la vida, la soledad, el desengaño, la familia... Faulkner retrata a esas gentes del sur americano, agrestes, bastas y miserables, pero tan humanas como cualesquiera otras, y les dota de voz perenne. Al final, una última frase, que conmociona, que delata, quizá, lo que siempre ha vivido en el corazón de la familia Bundren, como diciendo; “una vez hecho el trabajo, consumado el compromiso, pasemos a otra cosa”.

Un sentimiento llano, genuino, un guiño a la vida, a vivirla y a hacerla presente. El pasado, la muerte, el olvido, ya no cuentan. El ser es presente. Lo que no viva ya, habrá que desecharlo, y silenciarlo. Esa última frase, cínica, sí, pero de una sinceridad total tras la hipocresía que el ayer había obligado a sufrir, extiende un universo de posibilidades; tal vez un cambio, una purga moral, un comienzo basado en otros principios. O, tal vez, una mera prolongación de lo vivido, con otros ropajes pero bajo ellos, la misma carne.

Faulkner escribió la última frase de esta novela unas siete semanas después de la primera. En apenas dos meses compuso el murmullo de la vida simple, preñada de ambivalencias y contradicciones, que describe todo el mundo que nos rodea. La reflexión sobre ella, sobre qué significa vivir y estar vivo, la filosofía que en verdad cuenta, engarzada y como oculta, destila en sus páginas a poco que sepamos desbrozarlas.

Cómo es posible tamaña profundidad en tan escueto discurso es, desde luego, el gran misterio de la escritura. Quién no aspire alguna vez a lograrlo, que no coja nunca una pluma; porque ahí radica la estrella de la genialidad artística, la culminación de su pasión y el fin que mueve a hilar palabras, encadenadas hábilmente, en busca de la perfección.

20 de septiembre de 2009

La pureza está en la cumbre (subida al Montdúver)

Fue ayer uno de esos días en los que la luz y el color (redundancia tonta, dado que la primera abarca la totalidad del segundo...) se abrazan y componen en una atmósfera de transparencia total, azules virginales y visibilidad sin límites. Uno de esos días que abruman tanto por su belleza que, si permaneces oculto en tu casa, a gusto pero sin participar y palpar lo sublime del entorno, te sientes disgustado, enojado contigo mismo por no aprovechar la ocasión, el repertorio de formas, tonos y luminosidades que el mundo natural ofrece.



La Drova

Así que abandoné la gruta, puse manos al volante y espíritu en la imagen del pico, de la cima, y partí. Temía hallar, allá arriba, una cierta masificación, dado el momento (sábado matinal) y el ambiente, plácido para las caminatas y el disfrute de la vista. Pero no. Al contrario; un universo repleto de perspectivas, de sensaciones y gozos, experimentables tan sólo en la cumbre, en esa cumbre, ciudadela desde la que divisar (y divisarse) todo y a todos, y sin embargo, yo era el único que sacaba partido de ello. Excepto el vigilante, refugiado en su caseta de observación, nada ni nadie más. Triste hecho; incluso me apenó, la vacuidad del lugar. Demasiada grandeza para la satisfacción de una alma exclusiva y solitaria...



Tossal de la Caldereta, Pla de Lloret, Circ de la Safor

La subida fue agradable, rodeado como estaba de picos, serranías, caminos rurales, bosques de pinos, así como gracias a la compañía de abejas, con sus danzas oscilantes, y el sonoro frotamiento de las partes traseras de grillos, que amenizaban el ascenso. Al igual que ellos, buscando pareja en la maraña de flora arbustiva, yo también ansiaba la vista de una ninfa perdida por la floresta; mas no acudió ninguna exhuberante náyade surgida de los riachuelos o los brotes de agua. O yo no la vi, quién sabe...



Les Foies, Serra de les Agulles, Serra del Cavall

Lo espléndido del Montdúver es su panorámica amplitud, su visión magnífica, a 360º, de sierras, poblaciones, playas y llanos que nutren y perfilan el rostro de las comarcas centrales valencianas. Es un faro desde el que poder admirar València, que aparece al norte como una mancha blanca (ver imagen siguiente), hasta Dénia, al sur. Casi un centenar de kilómetros, de cabo a cabo. Y, si el tiempo es sereno en la horizontal, puede vislumbrarse igualmente la isla de Ibiza. Entremedias, sierras como las de la Safor, el Benicadell, etc.



Cullera y la Platja de Tavernes de la Valldigna. Muy al fondo, a la izquierda, aparece València

Dirigiendo la vista al este aparecen las playas. Cuando los edificios ceden su paso, lo que sucede en muy contados lugares, se abre la contemplación del litoral, con una fina línea dorada extendida a todo lo largo del espacio costero. Más allá se derrama el azul, tan profundo como el situado sobre él, del Mediterráneo. Desde la atalaya picuda, no sé cuál de los dos resulta más atrayente, si el ondulado y líquido, o el firme y etéreo.



Pic del Montdúver (843 m.)

La cumbre está deteriorada y mancillada por innumerables antenas y postes de telefonía y televisión, ruidosos generadores y, de noche, luces para la navegación, necesarias pero terriblemente molestas. Por suerte, un pequeño sendero supera la cima y continúa unos metros más hacia adelante, dejando atrás el deterioro de aquella y proporcionando el acceso a bloques rocosos que, a modo de pantallas, bloquean el avance sonoro de los retumbantes artefactos instalados. Desde allí tomé las tres imágenes que muestro a continuación, la primera hacia el sur, la segunda hacia el oeste, y la tercera hacia el este.



Platja de Gandía, Gandía y, al fondo, Montgó de Dénia



Serra Falconera (izq.), Marxuquera Alta y Plà de Lloret (centro) y Serra de la Safor (fondo)



Platja de Xeraco y Xeraco (izq.), Xeresa (centro) y Platja de Gandía (dcha.). Entre ambas playas, un edén aún sin urbanizar, la última zona prístina, ajena al ladrillo y al ruido, que permanece en estas latitudes.

Después de dar cuenta de mi frugal refrigerio (compuesto por unas empanadas y un plátano) dejé reposar el cuerpo y eché un vistazo, uno más entre miles, hacia esa infinidad verde, marrón y negra. Luego, hacia la lejana agua indómita, y más tarde, hacia arriba, el universo azul, limpio, puro e inocente, como nosotros nada más nacer. Lo repetiré hasta mi muerte, lo escribiré hasta caer rendido, y lo proclamaré hasta el agotamiento: mar, montañas y firmamento. Añadamos una (o dos, como mucho) personas a nuestro lado, un escueto lecho, y algunos papeles y víveres básicos. Y a vivir, que son dos días, y dos días muy cortos.

