20 de mayo de 2009

La ermita



Tras las brumas matinales el sol, al poco de nacer, empieza a desgastar las nubes bajas gracias al efecto de sus brillantes fotones. Comienza, también, el canturreo de aves invisibles y, abajo, mezclado con el rumor de motores, se oyen voces y risas de seres extraños. La ermita despierta, somnolienta aún, agradeciendo el frescor nocturno. Sus blancas paredes, reformadas varias veces aunque con roca madre alzada allá por 1460, no traslucen su historia; no hablan de la infinidad de individuos que han orado dentro o en sus alrededores, la caterva de curiosos que se le han acercado, los brutos y desagradecidos que han ensuciado, pintarrajeado u orinado en sus tabiques, o la turba de adolescentes que han hollado sus muros externos mientras caía la noche, a la búsqueda del primer beso o, quizá, de la consumación del acto lúbrico.

El calvario del camino principal, que da acceso a la ermita, parece marcar un valle de lágrimas, el martirio en vida que todos debemos padecer. Sin embargo, allá arriba no se aprecia malestar alguno, mortificación divina o tristeza terranal. Más bien al contrario; emerge, y embarga, el sentimiento de plenitud, de gozo, de éxtasis, si bien no religioso, ni piadoso, sino secular y mundano.

La mesa es un bloque rectangular de hormigón armado; en su superficie conviven agujas de pino, hojas, algún insecto despistado y boñigas de pájaros indiscretos. Una sinfonía de sonidos, agudos todos ellos, distintos pero continuadores de un patrón desconocido, son audibles justo por encima nuestro. En ocasiones cesan de improviso, todos a una, como si coincidieran en dedicar unos instantes a la reflexión antes de continuar la conversación. Entonces sólo se percibe el tintineo del campanario, que anuncia el paso de un tiempo inaprensible. A lo lejos, como fuera del mundo, ves cierto ajetreo: camiones pesados que arrastran tonelajes de rocas y residuos; palas gigantescas que excavan la tierra, y pequeños individuos que corretean de un lugar a otro, señalando, dirigiendo, destruyendo...

Un algarrobo brinda algo de sombra cuando la luz del mediodía castiga la piel. La ermita empieza a sudar. Justo detrás mío hay un tapiz de hierbas idóneo para dejarse caer en él y, cerrando los ojos, contemplar y contemplarse, sentir y sentirse. Pero no puedo; he de regresar. Por suerte, dentro de poco ya no será necesario. No habrá que volver a ninguna parte, porque tu casa estará justo a tu lado, vayas adonde vayas.

No obstante, ahora he de irme. Porque, además, parece que alguien llega. Puede que sea ella. Ella, sea quien sea, le llamen como le llamen, viva donde y como sea. Ella, a quien, pese a todo, aún aguardo. Una mirada, una sonrisa, y todo hecho. Mas... no, no es nadie. Creí que existía, que se acercaba, pero era, pobre, un simple perro callejero. Solo, perdido y abandonado... La partida ha empezado. Yo he de seguir por donde vine. Y continuar como hasta ahora. ¿Solo, perdido, abandonado? Sea, si ése debe ser mi suerte.

Alea iacta est.

(Fotografía de Tonio Castells)

9 comentarios:

Aaoiue dijo...

Alea jacta est (o iacta est) y the game is over.

Carlos dijo...

Me has hecho recordar alguna visita o excursión a ermitas, de pequeño, con mis padres: el camino hasta llegar allí (largo, me parecía a mi), la soledad de la ermita, aislada del ritmo del resto de la población, los árboles de su alrededor, custodiándola...
Saludos.

ABRAHAM LÓPEZ MORENO dijo...

