17 de abril de 2009

Nimbos, cirros y estratos



Los que dormimos abrazados al Mediterráneo gozamos de muchas prerrogativas que otros, rodeados por tierra firme, sólo pueden imaginar de forma vaga, y degustar cuando se acercan hasta aquí. Pero, desde luego, ellos poseen a su vez muchas gracias que únicamente allá, en las secas y amplias extensiones castellanas, pueden ser satisfechas. Palmario es que, tanto ellos como nosotros, siempre andamos detrás de lo que carecemos. Ellos, privados de estaciones templadas y playas infinitas; nosotros (yo, quiero decir), mermados de cielos amplios y oscuros, páramos interminables y almas visibles, mejor, desde largar distancias.

La primavera es tiempo de imprevistos, de inversiones que mutan la normalidad. Tan pronto descarga afiladas lanzas líquidas, que dañan nuestros sorprendidos cuerpos, como castiga pieles y rostros con fotones de fuerza sobrenatural. Ora sacamos los paraguas, ora nos desabrochamos la chaqueta, o nos quedamos en manga de camisa, para después acostarnos recubiertos de mantas por la fresca brisa nocturna.

En uno de esos días, impagables e irrepetibles, inusuales aquí, uno no quiere dejar de mirar alrededor, absorbiendo la danza y recordando para siempre la ofrenda servida. Quienes sean amos de su tiempo (yo, nuevamente privilegiado, soy de tales) puede hacer muchas cosas en momentos así, pero si el cierzo arrecia o calienta el poniente, no hay mejor oficio que ajustarse las gafas de sol (siempre olvidadas en el cajón inferior de la cómoda), recostarse en la hamaca antediluviana y examinar el paso, rápido o lento, de las agrupaciones nubosas que destacan entre el azul, casi negro, del firmamento. ¿Elogio de la ociosidad? En absoluto. Elogio de la vida, nada más y nada menos. Y quien no entienda de qué va el cuento, que deje el libro y coja el mando a distancia. Para ellos está.

Las hay a miles, todas similares, todas distintas, todas únicas y con su carácter particular. Recuerdan caras, semejan animales, formas extrañas que sólo existen en imaginaciones febriles, plagios de una realidad recreada pero inexistente. En una jornada de mistral se perfilan, destacadas, contra la oscuridad diurna, y algodonadas, parecen esos dulces de azúcar tan habituales en las ferias. Corren, a veces, a grandes velocidades impelidas por vientos imperceptibles, y otras se estancan durante una eternidad en la misma posición, como negándose a avanzar pese a los evidentes flujos de aire que medran a su alrededor. Colas de caballo, yunques, mamas diminutas, jirones nebulosos como vestidos rotos tras un apasionado encuentro, grandes manchones grises, cúmulos de pequeños copos nubosos, estrías apenas perceptibles... un único vistazo y percibes que, por mucho que se esfuerce, un artistas jamás podría imaginar tanta belleza y diversidad.

Y, si al ocaso las montañas te lo permiten, o si madrugas para ir junto a las olas mientras amanece, la visión puede provocar efectos secundarios inesperados. Los cirros teñidos de rojo al despuntar el alba, o esos ocres que iluminan los cúmulos cuando el sol moribundo dice adiós al día... no hay representación mejor. Te sientas, pagas la entrada (que desde luego es gratuita, e inexistente), y empieza la función. Puedes irte cuando quieras, puedes quedarte hasta que tus ojos se fatiguen de tanto mirar; puedes pensar, meditar y reflexionar mientras la ceremonia perdura, o abandonar la mente y cuerpo para ir más allá de él, al contemplar hipnotizado esa gama de colores portentosa.

Y (aunque pueda parecerlo), no estamos practicando la pedantería, o la prosopopeya de oferta. Hacemos apología de este recital con actores etéreos, de este concierto de instrumentos mudos, porque pensamos que la vida merece ser vivida con él. Sería denostarla, menoscabar su valor y alcance, si nos privamos de estas dádivas exclusivas.

