9 de diciembre de 2005

Ir allí



Si quisiéramos viajar hasta esta pequeña mancha borrosa, la Pequeña Nube de Magallanes, a una distancia de 190.000 años luz, ¿cómo lo podríamos hacer?

Primero, veamos hacia donde hay que ir: salimos de la Tierra, continuamos de frente hasta dejar atrás el Sistema Solar, nos acercamos y superamos a miles de estrellas en nuestro camino, recorremos los límites de los brazos espirales de la Vía Láctea, nos elevamos, dejando el plano de la galaxia y, siempre con el ojo en la Pequeña Nube, nos disponemos a darle alcance, tras nuestro agotador y oscuro viaje.

¿Cuánto tardaríamos en llegar allí? Mínimo, si Einstein está en lo cierto, 190.000 años. Pero eso en caso de ir a la velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo), una velocidad que es superior en 60.000 veces la que hemos alcanzado jamás (sonda Voyager 2), y únicamente mediante ingenios no tripulados. Para ser tan rápidos (o casi) como la luz, necesitamos mucha energía; demasiada. Los problemas para encontrar una fuente viable de energía que nos permita alcanzar dicha velocidad son grandiosos; también hay que tener en cuenta el tamaño de la nave, la forma de entretener a los astronautas, las radiaciones cósmicas, la falta de ayuda directa, etc., etc.

Y además está el hecho de la dilatación del tiempo: si viajo a velocidades relativistas, mi tiempo transcurre más despacio que el de los demás en la Tierra, de modo que en el caso de realizar un trayecto intergaláctico y regresar a casa, en lugar de nuestros hijos los que nos recibirían serían los nietos de nuestros nietos... o incluso nadie en absoluto, si el viaje ha sido lo suficientemente largo. Para nosotros serían unos pocos meses, pero puede a que nuestra vuelta la Humanidad entera hubiese desaparecido por completo.

Es desasosegante pensar en esto; ¿quién querrá ir hacia las estrellas (y no necesariamente fuera de la Vía Láctea, para recorrer distancias interestelares, del orden de cientos de años luz tan sólo, se nos presenta el mismo problema), si no encontrará a nadie conocido ni querido a su vuelta? Saber que tu familia directa, tus amigos, todo lo que en su día significó algo para tí quedará totalmente aniquilado, que los sistemas sociales, políticos e incluso las normas morales han cambiado, que te sientes como un forastero en tierra extraña. Todo ello puede hacer que los viajes por las estrellas, siempre sean tecnológicamente viables en el futuro, carezcan del atractivo suficiente para ser llevados a cabo.

Claro que siempre habrá intrépidos, gente sin nadie a su lado y dispuesta a dejarlo todo por una estancia espacial que mutará por completo el mundo y la gente que conocías. Seguro que hoy en día ya hay gente así por alguna parte de este mundo. A la mayoría, sin embargo, nos une un vínculo con la Tierra, la sentimos, notamos su influencia y su cariño; nos resistimos a salir de ella. Es comprensible, porque es nuestra madre.

Tal vez dentro de miles de años, viviendo en una sociedad absoluta y radicalmente distinta a la actual, algunos hombres y mujeres inicien un viaje entre las estrellas, e incluso entre las galaxias, para regresar en un futuro distante, más allá del tiempo. No hallarán nada familiar, salvo la Tierra misma (o quizá ni siquiera esto). Pero habrán dado sus vidas por el saber, la exploración y el avance humano respetuso y sabio. Se habrán convertido en verdaderos cosmopolitas.

Por supuesto, los envidio.

3 comentarios:

Ameysa dijo...

No hace falta no tener a nadie para querer viajar lejos de todo lo conocido. Encantada accedería a irme :)

Quizás canalizamos nuestro amor por la Tierra por no tener más referencia, como un sentir de lo común que nos une a todos. Sabiendo que estamos compuestos por la misma materia que es lo que denominamos universo, no creo que nos costara mucho rechazar la idea de las galaxias desconocidas como algo ajeno a nuestra naturaleza.

Creo que es más complicado afrontar una situación en soledad, que no la idea de encontrarte a años-luz de tu hogar.

Un saludo

elHermitaño dijo...

Quizá tengas razón, amiga, pero el hecho de saber que somos materia cósmica no nos exime de sentir ciertos recelos ante la idea de que no haya nadie como nosotros tras nuestro periplo intergaláctico y de notar la soledad y el frío entre las estrellas. ¿No es chocante y nada tranquilizador saber que tú y tus compañeros sóis unos de los últimos seres humanos del Cosmos, que el futuro de la especie puede recaer en vosotros o que todo aquello que has poseído, conocido o amado hace eones que no existe?

Claro que, tal y como están las cosas en la Tierra, parece muy improbable que llegue el momento de realizar esos viajes tan largos. Por tanto, quizá, nuestra propia autodestrucción nos salve de estas paradojas y malos rollos psicológicos. No hay mal que por bien no venga... .xD

Abrazos.

Anónimo dijo...

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