Bajé, volví a la gruta, y me imbuí en el espíritu casero. Me calcé mis alpargatas, saludé al Montdúver desde la distancia, y seguí soñando. Abrí un libro, acaricié a mi gata (que hace una semana parió a sus tres retoños bajo la lluvia, felinos preciosos y abiertos a toda una vida de goces y pesares), y me enfrasqué en la lectura. Pero, en ocasiones, levantaba la vista del papiro y lo dirigía hacia arriba, hacia aquel puntiagudo apéndice de la tierra. Vivo por él, y por los demás que hay allende sus límites. Soy un hombre de cumbres, aunque el camino hasta ellas sea, igualmente, lo mejor de toda aventura.

Allá arriba no hay sino vida. Mayúscula, hercúlea, magna. Adiós al plano. Yo seguiré en las alturas.

(Foto: el Hermitaño)

15 de septiembre de 2009

Crepúsculo y amanecer



Se acabó. Terminó la agonía. Vivo de nuevo. Vuelvo a mirar el cielo, a perseguir a mi gata, a charlar con los amigos, cercanos o distantes, a pensar en el hoy y el más allá, y a sentir lo que me rodea y ser aquello por lo que nací. Yo no sé ser otro, no puedo entrar en el juego del deber, del honrado currante de ocho a tres. No es mi mundo, nunca lo ha sido ni lo será. Yo sirvo para poco; sólo me importan las estrellas, los confidentes y esos surcos en la tierra, que llevan a no sé dónde ni hacia quién. Si alguien me quiere acompañar, adelante. Brindo mi brazo, mi bota de vino y mi techo a quien así lo desee; si no, pues a seguir viviendo, tan lleno de vida como de soledad, tan a gusto con el mundo como un recién nacido dentro del seno materno.

La música silenciosa acompaña mi andar; ahora regreso al hogar, a la ansiada libertad, tras tres meses de encierro y mutismo que sólo ha logrado aumentar mis arcas de sucios y manoseados billetes y, por el contrario, me ha llevado a disminuir mi expresión, mi soltura literaria y mi alma aventurera hasta reducirla a un jirón de deseos inconexos y sueños aún vaporosos. Por suerte, aún vivimos, ella, y yo.

Ya lo sabéis, supongo: si queréis estar vivos, dejad de trabajar. Si queréis oler el aire, escuchar el humo subir, percibir los movimientos de criaturas ancestrales, saborear la tierran húmeda en otoño y abriros ante el mayor espectáculo cósmico posible, hay que abandonar todo trabajo inútil, todo aquel que no sintamos como humano (hay alguno que, hoy en día, aún lo sea..., me pregunto). Los pájaros nunca han conocido el trabajo, y sin embargo, siempre hallan algo que llevarse al pico, para ellos y sus retoños. ¿Plantas, siembran, y recolectan? En absoluto, pero viven, y gozan de ello. Salvemos las distancias, sí, pero tomemos su ejemplo; un pajar dentro de una farola, unos gusanos e insectos para la noche, y ojos y mentes recién nacidas, ávidas por ser enseñadas e iluminadas.

Dijo una vez Santo Tomás de Aquino que a él le interesaba únicamente Dios y el alma. "¿Nada más?", le preguntaron. "Nada más en absoluto", respondió. A mí me interesa únicamente la vida y cómo vivirla sin trabajo que no sea el de la propia vida, es decir, el que te hace vivir y sentirte como tal. Y nada más en absoluto. Lo demás, en verdad, no vale nada. Porque, sin ello, ¿qué soy? Un frágil harapo a merced del viento social, un escuálido esqueleto sin ropajes, sin piel y sin carne. Sin mí mismo, sin mi tiempo para "ser en mí", sin mi privilegiada condición de bohemio, andariego y vagante, ¿qué me quedaría? Tal vez mucho, pero vaciado de sentido.

Habrá que seguir como hasta ahora, bregando por sobrevivir tras cien días de martirio emocional; o meditar una retirada a un monasterio. La opción no parece desagradarme. Allí reina el silencio, vagabundean los gatos y se piensa y se siente la vida por sí misma, sin aditivos ni condimentos falsos o artificiales. Quizá valga la pena una cura de reposo espiritual, tras los desmayos seculares y agobios mundanos. Quizá haya, allí, pese a su atmósfera de sacralidad, dogmas y oraciones, más dignidad y pureza de la que jamás hollaremos en las frías calles.

Pero, antes de la purga y la catarsis, deben llegar los tiempos de los pecados. De la insensatez, la locura y los desmanes. De hacer algo malo, algo que muchos no comprenden ni conciben, para sentir que todavía no has muerto, como narraba aquel locutor melenudo y bienhallado. La idea nació al iniciarse la década; en años anteriores faltaba lo imprescindible para hacerla realidad. Ahora no. Y ha llegado el momento. En breve, hoy o mañana, el motor arrancará. Estad preparados.

(Foto: elHermitaño)

16 de agosto de 2009

Opus 300: Evocación de Woodstock



Hace cuarenta años hubo un sueño. Un sueño que atrajo a miles, millones de personas. Fue un sueño masivo, que abrió mentes (cerró otras muchas, desde luego...), piernas y espíritus a la vida entendida como raíz del placer.

El Sueño nació, y murió, casi al mismo tiempo. Las consignas proclamadas todos las conocemos; el por qué de su fracaso, quizá también. La idea, el plan, fue grandioso. Todo joven, si ha sido alguna vez tal, ha abrazado una aspiración semejante. Pero el empeño de hoy, por fuerte que sea, no resiste el paso del tiempo hasta el mañana lejano; excepto cuando forma parte de tu vida como tu propia carne. Y esto no suele ocurrir a menudo.

Hubo quien, sin entender nada, limitó su experiencia a las hierbas, una fogosa calentura pasajera destinada al olvido rápido. Quienes, por el contrario, avanzaron, propusieron, proyectaron y crearon, se vieron engullidos por el mismo monstruo que ellos trataban de eliminar (capit...). Los errores fueron numerosos; por ingenuidad, incapacidad, falta de inexperencia, o por inadecuación temporal, o tal vez porque era, sencillamente, un sueño irrealizable; una ambición que mora en la tiniebla, ansiosa por tomar cuerpo, pero que jamás irá más allá de su carácter utópico.

Si algún provecho podemos extraer de Woodstock-1969 (y no "Woodstcok", como aparecía escrito en un artículo sobre el tema, ayer, en La Razón) es que hay sueños imposibles. Eso, pese a lo que parezca, es bueno: las quimeras de poco nos sirven. No podemos nadar fuera del agua, ni bucear en una montaña. Seamos, al menos, ligeramente "realistas", y veamos hasta dónde medran nuestros sueños, y hasta dónde pueden nuestras fuerzas: no lancemos el anzuelo más allá de nuestra vista, ni enviemos la flecha a dianas inexistentes. Soñar utopías siempre nos estará permitido, e incluso puede tener un efecto terapéutico; pero desistamos de llevarla a la historia, al correr de nuestro día a día. Las buenas propuestas para la sociedad surgen de mentes que combinan imaginación y pragmatismo.