Hola, compañero.
FELICIDADES POR TU TRABAJO EN ESTE BLOG.
Soy el creador del blog “Panorámica Cazorlense”, entre otros blogs, y he entrado al tuyo y me he dado cuenta que eres un apasionado del senderismo y la naturaleza. A la vez que me hecho seguidor de tu blog, quisiera comunicarte que estoy organizado el “I Evento Blog Rural Ciudad de Cazorla”. Te he dejado un mensaje al respecto en tu email. Cuando puedas le das un vistazo y me comentas.
Un cordial saludo.
(Pd. si quieres puedes destruir este mensaje una vez leido)

elHermitaño dijo...

Je, je... Marta, amiga, la apostilla del texto era algo así como una forma "elegante" de terminarlo, pero no trasluce un sentimiento personal. Quien acepta su destino, por bueno o malo que sea, es como el pez seguidor de la corriente principal: ya está muerto, antes de nacer, incluso. La expresión latina venía a cuento para poner una coda. A veces mezclo mi realidad cotidiana con una coña existencial... o sea, que escribo algo más de lo que en verdad siento, y exagero, y dramatizo, para enfatizar un poquillo en tono melodramático... Espero que sepas perdonarlo. Mis excusas si he desorientado al personal :)

Carlos, te aconsejo, si me permites, que retomes esas excursiones de que hablas. Enriquecen y sanan por dentro, como seguramente ya sabes...

Un abrazo a los dos.

elHermitaño dijo...

Saludos, Abraham:

Celebro una iniciativa como la que mencionas, me parece loable todo intento de difundir, desde el respeto, el amor por la tierra y la conservación de la misma.

Sin embargo, por motivos laborales (yo, al contrario que la mayoría, de momento sólo trabajo en verano) será imposible acudir al evento que tenéis previsto realizar. Además, suelo disentir en cuanto a la noción del binomio "naturaleza-turismo", o "naturaleza-ocio". Para mí la naturaleza es otra cosa, que no cuadra (ni se encuadra) dentro de dichos movimientos... pero esto ya es otra historia, como suele decirse.

No obstante, repito, estoy de acuerdo con concienciar y aumentar, siempre, la estima y el aprecio por el medio que nos rodea. Espero que la iniciativa tenga éxito.

Un saludo, y gracias.

Novalis dijo...

Todas las ermitas que he visitado tienen una atracción que no sabría explicar pero que tienen algo que ver con el lugar donde se encuentran ubicadas, generalmente lugares con encanto, por las vistas, la tranquilidad, el paisaje, etc. Las ermitas suelen albergar historias, generalmente hechos singulares que ocurrieron en el lugar o leyendas que inspiraron su construcción. Para llegar a ellas hay que transitar caminos olvidados o solitarios y cuando llegas te encuentras ante la sencillez, la sobriedad y la belleza.

Aaoiue dijo...

Estos días ya han salido en Collserola, la sierra que rodea Barcelona, las últimas flores en abrirse, aquellas como margaritas que no son como el aster y que tienen el azul de las flores del lino. Parece como si hubiera un orden cromático en la floración, ya que empiezan las flores blancas, siguen las rosadas, luego las amarillas, y cuando ya aparecen las escasas mariposas que por aquí quedan, entonces aparecen también las flores azules.
Ayer se mezclaban muy bien en un parque que atravieso para llegar a mi casa la resina de los pinos al sol y el perfume alimonado de unos magnolios que aún no echaron flor.

La naturaleza es para mí el único lugar en donde el hombre en sentido genérico conoce su propia medida y su valor.

Un beso grande.

Aaoiue dijo...

Achicoria.

elHermitaño dijo...

Novalis, amigo, en efecto. El hecho de situarse casi siempre por encima de las poblaciones, a pies de montañas, ancladas aún a los pueblos pero al mismo tiempo aisladas de ellos... confieren a estos enclaves una magia singular. A veces he hecho cientos de kilómetros buscando una cima, un bosque o un lugar encantador, y frustrado, he terminado sentándome en los dominios de una ermita. Nunca, jamás, me han decepcionado.

Me gustaron tus palabras, Marta. Celebro que mires a tu alrededor y seas consciente, muy al contrario que muchos, de lo que hay más allá de ti misma.

Un abrazo para ambos.