20 de octubre de 2008

Catedrales de papiro y viejas glorias



Dispongo, a pocos metros de mi casa urbana, con una de esas maravillas ingeniosas y admirables que la Humanidad, cansada de guerrear y buscarse problemas, inventa cada mil años. Las bibliotecas, catedrales del papiro y viejas glorias enterradas y adormecidas en el tiempo, son el retiro ideal para almas que tratan de hallar sonidos (es decir, silencios), olores y ambientes a punto ya de desaparecer.

Porque, en efecto, el carácter sagrado e intelectualmente enriquecedor de tales guaridas, algunas de ellas verdaderas catacumbas del saber y de la historia, está perdiendo día a día su condición idiosicrásica, la de brindar en esa seductora atmósfera, desinteresadamente, el tesoro humano de milenios; y esto se debe a empresarios y especuladores que, no contentos con sus excesos y desquites en terrenos financieros y de negocios (evidenciados dramáticamente en las últimas semanas), pretenden ahora mercantilizar nuestro conocimiento, que tanto ha costado reunir y conservar, dosificándolo en función del previo pago de una ligera propina.

La idea parece tan estúpida, infame y despreciable, que quien la propuso merece dormir entre rejas, de por vida; no hay forma más miserable de comprender el espíritu de una biblioteca, ni procedimiento tan blasfemo y vil para encargarse de las preocupaciones o las dificultades que ésta genera. Me temo, sin embargo, que es una propuesta, la de comercializar nuestras bibliotecas, que ya está a punto en otros países de convertirse en práctica real. Si esto es así, por el abyecto efecto dominó que conlleva vivir en un mundo globalizado, no tardará en hacerlo en el nuestro. Sería el fin de algo precioso, único y tan estimable que aún hoy ni siquiera se ha
valorado en su justa medida.

Pero, a todo esto, yo me disponía a hablar de la biblioteca que besa mi calle gandiense. Y es que, allí, controla y dirige el hospicio para enfermos de papel y tinta impresa una menuda y muy generosa señora, graciosa y dedicada, pero de cuya lengua de fuego y ademanes en ocasiones furiosos mejor no diré nada. Hace unos días, cuando me disponía a abandonar el templo con dos pequeñas obras de grandes autores (Samuel Beckett y Max Aub, para los cotillas...), reclamó ella mi atención, preguntándome -con tono algo inquisitivo- qué era lo que estudiaba; iba a responderle, en un alarde de chulería, que no yo estudio nada, sino que trato de aprender, cosa muy distinta, lo cual hubiera derivado, naturalmente, en miradas de reproche y palabras agrias. Para evitarlo, contesté rápido y, entonces, se agachó y sacó de un cajón casi un millón de pequeños tomitos de filosofía: estaban por allí Platón, Nietzsche, Gadamer y Russell, acompañados de Aranguren, Hegel y Marcuse, entre otras prendas de siglos ya muy muertos. Le dí las gracias, varias veces, porque me venían bien, muy bien, de hecho, todas aquellas obritas. Me dijo entonces la bibliotecaria que era una donación de no sé qué catedrática de filología, y que llevándomelos hacía, como señaló socarronamente, un favor a la institución, puesto que aligeraba peso de las estanterías; los libros, cabe decirlo, llevaban marcas de posesión (firmas y fechas de comprado, dedicatorias y cosas así), y en algunos casos -como 'La República', por ejemplo- los rayajos a lápiz a veces tapiaban el mismo texto. No resulta extraño que quisieran deshacerse de ellos...

Como soy muy ignorante, y desconocía que uno podía brindar sus libros a las bibliotecas así como así, le prometí a la responsable (Roser, ése es su nombre) que, a cambio, le correspondería con algunas novelas de ciencia ficción que había adquirido no hacía mucho. Éstas, contrariamente a las obras recibidas, estaban inmaculadas, y cuando hoy por la mañana he pasado nuevamente por aquel antro espiritual para devolver los viejos préstamos, habiéndome nutrido ya de ellos, me he convertido 'oficialmente' (Dios, cómo odio esa expresión...) en benefactor de la biblioteca de Be... Quizá mis novelas -es decir, ahora ya las novelas de todo el mundo, para todo el mundo...- no descansen finalmente en las estanterías, sino que, como le ocurrió a los manoseados y amarillentos tomitos de filosofía que la catedrática anónima depositó en la mesa de la bibliotecaria, abandonen la catedral del papel y huyan a una casa cualquiera, donde sólo puede disfrutarlas un puñado de gentes.

Ya verá Roser qué hace con ellos, lo dejo todo en sus manos. Yo, por mi parte, hoy me he agenciado otro clásico, un volumen mastodóntico y de diminuta tipografía, "La montaña mágica", de Thomas Mann, claro. Es una edición casi prehistórica, con páginas ocres y lomo desgastado. Algunas hojas apenas se sostienen a los pliegos, por lo que habrá que mimarlo como si fuese un bebé.