Con todo, persiste el interés, tras cuatro décadas, hacia parte del núcleo ideológico de Woodstock, un poso de reflexión que debería llevarnos, en el peor de los casos, a examinar qué fue exactamente lo que falló y, en el mejor de los mismos, a analizar de qué modo las propuestas allí formuladas pueden seguir siendo válidas (para ciertas personas y ciertas circunstancias, dado que el rosario conceptual y de modo de vida del clan hippie no es aplicable a todos ni para todo). Es decir, quizá podamos revertir la muerte del espíritu del festival, devolverle la vida, modernizando sus enseñanzas y parapetándolas con nuestros nuevos conocimientos y sabidurías para, así, otorgar viabilidad a algunas de las proposiciones. Puede que no se consiga nada; puede la muerte de Woodstock en 1969 sea irrevocable e irreversible. Pero puede que no.

Y quién sabe si, por tanto, el fundamento del Sueño podrá, después de todo, ver la luz, haciendo realidad lo que muchos ansiaron y nunca llegaron a contemplar.

11 de agosto de 2009

"Fuga mundi"



Aterrizo en casa calado hasta los huesos. Rozan ya las cinco de la tarde. La calle está inhabitada, demacrada, muerta por el calor y la humedad. Afuera ya no hay mundo; dentro de mí, es decir, mi propio mundo, tampoco lo hay. ¿Responsable? Yo. ¿Causa? El trabajo, naturalmente.

A casi todos les sucede lo mismo. Sin trabajar no podemos vivir. Sin trabajo no hay vida. La sentimos vacía, inactiva, pobre y deprimente. Gracias a él no permanecemos echados en cama todo el día, o la televisión sólo brilla unas pocas horas entre amaneceres. Gracias a él, al trabajo, sentimos que hay algo que hacer, un cómo y un para qué. Pero si nos arrebatan el día a día laboral perdemos parte de nuestro ser, y también parece que perdamos aire, que nos ahoguemos en la infinitud del tiempo abierta ante nosotros y, de tanto espacio para vivir y existir, acabamos aburridos y sin saber hacia dónde ir, ni cómo, ni para qué.

Creo que procedo de un mundo lejano, un extraño planeta desde el que caí a la Tierra, hace poco menos de tres décadas. Si no, no entiendo por qué motivo es, precisamente, durante mis escasos tres meses de trabajo al año, cuando me siento muerto, acabado, arrastrando los pies y vacío de contenido y sentimiento. Los que me rodean, si no trabajan no saben vivir; yo jamás he aprendido a vivir si trabajo.

No vivo para trabajar; ni tampoco trabajo para vivir. Lo primero porque, si limitamos la vida al trabajo, quizá nos extraviamos en las marismas del dinero, de la actividad, de la necesidad innecesaria; la vida va mucho más allá de todo trabajo, por placentero, digno y enriquecedor que sea. Y, en relación a lo segundo, díganme, ¿cómo puedo trabajar, viviendo?, ¿cómo puedo conciliar el mundo laboral y mi mundo propio, que precisa de una existencia de paz, silencio, contados encuentros, labor 'intelectualoide', lecturas, visitas a las montañas, y demás parafernalia hermitaña?

¿No debería ser, el trabajo, una fuerza de vida, una potencia de vida, una energía creativa, constructiva y realizante, y no, como es en mi caso, un lapso de tiempo miserable, repetitivo, agonizante, asqueante? ¿Hasta qué punto depende del tipo de empleo y hasta dónde de nuestros propios ojos? Si no nos agrada el trabajo que realizamos, ¿qué parte de culpa es nuestra, por no tratar de cambiar el curso de las cosas? Una postura abierta, más comprensiva, menos exigente y más respetuosa por nuestra parte, ¿serviría para modificar la estima que brindamos a nuestro trabajo? ¿O el problema radica en los otros? ¿O en la misma actividad que realizamos? Dicen que cada década o así debemos cambiar de ocupación para no estancarnos, para ilusionarnos de nuevo, para aprender y poder enseñar. Quizá haya llegado ya la hora, ¿no?

Para quienes tienen la fortuna de trabajar en aquello que les motiva, agrada y estimula (y los hay a mi alrededor, a Dios gracias, más de lo que yo mismo creía, aunque no sé cómo andarán las cosas a más amplia escala...), el trabajo mismo ya no existe. El trabajo no es algo externo a la vida, algo que cabe cumplir en pos de la supervivencia, sino que forma parte ya de la vida misma, es ella, amplificada, dignificada y elevada. El trabajo se convierte, entonces, en diversión, goce y disfrute. Entonces, sí, ya no puede concebirse la vida sin el trabajo, porque han quedado, la una y el otro, abrazados, besados, fusionados para siempre.

Para muchos de nosotros, tal dicha está aún lejos, mucho más allá del horizonte, desde luego; pero no pasa un día sin que sueñe con ella. No es utópica, no es irrealizable, en absoluto. Sólo precisa, lo sabemos, de la voluntad, una pizca de sabiduría para la buena orientación y, si es posible, un guía que abra el camino hasta la meta.

En consecuencia, de momento estoy muerto. Como un cádaver tras el entierro, me he ocultado a la vista de los demás. Las piedras me oprimen el pecho, y la tierra me nubla la vista y llena la boca. Por suerte, toda muerte real no existe; así, la resurrección está próxima, programada y deseada para poco menos de un mes. Entonces concluirá mi "fuga mundi", mi exilio de lo que yo llamo vida, y podré regresar a la madre patria, en donde retomaré lo que dejé a medias, releeré lo ya olvidado, podré reconocerme de nuevo en el espejo y saborear lo que antaño sabía hacer.

Risas, libros, aventuras, búsquedas y caminos sin término.

Como siempre ha sido. Y como quisiera que siempre fuese.

(Foto vía Los papeles de Don Cógito)

19 de julio de 2009

Elogio de la vida sencilla



Contesta (por favor te lo pido), a esta cuestión: ¿qué necesitas? Piénsalo bien. Medita sin prisa. Pero ¡cuidado!, porque de tu respuesta puede depender (rectifico, depende, ha dependido y dependerá) lo que harás, querrás y serás a partir de hoy. La pregunta es muy sencilla; la respuesta, claro, lo es aún más.

¿O puede que no lo sea tanto? Tal vez no, en efecto. Tal vez se trate de una pregunta cuyo planteamiento nunca nos hemos hecho, o que nunca nos ha importado, o que, quizá, nos haya atormentado responder, porque puede que el veredicto derrumbe lo que estamos haciendo, adquiriendo y siendo, todo por lo que estamos luchando.

Las largas jornadas de trabajo, el impulso por tener, el ansia por abrazar y hacer nuestro; el cansancio al volver a casa, el vacío mental, el indispensable ocio, si bien improductivo y trivial. Depresiones, enfermedades, rostros amargados, vidas en común puestas en peligro por lo que creemos necesitar, lo que suponemos imprescindible y sin lo que, no sólo no seríamos lo que somos, sino que (creemos) ni siquiera seríamos algo.

