10 de enero de 2009

Ayer tarde (más de lo mismo...)



Lloviznaba apenas en las calles, con la lenta caída de gotas perezosas que hacían presagiar nieve y nuevos tiritares. Las madres llevaban a sus hijos al colegio: su tierno pelaje envuelto en gruesos tabardos, manos enfundadas en guantes de lana y molleras bien resguardadas del frío con los acostumbrados gorros. La impresión era de vivir en algún remoto pueblo de Alaska, Siberia o Groenlandia, incluso. Demasiado exceso; excesivo en demasía.

Quería degustar la nieve. Después de meses ahogados entre tanta agua, el encanto de esa materia blanca, congelada y grumosa era irresistible. Sin amenguar la preciosidad del líquido vital, ayer era el turno de la nieve. Pero la puñetera se me resistió. No pude hallarla en parte alguna, y eso que trepé hasta altas cumbres y me encaramé a empinados riscos, elevando las manos para recogerla recién exprimida. Pero nada; sólo logré mojarme, vagar ansioso tras ella de monte en monte y paladear algo similar a aguanieve, que ni era agua, ni mucho menos nieve. Por suerte, siempre queda el recurso de la contemplación, el dejarse llevar ante la maravilla que se abre ante ti y, como es norma, dar gracias por ello. Amiga Natura nunca defrauda, es el lenitivo ideal para los que no logran lo buscado. Aunque a veces, lo que no se halla y lo que andábamos buscado viene a ser, sin nosotros saberlo, la misma cosa.

El paisaje parecía extraído de un sueño brumoso. La sierra estaba coronada, en todo su alargado recorrido, por una crin nebulosa gris oscura, hecha de jirones desperdigados pero movidos, todos, con la misma intensidad y dirección; adheridos por algún extraño pegamento invisible, remataban las montañas plomizas y desenfocadas. En segundo plano, un mar de nubes blancas, homogéneas e insípidas, que exhalaban vahos y vomitaban virutas líquidas algo molestas. A nuestros pies, por el contrario, brillaba el verde, multiplicado miles de veces gracias a las diminutas gotitas que perlaban ese tapiz de hierbas; infinidad de babosas peregrinantes, trotamundos autosuficientes, medraban por el suelo húmedo. Anduve con cuidado, tratando de no pisar con mis botas antediluvianas ninguna de esas bellezas enroscadas sobre sí mismas.

Y, claro, había aquel silencio atronador, que dejaba perplejo y aturdido. Suele, ese rincón, rodearse de pocos individuos: algún cazador con sus caninos y fieles compañeros de tretas; parejas que, buscando intimidad, se detienen con su vehículo bajo un pino protector; gente mayor tratando de recuperar la salud perdida, que efectúan caminatas a lo largo y ancho de los senderos agrícolas. También se puede ver algún camión que traslada los cítricos, y grupos de inmigrantes con afanosos brazos recolectores. Pero sólo aparecen de tanto en tanto; el protagonista, allí, siempre es el silencio. El frío, la lluvia y la (nunca apresada) nieve evitaban, hoy, que las almas anduvieran por allí. Tampoco hacían acto de presencia ardillas, conejos, halcones o los jabalís, de cuya existencia dejan testimonio sus excavaciones en la tierra. Toda la vida estaba recluida en sus hogares; sólo un sujeto larguirucho, de aspecto desaliñado y apoyándose en su caminar con un báculo arqueado, rompía la quietud y la anacrónica consigna de silencio.

Un último vistazo y una postrera absorción de todo aquel espectáculo, que me servirán de fulcro durante los venideros días de obligaciones académicas, cierra mi estancia en esa tierra de nadie y de todos. No quise prolongar más mi trance, ni privar de ese letargo mudo bien merecido a los seres que han hecho del paraje su nido, sabedores de los beneficios que habitar allí supone. Me retiré sigiloso, volví a la madriguera de cuyas paredes emana esto que ahora escribo, y como tantas veces he dicho (hasta la saciedad, supongo), espero que llegue el día de regresar allí y no tener que volver. La ciudad es pasto de cuerdos; yo prefiero la locura, que sólo se alcanza allende aquella. Pero es una locura dócil, controlable y embriagante; no nace de ti, en absoluto, sino que viene de fuera. De un lugar inconcreto, intangible.

Ya sabéis cómo se llama. Y lo que os pide.

(Fotografía de IVáN.N.M.)

6 comentarios:

La gata sobre el tejado dijo...

Que lindo paseo cogida de tu brazo.... dejándome llevar por tus palabras y por esa naturaleza conocida.... esa dulce locura y soledad ansiada.....

Desde mi madriguera... lejos y aislada.... pregunto al cielo, cuando nos dejará que el manto blanco de nieve juegue con nosotros...

Un beso blanco

Aaoiue dijo...

Estaré atenta a una ampliación o a más pistas sobre la frase: "Amiga Natura nunca defrauda, es el lenitivo ideal para los que no logran lo buscado. Aunque a veces, lo que no se halla y lo que andábamos buscando viene a ser, sin nosotros saberlo, la misma cosa." Sobre todo de la segunda, que de la primera ya las tenemos.
Por acá hubo nieve en Collserola, poca. La nieve es la pureza.
Un saludo.

elHermitaño dijo...

Gata, tú conoces esto, lo de aquí, pero no yo lo de allí, lo 'tuyo'. Tal vez pronto deba dejarme caer por esa tierra isleña, que falta me hace... :) Un beso, amiga, a través de los mares.

Aa, quizá caí en una cacofonía lingüística, sí, dejando confuso a más de uno. De toda manera, me parece claro el sentido (que no la forma, ciertamente) de la frase. En ocasiones nos obcecamos tanto en una búsqueda, y nos frustramos tanto al no hallar lo anhelado, que no reparamos en que es precisamente lo que está a nuestro alrededor aquello que buscábamos. Yo, por ejemplo, en realidad no buscaba la nieve, buscaba a la madre, sus palabras, a una parte de ella. Y, sin embargo, la tenía justo delante mío, hablando a borbotones para mí, sin ser consciente yo de ello.

Creo que aún he líado más la cosa, pero no alcanzo a expresarme mejor...

Abrazos, Marta, y gracias a las dos.

Marta dijo...

Gracias por hablar con esa belleza de expresión, que no es fácil encontrar hoy.

tequila dijo...

Buenas:

Muy buena descripción, me sentí transportada.

El mundo anda del revés, ayer, por mi tierra, estuvimos enterrados por la nieve, nada de salir a buscarla: subir la persiana y allí mismo (alli, y por todos lados), Si como dice AAoiue la nieve es la pureza, la nuestra debe ser la ciudad más pura de España.

Pregunta: te cruzaste alguna vez con un jabalí?
Deseo: suerte en los exámenes (o eso entendí), ya nos contarás.

Besos

elHermitaño dijo...

Bienvenida, Marta, y muchas gracias a ti por tu comentario. Me alegra conocer a otra amante de las palabras... estás en tu casa, compañera:).

Tequila, te envidio. Eso es sentir de verdad el invierno, no como aquí, que necesitas recorrer decenas de kilómetros hasta hallar una pizca de nieve. No me imagino cómo será allí la primavera, esa explosión vital tan especial. Ya nos contarás, tú también:).

Gracias por los ánimos en el tema académico. Y verlos verlos, la verdad es que no, pero he caminado junto a huellas muy frescas de jabalís; olías incluso su 'perfume'. Una gozada, en definitiva.

Un abrazo a a las dos.