Me pregunto cuántas emociones, cuántos sentimientos habrán producido esas mil páginas deterioradas y mústias, todo el universo de sensaciones que sólo una obra literaria puede ofrecernos: risas y alegrías, llantos y pavores, estremecimientos y dolores, a decenas, centenares o miles de personas. Y todo gracias a un impulso filántropo, a un uso inteligente de los recursos públicos, y a la tarea de gente como Roser que siente la biblioteca, no como su trabajo, sino como su casa. Y gracias a gentes como nosotros que las cuidamos y les extraemos el jugo con gusto y a diario: no vamos allí para tomar el café con los amiguetes estudiantes o para que vean lo cultos que somos, o con el fin de buscar información para el trabajo escolar o preparanos de cara al próximo exámen. Ésos son usos banales, intrascendentes y vulgares de la biblioteca, típicos en gente afín a ellos, y que estoy seguro rechazaría enfáticamente el mismo edificio, si dispusiera de voz propia.

Nosotros sabemos bien lo que nos brinda la biblioteca. Sabemos valorarlo y conocemos cómo hay que preservarlo. Luego que los capitalistas y mercantilistas, los hacedores y consumidores de dinero se mantengan alejados de ellas. No vaya a ser que la infecten, corroyéndola, con sus ansias de control, distribuyendo la sabiduría y el conocimiento en función de dividendos y pagos. Porque entonces la moneda permanecería por encima de nuestro santuario, pisoteándolo. Y esto es algo, amigos, que nadie en su sano juicio puede consentir.

(Foto de la Wikipedia)

4 comentarios:

Aaoiue dijo...

*La montaña mágica la tuve que leer echada, porque me sugestioné con la morbilidad del sanatorio. Qué cosas.
Interesante, ese tráfico de libros usados. A mí me encanta que estén subrayados, porque me acuerdo que en la Facultad si dabas con un lector previo afín, te evitaba leer el libro ad integrum si era tedioso.
Saludos.

elHermitaño dijo...

Está resultando una magna obra "La montaña", amiga aa... y aún me restan algunos centenares de páginas más para disfrutar :)

En mi caso no suelen agradarme esos rayajos en los libros. No me gusta que me digan dónde está lo importante; aunque coincido contigo en que ahorran trabajo (si el fin de su lectura es académica), me parece más interesante descubrir por uno mismo dónde se halla el quid de cada párrafo, de cada idea.

Cuestión de gustos. Un abrazo y gracias por la fidelidad;)

tequila dijo...

buenas:
Esperemos que esa "moda" de la propina no llegue a nuestras bibliotecas, pero coincido en tu temor.
A mi tampoco me gusta que los libros estén subrayados ni anotados... es como si alguien te los fuera comentando al oido mientras lees.

Respecto al uso de las bibliotecas, perdona pero no estoy de acuerdo. Creo que hay cabida para muchas clases de intereses. De hecho, con intención de no tener que llegar a las propinas ,las nuevas tendencias impulsan las puertas abiertas y acividades en las bibliotecas. Por aquí las bibliotecas( las grandes) tienen salas de estudio, lo cual agradecimos muchos, y tampoco veo mal que los niños vayan a consultar libros para sus tareas escolares( se trata de acercarles y la consulta es una forma, aunque por desgracia internet está acabando con esta necesidad. Otras actividades son cuentacuentos y juegos para aprender la clasificación en la biblioteca).
Lo de tomar café, jejeje, es pasarse...
Creo que hay tipos de bibliotecas: algunas más cercanas y otras cerradas a cal y canto( por los libros y documentos que albergan, dirigidas a eruditos y privilegiados... una pena la verdad)

Besos Hermitaño

elHermitaño dijo...

Amiga Tequila, lo que quise decir es que esos usos 'alternativos' son, por supuesto, lícitos y respetables (y más aún en casos infantiles... hay que enseñarles la biblioteca, y las actividades como cuentacuentos, representaciones, etc., son la mejor forma de que, posteriormente, entren allí con ánimo más literario), pero que son secundarios, más irrelevantes. Lo que cuenta en una biblioteca, siempre a mi juicio, es leer, mirar, escuchar y consultar, y hacerlo por ello mismo, por el disfrute que ello supone y genera, no porque pienses en exámenes, trabajos o mariconadas similares...

O sea, en pocas palabras, ir allí porque te hace feliz todo lo que la biblioteca representa. Aunque, claro, esto es mi visión personal...

También coincido contigo en que esas bibliotecas destinadas a los investigadores y sabihondos son algo perverso; deberían abrirse a todo aquel que supiera respetar el valor del tesoro que contienen esas viejas glorias (no todos los que entran en una biblioteca son capaces de hacerlo, en absoluto), para que podamos oler esos aromas a papel ya mohoso y rodearnos de un ambiente de saber y conocimiento antiguo.

Un abrazo, y gracias por seguir por aquí:)