Nunca se me ocurriría decir a los demás cómo vivir; jamás toleraría o vería con buenos ojos a alguien que lo hiciera. Únicamente interrogo: a aquellos que sufren, que les cuesta horrores y sienten como languidece su vida por tratar de mantener en la vía un tren material que remolca demasiados vagones, a estas gentes, les pregunto: ¿por qué? A los que se quejan por el trabajo, los que piden reducción de horario y aumento de sueldo: ¿por qué? A quienes entran en los hogares, agotados, arrastrando los pies, ahogados por el sentimiento de tener mucho pero, en cambio, no tenerse a sí mismos, a ellos también les preguntaría, ¿por qué?

¿Dónde se inscribe la línea que separa la necesidad de la abundancia, la carencia de la opulencia, lo que precisamos para el buen vivir de lo que ya es pura pompa, fastuosidad asquerosa y derroche enloquecedor? ¿Cuántos de nosotros estamos yendo más allá de lo que podemos, cuántos ya hemos cruzado esa línea y ni siquiera somos conscientes de ello?

Los que, por simple azar, por herencias o juegos, los que, o por trabajo duro o pelotazos desorbitados, llevan desde siempre bañando sus pies en la riqueza, en las aguas del dinero, a éstos poco se les puede reprochar. Han llegado a lo prohibitivo, a las alturas y al margen que transforma la vida en circo, el comer en vicio, la bebida en agonía. Poseen tanto, que ni siquiera saben qué poseen; mejor dicho, lo más probable es que sean ellos, y no los objetos, los poseídos.

Pero éstos no destruyen sus vidas por alcanzar su patrimonio. Lo que apena es la gente corriente que desea y no puede, que (se) mata por tener, que malvive por adquirir, por ser como aquellos, los opulentos, cuando son (financieramente) del montón. De ahí volvemos a la pregunta inicial: "¿qué necesitas?" No la confundamos con ¿cuánto necesitas?, cuestión que nos abrasa ya sólo al formularla. No midamos la vida en términos de cantidades, sino de cualidades. Evitemos los números; hablemos de valores, de atributos humanos.

El hombre de la fotografía (que bien podría ser mi abuelo, con su sombrero de paja, pantalones de fontanero, manos diestras, paciencia infinita y sabiduría de la que en verdad cuenta), tiene bien poco. No es necesario verlo; lo sabemos. Pero fijémonos en los colores que florecen a su alrededor, la luz brillante que tosta sus vetustos brazos; el silencio que se adivina flotando sobre su cabeza, el gusto de recoger y adecentar esas delicadas obras de arte; la satisfacción de no tener jefes, superiores o empresarios a los que rendir cuentas o pelotear. Sin tener apenas nada, forma parte de todo. Él es el Todo. Vive, revive y supervive. Un Dios, un Demiurgo que crea y recrea. Sabe lo que necesita. Y lo que no.

Y tú, ¿lo sabes?

10 de julio de 2009

Ley de vida y norma social

Si posees, pues vives.

Si consumes, pues vives.

Si sigues modas, pues vives.

Si generas ruido, pues vives.

Si llamas la atención, pues vives.

Si no reflexionas, pues vives.

Si acatas las normas difíciles, pues vives.

Si violas las fáciles, pues vives.

Si te dejas llevar, pues vives.

Si todo te es indiferente, pues vives.

Si lees y haces lo que todos, pues vives.

Si piensas como los demás, pues vives.

Y si vives sin saber que estás vivo, o lo que ella, la vida, o tú, podríais ser, ... en efecto, entonces también vives.

...

Yo, desde luego, prefiero la "muerte".

22 de junio de 2009

En la orilla: llamada, verano y cárcel



La llamada era inevitable. La esperaba, no por desearla, sino debido a que suponía, tal vez, la última. Una postrera llamada, la que cerraba el círculo, el de un lustro veraniego bajo aquella garita de manpostería, a orillas del mar Mediterráneo. Uno de los sueños ansiados está presto a adquirir sustancia (ya lo conocen, quienes por aquí se pierden... ); el otro lo marca, quizá, esa misma llamada, la que ha hecho presente recuerdos del pasado, y ha marcada el cambio para el futuro.

La idea era proseguir con mis escapadas rituales, mis chanzas primitivas, que llevo realizando desde este pasado solsticio invernal en todos los "21", cada tres meses. En esta ocasión era "una noche en el Monte Pelado" (tomo prestado el nombre, claro, de la pieza de Mussorgsky, que siempre me ha fascinado): brazos en alto, frente al ser brillante; completamente desnudo, dejarme llevar mientras seguía el declinar del emperador de la luz. Luego, noche en la cima, más astros, luces, oscuridad, nocturnidad (física y espiritual, para quien lo entienda...) y, a la espera, aguardar la primera aparición solar del estío. Ése era el plan para ayer.

Sin embargo, la llamada truncó todo. El viaje, el rito, el éxtasis y la purificación. No hubo catarsis, ni clímax espiritual. Me requirieron, yo acepté y cambié el acto soñado por una acción mundana. Canjeé el pico dorado y las canciones de las estrellas por ruidosos vehículos y gritos de turistas ávidos de playa; el aroma de mil plantas y árboles y el fluir de aguas puras corriente abajo por olores a gasolina quemada y residuos líquidos putrefactos. Lo extraño es que pude impedir, o postergar, mi entrada en el calabozo; algo que no conozco debió impedírmelo. Tal vez sabía lo que se hacía...

De no haberse producido la citación, la invocación, mil millones de actos, acontecimientos y elecciones hubiera podido tomar o realizar. Hubiese podido hacerlos, en efecto, si el mundo (o, hagámoslo más fácil, yo) fuese otro, si la conexión entre deseo y hecho tuviera un proceso de consumación distinto, no económico, financiero o monetario, si la forma en que entendemos lo que es y lo que quiere ser fuese igualmente diferente. Pero todo esto es inviable. Lo es, al menos, en mi caso (y en el de, sostengo, muchos otros).

Para quienes habitamos siempre cerca del marco del cuadro, lindando con él, apenas visibles, entre el límite de lo que nos permiten ser y lo que en verdad somos, poca elección nos queda más que resistir. Es como si estuviésemos frente a la orilla de un mar gigantesco: algunos ceden, y son arrastrados por el oleaje, ocultos por la bruma de las olas al romper, y tragados por el fuerte reflujo en una espiral compresiva sin fin; otros se adentran, nadan, bucean, refrescan cuerpos y mentes, pero sin dejarse atrapar. Y hay algunos que, como yo, se ven impelidos durante breves espacios de tiempo a tragar agua salada, a aletear con los brazos y chapotear en busca de un asidero que nos salve de ese temporal naufragio individual. Al fin escuchan nuestro auxilio, y nos rescatan, aunque en el proceso el salitre ha llenado nuestros pulmones y necesitamos cura de reposo, desintoxicación y reformateo del disco duro. Un nuevo pautado, para volver a nuestro mundo.

