26 de noviembre de 2005

A finales de noviembre, silencio



Nací para madurar con el silencio. Lo amé como quien quiere a una madre, siempre ayudándote y con la sensación de que te haría compañía hasta el fin. En ocasiones el silencio se rompía, pero era bueno. Otras, al entrar en juego sonidos o notas, repudiaba la vida. Poco hay hoy de ese silencio primigenio entre las ruidosas calles de las ciudades; de hecho, tenemos que esperar hasta la noche, cuando la vida doméstica sueña, para apreciarlo de nuevo. Coches, músicas de ritmos idiotizantes, pelones con la voz partida, maricas de marca, toda la legión de imberberes roba-silencios, a los que de vez en cuando me gustaría cargar.

Tal vez ellos huyan del silencio, con la creencia de que éste les guarda algo malo, insano, perverso. Hablan y hablan sin cesar, chillan a veces, gritan casi siempre. Suben la pseudo-música de sus reproductores, para que los/las veas pasar a tu lado, raudos e ignorantes, cabalgando hacia la autodestrucción. Pobres, es la única forma que tienen de que les prestemos atención.

De modo que, cuando reniego de la ciudad y me embarco en mis botas viejas, me alejo del bullicio para volver a las raíces. Por suerte, no tengo que ir muy lejos para hallar de nuevo la paz. A escasos dos kilómetros, un paso nada más, me encuentro con él, el amado, pese a las detonaciones sonoras de los autos de la autopista próxima. Allá, junto a las montañas, el silencio reina otra vez. Yo, goloso y fiel, quedo sumiso a sus pies. Quizá me acompañe una amigo, con el que hablaremos de mil y una correrías, compartiendo deseos, anhelos y saberes. El Sol nos bañará de luz y energía, en un día azul profundo, brillante como recién nacido. Comeremos algo, contemplaremos la escena y oiremos, más fuerte que nunca, el silencio en nuestro interior. Volveremos pronto, de eso no cabe duda. Quizá traigamos músicas, libros, páginas en blanco o simplemente, un poco de agua y unas piezas de fruta. Pasaremos otro día rodeados de gatos cariñosos, inmiscuidos en el silencio, con la meta de seguir viviendo para disfrutarlo, tenerlo presente y hacerlo nuestro.

La algarabía es sana, indispensable, pero sin silencio uno no vive, no sabe lo que es vivir. Sin silencio, uno se muere.

3 comentarios:

chusbg dijo...

Es verdad, el silencio es importante, pero en España lo importante por regla general es el bullicio, el no parar de hacer toda clase de ruidos, tienes suerte de tener tan cerca ese escape y sobre todo ganas pues a veces con el ritmo de la vida nos apoltronamos y dejamos que todos los ruidos de la ciudad nos inunden y nos aturdan.
Un salud

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