Prometí, hace unos meses, hacer algunos comentarios acerca de los episodios más relevantes de "Doctor en Alaska" (Northern Exposure, NX). Sé que estos textos, que espero no sean demasiado soporíferos, nacen de mi fanatismo, de un fervor casi religioso por esta producción televisiva, y que por tanto no tienen demasiado interés para quienes no sientan lo mismo por ella. El freakismo sólo se entiende, si acaso, entre iguales; no merece la pena explicarlo, justificarlo, o excusarlo. Uno lo experimenta, lo siente, y aunque abrigue deseos de que los demás lo compartan, en el fondo sabe que es algo personal y muy arraigado en la psique, algo enigmático y completamente indescriptible. Con todo, ahí va.
El capítulo al que hoy hacemos referencia es el octavo, y último, de la primera temporada, cuyo título es "Aurora Borealis", en original. Como siempre, comprende una historia principal a la que se le añaden otras dos o tres más que involucran, en este caso separadamente, a todos los personajes de la serie. Nosotros nos ceñiremos al relato de la obra artística de Chris, el locutor filósofo y con el encuentro con su hermano, hasta entonces desconocido, Bernard.
Desde hace unos días, Chris Stevens trabaja en una nueva obra de arte; como suele sucederle cada cierto tiempo, siente el anhelo de crear, de construir algo que antes no existía y que establece una relación entre la vida y el mismo acto de creación. O mejor, sabe que como la vida es en sí misma una creación constante, una obra de arte por definición, trata de recomponerla y recrearla, imitando a la, sin embargo, inimitable naturaleza. Siente esa llamada al mismo tiempo que un nuevo personaje, ataviado con ropas de cuero y montado sobre una enorme Harley, hace su aparición en Cicely.

Bernard llega a Cicely, centro de ninguna parte
El sujeto es Bernard, Bernard Stevens, como descubrirá Chris posteriormente. Su primer contacto acontece en el bar de Holling, el Brick, en donde Bernard apura unas cuantas raciones de comida grasienta. Chris comenta con Shelley el tema que ha estado radiando durante la mañana; Jung, los sueños y el inconsciente colectivo. Entonces Bernard explica los motivos de su llegada, a partir de unos sueños muy extraños. Éstas son sus palabras: "Es una locura. Una mañana estás viviendo en Portland, y trabajas para Hacienda, nada especial. Y luego tienes un sueño raro; crees que es un sueño, pero no estás seguro. Así que dejas tu empleo y te compras una Harley... aunque le tienes miedo a las motos. Y luego te diriges al norte sin destino fijo, pero sabes que tienes que seguir y seguir. Y justo cuando crees que has perdido contacto con la realidad llegas aquí, a Cicely, Alaska". Holling y Shelley parecen no entender una palabra, pero no así Chris, que posteriormente mostrará a Bernard su obra artística, titulada "Aurora Borealis". Bernard decide quedarse en el pueblo y ayudar a su nuevo amigo en su creación, que ya siente propia, de alguna manera inefable. Esta, de hecho, no es más que un conglomerado de tubos, llantas y esferas oxidadas, dispuestas en pertinente posición y que, vistas en conjunto, semejan algo, si bien no queda muy claro qué, sobretodo para Maurice, poco ducho en apreciaciones artísticas.

La Aurora Borealis
El trabajo conjunto permite a ambos conocerse mejor. Bernard menciona la sensación de irrealidad, de estar en un sueño, desde que salió de la ciudad; llegar a Cicely, hallar a Chris, el trabajo en la escultura, y la Luna, ese extraño satélite cuya luz, de tan brillante, impide dormir a la mayoría de habitantes del pueblo. Todo parece virtual, ficticio. Y por ello desea continuar su labor creadora, ya que su pesadilla es quedarse dormido y que, al despertar, todo se evapore. A lo que Chris responde, explayándose a gusto, que los sueños permiten revelar el inconsciente, como señalaba Jung, liberando nuestros deseos y deseos más íntimos que no pueden aparecer conscientemente. Bernard no está seguro de lo que implica todo ello, pero como Chris abandona el proyecto por ese día los dos se introducen en su caravana y se disponen a dormir.

Trabajo en equipo
Y, naturalmente, sueñan. Más aún, sus sueños se fusionan, participando cada uno en el sueño del otro. Lo cual, desde luego, sólo es posible en la ficción, es decir, en los sueños, es decir, en lo irreal de la realidad... o al revés.

Jung, al volante
Todo este enredo onírico está generado, suponen ambos personajes, por la acción de la aurora boreal, fenómeno que suele verse en latitudes altas cuando el Sol produce violentos chorros de materia formados por protones y neutrones, y que llegan a los polos gracias al desvío del campo magnético terrestre. En todo caso, lo que Chris y Bernard van a descubrir es que comparten algo más que los sueños; de hecho, nacieron el mismo día, y su padre (aunque no su madre, de ahí sus diferencias genotípicas) es, pásmaos, la misma persona. Lo que signfica, huelga decirlo, que son hermanos. Dos hermanos unidos por los sueños, por la aurora boreal, y por el destino, en combinación libre.

Hermanos, gracias a los sueños
Cumplido el cometido del sueño, y de la aurora, esto es, hallados y bienhallados ambos hermanos, una vez el encuentro ha pasado de lo visionario a lo carnal y palpable, entonces cada uno debe seguir su camino. Chris mantendrá su labor radiofónica, unida a la necesidad creadora y contemplativa, mientras que Bernard retornará a su polucionada urbe recuperando su empleo en el fisco, sabedor, ahora, de lo relevantes que a veces pueden ser esas imágenes que sólo viven cuando cerramos los ojos. Chris puso el arte; Benard el arrojo; el inconsciente, el resto.

Despedida
Y, mientras, ahí está el arte, el arrebato de quien no puede evitar hacer, como todo buen demiurgo, una copia de lo existente, recomponiendo y construyendo de nuevo la realidad sin beneficio ni productividad alguna, sólo por el mero acto de ingeniar algo que no está ahí fuera, ni aquí dentro. Esa aurora que bordea las montañas, a la que Chris quiso rendir homenaje, luz etérea y destinada a desaparecer tras unos minutos de ondulante serpenteo, sigue diciéndonos lo mismo a los seres humanos desde hace milenios: cualquier artista debe reformular todo lo dicho y hecho hasta entonces. Debe imaginar un nuevo universo de conexión entre personas, entre esferas de realidad, incluso. Debe destrozar lo establecido, los canales ordinarios de los que se sirven los demás para relacionarse y vivir.
Romper las suturas de la cicatriz, para permitir el paso de la sangre al exterior, alimentándonos. Quien no esté dispuesto a abrirse las venas, que no se dedique al arte.

Sólo hay una verdadera aurora, todos sabemos cuál es