La imagen del beneficio, del billete y los ingresos debería (esto para mí me lo digo, los demás que decidan a su aire) debería morar a lo lejos, como un barco visible en la distancia absorbido por las brumas de la mañana. Contamos con fuerzas suficientes para, quienes así lo quieran, rechazar el ansia (recordemos que nunca es una necesidad) del "querer más" o su homólogo, el "tener más". Vivimos con poco, pero vivimos por y para mucho más de lo que unos números en la cuenta corriente puedan brindar. Lo que cuenta siempre está dentro, lo que revela quiénes somos y hacia dónde podemos ir nunca vendrá de fuera; reside, hondo, protegido y armado, en oscuros intersticios de nuestro interior. Jamás lo decidirá posesión o exterioridad alguna; los ricos lo son antes de nacer, y nunca perderán su tesoro; los pobres, por mucho que acumulen, que sumen y adquieran, permanecerán en su miseria.

La sumersión puede ser ligera, cauta, conocedora de sus propios límites, o autodestructiva, descendiendo hasta los abismos, hundiéndonos hasta la médula. Las aguas pueden traicionar, incluso al nadador más experto.

El ansia de bañarnos puede acabar ahogándonos. No lo olvidemos.

(Fotografía de Nano71)

13 de junio de 2009

Bifurcación y disyuntiva



Todos lo hacemos a diario: mientras conducimos, cuando cerramos los ojos, al despertar, tras abrazar a quienes amamos... La elección, ya sea doméstica, mundana o espiritual, determina, sin darnos cuenta, lo que vamos a ser (o lo que va a ser de nosotros). Nuestras resoluciones marcan un rumbo, un destino, una meta... el éxito y el fracaso. Las hay fáciles (y suelen ser las importantes), que se toman siguiendo más un instinto que una reflexión. Otras, sin embargo, requieren de dilatados y obtusos (y, muchas veces, completamente vanos) pensamientos sobre sus ventajas e inconvenientes.

Estoy decidido a decidirme. A punto para moverme, girar y echar a andar. Creo que sé hacia dónde debo ir. Rectifico: estoy seguro de ello. No me cabe la más mínima duda. Ya no. El pasado trajo titubeos, la incertidumbre propia del novato, que arranca miedoso el motor mirando de reojo al examinador, antes de meter la primera marcha. Ahora sólo hay firme convencimiento. Desde luego, uno puede acabar estrellándose al fondo del barranco; es lo que tiene el arriesgarse. Si no nos ponemos frente al volante nosotros solos, si no tratamos de vencer la desconfianza, siempre tendremos la certeza de la cena caliente, del plato de sopa y el vaso de leche. Pero la carretera no aguardará eternamente. Y la noche acaba pronto.

El sendero está abierto, dividido. Sus tres ramales parecen diverger hasta el infinito, y sin embargo, nacen en un mismo punto. Difieren, aunque sean hermanos. Semejan, al principio, ser idénticos, pero pronto modulan su forma, y vierten en su trayecto distintas nociones de vida. Adelantamos un pie. Nos detenemos. Volvemos atrás. ¿Hacia dónde vamos? Tal vez para responder a esta cuestión necesitemos contestar antes a la de "¿De dónde venimos?". O quién sabe si será al revés...

Pero toda respuesta y toda pregunta ante una disyuntiva vienen a ser como el maquillaje excesivo de una mujer; sólo le resta la belleza que ya posee. La terna de posibilidades no se nos presenta para la elucidación filosófica o la meditación personal; está ahí para correr riesgos, para pervertir la cómoda disposición de nuestras existencias. La seguridad sólo se mata con la indecisión, pero ésta genera a su vez aquella, si somos osados y lo permitimos. Echemos, pues, una rápida mirada a lo que se nos ofrece.

En mi caso (si se me permite exponerlo), la tríada muestra un abanico plural y antagónico. En uno de los ramales veo infinidad de huellas frescas. Muchos han transitado por allí, y hace bien poco. Es el sendero del trabajo de nueve a tres, fines de semana libres; contempla coches recién comprados, hipotecas a pagar durante décadas y pisos propios (es decir, de los señores bancos); best-sellers sobre la mesita de noche, cenas y vacaciones en la playa en agosto, y ... (ponga usted aquí lo que quiera). Quien lo desee, ése es su camino. Lo entiendo, aunque quizá ellos no entiendan que no, que, por nada del mundo, es el mío.

Entonces, ¿cuál es el mío? Quizá lo tenga justo delante. Tal vez es ése que presenta matorrales y malas, malísimas hierbas, cuyo desdibujado trazado apenas permite entrever hacia dónde dirige su materia. Hace mil años que nadie holla su terreno; alguien pisoteó sus flores un día lejano, mas hoy ningún alma se atreve a adentrarse en el páramo sin compañía, sin su 'gps', sin todo lo demás. ¿Es el camino del solitario, del anacoreta con harapos y petate a la espalda, del ermitaño gruñón, del cascarrabias del pueblo? Quizá. Pero tampoco por él debo yo penetrar (o tal vez ya lo haya hecho y no lo he percibido... siniestra posibilidad).

Bien, no queda más que una alternativa. Es fácil, en consecuencia, la elección. No obstante, no percibo nada. Veo el camino en mi mente, pero no existe en la realidad. Carece de sustancia, de entidad. Únicamente distingo la entrada; el resto está en nieblas. ¿Será porque, como la falsa democracia que se cierra en torno a un sucio bipartidismo, la tríada no permite más que dos opciones, aunque señale con fingida franqueza su diversidad?

Yo no lo sé, pero la decisión es inevitable. Ni el camino de nadie, ni el de muchos. Ni el sendero de lo ya sabido, ni el del absoluto desconocimiento. Ni blanco ni negro, dulce o amargo. Ni el de la vida o la muerte. Sólo un camino, el mío. Sólo un hombre. Avanzo un paso. "¿Qué habrá más allá de esa espesa niebla?", me pregunto. Y, claro, no tengo más que una forma de averiguarlo.

Volveremos a vernos. Supongo...

(Imagen: Steward Watt)

8 de junio de 2009

Gregarismo insípido

"En el mundo no se puede elegir más que entre la soledad o la vulgaridad."

Arthur Schopenhauer.

2 de junio de 2009

Conversión artrópoda



Anoche tuvo lugar un suceso extraño. Vivir enmedio de corrientes naturales y bosques de naranjos es disponer de un río constante de hechos singulares, a poco que eches un vistazo a tu alrededor. Las hormigas, de quienes hablábamos hace poco, sufrieron ayer una transformación radical; de lentas, afanosas y pacientes, ancladas al mundo bidimensional, mutaron hasta convertirse en aladas, turbadas y confusas criaturas de la noche, que vagaban en las alturas hacia un destino desconocido. Una metamorfosis ontológica en toda regla.