Nuestro linaje es afortunado. Miro a mis gatitos, recién engendraros a partir de una apreciada madre y un padre desconocido, y sé que jamás podrán embelesarse ante una puesta de sol enrojecida, o mientras los mamatus recorren el cielo tras una lluvia débil. Ellos tienen su propia dimensión cognitiva, y aunque yo carezca a mi vez de su potencial olfativo o visión nocturna, hay realidades a nuestro alrededor que, siendo perceptibles por ambos, ellos ignoran. Privilegios de ser lo que somos. Podemos seguir cambiando de canal, o apretar el acelerador para llegar pronto a casa y descansar del horrible día laboral, o podemos detener un momento el mundo y premiarnos con el ocaso que, hoy mismo, reduce a nada preocupaciones, desdichas, discusiones y manías.

Está allá, frente a nosotros. La posibilidad de admirarlo es lo único que se nos pide; la volición, el ansia, el anhelo, debe correr de nuestra cuenta. Y dejamos en sus manos, en las de Ella, el resto (la totalidad). Nunca se exigió tan poco a un hombre por tan inenarrable espectáculo.

5 comentarios:

Francisco M. Ortega Palomares dijo...

Te dejo este poema de Wislawa Szymborska titulado 'Las Nubes'.

Con la descripción de las nubes
debería darme mucha prisa,
después de una milésima de segundo
dejan de ser ésas y empiezan a ser otras.

Es propio de ellas
no repetirse nunca
en formas, matices, posturas y orden.

Sin la carga de ningún recuerdo
se elevan sin problemas sobre los hechos
¡De qué van a ser testigos!,
en un segundo se disipan en todas direcciones.

En comparación con las nubes
la vida parece tener los pies sobre la tierra,
se diría que es inmutable y prácticamente eterna.

Frente a las nubes
hasta una piedra parece un hermano
en el que se puede confiar
y las nubes, nada, primas lejanas y frívolas.

Que exista la gente si quiere,
y después que se muera uno tras otro,
poco les importan a las nubes
esas cosas
tan extrañas.

Sobre toda Tu vida
y también la mía, aún incompleta,
desfilan pomposas igual que desfilaban.

No tienen la obligación de morir con nosotros.
No necesitan ser vistas para poder pasar

elHermitaño dijo...

Mil gracias por el (bellísimo) poema, Fran. Lo desconocía (así como a su autora). Es, por tanto, una buena excusa para leer algo más sobre ella...

Un abrazo, amigo.

wivith dijo...

Como siempre, tus escritos me traen a la mente imagenes libres que no suelen tener mucho que ver con lo escrito, realamente.
Debo estar yendome de la chaveta.
Siempre me ha resultado divertido lo de sacarles formas a las nubes y ver como "hacen carreras" entre ellas.
Jajajajajaja. ¿Lo ves?.En realidad nada que ver con lo escrito...
Se pueden llegar a tener momentos muy místicos mirando esos algodoncitos que cuelgan del cielo.
Aqui hacen autenticas carreras pues el cierzo sopla muy de continuo en Zaragoza.
Besos, hermi.

tequila dijo...

Buenas:
qué grandes verdades dices (o por lo menos así lo veo yo).Me encanta cómo percibes tu alrededor, cómo lo sientes...
Cierto: tenemos todo ahí, gratuito. Nuestra es la posibilidad de pararnos a disfrutar o dejarnos llevar por el aceleramiento que suele mover nuestro alrededor. Hay opciones, podemos elegir y por eso duele tanto cuando olvidas y te quedas en la queja.
Me gusta mirar las nubes, buscarlas formas o dejarme llevar...

Besos Hermitaño
Pd: cuando gustes hacemos intercambio de lugares

elHermitaño dijo...

Wivith, lo del cierzo (mistral, mestral, o como se quiera) es un regalo divino. Aunque es cierto que suele soplar con demasiada fuerza, hay que ver cómo purifica el cielo, dotándolo de un azul ennegrecido que, aquí, sólo se disfruta de tanto en tanto...

Tequila, podemos cambiar posiciones cuando gustes, ya lo sabes... aunque quizá sea más probable que dentro de un año, o así, sea yo quien vaya hacia tierras leonesas, para pasar unos meses con aquellos cielos, pueblos, y gentes. Todavía no es seguro (ya te lo conté...), pero casi... :)

Da gusto veros por aquí, amigas... Besos para ambas.

 
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