11 de marzo de 2006

Fuegos (dentro y fuera)

Hoy, aunque no sea el día de la "Cremà", por poco nos quemamos. Un incendio de grandes dimensiones (920 hectáreas, hasta ahora) ha calcinado los montes que se yerguen sobre Gandía, arrasando bosque bajo y algunos pinares, incluidas ciertas zonas en donde suelo caminar, perdido entre pensamientos y vaguedades. Ahora tan sólo podré ir allí a admirar el triste panorama de una región otrora fascinante, y convertida a partir de hoy (seguramente gracias a unos desgraciados hijos de puta, aunque no hay confirmación hasta el momento), en cenizas y negras ruinas.

Pocas cosas me producen ira, pero que me destrocen la montaña, el único recurso entre la urbe para aligerar peso mental y refrescar el cuerpo, genera en mí una rabia infinitas. Me gustaría tener delante de mí a los cabrones que han cometido semejante 'asesinato'; les haría probar su propia medicina, colocándoles durante unos instantes entre las llamas, para que de esa manera sintieran en su misma carne lo que significa quemar y ser quemado. Porque cuando estos energúmenos carroñeros queman el bosque, también me queman a mí; cuando pisotean el bosque, me pisotean a mí; y cuando llenan de mierda los merenderos y los senderos, están llenando de mierda mi disfrute, y eso no lo consiento.

Hay que cambiar las leyes; quien roba mil euros para comprarse comida (o algo de vino y unos cigarros), sólo hace daño a quien pertenecen esos mil euros. Y además ese robo cumple cierta función social. Pero quien quema el bosque, como los cobardes y estúpidos perreros que han actuado hoy aquí cerca, lo quema para que nadie lo disfrute, para que no sirva de instrumento de bien común, sino de espacio inútil. Y, además, lo hace sin motivo alguno, sin dar utilidad posible a su acción. De modo que lo lógico sería encerrar a tales miserables en celdas estrechas, de por vida, de modo que sólo pudiesen crear fuego en sus estúpidas y acomplejadas imaginaciones infantiles.

La Safor arde, y lo peor es que los responsables, en breve, podrán volver a hacerlo libremente en otro lugar. Estoy tristemente seguro de ello. Me han robado mi libertad, con los matorrales y pinos ha ardido también mi independencia, y todo ha sido, de nuevo, culpa de "ellos". Empiezo a cansarme, me están jodiendo demasiado. A veces la rabia y la ira no pueden contenerse como uno quisiera.

Ay, si supiera quiénes son y dónde viven... .

1 comentario:

José A. Peig-El múltiple dijo...

Aun no se el alcance del daño.

Tengo miedo de saberlo.