Y esto, ¿por qué? Me parece que nadie lo sabe exactamente. Unos dicen que la proliferación de tales instrumentos para el vuelo en nuestras amigas predicen lluvias a largo plazo; otros que señalan aguaceros ya padecidos. Algunos sostienen que estos insectos siempre han sido así, alados y de abdomen hinchado, y que constituyen los "machos fertilizantes", que escapan de la atracción del nido con el fin de aparearse con las reinas de la especie y, de este modo, difundir su carga genética hasta mayores dominios. Y, por último, los hay quienes afirman que las alas aparecen sólo justo cuando hay que fecundar a las reinas, en una especie de "vuelo nupcial", y que con anterioridad los machos alados eran simples hormigas corrientes.

No importa, la explicación no esconde el misterio. Porque lo hay, en efecto. Primero, no podemos (o al menos yo no) dilucidar la desconcertante y, absolutamente rigurosa, sincronización de sus movimientos. ¿Cómo pudieron abandonar sus refugios bajo tierra tan gran número de animalia en tan poco tiempo y, además, simultáneamente? Porque, doy fe de ello, en un instante apenas merodeaban un par de ejemplares y, acto seguido, eran (literalmente) miles y miles de individuos los que llenaban el aire húmedo del crepúsculo. ¿Quién ordenó su salida al ruedo? ¿Cómo supieron, con sus diminutos cerebros, cuándo debían dejar atrás el nido y elevarse, todos a una, en busca de la reina de sus sueños? La biblia genética no da para tanto. Hay que encontrar una razón, pero de momento ésta se nos escapa...

Por otra parte, podemos preguntarnos también por qué motivo seguían, en general, una misma dirección. Cierto que había ejemplares algo confundidos, quizá desorientados ante tanta profusión de raudos hermanos, pero la mayoría guiaban su danza hacia la declinante luz solar, que emergía apenas por encima del horizonte. Sin embargo, las luces artificiales eran mucho más intensas, como las de la ciudad vecina, y de ser su movimiento una obedencia ciega a las imposiciones de la iluminación deberían haber marchado en pos de la urbe, más bien que hacia el astro amarillo.

Pero hay algo más, un aspecto que me fascina de esta singular transformación. Aunque no estrictamente, las hormigas son seres bidimensionales. Es decir, en general viven conociendo, únicamente, los movimientos hacia delante y atrás, y hacia la derecha e izquierda. Desde luego, cuando ascienden por una pared dan cuenta de la tercera dimensión, pero para ellas bien podría no suponer gran diferencia, dado que en su trepar la noción de "arriba" o "abajo" carece de significado. Su reptar vertical viene a ser lo mismo que gatear por una superficie horizontal.

Mas, al transformarse, cuando un don natural les configura para la vida en las alturas, las hormigas entran de lleno en una nueva dimensión. Ya pueden abrazar el mundo que les estaba vedado, la magia del errar por encima de sus semejantes. Ya son seis las direcciones que pueden tomar, tres de ellas instantáneamente. Algo que nosotros también podemos hacer, aunque limitados a la piel de la superficie planetaria. La mutación permite un ámbito de exploración desconocido, un universo de espacio que creíamos inexistente. ¿Seremos nosotros también algún día seres alados? ¿Nos desembarazaremos de la crisálida que nos mantiene unidos al mundo terrenal y, a modo de mariposas humanas, tomaremos conciencia de esa "otra dimensión" allende las tres (cuatro, y entendemos que el tiempo también lo es) ordinarias? Esta idea, hoy ridiculizada y caricaturizada por gurús y líderes de la Nueva Era, puede tener trás de sí mucho más de lo que suponemos. Si no, preguntad a las amigas hormigas...

Sabios de la antigua China, los maestros shaolín, observaban los insectos y animales para aprender de ellos comportamientos y conductas, sus movimientos y virtudes. Examinando lo que ellos son, y en lo que se transforman, mejoraron sus vidas y adquirieron mayor entendimiento del vínculo que, como siempre decimos, nos une a esas criaturas. Quién sabe si tal vez la conversión de las hormigas en seres alados, esa metamorfosis ontológica, nos está indicando algo que está por llegar: un cambio, la transmutación esperada, la erradicación de la ceguera, y el descubrimiento de lo que mora en las alturas.

(Dibujo de María Wenicke)

30 de mayo de 2009

'Northern Exposure' (Doctor en Alaska): episodio 3x16, "Los tres amigos"



Escapada. Andanza. Correría. Salida. Despedida... Aventura.
Riesgo. Osadía. Imprudencia. Insensatez. Locura... Existencia.



El volante quema las manos. O, quizá, son éstas las quienes queman aquel. En todo caso, urge salir. Urge apretar el acelerador, inyectar gasolina en el carburador y arrancar. Moverse. Nacer. Ir allí.

El motivo nos es indiferente. Siempre (o nunca) lo hay. Está en potencia, como una posibilidad, mas no como certidumbre. Lo que cuenta es el deseo, la necesidad. La huida hacia allá. Eso siempre se respira, está en acto, como envolviéndonos, por tiempo infinito.



Durante el camino abundan los momentos de reflexión. Ante el fuego, sobre la nieve, mientras avanzas, cuando dispones la manta y la almohada... Suele asaltar entonces, sobretodo si son ya algunos los años que llevamos encima, la nostalgia, una melancolía (exenta de tristeza) por los tiempos previos vividos: de unión, amistad, separación, olvido, muerte y renacer. Preguntas acerca de por qué no se hizo tal, por qué hubo de suceder cual... por qué las cosas no se arreglaron a tiempo, cuando éste todavía existía. No hay reproches, sólo cuestiones que murieron sin poder resolverse. Y anhelas volver atrás, retrasar el devenir, para cambiar el curso de las cosas, para hacerlo bien, para evitar la derrota y el fracaso. Pero la rueda nunca para, desde luego, y no hay vuelta atrás.



"-Dormí como un bebé bajo un manto de estrellas...". "-Sí, nada como una noche al raso para sacudirte las pitañas de la civilización". Quien no ha probado a cerrar los ojos sin techo alguno por encima de su rostro desconoce su propia historia. Desconoce dónde partió. Y, en consecuencia, hacia dónde va. Cambiamos las copas de los árboles por toneladas de cemento; ramas que traslucían estrellas por ventanas que las oscurecen; vientos y ventiscas que hielan la sangre y endurecen rostros y espíritus por confortables sistemas de calefacción. Perdimos perspectiva; nos perdimos nosotros mismos. Sólo en el regreso al hogar nos reencontraremos con lo que somos.



La Aventura conlleva luces y sombras. Alegrías y desdichas. Sublimes momentos de locura, de enajenación mental radical, en donde conspira el Cosmos entero para mancillar tus ilusiones, y otros en donde la satisfacción y la dicha abruman por la perfecta ofrenda que se presenta ante ti. Sin solución de continuidad, el júbilo y la aflicción se dan la mano. Nos pueden apalizar, podemos perder el rastro del camino, llegar a un destino no previsto, abroncar sin descanso al compañero, incluso desear estar a miles de kilómetros de allí, perder de vista lo hecho y dicho. Y, sin embargo, son los instantes de tristeza, de amargura, de rabia e impotencia, los que dan valor al viaje. Conforman un universo de sensaciones y recuerdos inigualable. Mientras los ratos buenos se diluyen de la memoria como pintura en un estanque, los desagradables se convierten en la médula de la Aventura, la sustancia de la que aquella toma forma, y por la que será siempre recordada, y estimada.



Maurice y Holling sabían que debían hacerlo. La excusa fue la muerte de su amigo. Pero podría haber sido cualquier otra. Recordemos que el motivo no importa. Lo que cuenta es desear. El anhelo, un ansia que recorre el espinazo y nos lleva a recorrer kilómetros de "lodazales en pendiente, con riscos enormes, tajos y desmontes a uno y otro lado". Como animales, como salvajes domesticados por la urbe, la sociedad y la sociabilidad, los dos amigos emprenden la huida, para encontrarse cara a cara con sí mismos. El tercer amigo no descansa en una caja, porque el tercer amigo ya no es tal; perdió su condición al morir. "The three amigos" narra la aventura de Maurice y Holling, sí, pero no de Bill, que apenas importa ya (ni para su ex-esposa, ni para los que fueron sus amigos, ni para nadie, en realidad). La tercera figura, la que completa la tríada, no tiene más esencia o nombre que nuestra querida Madre. Ella es la amiga. No hay otra, ni jamás la hubo.



La Aventura llega, ya, a su fin con una lírica y armónica pieza del gran Willie Nelson, "Hands on the wheel", que invita a un "regreso al hogar", pero no tanto el que esperamos a nuestra vuelta a la "civilización", sino como el que, como siempre decimos, sigue aguardando allá, en la espesura, presto para el próximo encuentro. Porque nosotros, como Maurice y Holling, no dejamos atrás el mundo para penetrar en la naturaleza, sino que abandonamos la ciudad para entrar en el mundo, el único que existe, el único que cuenta.

Como lobos esteparios que surcan tierras yermas o heladas, tundras o bosques, buscando su sitio en el mundo, buscando el mismo mundo, y aullando mientras corren, como ellos, nosotros lanzamos el anzuelo al río del tiempo. Somos como Buck, perro domesticado que se vuelve salvaje, o Colmillo Blanco, lobo salvaje que acabó siendo domesticado. Caminamos, descubrimos y nos aventuramos hacia lo que desconocemos, para tomar parte de la vida, para estar vivos, y en el transcurrir de la misma nos transformamos, nos convertimos en lo que no éramos, y somos lo que nunca soñamos que seríamos. Pero, cuidado, porque la vida puede perecer, puede morir cuando dejamos de interesarnos por lo que (y por los que) nos rodean, cuando la indiferencia y la apatía se instalan en nuestro hogar, cuando miramos al mundo como si ya no nos pudiese brindar nada más, como si ya todo estuviese visto y revisto, vivido y disfrutado. Buck y Colmillo Blanco saturan su vida de sensaciones, mutan, y se elevan sobre sí mismos. No limitan su existencia a lo que son, sino que abarcan lo que a priori no les es dado. Lo buscan, lo persiguen. Y, finalmente, lo logran. El "qué", cómo llenamos la vida, y con quiénes, ya es decisión nuestra.



Maurice, Holling... y Ella. Un trío perfecto, compenetrado, complejo y vital. Los dos primeros ya desean verla otra vez, sentir que entran de nuevo en sus dominios. Ella, también, ya les aguarda, ansiosa, abierta... Se acerca, pues, la reunión entre los tres Amigos. Por cierto, nosotros, todos nosotros, también estamos invitados. Quién no acuda a la cita ya sabe lo que es...

20 de mayo de 2009

La ermita



Tras las brumas matinales el sol, al poco de nacer, empieza a desgastar las nubes bajas gracias al efecto de sus brillantes fotones. Comienza, también, el canturreo de aves invisibles y, abajo, mezclado con el rumor de motores, se oyen voces y risas de seres extraños. La ermita despierta, somnolienta aún, agradeciendo el frescor nocturno. Sus blancas paredes, reformadas varias veces aunque con roca madre alzada allá por 1460, no traslucen su historia; no hablan de la infinidad de individuos que han orado dentro o en sus alrededores, la caterva de curiosos que se le han acercado, los brutos y desagradecidos que han ensuciado, pintarrajeado u orinado en sus tabiques, o la turba de adolescentes que han hollado sus muros externos mientras caía la noche, a la búsqueda del primer beso o, quizá, de la consumación del acto lúbrico.

El calvario del camino principal, que da acceso a la ermita, parece marcar un valle de lágrimas, el martirio en vida que todos debemos padecer. Sin embargo, allá arriba no se aprecia malestar alguno, mortificación divina o tristeza terranal. Más bien al contrario; emerge, y embarga, el sentimiento de plenitud, de gozo, de éxtasis, si bien no religioso, ni piadoso, sino secular y mundano.

La mesa es un bloque rectangular de hormigón armado; en su superficie conviven agujas de pino, hojas, algún insecto despistado y boñigas de pájaros indiscretos. Una sinfonía de sonidos, agudos todos ellos, distintos pero continuadores de un patrón desconocido, son audibles justo por encima nuestro. En ocasiones cesan de improviso, todos a una, como si coincidieran en dedicar unos instantes a la reflexión antes de continuar la conversación. Entonces sólo se percibe el tintineo del campanario, que anuncia el paso de un tiempo inaprensible. A lo lejos, como fuera del mundo, ves cierto ajetreo: camiones pesados que arrastran tonelajes de rocas y residuos; palas gigantescas que excavan la tierra, y pequeños individuos que corretean de un lugar a otro, señalando, dirigiendo, destruyendo...

Un algarrobo brinda algo de sombra cuando la luz del mediodía castiga la piel. La ermita empieza a sudar. Justo detrás mío hay un tapiz de hierbas idóneo para dejarse caer en él y, cerrando los ojos, contemplar y contemplarse, sentir y sentirse. Pero no puedo; he de regresar. Por suerte, dentro de poco ya no será necesario. No habrá que volver a ninguna parte, porque tu casa estará justo a tu lado, vayas adonde vayas.

No obstante, ahora he de irme. Porque, además, parece que alguien llega. Puede que sea ella. Ella, sea quien sea, le llamen como le llamen, viva donde y como sea. Ella, a quien, pese a todo, aún aguardo. Una mirada, una sonrisa, y todo hecho. Mas... no, no es nadie. Creí que existía, que se acercaba, pero era, pobre, un simple perro callejero. Solo, perdido y abandonado... La partida ha empezado. Yo he de seguir por donde vine. Y continuar como hasta ahora. ¿Solo, perdido, abandonado? Sea, si ése debe ser mi suerte.

Alea iacta est.

(Fotografía de Tonio Castells)

15 de mayo de 2009

Bestiario de amigos



En realidad puede que ellos, y ellas, no me tengan como amigo; pero sin duda yo los percibo, y aprecio, como tales. Incluso, más que amigos, podría hablar de hermanos y hermanos, primos lejanos y familiares desconocidos, pero de cuyos vínculos sanguíneos me siento afortunado, y honrado. De hecho, ya lo sostienen ahora los biólogos, y lo presentían poetas y místicos de todo tiempo y lugar: la vida, por sublime o insignificante que nos parezca, tanto la que se arrastra en forma de babosa o la que cruza elegante la sabana como leona en busca de presa, guarda un sustrato común, un compañerismo de estructuras y funciones. Pese a sus variaciones, pese a su diversidad aún no agotada, el aliento que estimula a un petirrojo, un sapo, una avispa, una bacteria o un hombre posee un mismo origen, y nos convierte a todos, a ellos y a nosotros, en cofrades, en colegas de lo vivo.

Mis amigos, ellos, los de allá fuera, no suelen exigirme nada. No piden, nunca, nada a cambio de su amistad, bien porque no pueden, bien porque no se les ocurriría hacerlo. Sólo están a mi lado, y comparten espacio, tiempo y sintonía comigo, aunque vayan siempre a su aire, por mucho que me inmiscuya en sus vidas, aunque les ayude, aunque los fastidie. Unos creen que es por desinterés, por apatía, por incompatibilidad de "intelectos", pero se debe, como sabemos nosotros, a que entienden lo que significa ser amigos: hablar, manifestarse, hacerse notar, en definitiva, sólo cuando es necesario. Y, el tiempo restante, compañía silenciosa, fidelidad independiente, lealtad metafísica.

Así son ellos, y ellas, pero detallemos un poco más. En primer lugar, por tamaño, proximidad animal y cariño ancestral, mencionaré a esas criaturas peludas, domesticadas o no, que podemos encontrar de ordinario a pies de los humanes. Felinas o cánidas, nos acompañan a muchos de nosotros en nuestro devenir, haciéndolo más llevadero, agradable y rico. Del ala gatuna no es pertinente hablar aquí (merecen notas aparte... ¿pero qué digo?, ¡libros enteros!). Y del clan de los chuchos, dejo constancia, por ahora, de mi admiración por esos gigantes, inteligentes y serenos perrazos como los pastores, labradores, san Bernardos y huskies, entre otros pelajes similares. De ojos sagaces, saben cuando señalar peligro, cuando callar, cuando se les necesita y en qué momento intervenir. Lo más parecido a un humano; pero menos arrogante, más sincero y de mayor catadura moral y espiritual. Un tesoro, para quien sepa disfrutarlo. No quiero olvidar, desde luego, a otros mamíferos: conejos, jabalís, alguna rabosa, incluso ratas y ratones (a quienes mi amiga felina suele atrapar con donaire inigualable) y murciélagos, alados y fantasmagóricos seres que dotan a la noche de su encanto especial.

Pasemos a anfibios y reptiles. Las serpientes seducen como casi ningún otro animal. Su ondulante serpenteo por los polvorientos caminos, su oculta presencia entre matorrales, su leyenda mitológica, su majestuosa fuerza... por no hablar de su peligro, don natural tan letal en ocasiones como salvador en otras. Misterio puro, hecho biología. Y qué decir de las ranas y sapos, permanentemente húmedos (por su hábitat, que no se me despiste nadie...), croando con esos guturales y profundos sonidos que rompen las horas nocturnas y cálidas de meses de tiempo benigno.

De las aves pasaré de puntillas, pues no puedo hacerles justicia alguna aquí. Sólo mencionaré dos ejemplos paradigmáticos: primero, las águilas, o los halcones, forma absoluta de libertad, escrutando desde las alturas y planeando con su aerodinámico vuelo, cadencioso, insuperable; cómo las envidiamos los pobres que sólo podemos hallar la tierra firme y soñamos con el dominio de las corrientes y el control de la gravedad. Y, segundo, por supuesto, los búhos, maravillas de la noche muda que abren el silencio con sus ululares, remitiendo a imágenes de castillos encantados y condes chupasangre. Sus ojos amarillos, enormes, parecen examinar el corazón de almas nocturnas y nos recuerdan los muchos enigmas que las horas de tinieblas aún encierran.

Y cerraré este breve bestiario animal con los insectos, reino inabarcable y múltiple, fascinante para unos, repugnante para otros. Hablemos de las hormigas: criaturas, en singular, torpes hasta la mayor estupidez, pero turba indomable cuando grupo unido, eficientes e invencibles. Me hago a un lado, o levanto el pie, cuando encuentro esas densas hileras de hormigas desfilando en línea recta, siempre a la menor distancia posible entre origen y destino. Y, a veces, paso largos ratos siguiendo sus evoluciones tras un pedazo de magdalena que me cayó al suelo, o al desmenuzar un pequeño insecto volador que, accidentalmente, halló la muerte en mi porche. Es un espectáculo relajante, instructivo y gracioso, nada mejor para terminar el dia. A las arañas, por su parte, las dejo anidar tranquilamente en mis habitaciones; corretean con sus ocho patas en pos de buenos enclaves entre las esquinas, elaboran sus telas de acero y adornan los altos con ellas. Una mujer obsesa por la limpieza de inmediato acabaría con sus construcciones a escobazos, pero yo prefiero verlas, o presentirlas, allá arriba. Las abejas, por último, me abruman y me dejan perplejo, ante el ritual de movimientos, oscilaciones, bailes y danzares de que hacen gala. Su función es vital, su importancia capital, los frutos de su trabajo, sabrosos y nutritivos, nos benefician, alargando y enriqueciendo nuestro vida. Y, sin embargo, casi siempre salgo de nuestro encuentro cariacontecido, triste y herido: parecen oler algo raro en mí, me perciben, o como una amenaza, o como un caramelo, pero en todo caso la picadura final (con la pertinente defunción del animal) es un patrón habitual. A veces me inoculan en la testa, otras en pies y manos, puede que hasta penetren en las posaderas y dejen constancia allí de su rabia por mi conducta hacia ellas. No les guardo rencor alguno; al contrario, veo dichos rifirrafes como una especie de conducta amorosa hacia mí, y aunque temo el próximo picotazo, también lo deseo, hasta cierto punto. Acepto críticas por masoquismo, desde luego...

El mero perfil de una montaña, el curso de un pequeño río, las dunas de una playa, incluso nuestras calles, limpiadas de alimañas, y los campos, convenientemente rociados con pesticidas, conservan trazas de este muestrario biológico. Hacia lo alto, bajo la tierra, en el interior de rocas, en las aguas, junto a nuestra cocina, o en la palma de la mano si queremos. Ningún planeta conocido hasta ahora, y los puede haber a millones (quizá a billones) dispone de nada similar. Ni el más mínimo rastro de algo vivo. El milagro está aquí, a nuestro alrededor. Y, pese a todo, aún persiste.